jueves, 7 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima décima noche

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Pero cuando llegó la 810ª noche

Ella dijo:

...Y tras de abrazarse con mucha ternura y felicitarse mutuamente por su dichoso arribo, los tres príncipes se sentaron a comer juntos. Y después de la comida tomó la palabra el príncipe Alí, que era el mayor, y dijo: ‘¡Oh hermanos míos! tenemos por delante toda la vida para contarnos las particularidades de nuestro viaje. ¡Ahora sólo se trata de mostrarnos unos a otros la rareza traída, motivo y fruto de nuestra empresa, a fin de que podamos hacernos justicia de antemano y ver aproximadamente a quien dará la preferencia nuestro padre el sultán con respecto a nuestra prima, la princesa Nurennahar!’

Y se calló por un momento, y añadió: ‘Por mi parte, como soy vuestro hermano mayor, voy a revelaros mi hallazgo. Sabed, pues, que mi viaje fue a la India marítima, al reino de Bischangar. Y todo lo que he traído es esta alfombra de plegaria sobre la cual me veis sentado, y que es de lana corriente y de una apariencia sin suntuosidad. ¡Pero, merced a esta alfombra, espero conquistar a nuestra prima!’ Y contó a sus hermanos toda la historia de la alfombra volante, y sus virtudes, y cómo se había servido de ella para, en un abrir y cerrar de ojos, regresar desde el reino de Bischangar. Y para dar más valor a sus palabras, rogó a sus hermanos que se sentaran con él en la alfombra, y les hizo efectuar por el aire un viaje, que duró lo que un parpadeo, y que en otros vehículos hubiera necesitado meses para llevarlo a cabo. Luego añadió: ‘¡Ahora supongo que me diréis si lo que habéis traído puede compararse con mi alfombra!’ Y cuando hubo acabado de ensalzar de tal suerte el objeto que poseía, se calló.

Y a su vez tomó la palabra el príncipe Hassán, y dijo: ‘En verdad ¡oh hermano mío! que esta alfombra volante es cosa prodigiosa, y en mi vida la he visto parecida. Pero por muy admirable que sea, ambos convendréis conmigo en que puede haber en el mundo otras cosas dignas de atención; y para daros prueba de ello, aquí tenéis este canuto de marfil, que a primera vista no parece una rareza tan extraordinaria. No obstante, podéis creer que me ha costado lo que me ha costado y que, a pesar de su apariencia modesta, es un objeto de lo más maravilloso. Y no dudaréis en creerme cuando hayáis aplicado un ojo al extremo de este canuto, donde tiene este cristal. ¡Mirad de la manera que voy a enseñaros!’

Y acercó el canuto de marfil a su ojo derecho, cerrando su ojo izquierdo, y diciendo:

‘¡Oh canuto de marfil, hazme ver en seguida a la princesa Nurennahar!’ Y miró a través del cristal. ¡Y sus dos hermanos, que tenían los ojos fijos en él, llegaron al límite del asombro al ver que de repente se le demudaba el semblante y se ponía muy amarillo, como bajo la pesadumbre de una gran aflicción! Y antes de que tuviesen tiempo de interrogarle, exclamó:

‘¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah! ¡Oh hermanos míos! ¡En vano fue que los tres emprendiéramos un viaje tan penoso en espera de la dicha! ¡Ay! dentro de algunos instantes nuestra prima estará sin vida ya, porque acabo de verla en su lecho rodeada por sus mujeres llorosas y por los eunucos desesperados. ¡Vosotros mismos juzgaréis, por cierto, del estado lamentable a que se ve reducida para calamidad nuestra!’ Y así diciendo, entregó el canuto de marfil al príncipe Alí, indicándole que formulara mentalmente el anhelo de ver a la princesa. Y el príncipe miró a través del cristal y retrocedió tan afligido como su hermano. Y el príncipe Hossein le quitó de las manos el canuto, y vio el mismo espectáculo entristecedor. Pero, lejos de mostrarse tan afligido como sus hermanos, se echó a reír, y dijo: ‘¡Oh hermanos míos! ¡Refrescad vuestros ojos y calmad vuestra alma, pues, aunque a juzgar por lo que hemos visto, es bastante grave la enfermedad de nuestra prima, no podrá resistir a las propiedades de esta manzana que aquí veis, y cuyo solo aroma resucita a los muertos en el fondo de sus sepulcros!’ Y en pocas palabras les contó la historia de la manzana y sus virtudes y los efectos de sus virtudes, y les aseguró que sin duda curaría a su prima.

Al oír estas palabras, exclamó el príncipe Alí: ‘En ese caso, ¡oh hermano mío! no tenemos más que transportarnos con toda diligencia a nuestro palacio, utilizando para ello mi alfombra. Y experimentarás en nuestra bienamada prima la virtud salvadora de esa manzana’. Y los tres príncipes dieron orden a sus esclavos de que montaran a caballo para reunirse con ellos más tarde, y les despidieron. Luego, sentándose en la alfombra, formularon a su vez el mismo deseo de ser transportados al aposento de la princesa Nurennahar. Y en un abrir y cerrar de ojos encontráronse en medio de la habitación de la princesa sentados en la alfombra. Así es que, cuando las mujeres y los eunucos de Nurennahar vieron de pronto en la estancia a los tres príncipes, sin comprender cómo habían llegado, se sintieron poseídos de terror y asombro. Y los eunucos les desconocieron en un principio, tomándoles por extranjeros, y ya estaban a punto de arrojarse sobre ellos, cuando volvieron de su error. Y los tres hermanos se levantaron de la alfombra en seguida; y el príncipe Hossein se acercó con presteza al lecho en que yacía Nurennahar en la agonía, y le acercó a las narices la manzana maravillosa. Y la princesa abrió los ojos, movió de un lado a otro la cabeza, mirando con ojos asombrados a las personas que la rodeaban, y se incorporó. Y sonrió a sus primos y les dio a besar su mano, deseándoles la bienvenida, y se informó de su viaje. Y le hicieron presente cuán dichosos eran de haber llegado a tiempo para contribuir a su curación, con ayuda de Alah. Y las mujeres la enteraron de cómo habían llegado los tres hermanos, y de cómo la había vuelto a la vida el príncipe Hossein, haciéndole aspirar el olor de la manzana. Y Nurennahar les dio las gracias a todos, y al príncipe Hossein en particular. Luego, como mandara ella que la vistiesen, sus primos se despidieron, haciendo votos por la larga duración de su vida, y se retiraron.

Y dejando a su prima al cuidado de las mujeres, los tres hermanos fueron a echarse a los pies de su padre el sultán, y le presentaron sus respetos. Y el sultán, que ya estaba prevenido por los eunucos de la llegada y de la curación de la princesa, les levantó y les abrazó y se alegró de verles llegar con buena salud. Y tras de dar rienda suelta de aquel modo a su mutuo afecto, los tres príncipes presentaron al sultán la rareza que había traído cada uno de ellos. Y después que le hubieron explicado lo que tenían que explicarle acerca del particular, le suplicaron que diera su opinión y manifestara su preferencia.

Cuando el sultán hubo oído todo lo que sus hijos quisieron decirle para encomiar lo que habían traído, y cuando hubo escuchado sin interrumpirles lo que le contaban con respecto a la curación de su prima, se quedó silencioso por algún tiempo reflexionando profundamente. Tras de lo cual levantó la cabeza, y les dijo: ‘¡Oh hijos míos! el asunto es muy delicado, y resulta todavía más difícil de resolver que antes de vuestra marcha. Porque por un lado encuentro que las rarezas que me traéis se equiparan con toda justicia, y por otro lado veo que, cada una por su parte, todas han contribuido por igual a la curación de vuestra prima. En efecto, el canuto de marfil fue el primero en descubrir lo que ocurría a la princesa; y la alfombra os transportó a presencia suya con toda diligencia; y la ha curado la manzana. Pero no se habría producido, con asentimiento de Alah, tan maravilloso resultado si hubiese faltado alguna de esas rarezas. Así es que al presente veis a vuestro padre más perplejo aún que antes para hacer su elección. ¡Y vosotros mismos, que estáis dotados del sentido de la justicia, debéis hallaros tan perplejos y fluctuantes como yo me hallo!’

Y habiendo hablado de tal suerte con sabiduría e imparcialidad, el sultán se puso a reflexionar acerca de la situación. Y al cabo de una hora de tiempo exclamó: ‘¡Oh hijos míos! me queda un solo medio para salir del atolladero. Y voy a indicároslo. Consiste ¡oh hijos míos! en lo siguiente: Como hasta la noche os queda tiempo todavía, coged cada cual un arco y una flecha, y saliendo de la ciudad, id al meidán donde se celebran las justas de caballeros y yo iré con vosotros. ¡Y declaro que daré por esposa la princesa Nurennahar a aquel de vosotros que tire la flecha más lejos!’ Y los tres príncipes contestaron con el oído y la obediencia. Y fueron juntos al meidán, seguidos de numerosos oficiales de palacio.

Y como el príncipe Alí era el mayor, cogió su arco y una flecha y tiró el primero; y el príncipe Hassán tiró el segundo, y su flecha fue a caer más lejos que la de su hermano mayor. Y el tercero en tirar fue el príncipe Hossein; pero ninguno de los oficiales apostados de trecho en trecho en un largo recorrido vio caer su flecha, que hendió los aires en línea recta y se perdió en la lejanía. Y corrieron y la buscaron; pero a pesar de todas las pesquisas y de la atención que en ello se puso, no fue posible encontrar la flecha.

Entonces, ante todos sus oficiales reunidos, el sultán dijo a los tres príncipes: ‘¡Oh hijos míos! ¡Ya veis que la suerte está echada! Aunque parezca que tú, ¡oh Hossein! eres quien llegó más lejos, no eres el vencedor, porque es necesario que se encuentre la flecha para que la victoria se pronuncie evidente y cierta. Y me veo en la obligación de declarar vencedor a mi segundo hijo Hassán, cuya flecha ha caído más lejos que la de su hermano mayor. Así, pues, ¡oh hijo mío Hassán! eres tú, incontestablemente, quien llegará a ser esposo de la hija de su tío, la princesa Nurennahar. ¡Porque ése es tu destino!’

Y habiendo decidido de tal suerte, el sultán dio al punto las órdenes oportunas para los preparativos y las ceremonias de las bodas de su hijo Hassán con la princesa Nurennahar. Y pocos días después se celebraron las nupcias con gran magnificencia. ¡Y he aquí lo referente al príncipe Hassán y a su esposa Nurennahar!

En cuanto al príncipe Alí, no quiso asistir a las ceremonias del matrimonio, y como era muy viva su pasión por su prima y no tenía objeto en lo sucesivo, no pudo resolverse a vivir en palacio, y en sesión pública renunció de buen grado a la sucesión al trono de su padre. Y vistió el hábito de derviche y fue a ponerse bajo la dirección espiritual de un jeique reputado por su santidad, su ciencia y su vida ejemplar en el fondo de la más retirada de las soledades.

¡Y esto es lo referente a él!

¡Pero por lo que atañe al príncipe Hossein, cuya flecha habíase perdido en la lejanía, he aquí lo que le aconteció...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima undécima noche

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima novena noche

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Y cuando llegó la 809ª noche

Ella dijo:

‘...Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad, sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún. Y el príncipe Hassán se dijo: ‘¡He aquí un corredor que me inspira confianza!’ Y ya iba a encararse con él para rogarle que le mostrara el canuto que llevaba de manera tan respetuosa, cuando le oyó gritar, pero con voz impregnada de un gran orgullo y de un énfasis magnífico: ‘¡Oh compradores! ¡No perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro el canuto de marfil!

¡Muerto está quien lo hizo, y nunca más ha de dejarse ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil!

¡Hace ver lo que hace ver! ¡No perderá quien le compre! ¡Quien quiera ver, puede ver! ¡Hace ver lo que hace ver! ¡Aquí tenéis el canuto de marfil!’

Al oír este pregón, el príncipe Hassán, que ya había dado un paso en dirección al vendedor, retrocedió con asombro, y encarándose con el mercader contra cuya tienda estaba apoyado, le dijo: ‘¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! dime si ese hombre, que a tan exorbitante precio pregona ese canuto de marfil, tiene sana la razón, o si ha perdido todo buen sentido, o si sólo por broma se conduce así!’ Y contestó el dueño de la tienda: ‘¡Por Alah!, ¡oh mi señor! puedo atestiguarte que ese hombre es el más honrado y el más cuerdo de nuestros subastadores; ¡y a él es a quien los mercaderes utilizan con más frecuencia, a causa de la confianza que les inspira, y porque es el más antiguo en el oficio! ¡Y respondo de su buen sentido, a no ser que lo haya perdido esta mañana; pero no lo creo! ¡Preciso es, pues, que ese canuto valga los treinta mil dinares y aun más para que lo vocee a ese precio! ¡Y los valdrá por algo que no se note! ¡Por lo demás, si quieres, voy a llamarle, y le interrogarás tú mismo! Por tanto, te ruego que subas a sentarte en mi tienda y a descansar un momento’.

Y el príncipe Hassán aceptó la oferta, muy de agradecer, del mercader; y en cuanto estuvo sentado el joven, se acercó a la tienda el vendedor, que había sido llamado por su nombre. Y el mercader le dijo:

‘¡Oh subastador amigo! el señor mercader que aquí ves está muy asombrado de oírte pregonar en treinta bolsas ese canutito de marfil; y yo mismo estaría igual de asombrado si no te tuviera por un hombre dotado de exacta probidad. ¡Responde, pues, a este señor, a fin de que no siga formando de ti una opinión desventajosa!’ Y el vendedor se encaró con el príncipe Hassán, y le dijo: ‘¡En verdad ¡oh mi señor! que está permitida la duda a quien no ha visto! ¡Pero cuando hayas visto, no dudarás ya! En cuanto al precio del canuto, no es de treinta mil dinares, precio sólo para apertura de la subasta, sino de cuarenta mil. ¡Y tengo orden de no dejarlo en menos, y de no cedérselo más que a quien lo pague al contado!’ Y el príncipe Hassán dijo: ‘¡Quisiera creerte bajo tu palabra ¡oh vendedor! pero aun tengo que saber la causa de que ese canuto merezca tal consideración y por qué singularidad se recomienda a la atención!’ Y dijo el vendedor: ‘¡Has de saber ¡oh mi señor! que, si miras con este canuto por el extremo que está provisto de este cristal, sea cualquiera la cosa que desees ver, quedarás satisfecho al punto, y la verás!’ Y dijo el príncipe Hassán: ‘¡Si es verdad lo que dices, ¡oh vendedor de bendición! no solamente te pagaré el precio que pides, sino mil dinares más de corretaje para ti!’ Y añadió: ‘¡Date prisa a enseñarme por qué extremo debo mirar!’ Y el vendedor se lo enseñó. Y el príncipe miró, deseando ver a la princesa Nurennahar. Y de pronto la vio, sentada en la bañera de su hammam, entre las manos de sus esclavas, que procedían a su tocado. Y reía ella, jugueteando con el agua, y se miraba en su espejo. Y al verla tan hermosa y tan próxima a él, el príncipe Hassán, en el límite de la emoción, no pudo menos de lanzar un grito agudo, y estuvo a punto de dejar escapar de su mano el canuto.

Y tras de adquirir así la prueba de que aquel canuto era la cosa más maravillosa que había en el mundo, no vaciló ni un instante en comprarlo, convencido de que jamás encontraría una rareza semejante para llevarla como fruto de su viaje, aunque durara este viaje diez años y tuviese él que recorrer el Universo. E hizo seña al vendedor para que le siguiese. Y después de despedirse del mercader, fue al khan donde se alojaba, e hizo que su esclavo contase al vendedor las cuarenta bolsas, añadiendo otra por el corretaje. Y se convirtió en poseedor del canuto de marfil.

Y cuando el príncipe Hassán hubo hecho esta preciosa adquisición, no dudó de su preponderancia sobre sus hermanos, ni de su victoria ante ellos, ni de la conquista de su prima Nurennahar. Y lleno de alegría, como tenía tiempo sobrado, pensó en dedicarse a estudiar los usos y costumbres de los persas, y a ver las curiosidades de la ciudad de Schiraz. Y se pasó los días paseando, mirando y escuchando. Y como estaba bien dotado de ingenio y tenía un alma sensible, frecuentó el trato de los hombres instruidos y de los poetas, y aprendió de memoria los poemas persas más hermosos. Y sólo entonces fue cuando se decidió a regresar a su país; y aprovechando la salida de la misma caravana, se agregó a los mercaderes que la componían y se puso en camino. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó sin contratiempo al khan de los tres caminos, que era el punto de cita. Y se encontró allá con su hermano el príncipe Alí. Y se quedó con él, esperando el regreso de su tercer hermano. ¡Y esto es lo referente a él!

¡En cuanto al príncipe Hossein, que era el más joven de los tres príncipes, te ruego ¡oh rey afortunado! que acerques a mí tu oído, pues he aquí lo que le aconteció!

Después de un largo viaje que nada tuvo de extraordinario verdaderamente, llegó a una ciudad que le dijeron era Samarcanda. Y en efecto, era Samarcanda al-Ajam, la propia ciudad en que ahora reina tu glorioso hermano Schahzamán, ¡oh rey del tiempo! Y al día siguiente al de su llegada el príncipe Hossein se presentó en el zoco, que en la lengua del país se llama Bazar. Y aquel bazar le pareció muy hermoso. Y mientras se paseaba, mirando a todos lados con sus dos ojos, vio de pronto a dos pasos de él un vendedor que tenía en la mano una manzana. Y era tan admirable aquella manzana, roja por un lado y dorada por otro, y gorda como una sandía, que al punto deseó comprarla el príncipe Hossein, y preguntó al que la llevaba:

‘¿Cuánto vale esta manzana, ¡oh vendedor!?’ Y dijo el vendedor: ‘El precio de tasa ¡oh mi señor! es treinta mil dinares de oro. ¡Pero tengo orden de no cederla más que en cuarenta mil dinares, y al contado!’ Y el príncipe Hossein exclamó: ‘¡Por Alah, ¡oh hombre! que esta manzana es muy hermosa, y jamás la vi igual en mi vida! ¡Pero sin duda quieres burlarte al pedir un precio tan exorbitante!’ Y contestó el vendedor: ‘No, ¡oh mi señor! y por Alah que este precio que pido no es nada en comparación con el valor real de esta manzana. Porque, por muy hermosa y admirable que a la vista sea, nada es eso en comparación con su aroma. ¡Y por muy bueno y delicioso que su aroma sea, nada es en comparación con sus virtudes! ¡Y por muy maravillosas que sean sus virtudes, ¡oh corona de mi cabeza! ¡Oh hermoso señor mío! nada son en comparación con los efectos benéficos que reporta a los hombres!’ Y dijo el príncipe Hossein: ‘¡Oh vendedor! ya que así es, date prisa a hacerme aspirar primero su aroma. ¡Y luego me dirás cuáles son sus virtudes y efectos!’ Y tendiendo la mano, el vendedor acercó la manzana a la nariz del príncipe, que hubo de aspirarla. Y tan penetrante y tan suave parecióle su aroma, que exclamó: ‘¡Ya Alah! ¡Se me ha pasado todo el cansancio del viaje, y estoy como si acabara de salir del seno de mi madre! ¡Ah! ¡Qué inefable aroma!’ Y dijo el vendedor: ‘Pues bien, señor; ya que por ti mismo acabas de experimentar efectos tan inesperados aspirando el aroma de esta manzana, has de saber que la tal manzana no es natural, sino fabricada por la mano del hombre; y no es fruto de un árbol ciego e insensible, sino fruto del estudio y las vigilias de un gran sabio, de un filósofo muy célebre, que se pasó toda la vida haciendo investigaciones y experiencias respecto a las virtudes de las plantas y de los minerales. Y logró la composición de esta manzana, que encierra en sí la quintaesencia de todos los cuerpos simples, de todas las plantas útiles y de todos los minerales curativos. En efecto, no hay enfermo, cualquiera que sea la calamidad de que esté afligido, aun cuando se trate de la peste, de la fiebre purpúrea o de la lepra, que no recobre la salud al olerla, aunque esté moribundo. Y tú mismo inclusive acabas de sentir hasta cierto punto su efecto, pues que con su olor se te ha disipado el cansancio del viaje. Pero, para mayor certeza, quiero que con ella cure ante tus ojos un enfermo aquejado de un mal incurable, a fin de que estés seguro de sus virtudes y propiedades, como lo están todos los habitantes de esta ciudad. ¡No tienes, en efecto, más que interrogar a los mercaderes que se han congregado aquí, y la mayoría de entre ellos te dirán que, si están con vida todavía, es únicamente merced a esta manzana que ves!’

Y he aquí que, mientras hablaba así el vendedor, varias personas se habían parado y le habían rodeado, diciendo: ‘¡Sí, por Alah, que todo eso es verdad! ¡Esa manzana es la reina de las manzanas y el más excelente de los remedios! ¡Y saca de las puertas de la muerte a los enfermos más desesperados!’ Y como para confirmar todo lo bien que hablaban de ella, acertó a pasar por allí un pobre hombre ciego y paralítico, a quien un mozo llevaba a hombros en una banasta. Y el vendedor se acercó a él con viveza y le puso la manzana junto a la nariz. Y de repente el enfermo se levantó en la banasta, y saltando como un gato por encima de la cabeza del que le llevaba, echó a correr, abriendo unos ojos como tizones. Y todo el mundo le vio y dio fe de ello.

Entonces, convencido de la eficacia de aquella manzana maravillosa, el príncipe Hossein dijo al vendedor: ‘¡Oh rostro de buen augurio, te ruego que me sigas a mi khan!’ Y le llevó al khan en que se alojaba y le pagó los cuarenta mil dinares, y le dio una bolsa de mil dinares de regalo por el corretaje. Y convertido en poseedor de la manzana maravillosa, esperó con paciencia la salida de alguna caravana para volver a su país. Porque estaba persuadido de que con aquella manzana triunfaría fácilmente de sus dos hermanos y sería esposo de la princesa Nurennahar. Y cuando la caravana estuvo dispuesta, partió de Samarcanda, y después de las fatigas de un largo viaje, llegó en seguridad, con permiso de Alah, al khan de los tres caminos, donde le esperaban sus dos hermanos Alí y Hassán.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima décima noche

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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