miércoles, 19 de mayo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima cuadragésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 649ª noche

Ella dijo:

‘¡...Que Alah te haga olvidar tu aflicción ¡oh Caña-de-Azúcar! y cure tus heridas y prolongue tu vida tantos años como dejó de vivir el difunto!’ Y la desolada Caña-de-Azúcar besó la mano de su señora, llorando, y regresó a su aposento completamente sola.

Entró, pues, en la habitación donde la esperaba Abul-Hassán, siempre tendido como un muerto y envuelto en el sudario, y cerró la puerta al entrar, y empezó por soltar una carcajada de buen augurio. Y dijo a Abul-Hassán: ‘¡Levántate ya de entre los muertos ¡oh padre de la sagacidad! y ven a arrastrar conmigo este saco de oro, fruto de tu malicia! ¡Por Alah, que no va a ser hoy cuando nos muramos de hambre!’ Y Abul-Hassán, ayudado por su mujer, se apresuró a desembarazarse del sudario, y saltando sobre ambos pies, corrió a donde estaba el saco de oro y lo arrastró hasta el centro de la habitación, y se puso a bailar alrededor en un pie.

Tras de lo cual se encaró con su esposa y la felicitó por el éxito obtenido, y le dijo: ‘Pero no es esto todo, ¡oh mujer! ¡Ahora te toca a ti morirte como yo lo he hecho, y a mí me toca ganar el saco! Y así veremos si soy tan hábil con el califa como lo has sido tú con Sett Zobeida. ¡Porque conviene que el califa, que tanto se divirtió a expensas mías en otra ocasión, sepa ahora que no sólo es él quien gasta bromas! ¡Pero es inútil perder tiempo en vana palabrería! ¡Vamos, muérete!’

Y Abul-Hassán acomodó a su mujer en el sudario con que le había amortajado ella, la colocó en medio de la estancia, en el mismo sitio en que estuvo él tendido, le volvió los pies en dirección a la Meca y le recomendó que no diese señal de vida, aunque le sintiera llegar. Hecho lo cual, se atavió de mala manera, deshizo a medias su turbante, se frotó los ojos con cebolla para hacer que lloraba copiosamente, y desgarrándose el traje y mesándose la barba y dándose en el pecho grandes puñetazos, corrió en busca del califa, que en aquel momento estaba en medio del diwán, rodeado de su gran visir Giafar, de Massrur y de varios chambelanes.

Al ver en aquel estado de aflicción y de inconsciencia al mismo Abul-Hassán que de ordinario era tan jovial y despreocupado, el califa llegó al límite del asombro y de la aflicción, e interrumpiendo la sesión del diwán, se levantó de su sitio y corrió hacia Abul-Hassán, a quien pidió que en seguida le manifestase la causa de su dolor. Pero Abul-Hassán, que se llevaba el pañuelo a los ojos, sólo contestó redoblando en sus llantos y sollozos y dejando escapar de sus labios al fin, entre mil suspiros y mil desmayos fingidos, el nombre de Caña-de-Azúcar, mientras decía: ‘¡Ay! ¡Oh pobre Caña-de-Azúcar! ¡Ay! ¡Oh infortunada! ¿Qué será de mí sin ti?’

Al oír estas palabras y estos suspiros, el califa comprendió que Abul-Hassán acababa de anunciarle la muerte de su esposa Caña-deAzúcar, y quedó extremadamente afectado. Y se le saltaron lágrimas de los ojos, y dijo a Abul-Hassán, echándole un brazo por los hombros: ‘¡Alah la tenga en su misericordia! ¡Y prolongue tus días con todos los que se le arrebataron a esa esclava dulce y encantadora! ¡Te la dimos con el fin de que fuese para ti motivo de alegría, y he aquí ahora que se torna en motivo de duelo! ¡Pobre Caña-de-Azúcar!’ Y el califa no pudo por menos de llorar ardientes lágrimas. Y se secó los ojos con el pañuelo. Y Giafar y los demás visires y todos los presentes lloraron también ardientes lágrimas, y se secaron los ojos como lo había hecho el califa.

Luego asaltó al califa la misma idea que a Sett Zobeida: e hizo ir al tesorero, y le dijo: ‘¡Cuenta al instante a Abul-Hassán diez mil dinares para los gastos de los funerales de su difunta esposa! ¡Y dispón que se los lleven a la puerta de su aposento!’ Y el tesorero contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar la orden. Y Abul-Hassán, más desolado que nunca, besó la mano al califa y se retiró sollozando.

Cuando llegó a la habitación en que le esperaba Caña-de-Azúcar, envuelta siempre en el sudario, exclamó: ‘¡Pues bien! ¿Crees que eres tú sola quien ha ganado tantas monedas de oro como lágrimas has vertido? ¡Mira! ¡Ahí tienes mi saco!’ Y arrastró el saco hasta el centro de la habitación, y después de ayudar a Caña-de-Azúcar a salir del sudario, le dijo: ‘¡Bueno! pero no es esto todo, ¡oh mujer! ¡Ahora hay que obrar de modo que, cuando se sepa nuestra estratagema, no nos atraigamos la cólera del califa y de Sett Zobeida!

He aquí, pues, lo que tenemos que hacer...

‘Y empezó a instruir a Caña-de-Azúcar sobre sus intenciones acerca del particular.

¡Y tal es lo referente a ellos...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima quincuagésima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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martes, 18 de mayo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima cuadragésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 648ª noche

Ella dijo:

‘¡...Dejarnos morir!’

Al oír estas palabras, la joven Caña-de-Azúcar exclamó espantada: ‘¡No, por Alah, yo no quiero morir! ¡Emplea para ti solo ese medio!’ Abul-Hassán contestó, sin conmoverse ni enfadarse:

‘¡Ah, hija de mujer! ¡Bien decía yo, de soltero, que nada valía tanto como la soledad! ¡Y la poca solidez de tu juicio acaba de demostrármelo mejor que nunca! ¡Si en vez de contestarme con tanta prontitud te hubieras tomado la pena de pedirme explicaciones, te habrías alegrado en extremo de esa muerte que te propongo y que vuelvo a proponerte! ¿No comprendes que se trata de morir con una muerte fingida y no con una muerte verdadera, a fin de tener oro para todo lo que nos queda de vida?’

Al oír estas palabras, Caña-de-Azúcar se echó a reír, y preguntó: ‘¿Y cómo vamos a arreglarnos?’ Dijo él: ‘¡Escucha, pues! Y no olvides nada de lo que voy a indicarte. ¡Mira! Cuando yo me muera, o mejor dicho, cuando yo finja morirme, porque soy yo el que primero morirá, cogerás un sudario y me amortajarás. Hecho lo cual, me pondrás en medio de esta habitación en que estamos, en la posición prescrita, con el turbante encima de la cara, y el rostro y los pies vueltos en dirección a la Kaaba santa, hacia la Meca. ¡Luego empezarás a lanzar gritos agudos, a chillar desaforadamente, a verter lágrimas ordinarias y extraordinarias, a desgarrarte las vestiduras y a aparentar que te arrancas el cabello! Y cuando todo esté a punto, irás bañada en llanto y con los cabellos despeinados a presentarte a tu señora Sett Zobeida, y con palabras entrecortadas por sollozos y desmayos diversos, le contarás mi muerte en términos enternecedores; luego te tirarás al suelo, en donde estarás una hora de tiempo para no recobrar el sentido hasta que te notes anegada en el agua de rosas con que no dejarán de rociarte. ¡Y entonces ¡oh Caña-de-Azúcar! verás cómo va a entrar en nuestra casa el oro!’

Al oír estas palabras, Caña-de-Azúcar contestó: ‘En verdad que es hacedera esa muerte. ¡Y consiento en ayudarte a llevarla a cabo!’ Luego añadió: ‘¿Pero cuándo y de qué manera tengo yo que morirme?’ Dijo él: ‘Primero harás lo que acabo de decirte. ¡Y después Alah proveerá!’ Y añadió: ‘¡Mira! ¡Ya estoy muerto!’ Y se tendió en medio de la habitación, y se hizo el muerto.

Entonces Caña-de-Azúcar le desnudó, le amortajó con un sudario, le volvió los pies en dirección a la Meca y le colocó el turbante encima del rostro. Tras lo cual se puso a ejecutar todo lo que Abul-Hassán le había dicho que hiciera en cuanto a gritos penetrantes, chillidos desaforados, lágrimas ordinarias y extraordinarias, desgarrar de trajes, tirones de cabellos y arañar de mejillas. Y cuando estuvo en el estado prescripto, con el rostro amarillo como el azafrán y los cabellos desordenados, fue a presentarse a Sett Zobeida, y empezó por dejarse caer a los pies de su señora cuan larga era, lanzando un gemido capaz de enternecer un corazón de roca.

Al ver aquello, Sett Zobeida, que ya había oído desde su aposento los gritos penetrantes y los chillidos de duelo lanzados por Caña-deAzúcar desde lejos, no dudó ya al ver en aquel estado a su favorita Caña-de-Azúcar, que la muerte habíase cebado en su esposo Abul-Hassán. Así es que, afligida hasta el límite de la aflicción, le prodigó por sí misma cuantos cuidados requería su estado, y se la echó en las rodillas, y consiguió volverla a la vida. Pero Caña-de-Azúcar, desolada y con los ojos bañados en lágrimas, continuó gimiendo y arañándose y tirándose de los pelos y golpeándose las mejillas, mientras suspiraba entre sollozos el nombre de Abul-Hassán. Y acabó por contar con palabras entrecortadas que por la noche había muerto él de una indigestión. Y dándose en el pecho un golpe último, añadió: ‘Ya no me queda que hacer más que morirme a mi vez. ¡Pero que Alah prolongue en tanto la vida de nuestra señora!’ Y se dejó caer una vez más a los pies de Sett Zobeida; y se desmayó de dolor.

Al ver aquello, todas las mujeres empezaron a lamentarse en torno de ella, y a apenarse por la muerte de aquel Abul-Hassán que tanto las había divertido en vida con sus bromas y su buen humor.

Y sus llantos y suspiros demostraron a Caña-de-Azúcar, que había vuelto de su desmayo a fuerza de agua de rosas con que la rociaron, la parte que tomaban en su pena y en su dolor.

En cuanto a Sett Zobeida, que también lloraba con las mujeres de su séquito la muerte de Abul-Hassán, acabó por llamar a su tesorera, después de todas las fórmulas de pésame que se usan en semejantes circunstancias, y le dijo: ‘¡Ve en seguida a coger de mi arquilla particular un saco de diez mil dinares de oro, y dáselo a la pobre, a la desolada Caña-de-Azúcar, a fin de que pueda hacer que se celebren dignamente los funerales de su esposo Abul-Hassán!’ Y la tesorera se apresuró a ejecutar la orden, y cargó el saco de oro a espaldas de un eunuco, que fue a dejarlo a la puerta del aposento de Abul-Hassán.

Luego Sett Zobeida abrazó a su servidora y le prodigó palabras dulces para consolarla, y la acompañó hasta la salida, diciéndole: ‘¡Qué Alah te haga olvidar tu aflicción ¡oh Caña-de-Azúcar! y cure tus heridas y prolongue tu vida tantos años como dejó de vivir el difunto...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima cuadragésima novena noche…

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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