domingo, 11 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima undécima noche

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“Pero cuando llegó la 611ª noche

Ella dijo:

‘...Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos! que esta noche un ensueño pesó sobre mi sueño y oprimió mi pecho. En efecto, durante mi ensueño, paseábame por entre un tesoro oculto a todas las miradas y cuyas riquezas sólo se mostraban a mis ojos. Y admiraba yo cuanto veía; pero no se detenían mis miradas más que sobre siete piedras preciosas que brillaban con resplandor espléndido en medio de todo lo demás. Pero la más pequeña era la más hermosa y la más atrayente. Así es que, para admirarla mejor y ponerla al abrigo de las miradas, la cogí en mi mano, la apreté contra mi corazón y abandoné el tesoro, llevándomela conmigo. Y cuando la tenía ante mis ojos bajo los rayos del sol, un pájaro de especie extraordinaria, y como nunca se ha visto en estas islas, cayó de pronto sobre mí, me arrancó la piedra preciosa y emprendió el vuelo. Y quedé sumido en el estupor y en el dolor más vivo. Y al despertar, tras de toda una noche de tormentos, hice venir a los intérpretes de ensueños y les pedí la explicación de lo que en mi ensueño había visto. Y me contestaron: «¡Oh rey nuestro! ¡Las siete piedras preciosas son tus siete hijas, y la piedra más pequeña, arrebatada de entre tus manos por el pájaro, es tu hija más pequeña, que por fuerza arrancarán a tu afecto! ¡ Y he aquí, hija mía, que ahora tengo mucho miedo a dejarte que te alejes con tus hermanas y la Madre-de-las-Lanzas para ir a ver a tu hermana mayor Nur Al-Huda, pues no sé qué contratiempos pueden surgir en tu viaje, ya al ir, ya al volver!’

Y Esplendor (que ella propia era la esposa de Hassán), contestó: ‘¡Oh soberano y padre mío! ¡Oh gran rey! no ignoras que mi hermana mayor, Nur Al-Huda, ha preparado en honor mío una fiesta, y me espera con la más viva impaciencia. Y hace ya más de dos años que pienso siempre en ir a verla; y debe tener ahora toda clase de motivos para no estar muy satisfecha de mi conducta. Pero no temas nada, ¡Oh padre mío! Y no olvides que hace algún tiempo, cuando hice con mis compañeras un viaje lejano, también me creíste perdida para siempre; y me guardaste luto. ¡Y sin embargo, volví sin contratiempos y con buena salud!

¡De la misma manera me ausentaré esta vez todo lo más un mes, al cabo del cual regresaré, si Alah quiere! Además, si se tratase de alejarme de nuestro reino, comprendo tu emoción; pero aquí, en nuestras islas, ¿a qué enemigo puedo temer? ¿Quién podrá llegar a las islas Wak-Wak, después de haber cruzado la Montaña-de-las-Nubes, las Montañas Azules, las Montañas Negras, los Siete Valles, los Siete Mares y la Tierra de Alcanfor Blanco, sin perder mil veces su alma en el camino? ¡Ahuyenta, pues, de tu espíritu toda inquietud, ¡oh padre mío! refresca tus ojos y tranquiliza tu corazón!’

Cuando el rey de los genn oyó estas palabras de su hija, consintió en dejarla marchar, aunque de muy mala gana, y haciéndole prometer que no estaría con su hermana más que unos días. Y le dio una escolta de mil amazonas, y la besó con ternura. Y Esplendor se despidió de él, y después de ir a besar a sus dos hijos al sitio en donde estaban ocultos, sin que nadie sospechara su existencia, pues desde su llegada se los confió a dos esclavas abnegadas, siguió a la vieja y a sus hermanas, encaminándose a la isla en que reinaba Nur Al-Huda. Y he aquí que, para recibir a sus hermanas, Nur Al-Huda se había puesto un traje de seda roja, adornado con pájaros de oro cuyos ojos, picos y uñas eran de rubíes y esmeraldas; y cargada de atavíos y pedrerías, hallábase sentada sobre el trono en la sala de audiencias. Y ante ella manteníase de pie Hassán; y a su derecha estaban formadas en filas unas jóvenes con espadas desnudas; y a su izquierda había otras jóvenes con largas lanzas puntiagudas.

En aquel momento llegó la Madre-de-las-Lanzas con las seis princesas. Y pidió audiencia, y por orden de la reina introdujo primero a la mayor de las seis, que se llamaba Nobleza-de-la-Raza. Iba vestida con un traje de seda azul y era aún más bella que Nur Al-Huda. Y se adelantó hasta el trono, y besó la mano de su hermana, que hubo de levantarse en honor suyo y la besó y la hizo sentarse a su lado.

Luego se encaró con Hassán, y le dijo: ‘Dime, ¡oh adamita! ¿Es ésta tu esposa?’ Y contestó Hassán: ‘¡Por Alah, ¡oh mi señora! que es maravillosa y bella como la luna al salir; tiene cabellera de carbón, mejillas delicadas, boca sonriente, senos erguidos, coyunturas finas y extremidades exquisitas! y diré, para celebrarla, en verso:

¡Avanza vestida de azul, y se la creería un pedazo arrancado del azul de los cielos!

¡En sus labios trae una colmena de miel, en sus mejillas un pensil de rosas, y en su cuerpo, corolas de jazmín!

¡Al ver su talle recto y fino y su grupa monumental, se la tomaría por una caña hundida en un montículo de movible arena!

‘Así la veo, ¡oh mi señora! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que se niega a expresar mi lengua!’

Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la vieja nodriza para que introdujera a su segunda hermana. Y entró la joven, vestida con un traje de seda color de albaricoque. Y era aún más bella que la primera; y se llamaba Fortuna-de-la-Casa. Y tras de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima duodécima noche…

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Valram

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sábado, 10 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima décima noche

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“Y cuando llegó la 610ª noche

Ella dijo:

‘...Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: ‘¡Oh gran reina! ¡Por mis títulos de nodriza que te ha criado, no te apresures a castigarle, máxime sabiendo ya que es un pobre extranjero que afrontó muchos peligros y experimentó muchas tribulaciones! Y sólo merced a la larga vida que le tiene decretado el Destino, pudo resistir los tormentos que saliéronle al paso. ¡Y lo más grande y más digno de tu nobleza ¡oh reina! es que lo perdones y no violes a costa suya los derechos de la hospitalidad! Además, considera que únicamente el amor le impulsó a esta empresa fatal; y que se debe perdonar mucho a los enamorados. Por último, ¡oh reina mía y corona de nuestra cabeza! has de saber que si me atreví a hablarte de este joven tan hermoso, es porque ninguno entre los hijos de los hombres sabe como él construir versos e improvisar odas. ¡Y para comprobar mi aserto, no tendrás más que mostrarle al descubierto tu rostro, y verás cómo sabe celebrar tu belleza!’ Al oír estas palabras de la anciana, la reina sonrió, y dijo: ‘¡En verdad que no faltaba ya más que eso para colmar la medida!’ Pero, no obstante la severidad de su actitud, la princesa Nur había quedado conmovida hasta el fondo de sus entrañas por la belleza de Hassán, y nada más de su gusto que experimentar las dotes del joven, lo mismo con versos que con lo que siempre es consecuencia de los versos. Así, pues, fingió dejarse convencer por las palabras de su nodriza, y levantándose el velo, mostró al descubierto su rostro.

Al ver aquello, Hassán lanzó un grito tan estridente, que se estremeció el palacio; y cayó sin conocimiento. Y la vieja le prodigó los cuidados oportunos y le hizo volver en sí; luego le preguntó:

‘¿Pero qué tienes, hijo mío? ¿Y qué viste para turbarte de ese modo?’

Y Hassán contestó: ‘¡Ah! ¡Lo que he visto, ya Alahi! ¡La reina es mi propia esposa, o por lo menos, se parece a mi esposa como la mitad de una haba partida se parece a su hermana!’

Y al oír estas palabras, la reina se echó a reír de tal manera, que se cayó de lado y dijo: ‘¡Este joven está loco! ¡Pues decir que soy su esposa! ¡Por Alah! ¿y desde cuándo son fecundadas las vírgenes sin auxilio del varón y tienen hijos del aire y del tiempo?’

Luego encaróse con Hassán, y le dijo riendo: ‘¡Oh querido mío! ¿Quieres decirme, al menos, para que me entere, en qué me parezco a tu esposa y en qué no me parezco a ella? ¡Porque noto que, a pesar de todo, sientes una perplejidad grande con respecto a mí!’

El joven contestó: ‘¡Oh soberana de reyes, asilo de grandes y pequeños! ¡Fue tu belleza quien me volvió loco! ¡Porque te pareces a mi esposa en los ojos más luminosos que estrellas, en la frescura de tu tez, en el encarnado de tus mejillas, en la forma erecta de tus hermosos senos, en la dulzura de tu voz, en la ligereza y elegancia de tu cintura y en otros muchos atractivos de que no hablaré por respeto a lo que permanece velado! ¡Pero, mirando bien tus encantos, encuentro entre tú y ella una diferencia, visible solamente para mis ojos de enamorado, y que no te podría expresar con la palabra!’

Cuando la princesa Nur Al-Ruda oyó estas frases de Hassán comprendió que el corazón del joven jamás se decidiría por ella; y concibió un violento despecho, y se juró descubrir cuál de sus hermanas las princesas era aquella de quien Hassán habíase convertido en esposo sin consentimiento del rey, padre de todas. Y se dijo: ‘¡Me vengaré así de Hassán y de su esposa, saciando en ambos mi justo rencor!’ Pero ocultó sus pensamientos en el fondo de su alma, y encarándose con la vieja, dijo: ‘¡Oh nodriza! ve pronto a buscar a mis seis hermanas, a cada una en la isla que habita, y diles que me pesa en extremo su ausencia, pues hace ya más de dos años que no me han visitado. ¡E invítales de parte mía a que vengan a verme, y tráetelas contigo! ¡Pero líbrate sobre todo de decirles una palabra de lo que ha sucedido ni de anunciarles la llegada de un extranjero joven que va en busca de su esposa! ¡Ve, y no tardes!’

La anciana, que no podía suponer las intenciones de la princesa, salió del palacio en seguida, y rápida como el relámpago, voló a las islas en que se hallaban las seis princesas, hermanas de Nur Al-Ruda. Y sin dificultad logró decidir a las cinco primeras a que la siguieran. Pero cuando llegó a la séptima isla, donde habitaba la princesa más joven con su padre, el rey de reyes de los genn, le costó mucho trabajo hacerla acceder al deseo de Nur Al-Huda. Porque, no bien fue la princesa más joven a pedir a su padre el rey permiso para ir con la Madre-de-las-Lanzas a visitar a su hermana mayor, el rey, conmovido hasta el límite de la conmoción por aquella demanda, exclamó:

‘¡Ah hija mía bienamada, preferida de mi corazón! Algo en mi alma me dice que no te veré ya como te alejes de este palacio. Y además, esta noche he tenido un sueño aterrador que voy a contarte. Sabe, pues, hija mía, ¡oh pupila de mis ojos...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima undécima noche…

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