miércoles, 1 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima sexagésima quinta noche

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“Y cuando llegó la 865ª noche

Ella dijo:

...En cuanto a mi amo, sin volver del asombro que hubo de producirle mi perspicacia, llamó a sus vecinos y a todos los tenderos del zoco. Y les contó, con admiración, lo que había pasado, no sin exagerar mi mérito, que ya de por sí era bastante asombroso.

Al oír aquel relato de mi amo todos los presentes se hicieron lenguas de mi inteligencia, diciendo que jamás habían visto un perro tan maravilloso. Y para comprobar por sí mismos las palabras de mi amo, no porque sospechasen de su buena fe, sino sólo con el fin de alabarme más, quisieron poner a prueba mi sagacidad. Y fueron a buscar todas las monedas falsas que tenían en sus casas, y me las enseñaron juntas con otras de buena ley. Y al ver aquello, pensé: ‘¡Ya Alah! ¡Asombra el número de monedas falsas que hay en casa de toda esta gente!’

Sin embargo, como no quería con mi retraimiento que se ennegreciera el rostro de mi amo en presencia de sus vecinos, examiné con atención todas las monedas que me pusieron delante de los ojos. Y no se presentó ni una sola falsa sobre la cual no pusiese yo la pata y la separase de las demás.

Y mi fama cundió por todos los zocos de la ciudad, y llegó hasta los harenes merced a la locuacidad de la esposa de mi amo. Y desde por la mañana hasta por la noche asaltaba la panadería una muchedumbre de curiosos que querían experimentar mi habilidad para distinguir la moneda falsa. Y toda la jornada estaba yo ocupado en complacer así a los clientes, más numerosos de día en día, que iban a casa de mi amo desde los barrios más apartados de la ciudad. Y de tal suerte, mi reputación procuró a mi amo más ganancias que las de todos los panaderos de la ciudad reunidos. Y no cesaba mi amo de bendecir mi llegada, que había sido para él tan preciosa como un tesoro. Y su fortuna, debida a sus sentimientos caritativos, hubo de apenar al vendedor de cabezas de carnero, que se mordía los dedos de rabia. Y devorado por la envidia, no dejó de prepararme emboscadas para llevarme con él unas veces, y otras para darme disgustos, excitando contra mí, en cuanto yo salía, a todos los perros del barrio. Pero yo no tenía nada que temer; pues, por una parte, estaba bien guardado por mi amo y por otra, estaba bien defendido por los tenderos, admirados de mi habilidad.

Y hacía ya algún tiempo que vivía yo de aquel modo, rodeado de la consideración general; y hubiera estado verdaderamente contento de mi vida, si no asaltase de continuo mi memoria el recuerdo de mi antiguo estado de criatura humana. Y lo que sobre todo me hacía sufrir no era el ser un perro entre los perros, sino el verme privado del uso de la palabra y el estar reducido a expresarme con la mirada solamente y con las patas o con gritos inarticulados. Y a veces, cuando me acordaba de la terrible noche del cementerio, se me erizaban los pelos del lomo y me estremecía.

Un día entre los días, una vieja de aspecto respetable fue, como todo el mundo, a comprar pan a la panadería, atraída por mi reputación. Y como todo el mundo, cuando cogió el pan y tuvo que pagar, no dejó de tirarme algunas monedas entre las cuales había puesto a propósito, para hacer la experiencia, una moneda falsa. Y al punto separé de las demás la moneda de mala ley y puse la pata encima, mirando a la vieja, como para invitarla a comprobar si había acertado. Y cogió ella la moneda, diciendo: ‘¡Has acertado! ¡Es la falsa!’ Y me miró con gran admiración, pagó a mi amo el pan que había comprado, y al marcharse me hizo una seña imperceptible que significaba claramente: ‘¡Sígueme!’

Y he aquí, ¡oh Emir de los Creyentes! que adiviné que aquella mujer se interesaba por mí de un modo muy particular, pues la atención con que me había examinado era muy distinta de la manera cómo me miraban los demás. Sin embargo, como medida de prudencia, la dejé marcharse, contentándome con mirarla solamente. Pero después de dar algunos pasos, se volvió ella hacia mí, y al ver que yo no hacía más que mirarla sin moverme de mi sitio, me hizo otra seña más apremiante que la primera. Entonces, impulsado por una curiosidad más fuerte que mi prudencia, aprovechándome de que mi amo estaba a lo último de la tienda ocupado en cocer pan, salté a la calle y seguí a aquella señora. Y eché a andar detrás de ella, parándome de cuando en cuando, vacilante y meneando la cola. Pero, animado por ella, acabé por sobreponerme a mi inquietud y llegué con ella a su casa.

Y abrió ella la puerta de la casa, entró la primera y me invitó con voz muy dulce a hacer lo propio, diciéndome: ‘¡Entra, entra, ¡oh pobre! que no te arrepentirás!’ Y entré detrás de ella.

Entonces, después de cerrar la puerta, me llevó a los aposentos interiores y abrió una estancia, en la que me introdujo. Y vi sentada en un diván a una joven como la luna, que bordaba. Y aquella joven, al verme, se tapó inmediatamente con el velo; y la señora vieja le dijo: ‘¡Oh hija mía! te traigo al famoso perro del panadero, el mismo que tan bien sabe diferenciar las monedas buenas de las monedas falsas.

Y ya sabes las dudas que te participé desde que corrió el primer rumor acerca del particular. Y hoy he ido a comprar pan en casa de su amo el panadero y he sido testigo de la verdad de los hechos; y me hice seguir por este perro tan raro que maravilla a Bagdad. ¡Dime, pues, tu opinión, ¡oh hija mía! a fin de que sepa si me he equivocado en mis conjeturas!’ Y al punto contestó la joven: ‘¡Por Alah ¡oh madre! que no te equivocaste! Y en seguida voy a probártelo’.

Y la joven se levantó en aquella hora y en aquel instante, cogió un tazón de cobre rojo lleno de agua, murmuró sobre él ciertas palabras que no entendí, y rociándome con algunas gotas de aquella agua, dijo: ‘¡Si naciste perro, sigue siendo perro; pero si naciste ser humano, sacúdete y recobra tu forma primitiva en virtud de esta agua!’ Y al instante me sacudí. Y se rompió el encanto, y perdí la forma de perro para convertirme en hombre, que era mi estado natural.

Entonces, conmovido de agradecimiento, me eché a los pies de mi libertadora para darle gracias por tan gran beneficio; y besé la orla de su traje; y le dije: ‘¡Oh joven bendita! Alah te premie con Sus mejores dones el beneficio sin igual de que te soy deudor y con el que no has vacilado en favorecer a un hombre que no conoces, que es extraño en tu casa. ¿Cómo encontraré palabras para darte gracias y bendecirte como mereces? Sabe, al menos, que no me pertenezco ya que me has comprado por un precio que excede en mucho a mi valor. Y a fin de que conozcas con exactitud al esclavo que ahora es de tu propiedad y posesión, voy a contarte mi historia en pocas palabras para no pesar sobre tus oídos ni fatigar tu entendimiento’.

Y entonces le dije quién era y cómo, siendo soltero, me decidí súbitamente a tomar mujer y a escogerla, no entre las hijas de los notables de Bagdad, nuestra ciudad, sino entre las esclavas extranjeras que se venden y se compran. Y mientras mi libertadora y su madre me escuchaban con atención, les conté también cómo me había seducido la extraña belleza de la joven del Norte, y mi matrimonio con ella, y mi complacencia y mis miramientos para su persona, y mi proceder delicado, y mi paciencia al soportar sus maneras extraordinarias.

Y les hice el relato del espantoso descubrimiento nocturno, y de todo lo consiguiente, desde el principio hasta el fin, sin ocultarles un detalle.

Cuando mi libertadora y su madre oyeron mi relato, llegaron al límite de la indignación contra mi esposa, la joven del Norte. Y la madre de mi libertadora me dijo: ‘¡Oh hijo mío! ¡Qué conducta tan extraña ha sido tu conducta! ¿Cómo ha podido inclinarse tu alma hacia una hija de extranjeros, cuando nuestra ciudad es tan rica en jóvenes de todos los colores, y cuando tan escogidos y tan numerosos son los beneficios de Alah sobre las cabezas de nuestras jóvenes?

Ciertamente, tendrías que estar hechizado para haber elegido de ese modo sin discernimiento y haber confiado tu destino en las manos de una persona que se diferenciaba de ti en la sangre, en la raza, en la lengua y en el origen. Y bien veo que todo ha sido instigación del Cheitán, del Maligno, del Lapidado. ¡Pero demos gracias a Alah, que, por mediación de mi hija, te ha librado de la maldad de la extranjera y te ha devuelto tu anterior forma de ser humano!’ Y tras de besarle las manos, contesté: ‘¡Oh madre mía bendita! me arrepiento, ante Alah y ante tu faz venerable, de mi acción desconsiderada. Y no anhelo otra cosa que entrar en tu familia como he entrado en tu misericordia. Así, pues si quieres aceptarme por esposo legítimo de tu hija la del alma noble, no tienes más que pronunciar la palabra de conformidad’. Y contestó ella: ‘¡Por mi parte, no veo inconveniente en ello! ¿Pero qué te parece a ti, hija mía? ¿Te conviene este excelente joven que Alah ha puesto en nuestro camino?’ Y mi joven libertadora contestó: ‘Sí, por Alah, me conviene, ¡oh madre mía! Pero no es eso todo. Es preciso primero que para en adelante le pongamos al abrigo de las asechanzas y de la maldad de su antigua esposa. ¡Porque no es suficiente haber roto el encanto por el cual le había excluido ella de la sociedad de los seres humanos, y tenemos que reducirla para siempre a la imposibilidad de hacerle daño!’

Y tras de hablar así, salió de la habitación en que estábamos, volviendo al cabo de un instante con un frasco entre los dedos. Y me entregó aquel frasco, que estaba lleno de agua, y me dijo: ‘Sidi Nemán, mis libros antiguos, que acabo de consultar, me afirman que la perversa extranjera no está en tu casa a la hora de ahora y tardará en volver. Y también me afirman que la taimada finge, ante tus servidores, que siente gran inquietud por tu ausencia. Apresúrate, pues, mientras ella está fuera, a volver a tu casa con el frasco que acabo de poner entre tus manos, y a esperarla en el patio, de modo que cuando vuelva se encuentre bruscamente cara a cara contigo. Y presa del asombro que le acometerá al verte de nuevo sin esperar, volverá la espalda para emprender la fuga. Y al punto la rociarás con el agua de este frasco, gritándole: ‘¡Abandona tu forma humana, y conviértete en yegua!’ Y ella en seguida se tornará yegua entre las yeguas. Y saltarás a su lomo, y la cogerás por la crin, y sin hacer caso de su resistencia, harás que la pongan en la boca un bocado doble a toda prueba. Y para castigarla como se merece, la emprenderás con ella a latigazos hasta que el cansancio te obligue a interrumpirte. Y todos los días de Alah le harás sufrir un trato análogo. Y de tal suerte será como la domines. Sin lo cual, su maldad acabará por sobreponerse. Y te hará padecer’.

Y yo ¡oh Emir de los Creyentes! contesté con el oído y la obediencia, y me apresuré a ir a mi casa para esperar la llegada de mi antigua esposa, situándome disimuladamente de modo que la viese venir desde lejos y pudiese presentarme cara a cara de ella con brusquedad. Y he aquí que no tardó en mostrarse. Y a pesar de la emoción que me embargó a su vista y a la vista de su belleza conmovedora, no dejé de hacer aquello para lo cual había ido. Y logré a satisfacción convertirla en yegua.

Y desde entonces, tras de unirme por los lazos lícitos con mi libertadora, que era de mi sangre y de mi raza, no dejé de hacer sufrir a la yegua que viste en el meidán ¡oh Emir de los Creyentes! el trato cruel, sin duda alguna, que ha herido tu vista, pero que tiene justificación en la perniciosa maldad de la extranjera.

¡Y ésta es mi historia!’

Cuando el califa hubo oído este relato de Sidi Nemán, se asombró mucho en su alma, y dijo al joven: ‘Ciertamente, tu historia es singular, y resulta merecido el trato que haces sufrir a esta yegua blanca. Sin embargo, me gustaría verte interceder con tu esposa para que consintiese en buscar el modo de no castigarla a diario con tanto rigor, aunque conservando a esa yegua con su forma de yegua.

¡Pero si la cosa no es posible, Alah es el más grande!’

Y tras de hablar así, Al-Raschid se encaró con el segundo personaje,que era el hermoso jinete que cuando se le encontró iba a la cabeza del cortejo en un caballo que con su aspecto pregonaba su raza, aquel jinete que caracoleaba como un emir o un hijo de rey y cuyo cortejo seguían un palanquín en que iban sentadas dos princesas jóvenes y unos músicos que tocaban aires indios y chinos, y le dijo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima sexagésima sexta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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martes, 30 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima sexagésima cuarta noche

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“Y cuando llegó la 864ª noche

Ella dijo:

...Y apenas hubo ella vomitado aquellas sílabas diabólicas, de repente me vi metamorfoseado en perro. Y mi esposa se precipitó sobre mí, seguida de la espantable ghula. Y tan violentamente la emprendieron ambas conmigo a puntapiés, que no sé cómo no me quedé muerto en el sitio. Sin embargo, el peligro extremado en que me encontraba y el apego a la vida me dieron fuerza y valor para saltar sobre mis cuatro patas y ponerme en fuga con el rabo entre las piernas, perseguido con igual furor por mi esposa y por la ghula. Y sólo cuando me arrojaron muy lejos del cementerio fue cuando cesaron de maltratarme y de correr detrás de mí, que ladraba de dolor lamentablemente y me caía cada diez pasos. Y las vi volverse al cementerio. Y me apresuré a franquear las puertas de la ciudad, como un perro perdido y desgraciado.

Y al día siguiente, tras de una noche pasada dando tumbos por la ciudad y evitando los mordiscos de los perros de barrio, que me perseguían como a intruso, se me ocurrió la idea de refugiarme en cualquier parte para escapar a sus ataques crueles. Y me metí con viveza en la primera tienda abierta a aquella hora temprana. Y fui a esconderme en un rincón para sustraerme a su vista.

Aquella tienda era de un vendedor de cabezas y patas de carnero. Y el tendero me protegió en un principio contra mis agresores, que querían penetrar en persecución mía hasta el interior de la tienda. Y consiguió echarlos y alejarlos; pero fue para volver a mi lado con el propósito evidente de espantarme. Y vi, en efecto, que no podía contar con el asilo y la protección que esperaba. Porque aquel tripicallero era una de esas personas escrupulosas hasta más no poder y supersticiosamente fanáticas, que tienen a los perros por animales inmundos y no encuentran bastante agua ni jabón para lavar su ropa cuando, por casualidad, les roza un perro al pasar junto a ellos. Se acercó, pues, a mí, y me conminó con el gesto y con la voz a que me marchara de su tienda cuanto antes. Pero yo hice la rosca, gimoteando con aullidos lamentables y mirándole a los pies con ojos implorantes. Entonces, un tanto apiadado, soltó el bastón con que me amenazaba, y como aspiraba a desembarazar a todo trance de mi presencia su tienda, cogió uno de los admirables pedazos olorosos de patas cocidas, y sosteniéndolo en la punta de los dedos de modo que yo lo viera bien, salió a la calle. Y atraído por el tufillo de aquel buen bocado, ¡oh mi señor! me levanté de mi rincón y seguí al tripicallero, quien me arrojó el pedazo en cuanto me vio fuera de su tienda, y se volvió a su casa. Y no bien hube devorado aquella carne excelente, quise volver a toda prisa a mi rincón. Pero no había contado con el vendedor de cabezas, quien, previendo mi impulso, permanecía en el umbral, inconmovible, con el terrible bastón de nudos en la mano. Y hube de mirarle en actitud suplicante, meneando la cola para indicarle que imploraba de él me otorgase el favor de aquel refugio. Pero se mantuvo inflexible, y hasta empezó a enarbolar su bastón, gritándome con voz que no me dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones: ‘Vete ¡oh proxeneta!’

Entonces, muy humillado y temiendo, además, los ataques de los perros del barrio, que ya empezaban a caer sobre mí !desde todos los puntos del zoco, eché a correr y alcancé a toda prisa la tienda abierta de un panadero, que estaba muy próxima a la del tripicallero.

Y he aquí que, a primera vista, aquel panadero me pareció, muy al contrario del vendedor de cabezas de carnero, devorado por los escrúpulos y dominado por las supersticiones, un hombre alegre y de buen augurio. Y lo era, en efecto. Y en el momento en que yo llegué delante de su tienda estaba él sentado en su estera tomando el desayuno. Y aunque yo no le había dado ninguna prueba de mis ganas de comer, su alma compasiva le indujo en seguida a arrojarme un trozo grande de pan empapado en salsa de tomate, diciéndome con cariñosa voz: ‘¡Toma, ¡oh pobre! come a tu gusto!’ Pero yo, lejos de abalanzarme con avidez y glotonería sobre el bien de Alah, como hacen, por lo general, los demás perros, miré al generoso panadero haciéndole una seña con la cabeza y meneando la cola para patentizarle mi gratitud. Y debió conmoverle mi cortesía y verlo con agrado, porque le vi sonreírme con bondad. Y aunque no me torturaba el hambre y no tenía gana de comer, no dejé de coger con los dientes el trozo de pan, únicamente por complacerle, y me lo comí con bastante lentitud para darle a entender que lo hacía por consideración a él y en honor suyo. Y él lo comprendió todo, y me llamó y me hizo seña de que me sentara junto a su tienda. Y me senté, dejando oír pequeños gruñidos de placer y mirando a la calle para indicarle que por el momento no le pedía otra cosa que su protección. Y gracias a Alah, que le había dotado de inteligencia, comprendió todas mis intenciones, y me hizo caricias que me animaron y me dieron confianza: osé, pues, introducirme en su casa. Pero fui bastante hábil para darle a entender que sólo lo haría con su permiso. Y lejos de oponerse a mi entrada, se mostró, por el contrario, lleno de afabilidad y me indicó un sitio donde podría instalarme sin incomodarle. Y tomé posesión de aquel sitio, que desde entonces conservé todo el tiempo que viví en la casa. Y a partir de aquel momento mi amo sintió por mí una gran afección y me trató con benevolencia extremada. Y no podía almorzar; ni comer, ni cenar sin tenerme a su lado y darme una ración más que suficiente. Y por mi parte yo le demostraba toda la fidelidad y toda la abnegación de que puede ser capaz la mejor alma perruna. Y a causa del agradecimiento que sentía por sus cuidados, tenía los ojos fijos constantemente en él y no le dejaba dar un paso en la casa o por la calle sin ir detrás de él fielmente, tanto más cuanto que hube de notar que mi atención le gustaba, y que si por casualidad se disponía a salir sin que yo, por algún indicio, me hubiese dado cuenta de antemano, no dejaba de llamarme familiarmente, silbándome. Y al punto me lanzaba yo a la calle desde mi sitio; y saltaba y me deshacía en cabriolas, dando mil vueltas en un instante y haciendo mil idas y venidas a la puerta. Y no cesaba en tales alborozos hasta que salía él a la calle. Y entonces le acompañaba por donde fuera, siguiéndole o corriendo delante de él y mirándole de cuando en cuando para demostrarle mi alegría y mi contento.

Hacía ya algún tiempo que estaba yo en casa de mi amo el panadero, cuando un día entre los días entró en la tienda una mujer que compró un panecillo que acababa de salir muy hueco del horno.

Tras de pagar a mi amo, la mujer cogió el pan y se dirigió a la puerta. Pero mi amo, que advirtió que era falsa la moneda que acababa de tomar, llamó a la mujer y le dijo: ‘¡Oh tía, que Alah alargue tu vida! ¡Pero si no te enfada, prefiero otra moneda a ésta! Y al mismo tiempo mi amo le tendió la moneda consabida. Pero la mujer, que era una vieja empedernida, se negó con muchas protestas a tomar su moneda, pretendiendo que era buena, y diciendo:

‘¡Además, no soy yo quien la ha fabricado, y las monedas no se pueden escoger como las sandías y los cohombros!’ Y mi amo no quedó ni por asomo convencido con los argumentos sin consistencia de aquella vieja, y le dijo con voz tranquila y no sin cierto desdén: ‘Tu moneda es tan visiblemente falsa, que hasta este perro mío que aquí ves, y que sólo es un animal mudo sin discernimiento, no se equivocaría al verla’. Y sencillamente, con objeto de humillar a aquella calamitosa, y sin creer ni por pienso en el buen resultado del acto que iba a llevar a cabo, me gritó, llamándome por mi nombre: ‘¡Bakht! ¡Bakht! ¡Ven! ¡Ven aquí!’ Y al oír su voz, acudí a él, meneando la cola. Y al punto cogió él el cajón de madera donde guardaba su dinero y lo volcó en el suelo, esparciendo ante mí todas las monedas que contenía.

Y me dijo: ‘¡Aquí! ¡Aquí! ¿Ves todo este dinero? ¡Mira bien todas estas monedas! ¡Y dime si no hay entre ellas una moneda falsa!’ Y yo examiné atentamente todas las monedas, una tras otra, empujándola ligeramente con la pata, y no tardé en caer sobre la moneda falsa. Y la dejé a un lado, separándola del montón y poniendo encima la pata para hacer comprender a mi amo que había dado con ella. Y le miré, dando pequeños chillidos y meneándome mucho.

Al ver aquello, mi amo, que estaba lejos de esperar semejante prueba de perspicacia en un animal de mi especie, llegó al límite extremo de la sorpresa y de la maravilla, y exclamó:

‘¡Alah es el más grande! ¡Y sólo en Alah está la omnipotencia!’ Y la vieja, sin poder negar ya lo que sus propios ojos habían visto, y espantada además de lo que presenciaba, se apresuró a recoger su moneda falsa y a dar en cambio una buena. Y salió a toda prisa, enredándose en la cola de su traje.

En cuanto a mi amo, sin volver del asombro que hubo de producirle mi perspicacia, llamó a sus vecinos y a todos los tenderos del zoco...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima sexagésima quinta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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