martes, 10 de agosto de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima quincuagésima tercera noche

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“Pero cuando llegó la 753ª noche

Ella dijo:

‘...Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial: ‘¡Así ocurren siempre estas cosas, hija mía! ¡Pero guárdate bien de decírselo a nadie, porque estas cosas no se cuentan nunca! ¡Y las personas que te oyeran te tomarían por loca! Levántate, pues, y no te preocupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos que se dan hoy en palacio en honor tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente en nuestra ciudad, sino en todo el reino. ¡Vamos, hija mía, alégrate y olvida ya los diversos incidentes de esta noche!’

Luego la reina llamó a sus mujeres y las encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán, que estaba muy perplejo, salió en busca del yerno, el hijo del visir. Y acabaron por encontrarle cuando volvía del hammam. Y para saber a qué atenerse con respecto a lo que decía su hija, la reina empezó a interrogar al asustado joven acerca de lo que había pasado. Pero no quiso él declarar nada de lo que hubo de sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le tomaran a broma y le rechazaran otra vez los padres de su esposa, se limitó a contestar: ‘¡Por Alah! ¿Y qué ha pasado para que me interroguéis con ese aspecto tan singular?’ Y entonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que había contado su hija era efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno, y le dijo: ‘¡Glorificado sea Alah por todo lo que pasó sin daño ni dolor! ¡Te recomiendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa, porque está delicada!’

Y después de estas palabras le dejó y fue a sus aposentos para ocuparse de los regocijos y diversiones del día. ¡Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados!

En cuanto a Aladino, que sospechaba lo que ocurría en palacio, pasó el día deleitándose al pensar en la broma excelente de que acababa de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dio por satisfecho, y quiso saborear hasta el fin la humillación de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento de tranquilidad; y en cuanto llegó la noche cogió su lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando la misma fórmula que las otras veces.

Y le dijo Aladino: ‘¡Oh servidor de la lámpara, ve al palacio del sultán! ¡Y en cuanto veas acostados juntos a los recién casados, cógelos con lecho y todo y tráemelos aquí, como hiciste la noche anterior!’

Y el genni se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en volver con su carga, depositándola en el cuarto de Aladino para coger en seguida al hijo del visir y meterle de cabeza en el retrete. Y no dejó Aladino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta decencia como la vez primera. Y tras de colocar el sable entre ambos, se volvió de cara a la pared y se durmió tranquilamente. Y al siguiente día todo ocurrió exactamente igual que la víspera, pues el efrit, siguiendo las órdenes de Aladino, volvió a dejar al joven junto a Badrú'l-Budur, y les transportó a ambos con el lecho a la cámara nupcial del palacio del sultán.

Pero el sultán más impaciente que nunca por saber de su hija después de la segunda noche, llegó a la cámara nupcial en aquel mismo momento, completamente solo, porque temía el malhumor de su esposa la sultana y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mortificación, oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas; y después de besar a la princesa, le dijo:

‘¡Supongo, hija mía, que esta noche no habrás tenido una pesadilla tan horrible como la que ayer nos contaste con sus extravagantes peripecias! ¡Vaya! ¿Quieres decirme cómo has pasado esta noche?’ Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver los ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato para darle tiempo a que se calmase; pero como ella continuara llorando y suspirando, acabó por enfurecerse y sacó su sable, y exclamó:

‘¡Por mi vida, que si no quieres decirme en seguida la verdad, te separo de los hombros la cabeza!’

Entonces, doblemente espantada, la pobre princesa se vio en la precisión de interrumpir sus lágrimas; y dijo con voz entrecortada: ‘¡Oh padre mío bienamado! ¡Por favor, no te enfades conmigo! ¡Porque, si quieres escucharme ahora que no está mi madre para excitarte contra mí, sin duda alguna me disculparás y me compadecerás y tomarás las precauciones necesarias para impedir que me muera de confusión y espanto! ¡Pues si vuelvo a soportar las cosas terribles que he soportado esta noche, al día siguiente me encontrarás muerta en mi lecho! ¡Ten piedad de mí, pues, ¡oh padre mío! y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi emoción...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima quincuagésima cuarta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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lunes, 9 de agosto de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima quincuagésima segunda noche

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“Y cuando llegó la 752ª noche

Ella dijo:

‘...De todos modos, la suerte de ambos esposos fue bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche de bodas.

Al siguiente día por la mañana, sin que Aladino tuviese necesidad de frotar la lámpara de nuevo, el efrit, cumpliendo la orden que se le dio, fue solo a esperar que se despertase el dueño de la lámpara. Y como tardara en despertarse, lanzó varias exclamaciones que asustaron a la princesa, a la cual no era posible verle. Y Aladino abrió los ojos, y en cuanto hubo reconocido al efrit, se levantó del lado de la princesa, y se separó del lecho un poco, para no ser oído más que por el efrit, y le dijo: ‘Date prisa a sacar del retrete al hijo del visir, y vuelve a dejarle en la cama en el sitio que ocupaba. Luego llévalos a ambos al palacio del sultán, dejándolos en el mismo lugar de donde los trajiste. ¡Y sobre todo, vigílales bien para impedirles que se acaricien, ni siquiera que se toquen!’ Y el efrit de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró primero a quitar el frío al joven del retrete y a ponerle en el lecho, al lado de la princesa para transportar en seguida a ambos a la cámara nupcial del palacio del sultán en menos tiempo del que se necesita para parpadear, sin que pudiesen ellos ver ni comprender lo que les sucedía, ni a qué obedecía tan rápido cambio de domicilio. Y a fe que era lo mejor que podía ocurrirles, porque la sola vista del espantable genni servidor de la lámpara, sin duda alguna les habría asustado hasta morir.

Y he aquí que, apenas el efrit transportó a los dos recién casados a la habitación del palacio, el sultán y su esposa hicieron su entrada matinal, impacientes por saber cómo había pasado su hija aquella noche de bodas y deseosos de felicitarla y de ser los primeros en verla para desearle dicha y delicias prolongadas. Y muy emocionados se acercaron al lecho de su hija, y la besaron con ternura entre ambos ojos, diciéndole: ‘Bendita sea tu unión, ¡oh hija de nuestro corazón! ¡Y ojalá veas germinar de tu fecundidad una larga sucesión de descendientes hermosos e ilustres que perpetúen la gloria y la nobleza de tu raza! ¡Ah! ¡Dinos cómo has pasado esta primera noche, y de qué manera se ha portado contigo tu esposo!’ Y tras de hablar así, se callaron, aguardando su respuesta. Y he aquí que de pronto vieron que, en lugar de mostrar un rostro fresco y sonriente, estallaba ella en sollozos y les miraba con ojos muy abiertos, tristes y preñados de lágrimas.

Entonces quisieron interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellos, había salido él de la habitación para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al hammam del palacio para tomar el baño, como es costumbre después de la consumación del acto. Y de nuevo se volvieron hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lágrimas eran lágrimas propias de las circunstancias, y esperaron un momento. Pero como la situación amenazaba con durar mucho tiempo y el llanto de la princesa aumentaba, a la reina le faltó paciencia; y acabó por decir a la princesa, con tono malhumorado: ‘Vaya, hija mía, ¿quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿Y vas a seguir así por mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú; pero supe tener tacto para no prolongar con exceso esas actitudes de gallina asustada. ¡Y además, te olvidas de que al presente nos estás faltando al respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas!’

Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos sentidos a la vez, se vio obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzando un suspiro prolongado y muy triste, contestó: ‘¡Alah me perdone si falté al respeto que debo a mi padre y a mi madre; pero me disculpa el hecho de estar en extremo turbada y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha ocurrido esta noche!’ Y contó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas habían pasado realmente, sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el lecho al lado de su esposo, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que jamás había visitado antes; que la habían separado de su esposo, sin que pudiese ella saber de qué manera le habían sacado y reintegrado luego; que le había reemplazado, durante toda la noche, un joven hermoso, muy respetuoso desde luego y en extremo atento, el cual, para no verse expuesto a abusar de ella, había dejado su sable desenvainado entre ambos y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por último. que a la mañana, vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cámara nupcial del palacio, apresurándose él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles que le cubrían la cara. Y añadió: ‘¡Y en ese momento os vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme noticias! ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me resta morir!’ Y tras de hablar así, escondió la cabeza en las almohadas, sacudida por sollozos dolorosos.

Cuando el sultán y su esposa oyeron estas palabras de su hija Badrú'l-Budur, se quedaron estupefactos, y mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón aquella noche en que su virginidad fué herida por primera vez. Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima quincuagésima tercera noche…

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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