miércoles, 23 de junio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 704ª noche

Ella dijo:

‘...Y el capitán empujó con el pie sus cuerpos hacia el mar. Hecho lo cual, encaróse con Nur, y en un tono de mando que no admitía réplica, le gritó: ‘¡Yalah! ¡Vamos! ¡Suelta las amarras, despliega las velas y cuida las jarcias, mientras yo me ocupo del timón!’ Y dominado por el ascendiente que sobre él ejercía el terrible capitán, y como, además, no disponía de armas con qué defenderse y tratar de echar pie a tierra para ponerse en salvo, no tuvo más remedio Nur que obedecer, y aunque era inexperto en cosas de mar, ejecutó la maniobra lo mejor que pudo. Y dirigido desde la barra por la mano firme del capitán, el pequeño navío alejóse a toda vela, y empujado por el viento propicio, puso la proa hacia Al-Iskandaria.

Entretanto, el pobre Nur se lamentaba desde lo más profundo de su alma, sin atreverse a quejarse descaradamente en presencia del barbudo capitán, que le miraba con ojos chispeantes; y se decía: ‘¡Vaya una calamidad que ha caído sobre mi cabeza en el momento en que creía yo acabadas mis tribulaciones! ¡Y cada contratiempo que me ocurre es peor que el anterior! ¡Si al menos comprendiese yo algo de todo esto! Y luego, ¿qué va a ser de mí al lado de este hombre feroz? ¡Sin duda que no saldré vivo de entre sus manos!’ Y siguió dejándose llevar así de sus desoladores pensamientos durante toda la noche, cuidando de las velas y de los aparejos.

Por la mañana, a la vista de una ciudad donde iban a anclar para contratar más tripulantes, el capitán se levantó de pronto, presa de gran agitación, y empezó por tirar el turbante a sus pies. Luego, como Nur le mirara estupefacto, sin comprender nada, se echó a reír, y arrancándose a dos manos la barba y los bigotes, se transformó de improviso en una joven como la luna cuando sale sobre el mar. Y Nur reconoció a la princesa Mariam. Y una vez que se le hubo pasado la emoción, se arrojó a los pies de ella, en el límite de la admiración y de la alegría, y le confesó que había tenido mucho miedo a aquel terrible capitán que con tanta facilidad separaba de los hombros las cabezas de las personas. Y la princesa Mariam se rió mucho de su terror; y tras de abrazarse, apresuróse cada cual a maniobrar para entrar en el puerto de la ciudad. Y cuando estuvieron en tierra, contrataron a varios marineros, y se hicieron a la mar otra vez. Y la princesa Mariam, que entendía a maravilla la navegación y conocía las rutas marinas y los vientos y las corrientes, siguió dando de día las órdenes necesarias en el transcurso del viaje.

Pero por la noche no dejaba de acostarse junto a su bienamado Nur y de saborear, en medio de la frescura marina, bajo el cielo puro, todas las voluptuosidades del amor. ¡Alah los guarde y los conserve y aumente sobre ellos sus favores!

Alah les decretó hasta el fin del viaje una navegación sin contratiempo, y no tardaron en divisar la Columna del Mástil. Y cuando el navío estuvo amarrado al puerto y los hombres de la tripulación bajaron a tierra, dijo Nur a la princesa Mariam: ‘¡Henos por fin en tierra musulmana! ¡Espérame aquí un momento solamente, que voy a comprarte todo lo preciso para que entres decentemente en la ciudad, pues veo que no tienes ropa, ni velo, ni babuchas!’ Y contestó Mariam: ‘Sí, vé a comprarme todo eso, ¡pero no tardes en volver!’ Y Nur bajó a tierra para comprar aquellos objetos.

¡Y he aquí lo referente a ellos!

¡Pero he aquí ahora lo referente al rey de los francos de Constantinia! Al día siguiente de la partida nocturna de la princesa fueron a anunciarle su desaparición, y no pudieron darle otro detalle sino que había ido a hacer sus devociones a la gran iglesia patriarcal. Pero en el mismo instante llegó la anciana celadora, que iba a anunciarle la desaparición del nuevo servidor de la iglesia, e inmediatamente le enteraron también de la marcha del navío y de la muerte de los diez marineros cuyos cuerpos decapitados se hallaron en la playa. Y el rey de los francos, bullendo de furor reconcentrado en su vientre, reflexionó durante una hora de tiempo, y dijo: ‘¡Puesto que mi navío ha desaparecido, no cabe duda que ha transportado a mi hija!’ Y sobre la marcha llamó al capitán del puerto y al visir tuerto y cojo, y les dijo: ‘¡Ya os habréis enterado de lo que acaba de suceder! Sin duda ha partido mi hija para el país de los musulmanes en busca de sus perforadores.

¡Como no déis con ella, viva o muerta, nada os salvará del palo que os espera! ¡Salid!’

Entonces el viejo visir tuerto y cojo y el capitán del puerto se apresuraron a fletar un navío, y sin tardanza se hicieron a la vela con rumbo a Al-Iskandaria, adonde llegaron en el mismo momento que ambos fugitivos. Y reconocieron el navío amarrado al puerto. Y también divisaron, sin dejar lugar a duda, a la princesa Mariam, que estaba sentada sobre cubierta en un montón de jarcias. Y al punto hicieron destacarse en una barca a unos cuantos hombres armados, que se abalanzaron de pronto al navío de la princesa, consiguieron apoderarse de ella de improviso, la amordazaron y la transportaron a bordo de su nave después de prender fuego al navío. Y sin pérdida de tiempo llegaron a alta mar y pusieron la proa con rumbo a Constantinia, teniendo la fortuna de arribar allá sin contratiempo. Y se apresuraron a hacer entrega de la princesa Mariam a su padre...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima quinta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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martes, 22 de junio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 703ª noche

Ella dijo:

‘...se retiró a descansar a su habitación.

Cuando se cercioró Nur de que la anciana celadora, dormida ya, roncaba como una fiera, deslizóse hasta la iglesia y se dirigió al sitio en que se hallaba la princesa Mariam, el cual consistía en un oratorio alumbrado por una lámpara que ardía ante imágenes de impiedad (¡que el fuego las destruya!). Y entró sigilosamente en aquel oratorio, y dijo con voz temblorosa: ‘Soy Nur, ¡oh Mariam!’ Y al reconocer la voz de su bienamado, la princesa creyó en un principio que soñaba y luego acabó por arrojarse en sus brazos. Y en el límite de la emoción, se besaron ambos en silencio durante largo rato. Y cuando pudieron hablar, contáronse mutuamente lo que les había sucedido desde el día de la separación. Y juntos dieron gracias a Alah, que hubo de permitir su encuentro.

Tras de lo cual, para celebrar con alegría aquel momento, la princesa se apresuró a quitarse los hábitos de duelo que su madre la reina la obligó a llevar para recordarle de continuo la pérdida de su virginidad. Y enteramente desnuda, se sentó en las rodillas de Nur, el cual por su parte, había arrojado lejos de sí su traje y sus prendas de sacerdote cristiano. Y comenzaron una serie de caricias extraordinarias y tales como nunca las había visto aquel lugar de perdición de las almas descreídas. Y en toda la noche no cesaron de abandonarse sin restricciones de ningún género a los regocijos más diversos de voluptuosidad, dándose mutuas pruebas de su grande y violento amor. Y en aquel momento sentíase Nur revivir con tanta intensidad, que hubiera podido degollar uno tras otro, sin interrumpirse, a mil sacerdotes con su patriarcas. iAlah extermine a los impíos y dé fuerza y valor a sus verdaderos creyentes!

Cuando al apuntar el alba las campanas de la iglesia tocaron el primer toque de llamada para los descreídos, la princesa Mariam, aunque con lágrimas en los ojos, se apresuró a ponerse otra vez sus hábitos de duelo; y también Nur se vistió con sus vestiduras de impiedad (¡que Alah, que ve el fondo de las conciencias, les excuse por aquella necesidad cruel a que se hallaron reducidos!). Pero antes de separarse y tras de haberle besado por última vez, la princesa dijo a Nur: ‘¡Después de los siete días que llevas en esta ciudad ¡oh Nur! supongo que conocerás a fondo el emplazamiento y los alrededores de esta iglesia!’

Y contestó Nur: ‘Sí, ¡oh mi señora!’ Ella dijo: ‘Pues bien; entonces escucha mis palabras y no las olvides. ¡Porque acabo de combinar ahora mismo un proyecto que nos permitirá escapar para siempre de este país! A tal fin, mañana a primera hora de la noche, no tendrás más que abrir la puerta de la iglesia que da hacia el mar, e ir sin tardanza a la costa. Allí encontrarás un navío pequeño con una tripulación de diez hombres, cuyo capitán se apresurará a darte la mano al verte llegar. Pero aguarda a que te llame por tu nombre; y sobre todo ¡no te precipites!

En cuanto a mí, no tengas ninguna inquietud; ya sabré reunirme contigo sin dificultad. ¡Y Alah nos librará de entre estas manos!’ Luego, antes de despedirse de él, añadió aún: ‘¡No te olvides tampoco, ¡oh Nur! para hacer una buena despedida a los patriarcas, de escamotear del tesoro de la iglesia todo lo que encuentres más pesado respecto al valor y más ligero respecto al peso, y de vaciar antes de marcharte la arquilla en que los infieles depositan las ofrendas en oro que hacen a los jefes de su impostura!’

Y tras de haber hecho repetir a Nur, palabra por palabra, las instrucciones que acababa de darle, la princesa salió de la iglesia y volvió con ojos contritos al palacio en que la esperaba su madre para predicarle el arrepentimiento y la continencia. ¡Ojalá se vean siempre los creyentes preservados de la continencia impura y no se arrepientan más que del daño hecho al prójimo!

¡Amín!

Así, pues, a primera hora de la noche, después de cerciorarse de los ronquidos de la anciana celadora de la iglesia, no dejó Nur de meter mano a las cosas preciosas del tesoro subterráneo, y de vaciar en su cinturón de sacerdote todo el oro y la plata contenidos en el arca de los patriarcas. Y cargado con aquellos despojos que hubo de tomar a los descreídos, salió a toda prisa a la orilla del mar por la puerta que le fue indicada. Y siguiendo las instrucciones que le dio la princesa encontró el bajel cuyo capitán recibióle con toda cordialidad en compañía de su carga preciosa, dándole la mano y llamándole por su nombre. Y al punto se dio la señal de marcha.

Pero los marineros, en vez de obedecer la orden de su capitán y soltar las amarras que sujetaban el navío a los postes de la orilla, empezaron a murmurar, y uno de ellos levantó la voz y dijo: ‘¡Oh capitán! ¡Bien sabes, no obstante, que hemos recibido órdenes completamente distintas del rey nuestro señor, que quiere que mañana embarque en nuestro navío su visir para ver si encuentra a los piratas musulmanes que parece amenazan con llevarse a la princesa Mariam!’ Pero exclamó el capitán, en el límite del furor ante semejante resistencia: ‘¿Quién se atreve a resistirse a mis órdenes?’ Y blandiendo su sable, de un solo tajo derribó la cabeza del que había hablado. Y en la noche flameó el sable, rojo de sangre, como una antorcha. Pero aquel rasgo de energía no impidió que continuaran murmurando los demás marineros, que eran hombres de cuidado. Así es que todos compartieron la suerte de su camarada, perdiendo la cabeza de sobre sus hombros, los diez uno tras otro, a impulso del sable rápido como el relámpago. Y el capitán empujó con el pie sus cuerpos hacia el mar...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima cuarta noche…

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