viernes, 25 de junio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima sexta noche

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Y cuando llegó la 706ª noche

Ella dijo:

¡...Y ya sabremos encontrar para ti una egipcia bella y experta que sin duda alguna te resarcirá y te consolará de la pérdida de esa princesa franca!’ Pero contestó Nur, sin dejar de llorar: ‘¡No por Alah, mi buen tío, que nada podrá resarcirme de la pérdida de la princesa ni hacerme olvidar mi dolor!’ El jeique preguntó: ‘Pues entonces, ¿qué vas a hacer ahora? ¡El navío se alejó con la princesa, y nada podrán ya tus lamentos!’ El joven dijo: ‘¡Pues por eso voy a volver a la ciudad del rey de los francos, y sacaré de allí a mi bienamada!’

El otro dijo: ‘¡Ah hijo mío, no escuches los dictados de tu alma temeraria! Si conseguiste llevártela contigo la primera vez, ten cuidado con la segunda tentativa, y no olvides el proverbio que dice: «¡No siempre que se cae queda intacto el jarro!»‘ Pero Nur contestó: ‘¡Te agradezco tus consejos de prudencia, tío mío; pero nada impedirá que vaya a recuperar a mi bienamada, aunque tuviera que exponer a la muerte mi alma preciosa!’ Y como, por voluntad de la suerte, se encontraba en el puerto un navío pronto a hacerse a la vela con rumbo a las islas de los francos, el joven Nur se presentó a embarcarse en él, y al punto levaron el ancla.

Razón tenía el jeique, propietario del khan, en advertir a Nur los peligros en medio de los cuales iba a arrojarse desatentadamente. En efecto, el rey de los francos, desde que ocurrió la última aventura a su hija, había jurado por el Mesías y por los libros de la impiedad exterminar por tierra y por mar a la raza de los musulmanes; y había mandado fletar cien navíos de guerra para dar caza a los barcos de los musulmanes y asolar las costas y sembrar por doquiera ruina, carnicería y muerte. Así es que, en el momento en que entraba en el mar de las islas el navío donde se hallaba Nur, fue visto por uno de aquellos barcos de guerra, y capturado y conducido al puerto del rey de los francos, precisamente el primer día de las fiestas que se daban para celebrar las nupcias del visir tuerto con la princesa Mariam. Y para celebrar mejor aquellas fiestas y satisfacer su sed de venganza, el rey dio orden de hacer morir en el palo a todos los prisioneros musulmanes.

Se ejecutó, naturalmente, orden tan feroz, y todos los prisioneros musulmanes fueron empalados, uno tras otro, a la puerta del palacio en que tenía lugar la boda. Y ya no quedaba por empalar más que el joven Nur, cuando el rey, que asistía con toda su corte a la ejecución, le miró atentamente, y dijo: ‘¡No estoy seguro; pero, ¡por el Mesías! me parece que éste es el joven que cedí, hace algún tiempo, a la celadora de la iglesia! ¿A qué se debe que esté aquí después de evadirse la primera vez?’

Y añadió: ‘¡Hola! ¡Hola! ¡Que le empalen por haberse evadido!’ Pero en aquel momento se adelantó el visir tuerto, y dijo al rey: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡También yo hice a mi vez una promesa! ¡Y consiste en inmolar a la puerta de mi palacio tres musulmanes jóvenes para atraer la bendición sobre mi matrimonio! ¡Te ruego, pues, que me facilites los medios de cumplir mi promesa, dejándome escoger tres prisioneros entre la redada de prisioneros!’ Y dijo el rey: ‘¡Por el Mesías, que no sabía yo tu promesa! ¡De no ser así, te hubiera cedido no tres, sino treinta prisioneros! Y el visir se llevó consigo a Nur, con intención de regar con la sangre del joven el umbral de su palacio; pero después de haber pensado que su promesa no se cumpliría por completo mientras no sacrificase a tres musulmanes a la vez, arrojó a Nur, todo encadenado, en la cuadra del palacio, adonde por el momento pensaba torturarle de hambre y sed.

Y he aquí que el visir tuerto tenía en su cuadra dos caballos gemelos de una hermosura milagrosa, de la raza más noble de Arabia, y cuya genealogía llevaban colgada al cuello en una bolsa sujeta por una cadena de turquesas y de oro. Uno de ellos era blanco como una paloma y se llamaba Sabik, y el otro era negro como un cuervo y se llamaba Lahik. Y aquellos dos maravillosos caballos eran famosos entre los francos y los árabes, y daban envidia a reyes y sultanes. Uno de aquellos caballos, empero, tenía en un ojo una nube blanca; y la ciencia de los más hábiles veterinarios no pudo conseguir que desapareciese. Y el mismo tuerto había tratado de curarle, porque estaba muy versado en las ciencias y en la medicina; pero no hizo más que agravar el mal y aumentar la opacidad de la nube.

Cuando Nur, conducido por el visir, llegó a la cuadra, observó la nube en el ojo del caballo y se sonrió. Y el visir vióle sonreír de aquella manera, y le dijo: ‘¡Oh musulmán! ¿De qué te sonríes?’ El joven dijo: ‘¡De esa nube!’ El visir dijo: ‘¡Oh musulmán! ¡Ya sé que los de tu raza son muy entendidos en caballos y conocen mejor que nosotros el arte de cuidarlos! ¿Es por eso por lo que te sonríes?’ Y Nur, que precisamente sabía a maravilla el arte veterinario, contestó: ‘¡Tú lo has dicho! ¡En todo el reino de los cristianos no hay veterinario que pueda curar a ese caballo! ¡Pero yo puedo hacerlo! ¿Qué me darás si mañana te encuentras a tu caballo con los ojos tan sanos como los de la gacela?’ El visir contestó: ‘¡Te concederé la vida y la libertad y te nombraré en el momento jefe de mis caballerizas y veterinario del palacio!’ Nur dijo: ‘¡En ese caso, desátame las ligaduras!’ Y el visir desató las ligaduras que sujetaban los brazos de Nur; y Nur cogió enseguida sebo, cera, cal y ajo, y lo mezcló con extracto de cebollas concentrado, e hizo un emplasto que aplicó al ojo del caballo. Tras de lo cual se acostó en el camastro de la cuadra, y dejó a Alah el cuidado de la cura...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima séptima noche

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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jueves, 24 de junio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima quinta noche

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Y cuando llegó la 705ª noche

Ella dijo:

‘...Y se apresuraron a hacer entrega de la princesa Mariam a su padre.

Cuando el rey de los francos vio entrar a su hija, y sus ojos se encontraron con los ojos de ella, no pudo contener la violencia de sus sentimientos, e inclinándose en su trono y adelantando los puños, le gritó: ‘¡Mal hayas, hija maldita! ¡Sin duda abjuraste de las creencias de tus antepasados, ya que así abandonas las moradas de tu padre y vas en busca de los descreídos que te quitaron el sello! ¡En verdad que tu muerte apenas podrá lavar la afrenta hecha al nombre cristiano y al honor de nuestra raza! ¡Ah, maldita! ¡Prepárate a ser ahorcada a la puerta de la iglesia!’ Pero, lejos de turbarse, contestó la princesa Mariam: ‘Ya conoces mi franqueza, padre mío. No soy tan culpable como crees. Porque, ¿qué crimen cometí al querer volver a una tierra en que calienta el sol con sus rayos y en que los hombres son fuertes y enteros? ¿Y qué iba a hacer aquí entre sacerdotes y eunucos?’

Al oír estas palabras, la cólera del rey llegó a sus límites extremos, y gritó a sus verdugos:

‘¡Quitad de mi vista a esa hija ignominiosa, y lleváosla para hacerla perecer con la muerte más cruel!’

Cuando los verdugos se disponían a prender a la princesa, el viejo visir tuerto avanzó hacia el trono renqueando, y después de besar la tierra entre las manos del rey, dijo: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡Permite a tu esclavo formular un ruego antes de la muerte de la princesa!’ El rey dijo: ‘Habla, ¡oh mi viejo visir abnegado! ¡Oh sostén de la cristiandad!’ Y dijo el visir: ‘Has de saber ¡oh rey! que desde hace mucho tiempo tu indigno esclavo está prendado de los encantos de la princesa. Por eso vengo a rogarte que no la hagas morir, y como única recompensa por las pruebas acumuladas que te di de mi abnegación en interés de su trono y de la cristiandad, me la concedas por esposa.

¡Y el caso es que, como soy tan feo, este matrimonio, que resulta para mí un favor, podrá servir al mismo tiempo de castigo a los pecados de la princesa! ¡Por lo demás, me comprometo a tenerla encerrada en el fondo de mi palacio, al abrigo de toda fuga y de las asechanzas de los musulmanes para en adelante!’

Al oír estas palabras de su viejo visir, dijo el rey: ‘¡No hay inconveniente! Pero ¿qué vas a hacer ¡oh pobre! con este tizón quemado en los fuegos del infierno? ¿Y no temes las funestas consecuencias de ese matrimonio? ¡Por el Mesías que, en tu lugar, me metería yo en la boca el dedo durante largo rato para reflexionar acerca de un asunto tan grave!’

Pero el visir contestó: ‘¡Por el Mesías, que no me hago ilusiones a ese respecto, y no ignoro la gravedad de la situación! ¡Pero ya sabré obrar con el tacto bastante para impedir que mi esposa se entregue a excesos reprensibles!’ Y al oír estas palabras, echándose a reír, el rey de los francos bamboleó en su trono, y dijo al viejo visir: ‘¡Oh padre claudicante! ¡Espero ver crecer en tu cabeza dos colmillos de elefante! ¡Pero te prevengo que, como dejes escapar de tu palacio a mi hija o no la impidas añadir una aventura más a sus aventuras tan deshonrosas para nuestro nombre, tu cabeza saltará de tus hombros! ¡Con esa única condición te doy mi consentimiento!’ Y el viejo visir aceptó la condición, y besó los pies al rey.

Al punto se informó de aquel matrimonio a todos los sacerdotes, monjes y patriarcas, así como a todos los dignatarios de la cristiandad. Y con tal motivo se dieron grandes fiestas en palacio. Y terminadas las ceremonias, el viejo repugnante visir penetró en la cámara de la princesa. ¡Que Alah impida a la fealdad tocar al esplendor! ¡Y ojalá entregue el alma ese inmundo cerdo antes que mancillar las cosas puras!

¡Pero ya volveremos a encontrarle!

En cuanto a Nur, que había bajado a tierra para comprar las cosas necesarias al tocado de la princesa, cuando volvió con el velo, el traje y un par de babuchas de cuero amarillo limón, vio que una muchedumbre inmensa iba y venía por el puerto. Y preguntó la causa de tal tumulto; y le dijeron que la tripulación de un barco franco acababa de abordar y quemar de improviso un navío amarrado no lejos de allá, llevándose a una joven que se hallaba en él. Y al escuchar esta noticia, a Nur se le mudó el color y cayó al suelo sin conocimiento.

Cuando, al cabo de cierto tiempo, volvió de su desmayo, hubo de contar a los presentes su triste aventura. Pero no hay utilidad en repetirla. Y todos empezaron a censurar su conducta y a dirigirle mil reproches, diciéndole: ‘¡No tienes más que tu merecido! ¿Por qué la dejaste sola?

¿Qué necesidad tenías de ir a comprarle un velo y babuchas nuevas de cuero amarillo limón? ¿No podía ella bajar a tierra con sus ropas viejas y cubrirse el rostro por el momento con un trapo o un trozo de velo o cualquier otra tela? ¡Sí, por Alah, no tienes más que tu merecido!’

A la sazón llegó un jeique, que era el propietario del khan donde se alojaron Nur y la princesa a raíz de su encuentro. Y reconoció al pobre Nur, y al verle en un estado tan lastimoso, le preguntó la causa. Y cuando estuvo al corriente de la historia, le dijo: ‘¡En verdad que el velo era tan superfluo como el traje nuevo y las babuchas amarillas! Pero más superfluo aún sería seguir hablando de ello. ¡Ven conmigo, hijo mío! Eres joven, y en vez de llorar por una mujer y desesperarte, debes aprovecharte cuanto antes de tu juventud y de tu salud. ¡Ven! ¡Todavía no se ha extinguido en nuestro país la raza de las jóvenes hermosas! ¡Y ya sabremos encontrar para ti una egipcia bella y experta que sin duda alguna te resarcirá y te consolará de la pérdida de esa princesa franca...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima sexta noche

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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