domingo, 28 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima nonagésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 597ª noche

Ella dijo:

‘¡... Pero nosotros ¡oh oyentes míos! decimos: ‘Loores a Alah, que formó el cuerpo de la mujer cual el lirio del valle, y lo dio a sus creyentes como un anticipo del Paraíso!’

Cuando Sett Zobeida se repuso del deslumbramiento en que se encontraba, se levantó de su trono y se acercó a Esplendor, a quien hubo de abrazar y oprimir contra su seno, besándole los ojos. Luego la hizo sentarse al lado suyo en el trono, y se quitó y le puso al cuello un collar de diez sartas de perlas gruesas que llevaba ella desde que se casó con Al-Raschid.

Luego le dijo: ‘¡Oh soberana de los encantos! ¡En verdad que se equivocó mi esclava Tohfa al hablarme de tu belleza! ¡Porque tu belleza está por encima de todas las palabras! Pero dime, ¡oh perfecta! ¿Conoces el canto, el baile o la música? ¡Porque, cuando se es como eres tú, se sobresale en todo!’ Esplendor contestó: ‘¡En verdad ¡oh mi señora! que no sé cantar, ni bailar, ni tocar el laúd y la guitarra; y no sobresalgo en ninguna de las artes que por lo general conocen las jóvenes! Sin embargo, poseo una ciencia única, que quizá te parezca maravillosa: ¡consiste en volar por los aires como los pájaros!’

Al oír estas palabras de Esplendor, exclamaron todas las mujeres: ‘¡Oh encanto! ¡Oh prodigio!’ Y Sett Zobeida dijo: ‘¿Cómo vacilar en creerte dotada de semejante aptitud, aunque me asombre en extremo? ¿No eres ya más armoniosa que el cisne y más ligera a la vista que las aves? ¡Pero si quieres encadenar nuestra alma tras de ti, consiente en hacer ante nuestros ojos la prueba de un vuelo sin alas!’ Ella dijo: ‘¡Alas poseo precisamente, oh mi señora! pero no las llevo encima. ¡No obstante, puedo tenerlas, si tal es tu voluntad! ¡No tienes más que pedir a la madre de mi esposo que me traiga mi manto de plumas!’

Al punto Sett Zobeida se encaró con la madre de Hassán, y le dijo: ‘¡Oh venerable dama, madre nuestra! ¿Quieres ir a buscar ese manto de plumas, para que yo vea el uso que hace de él tu encantadora hija?’ Y pensó la pobre mujer: ‘¡Henos aquí perdidos sin remisión a todos! ¡La vista de su manto va a traerle a la memoria su instinto original, y sólo Alah sabe lo que ha de suceder!’ Y contestó con temblorosa voz: ‘¡Oh mi señora, mi hija Esplendor se halla turbada por tu majestad, y no sabe ya lo que se dice! ¿Acaso se han llevado alguna vez trajes de plumas, que son una vestidura que no conviene más que a los pájaros?’

Pero intervino Esplendor, y dijo a Sett Zobeida: ‘¡Por tu vida ¡oh mi señora! te juro que mi manto de plumas está guardado en un cofre escondido en nuestra casa!’ Entonces Sett Zobeida se quitó del brazo un brazalete precioso que valía tanto como todos los tesoros de Khosroes y de Kaissar, y se lo ofreció a la madre de Hassán, diciéndole: ‘¡Oh madre nuestra! ¡Por mi vida sobre ti, te conjuro a que vayas a tu casa a buscar ese manto de plumas, únicamente para verlo una vez! Y lo recuperarás enseguida en el mismo estado que lo traigas’.

Pero la madre de Hassán juró que nunca había visto aquel manto de plumas ni nada que se le pareciese. Entonces gritó Sett Zobeida: ‘¡Ya Massrur!’ Y al punto el portaalfanje del califa se presentó entre las manos de su soberana, que le dijo: ‘¡Massrur, corre en seguida a casa de estas damas, y busca en ella por todas partes un manto de plumas que está guardado en un cofre escondido!’

Y Massrur obligó a la madre de Hassán a que le entregara las llaves de la casa, y corrió a hacer pesquisas por todas partes hasta que acabó por encontrar el manto de plumas en un cofre escondido bajo tierra. Y se lo llevó a Sett Zobeida, quien, después de admirarlo largamente y maravillarse del arte con que estaba hecho, se lo entregó a la bella Esplendor.

Entonces Esplendor empezó por examinarlo pluma a pluma, y comprobó que estaba intacto como el día en que se lo arrebató Hassán. Y lo desdobló y se metió dentro, recogiéndose los extremos y abrochándoselo. ¡Y se tornó semejante a un gran pájaro blanco! ¡Y ante el asombro de los circunstantes, patinó primero durante algún tiempo, volvió sobre sus pasos sin tocar el suelo, y se elevó hasta el techo balanceándose! Luego descendió ligera y aérea, y se puso a horcajadas en un hombro a sus dos hijos, diciendo a Sett Zobeida y a las damas: ‘Veo que os han gustado mis vuelos. Voy, pues, a daros más gusto aún’. Y tomó impulso, y se lanzó a la ventana más alta, posándose en el alféizar. Y desde allí exclamó: ‘¡Os advierto que os abandono!’

Y en extremo emocionada, dijo Sett Zobeida: ‘¿Cómo es posible ¡oh Esplendor! que nos dejes ya, privándonos para siempre de tu belleza, ¡oh soberana de las soberanas!?’ Esplendor contestó:

‘¡Ay! sí, ¡oh mi señora! ¡Quien se marcha no vuelve!’ Luego encaróse con la pobre madre de Hassán, desolada, sollozante, abatida en la alfombra, y le dijo: ‘¡Oh madre de Hassán! ¡Créeme que me aflige mucho marcharme así, y me entristezco por causa tuya y por tu hijo Hassán, mi esposo, pues los días de la separación desgarrarán su corazón y ennegrecerán nuestra vida, ¡pero ¡ay! no puedo más! Siento que invade mi alma la embriaguez del aire, y es preciso que eche a volar por el espacio. Pero si tu hijo quiere encontrarme algún día, no tendrá más que ir a buscarme a las islas Wak-Wak.

Adiós, pues, ¡oh madre de mi esposo!’ Y habiendo dicho estas palabras, Esplendor se elevó por los aires y fue a posarse un instante sobre la cúpula del palacio para alisar sus plumas. Luego reanudó su vuelo, y desapareció en las nubes con sus dos hijos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima nonagésima octava noche…

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Valram

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sábado, 27 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima nonagésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 596ª noche

Ella dijo:

‘...Al punto hizo llamar al porta alfanje Massrur, y después que él hubo besado la tierra entre sus manos, le dijo: ‘¡Oh Massrur! ¡Ve a toda prisa al palacio que tiene dos puertas, una que da al río y otra que mira a la ciudad! ¡Y allí preguntarás por la joven que habita en él, y me la traerás, bajo pena de tu cabeza!’ Y contestó Massrur: ‘¡Oír es obedecer!’ Y salió, sacando la cabeza antes que los pies, y corrió al palacio consabido que, en efecto, era el de Hassán. Y franqueó la puerta grande a la vista del eunuco, que le reconoció y se inclinó ante él hasta tierra. Y llegó a la puerta de entrada, a la cual llamó.

Al momento fue a abrir la anciana madre de Hassán. Y Massrur entró en el vestíbulo y deseó la paz a la anciana señora. Y la madre de Hassán le devolvió su zalema, y le preguntó: ‘¿Qué deseas?’

El dijo: ‘¡Soy Massrur el porta alfanje! Vengo enviado aquí por El-Sayeda Zobeida, hija de El- Kassem, esposa de Al-Emir Al-Mumenin Harún Al-Raschid, sexto de los descendientes de Al- Abbas, tío del Profeta (¡con El la paz de Alah y sus bendiciones!) ¡Y vengo para llevar conmigo al palacio, a presencia de mi señora, a la hermosa joven que habita en esta morada!’

Al oír estas palabras, exclamó la aterrada y temblorosa madre de Hassán: ‘¡Oh Massrur! ¡Somos extranjeras aquí, y mi hijo, el esposo de la joven en cuestión, se halla ausente, de viaje! ¡Y antes de partir me ha prohibido expresamente que la dejara salir de la casa, ni conmigo ni con ninguna otra persona, y bajo ningún pretexto! ¡Y tengo miedo de que, por dejarla salir, sobrevenga, a causa de su belleza, algún accidente que obligue a mi hijo a darse la muerte a su regreso! ¡Te suplicamos, pues, ¡oh bienhechor Massrur! que tengas piedad de nuestra aflicción, y no nos pidas una cosa que está por encima de nuestra voluntad y de nuestros medios concederte!’

Massrur contestó: ‘¡Nada temas, mi buena señora! ¡En la certeza de que ningún accidente sensible acaecerá a la joven! Se trata sencillamente de que mi señora Sett Zobeida vea esa joven hermosura para asegurarse por sus propios ojos si la fama exagera la nota de sus encantos y de su esplendor. Por cierto que no es la primera vez que se me ha encargado una misión análoga; y puedo asegurarte que ni una ni otra tendréis que arrepentiros de vuestra sumisión a semejante deseo, ¡sino al contrario! ¡Y además, lo mismo que voy a conduciros con toda seguridad entre las manos de Sett Zobeida, me comprometo a traeros sanas y salvas a vuestra casa!’

Cuando la madre de Hassán comprendió que toda resistencia sería inútil y hasta perjudicial, dejó a Massrur en el vestíbulo y entró a vestir a Esplendor y a adornarla, y a vestir también a los dos pequeñuelos, Nasser y Manssur. Y cogió en brazos a ambos pequeñuelos y dijo a Esplendor:

‘Ya que tenemos que ceder ante el deseo de Sett Zobeida, ¡vamos todos juntos!’ Y pasó al vestíbulo antes que ella, y dijo a Massrur: ‘¡Ya estamos dispuestas!’ Y Massrur salió y abrió la marcha, seguido por la madre de Hassán, que llevaba a los dos pequeñuelos e iba a su vez seguida de Esplendor, completamente envuelta en sus velos. Y de tal suerte las condujo Massrur al palacio del califa hasta ponerlas delante del ancho trono bajo en que aparecía, reposando sentada majestuosamente, El-Sayeda Zobeida rodeada por la muchedumbre numerosa de sus esclavas y de sus favoritas, en la primera fila de la cuales se mantenía la pequeña Tohfa.

Entonces, entregando ambos pequeñuelos a Esplendor, que seguía envuelta siempre en sus velos, la madre de Hassán besó la tierra entre las manos de Sett Zobeida, y después de la zalema hubo de cumplimentarle. Y Sett Zobeida, le devolvió su zalema, le tendió la mano, que la anciana se llevó a los labios, y le rogó que se levantase. Luego se encaró con la esposa de Hassán, y le dijo: ‘¿Por qué ¡oh bienvenida! no te desembarazas de tus velos? ¡Aquí no hay hombres!’ E hizo seña a Tohfa, que al punto se acercó a Esplendor, ruborizándose, y empezó por tocar la orla de su velo, llevándose después a los labios y a la frente los dedos que rozaron el cendal. Luego le ayudó a quitarse el velo grande y le levantó por sí misma el velillo del rostro.

¡Oh Esplendor! ¡Ni la luna llena cuando sale de debajo de una nube, ni el sol con todo su brillo, ni el tierno balanceo de la rama en la tibieza de la primavera, ni las brisas del crepúsculo, ni el agua riente, ni nada de cuanto encanta a los humanos por la vista, por el oído o por el entendimiento, hubiera podido arrebatar, cual tú lo hiciste, la razón de las que te miraban! ¡Con el irradiar de tu belleza, se iluminó y resplandeció todo el palacio! ¡Con la alegría de tu presencia, saltaron como corderos los corazones y bailaron en los pechos! ¡Y la locura soplaba sobre todas las cabezas! Y las esclavas te contemplaban con admiración, musitando: ‘¡Oh Esplendor!’ Pero nosotros ¡oh oyentes míos! decimos: ‘Loores a Alah, que formó el cuerpo de la mujer cual el lirio del valle, y lo dio a sus creyentes como un anticipo del Paraíso...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima nonagésima séptima noche…

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