martes, 13 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima decimotercera noche

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“Y cuando llegó la 613ª noche

Ella dijo:

‘¡...Sí! ¡Mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña!’ Y salió la vieja, y un instante después volvió llevando de la mano a la joven menor, la cual se llamaba Ornamento-del-Mundo, ¡y no era otra que Esplendor!

¡Así entraste, ¡oh Esplendor! e ibas vestida sólo con tu belleza, desdeñando atavíos y velos engañosos! ¡Pero qué Destino tan lleno de calamidades te seguía los pasos! ¡Tú lo ignorabas, sin saber todavía cuanto estaba escrito con respecto a ti en el libro de la suerte!

Cuando Hassán, que se hallaba de pie en medio de la sala, vio llegar a Esplendor, lanzó un grito estridente y cayó en tierra, privado de sentido. Y al oír aquel grito. Esplendor se volvió y reconoció a Hassán. Y conmovida de ver a su esposo, a quien creía tan lejos, se desplomó cuán larga era, contestando con otro grito, y perdió el conocimiento.

Al ver aquello, la reina Nur Al-Huda no dudó ni por un instante de que su última hermana fuese la esposa de Hassán, y no pudo disimular más tiempo sus celos y su furor. Y gritó a sus amazonas:

‘¡Coged a ese adamita y arrojadle de la ciudad!’ Y las guardias ejecutaron la orden, y se llevaron a Hassán y fueron a arrojarle de la ciudad a la playa. Luego la reina encaróse con su hermana, a la cual habían hecho volver de su desmayo, y le gritó: ‘¡Oh libertina! ¿Cómo te arreglaste para conocer a ese adamita? ¡Y cuán criminal fue en todos sentidos tu conducta! ¡No solamente te casaste sin el consentimiento de tu padre y de tu familia, sino que abandonaste a tu esposo y dejaste tu casa! ¡Y así has envilecido tu raza y la nobleza de tu raza! ¡Esa ignominia no puede lavarse más que con tu sangre!’ Y gritó a sus mujeres: ‘¡Traed una escala, y atad a ella por los cabellos a esa criminal, y azotadla hasta que brote sangre!’ Luego salió de la sala de audiencias con sus hermanas, y fue a su aposento para escribir a su padre el rey una carta en la cual le enteraba con todos sus detalles de la historia de Hassán y su hermana, y al mismo tiempo que el oprobio salpicado sobre toda la raza de los genn, le participaba el castigo que creyó oportuno imponer a la culpable. Y terminaba la carta pidiendo a su padre que le respondiera lo más pronto posible para decirle su opinión acerca del castigo definitivo que pensaba infligir a la hija criminal. Y confió la carta a una mensajera rápida, que apresuróse a llevársela al rey.

Cuando el rey leyó la carta de Nur Al-Ruda, vio ennegrecerse el mundo ante sus ojos, e indignado hasta el límite de la indignación por la conducta de su hija menor, contestó a su hija mayor que todo castigo sería leve en comparación con el delito, y que había de condenar a muerte a la culpable; pero que, a pesar de todo, dejaba el cuidado de ejecutar esta orden a la prudencia y justicia de la joven.

Y he aquí que, mientras Esplendor, abandonada en manos de su hermana, gemía atada por los cabellos a la escala, y esperaba el suplicio, Hassán, a quien habían arrojado a la playa, acabó por volver de su desmayo, y hubo de pensar en la gravedad de su desgracia, cuyo alcance, por cierto, no suponía aún. ¿Qué iba a esperar ya? Ahora que ningún poder lograría socorrerle, ¿qué iba a intentar y cómo iba a arreglarse para salir de aquella isla maldita? Y se incorporó, presa de la desesperación, y echó a andar sin rumbo a lo largo del mar, confiando todavía en hallar algún remedio para sus males. Y entonces acudieron a su memoria estos versos del poeta:

¡Cuando no eras más que un germen en el seno de tu madre, formé tu destino con arreglo a Mi justicia, y lo orienté en el sentido de Mi Visión!

¡Deja, pues, ¡oh criatura! que sigan su curso los acontecimientos: no puedes oponerte a ello!

¡Y si la adversidad se cierne sobre tu cabeza, deja a tu destino el cuidado de desviarla!

Este precepto de prudencia reanimó un tanto el valor de Hassán, que continuó caminando a la ventura por la playa y tratando de adivinar lo sucedido durante su desmayo, y por qué le habían abandonado de aquel modo sobre la arena. Y mientras reflexionaba de tal suerte, encontróse con dos pequeñas amazonas de unos diez años que estaban pegándose puñetazos. Y no lejos de ellas, vio tirado en tierra un gorro de cuero sobre el cual aparecían trazados dibujos y escrituras. Y se acercó a las niñas, procuró separarlas, y les preguntó por el motivo de su querella. Y le dijeron que se disputaban la posesión de aquel gorro. Entonces Hassán les preguntó si querían que actuara de juez y si se entregaban a él para que las pusiera de acuerdo acerca de la posesión del gorro. Y en cuanto las niñas aceptaron la proposición, Hassán cogió el gorro, y les dijo: ‘¡Pues bien; voy a tirar al aire una piedra, y el gorro será para aquella de vosotras dos que antes me la traiga...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima decimocuarta noche…

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Valram

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lunes, 12 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima duodécima noche

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“Pero cuando llegó la 612ª noche

Ella dijo:

‘...y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa. Y Hassán contestó: ‘¡Oh soberana mía! arrebata la razón de quienes la miran, y encadena los corazones de quienes se acercan a ella; y he aquí los versos que me inspira:

¡La lucha del verano en medio de una noche de invierno, no es más hermosa que tu llegada!, ¡oh joven!

Las trenzas negras de tus cabellos, prolongadas hasta tus tobillos, y las bandas tenebrosas que te ciñen la frente, me impulsan a decirte:

‘¡Ensombreces la aurora con el ala de la noche!’ Pero tú me contestas: ‘¡No, no! ¡Sólo es una nube que ha ocultado la luna!’

‘¡Así la veo, oh soberana mía! ¡Pero entre ella y mi esposa hay una diferencia que mi lengua es impotente para describir!’ Entonces Nur Al-Huda hizo seña a la Madre-de-las-Lanzas, que apresuróse a introducir a la tercera hermana. Y entró la joven vestida con un traje de seda granate; y era aún más bella que las dos primeras, y se llamaba Claridad-Nocturna. Y después de besarla, su hermana la hizo sentarse al lado de la anterior, y preguntó a Hassán si reconocía en ella a su esposa.

Y Hassán contestó: ‘¡Oh reina mía y corona de mi cabeza! en verdad que hace huir la razón de los más prudentes, y mi asombro ante ella me induce a improvisar estos versos:

¡Te balanceas ligera cual la gacela, ¡oh llena de gracia! y tus párpados, a cada movimiento, lanzan flechas mortales!

¡Oh sol de belleza! ¡Tu aparición llena de gloria los cielos y las tierras, y tu desaparición tiende tinieblas sobre la faz del universo!

‘Así la veo, ¡oh reina del tiempo! ¡Pero, a pesar de todo, mi alma se niega a reconocer en ella a mi esposa, no obstante la semejanza extremada de las facciones y el ademán!’ Entonces, a una seña de Nur Al-Huda, la vieja amazona introdujo a la cuarta hermana, que se llamaba Pureza-del- Cielo. Y la joven iba vestida con un traje de seda amarilla con dibujos a lo ancho y a lo largo. Y besó a su hermana, que la hizo sentarse al lado de las otras. Y al verla Hassán, improvisó estos versos:

¡Aparece como la luna llena en una noche feliz, y sus miradas mágicas alumbran nuestro camino!

¡Si me acerco a ella para calentarme con el fuego de sus ojos, al punto véome rechazado por los centinelas que la defienden: sus dos senos firmes y duros cual la piedra del granito!

‘Y no la describo toda entera, porque para ello tendría que improvisar una oda larga. ¡Sin embargo, ¡oh mi señora! debo decirte que no es mi esposa, aunque su semejanza con ella asombre! Entonces Nur Al-Huda hizo entrar a su quinta hermana, que se llamaba Blanca-Aurora, y que se adelantó moviendo las caderas; y era tan flexible como una rama de bambú y tan ligera como un tierno pavo real. Y tras de haber besado a su hermana mayor, sentóse en el sitio que le asignaron, al lado de las demás, y se arregló los pliegues de su traje de seda verde labrado de oro. Y Hassán, al verla, improvisó estos versos:

¡La flor roja de la granada no está mejor velada con sus hojas verdes que vestida estás tú ¡oh joven! con esa camisa encantadora!

Y si te pregunto: ‘¿Qué vestidura es esa que tan bien sienta a tus mejillas solares?’ Me respondes: ‘¡No tiene nombre, porque es mi camisa!’

Y exclamo yo: ‘¡Oh maravillosa camisa tuya, causa de tantas heridas mortales! ¡Te llamaré la camisa que parte corazones!

¿Y no eras tú aún más maravillosa, ¡oh joven!? Si te yergues con tu belleza para deslumbrar ojos humanos, tus caderas te dicen: ‘¡No te muevas! ¡No te muevas! ¡Lo que va detrás de nosotras es demasiado abrumador para nuestras fuerzas!’

Y si entonces avanzo implorándote ardientemente, tu belleza me dice: ‘¡Anda! ¡Anda!’ Pero cuando me dispongo a obrar, me dice tu pudor: ‘¡No! ¡No!’

Cuando Hassán hubo recitado estos versos, toda la concurrencia quedó maravillada de su talento; y la propia reina, a pesar de su rencor, no pudo por menos de mostrarle su admiración. Así es que la vieja amazona, protectora de Hassán, se aprovechó del buen cariz que tomaba el asunto para tratar de volver a Hassán a la gracia de la vengativa princesa, y le dijo: ‘¡Oh soberana mía! ¿Te había engañado al hablarte del arte admirable de este joven para la construcción de versos?

¿Y acaso no es delicado y discreto en sus improvisaciones? ¡Te ruego, pues, que olvides por completo la audacia de su empresa, y le agregues a tu persona en adelante como poeta, utilizando su talento, para las fiestas y ocasiones solemnes!’

Pero la reina contestó: ‘¡Sí!’ ¡Mas quisiera acabar la prueba ante todo! ¡Haz que entre ahora mi hermana pequeña...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima decimotercera noche…

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