viernes, 10 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 872ª noche

Ella dijo:

...Y con mi gesto más indiferente, de nuevo hice un signo negativo de cabeza. Y me puse a mirar a otra parte.

Entonces la mujer del joyero recogió sus velos como para marcharse, se dirigió a la puerta, hizo ademán de abrirla, y como decidiéndose de pronto, se encaró conmigo y me dijo:

‘¡La última palabra! ¡Cien dinares de oro! ¡Y eso que no sé si mi marido querrá darme tan formidable suma!’

Y entonces accedí a contestar, y le dijo, no sin un aire de profunda indiferencia: ‘No es para que te marches disgustada, ¡oh vecina! pero estás muy lejos de ponerte en razón. Porque este huevo de vidrio, por el que me ofreces el precio irrisorio de cien dinares, es una cosa maravillosa, y su historia es tan maravillosa como él mismo. Por eso, y únicamente para darte gusto a ti y a nuestro vecino, y para no hacer que se reconcentre el deseo de una mujer encinta, me limitaré a reclamar, como precio de ese huevo luminoso, la suma de cien mil dinares de oro, ni uno más, ni uno menos. ¡Y si quieres, lo tomas, y si no, lo dejas, pues más me ofrecerán otros joyeros que están más al corriente que tu marido del valor real de las cosas hermosas y únicas! En cuanto a mí, ante Alah el Omnisciente juro que no variaré de tasación ni para aumentarla ni para disminuirla. ¡Uassalam!’

Cuando la mujer del judío hubo oído estas palabras y comprendido su significado, no supo replicar nada, y me dijo, marchándose: ‘Yo ni vendo ni compro, sino que es mi marido quien manda. Si la cosa le conviene, ya te hablaré de ello. ¡Prométeme, sin embargo, tener paciencia y esperar, antes de entrar en tratos con otros joyeros, a que él vea por sí mismo ese huevo de vidrio!’

Y se lo prometí. Y se marchó.

Después de aquella discusión, ¡oh Emir de los Creyentes! ya no dudé de que el tal huevo, que yo creía de vidrio, era una gema entre las gemas del mar, desprendida de la corona de algún rey marino. Y por otra parte, yo, como todo el mundo, sabía que en las profundidades yacen tesoros con los que se adornan las hijas del mar y las reinas del mar. Y aquel hallazgo sirvió para confirmarme en mi creencia. Y glorifiqué al Retribuidor, que, por conducto del pez del pescador, había puesto entre mis manos aquella maravillosa muestra de los adornos de las jóvenes marinas. Y determiné no desdecirme de la cifra de cien mil dinares que había dicho a la mujer del judío, pensando que mejor habría hecho en no apresurarme a fijar de aquel modo la tasación, cuando tal vez hubiera podido obtener más del joyero judío. Pero como había fijado esta cifra solemnemente, no quise desdecirme, y me prometí mantenerme en lo que hube de indicar.

Y como había yo previsto, no tardó en presentarse en mi casa el joyero judío en persona. Y tenía un aire de redomado que no me anunciaba nada bueno, sino que me advertía que el hijo de cochinos iba a utilizar toda su astucia para escamotearme la gema como el que no quiere la cosa. Y por mi parte, me puse en guardia, adoptando la actitud más sonriente y más amable, y le rogué que tomara asiento en la estera. Y después de las zalemas y salutaciones de rigor, me dijo él: ‘¡Espero ¡oh vecino! que no estará el cáñamo demasiado caro en estos tiempos y que los negocios de tu tienda serán benditos!’ Y yo contesté en el mismo tono: ‘La bendición de Alah no falta a Sus creyentes, ¡oh vecino! Y espero que a ti te serán favorables en el zoco de los joyeros’. Y me dijo él: ‘¡Por vida de Ibrahim y de Yacub, ¡oh vecino! créeme que peligran, créeme que peligran! Y apenas si tenemos para comer un pedazo de pan y de queso’. Y durante un buen rato continuamos hablando de tal suerte, sin abordar la única cuestión que nos interesaba, hasta que el judío, al ver que nada sacaba de mí por ese medio, acabó por ser el primero en decirme: ‘La hija de mi tío ioh vecino! me ha hablado de cierto huevo de vidrio, sin gran valor por lo demás, que sirve de juguete a tus hijos, y ya sabes que cuando una mujer está encinta, como lo está la mía, tiene antojos extraños y estrambóticos. Pero, desgraciadamente, nos vemos precisados a satisfacer tales antojos, hasta cuando son irrealizables, a trueque de que el objeto deseado llegue a imprimirse en el cuerpo del niño y a deformarle. Y en el caso actual, como el deseo de mi mujer se ha cifrado en ese huevo de vidrio, mucho me temo que, si no lo satisfago, se reproduzca ese huevo en tamaño natural sobre la nariz de nuestro hijo, cuando nazca, o sobre cualquier parte más delicada todavía y que la decencia me impide nombrar. Te ruego, pues, ioh vecino! que me enseñes, ante todo, ese huevo de vidrio, y en caso de que viera que me es imposible adquirir uno parecido en el zoco, tengas a bien cedérmelo mediante un precio razonable que tú me indicarás, sin aprovecharte demasiado de mi situación’.

Y a estas palabras del judío, contesté: ‘Escucho y obedezco’.

Y me levanté y fui hacia mis hijos, que jugaban en el patio con el huevo consabido y se lo quité de las manos, a pesar de sus gritos y sus protestas. Luego volví a la estancia donde me esperaba el judío sentado en la estera, y cerré la puerta y las ventanas, de modo que fuese completa la oscuridad, disculpándome por obrar así. Y hecho lo cual, me saqué del seno el huevo y lo puse bien a la vista, sobre un taburete, ante el judío.

Y al punto se iluminó la habitación como si ardieran en ella cuarenta antorchas. Y al ver aquello, el judío no pudo menos de exclamar: ‘¡Es una de las gemas que adornan la corona de Soleimán ben Daud!’ Y tras de asombrarse de tal suerte, comprendió que había hablado demasiado, y se rehizo, diciendo: ‘Pero ya las he tenido semejantes entre mis manos. ¡Y como no eran de fácil venta, me he apresurado a revenderlas con pérdida! ¡Ah! ¿Por qué estará encinta ahora la hija del tío para obligarme a adquirir una cosa invendible?’

Luego me dijo: ‘¿Cuánto pides ¡oh vecino! por este huevo marino?’

Yo contesté: ‘No está en venta, ¡oh vecino! pero te lo daré para no hacer que se reconcentre el deseo de la hija de tu tío. Y ya he marcado el precio de esta cesión. ¡Alah es testigo de que no me desdeciré!’ Y me dijo él: ‘¡Sé razonable, ¡oh hijo de gentes de bien! y no arruines mi casa! ¡Aunque vendiera mi tienda y mi casa y aunque me vendiera yo mismo en el zoco de los subastadores, con mi mujer y mis hijos, no llegaría a realizar la cifra exorbitante que has señalado, en broma sin duda alguna! ¡Cien mil dinares de oro, ya Alah! ¡Cien mil dinares de oro, ¡oh jeique! ni uno más, ni uno menos! ¡Es mi muerte lo que reclamas!’

Y tras de volver a abrir la puerta y las ventanas, contesté tranquilamente: ‘¡Cien mil dinares de oro, ni uno más, que el aumento sería ilícito! ¡Pero ni uno menos! ¡Lo tomas, si quieres, y si no lo dejas!’ Y añadí: ‘Y cuenta que, si yo hubiera sabido que este huevo maravilloso era una gema entre las gemas marinas de la corona de Soleimán ben Daud (¡con ambos la plegaria y la paz!), no hubiese pedido cien mil dinares, sino diez veces cien mil, y además, algunos collares y joyeles de tu tienda como presente para mi mujer, que ha preparado el negocio difundiendo nuestro descubrimiento. Date, pues, por muy contento con pagar ese precio irrisorio, ¡oh hombre! y ve en busca de tu oro’.

Y el joyero judío, con la nariz muy alargada al ver que nada podía hacer, se reconcentró un instante, luego me miró con resolución, y dijo, lanzando un gran suspiro: ‘¡El oro está a la puerta! ¡Dame la gema!’ Y así diciendo, sacó la cabeza por la ventana y gritó a un esclavo negro que permanecía estacionado en la calle y tenía de la brida a un mulo cargado con varios sacos: ‘¡Hola Mubarak! ¡Sube aquí los sacos y la balanza!’

Y el negro subió a mi casa los sacos llenos de dinares, y el judío los abrió uno tras otro y me pesó los cien mil dinares, como yo los había pedido, ni uno más, ni uno menos. Y la hija de mi tío sacó de nuestro cofre grande de madera, único que poseíamos, toda la ropa que contenía, y lo llenamos con el oro del judío. Y sólo entonces me saqué del seno, donde la había guardado para que estuviese segura, la gema salomónica, y se la entregué al judío, diciéndole: ‘¡Ojalá la revendas diez veces más cara de lo que acabas de comprarla!’ Y él se echó a reír con una boca que le llegaba hasta las orejas, diciéndome: ‘¡Por Alah, ¡oh jeique! que no está de venta! La destino a satisfacer el antojo de mi mujer encinta’.

Y se despidió de mí y me hizo ver la anchura de sus hombros.

¡Y esto es lo referente a él!

¡...Pero he aquí ahora lo que atañe a Si Saad, a Si Saadi y al destino que me trajo el pez...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima tercera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima primera noche

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“Y cuando llegó la 871ª noche

Ella dijo:

...en el colchón, no tardando en dormirme.

Y he aquí que aquella noche, cuando se despertó tan temprano como de costumbre un pescador de mi vecindad, advirtió, al repasar sus redes antes de cargárselas a la espalda, que les faltaba un trozo de plomo precisamente en un sitio en que la carencia de plomo constituía un defecto grave para el buen funcionamiento de lo que le proporcionaba el pan. Y como no tenía a mano otro plomo de recambio y no era hora de ir a comprarlo en el zoco, pues todas las tiendas estaban cerradas, sintió una perplejidad grande al pensar que si no se iba de pesca dos horas antes del día no tendría con qué alimentar a su familia al día siguiente. Y entonces se decidió a decir a su mujer que, a pesar de lo intempestivo de la hora y el trastorno que aquello suponía, fuera a despertar a sus vecinos más próximos y a exponerle la situación, rogándoles que le dieran un trozo de plomo que supliese al que faltaba a su red.

Y como precisamente éramos nosotros los vecinos más próximos al pescador, la mujer llamó a nuestra puerta, mientras sin duda pensaba: ‘Voy a pedir plomo a Hassán el cordelero, aunque por experiencia sé que a su casa hay que ir cuando no se tiene necesidad de nada’. Y siguió llamando a la puerta hasta que me desperté. Y grité: ‘¿Quién hay en la puerta?’ Ella contestó: ‘¡Soy yo, la hija del tío de tu vecino el pescador! ¡Oh Hassán! se me ha ennegrecido el rostro por turbar así tu sueño; pero se trata de lo que da el pan al padre de mis hijos, y obligo a mi alma a este acto de mala educación. Por favor, dispénsame, y para que no te tenga levantado más tiempo, dime si dispones de un trozo de plomo que prestar a mi esposo para que arregle sus redes’.

Y al punto me acordé del plomo que me había dado Si Saadi, y pensé: ‘¡Por Alah, que no podré utilizarlo mejor que haciendo ese servicio a mi vecino el padre de sus hijos!’ Y contesté a la vecina que precisamente tenía un trozo de plomo que podía servirle, y fui a buscar a tientas el trozo consabido, y se lo entregué a mi mujer para que se lo diera a la vecina.

Y la pobre mujer, satisfecha de no haber andado en vano y de no volverse a su casa sin resultado, dijo a mi mujer: ‘¡Oh vecina nuestra! ¡Qué gran servicio es el que nos presta esta noche el jeique Hassán! ¡Así es que, en cambio, todo el pescado que coja mi esposo a la primera redada estará escrito a vuestra salud, y os lo traeremos mañana por encima de nuestra cabeza!’ Y se apresuró a ir a entregar el trozo de plomo a nuestro vecino el pescador, que compuso con él sus redes, y salió de pesca dos horas antes del día, como de costumbre.

Y he aquí que la primera redada, a nuestra salud, no proporcionó más que un solo pez. Pero aquel pez era de más de un codo de largo y grueso en proporción. Y el pescador lo apartó en su cesto y prosiguió su pesca. Pero, de todo el pescado que cogió, ni un solo pez igualaba al primero en hermosura ni en tamaño. Así es que, cuando el pescador acabó de pescar, su primer cuidado, antes de ir a vender al zoco el producto de su pesca, fue poner el pez apartado en una almohada de follaje oloroso y llevárnoslo, diciéndonos: ‘¡Alah haga que os parezca delicioso y agradable!’ Y añadió: ‘Os ruego que admitáis esta dádiva, aunque no sea suficiente ni oportuna. Y dispensadme su escasez, ¡oh vecinos! Porque así es vuestra suerte, ya que eso constituye toda mi primer redada.’

Y contesté: ‘Ve ahí un trato en el que sales perdiendo, ¡oh vecino! Porque ésta es la primera vez que se vende un pez tan hermoso y de tanta valía por un trozo de plomo que apenas vale una ínfima moneda de cobre. Pero lo recibimos como regalo de tu parte, para no desairarte, y porque lo haces de corazón amistoso y generoso.’ Y aún cambiamos algunos cumplidos, y se marchó.

Y entregué a mi esposa el pez del pescador, diciéndole: ‘Ya ves ¡oh mujer! que no estaba equivocado Si Saadi cuando me decía que un pedazo de plomo podría serme más útil, si Alah quisiera, que todo el oro del Sudán. He aquí un pez como jamás lo han tenido en sus bandejas los emires y los reyes.’ Y aunque le regocijaba mucho el ver aquel pez, no dejó de replicarme mi esposa: ‘¡Si, por Alah! pero ¿cómo voy a arreglarme para guisarlo? No tenemos parrillas ni tampoco tenemos una olla bastante grande para cocerle en ella entero’.

Y contesté ‘¡No te apures por eso, pues nos le comeremos con mucho gusto entero o en pedazos! No tengas escrúpulos por su presentación, y no temas cortarle en pedazos para ponerle guisado’. Y partiéndole por la mitad, mi mujer le sacó las entrañas, y vio en medio de aquellas entrañas una cosa que brillaba con vivo resplandor. La cogió, la lavó en el cubo, y vimos que era un trozo de vidrio del tamaño de un huevo de paloma y transparente como el agua de roca. Y tras de contemplarlo algún tiempo, se lo dimos a nuestros hijos para que les sirviese de juguete y no molestaran a su madre, que preparaba el excelente pez.

Y he aquí que por la noche, a la hora de cenar, mi mujer advirtió que, aunque no había encendido todavía su lámpara de aceite iluminaba la estancia una luz que no había traído ella. Y miró a todos lados para ver de dónde procedía aquella luz, y vio que la proyectaba el huevo de vidrio abandonado en el suelo por los niños. Y cogió aquel huevo y lo puso al borde del aparador, en el sitio ordinario de la lámpara. Y llegamos al límite del asombro al ver la vivacidad de la luz que salía de él, y exclamé: ‘Por Alah, ¡oh mujer! he aquí que el trozo de plomo de Si Saadi no sólo nos alimentaba sino que nos alumbra y nos dispensará, para en lo sucesivo, de comprar aceite para arder’.

Y a la claridad maravillosa de aquel huevo de vidrio, nos comimos el deleitoso pescado, comentando nuestro doble provecho de aquel día bendito y glorificando al Retribuidor por sus beneficios. Y aquella noche nos acostamos satisfechos de nuestra suerte y sin desear nada mejor que la continuación de aquel estado de cosas.

Y he aquí que al día siguiente, gracias a la lengua larga de la hija del tío, no tardó en correr por todo el barrio el rumor de que en el vientre del pescado habíamos descubierto aquel vidrio luminoso. Y en seguida recibió mi mujer la visita de una judía, vecina nuestra, cuyo marido era joyero del zoco. Y tras de las zalemas y salutaciones por una y otra parte, la judía, después de contemplar durante largo rato el huevo de vidrio, dijo a mi esposa: ‘¡Oh vecina mía Aischah! da gracias a Alah, que me ha conducido hoy a tu casa. ¡Porque, como me gusta este trozo de vidrio, y tengo otro trozo de vidrio muy parecido con el que me adorno algunas veces y que hace pareja con éste, quisiera comprártelo, y te ofrezco por él, sin regatear, la enorme suma de diez dinares de oro nuevo!’

Pero nuestros hijos que oyeron hablar de vender su juguete, se echaron a llorar, rogando a su madre que lo guardara para ellos. Y a fin de apaciguarlos, y también porque aquel huevo nos servía de lámpara, ella declinó oferta tan tentadora, con gran despecho de la judía, que se marchó cariacontecida.

A la sazón volví ya del trabajo y mi mujer me puso al corriente de lo que acababa de pasar. Y le contesté: ‘En verdad ¡oh hija del tío! que si este huevo de vidrio no tuviese algún valor, esa hija de judíos no nos habría ofrecido la suma de diez dinares. Supongo, pues, que volverá otra vez para ofrecernos más. Pero ya veré yo el modo de hacer subir la oferta’. Y aquello me indujo al punto a pensar en las palabras de Si Saadi, que me había predicho que un trozo de plomo seguramente podría hacer la fortuna de un hombre, si tal era su destino. Y esperé con toda confianza a que por fin se mostrase mi destino después de huirme durante tanto tiempo.

Aquella misma noche, de acuerdo con mis presentimientos, la judía, esposa del joyero, fue a hacer una segunda visita a mi esposa; y tras de las zalemas y salutaciones de rigor, le dijo: ‘¡Oh vecina mía Aischah! ¿Cómo puedes despreciar los dones del Retribuidor? ¡Y al despreciarlos rechazas el pan que te ofrezco por un trozo de vidrio! ¡Pero ya que se trata del bien de tus hijos, sabe que he hablado de ese huevo con mi marido, y como estoy encinta y no conviene que el deseo de las mujeres encinta se reconcentre sin verse cumplido, ha consentido en dejarme que te ofrezca veinte dinares de oro nuevo a cambio de tu trozo de vidrio!’

Pero mi mujer, que había recibido instrucciones mías a este respecto, contestó: ‘¡Ay, Ualah! ¡Oh vecina! me haces volver en mí. Pero yo no tengo voto en casa, pues el hijo de mi tío es el amo de la casa y de su contenido, y a él es a quien tienes que dirigirte. ¡Espera, pues, a su regreso para hacerle esa oferta!’

Y cuando regresé, la judía me repitió lo que había dicho a mi esposa, y añadió: ‘Te traigo el pan de tus hijos, ¡oh hombre! por un trozo de vidrio. Porque debe satisfacerse mi antojo de mujer encinta, y mi esposo no quiere tener sobre su conciencia la reconcentración del deseo de las mujeres encinta. ¡Por eso ha consentido en dejarme proponerte ese cambio y esa venta, con gran pérdida para él!’

Y yo, ¡oh mi señor! dejando a aquella judía que me dijera cuánto quería darme, me tomé tiempo para responderle y acabé por mirarla sin decir una palabra, meneando la cabeza por toda respuesta.

Al ver aquello, a la hija de judíos se le puso muy amarilla la tez, me miró con ojos llenos de desconfianza, y me dijo: ‘Ruega a tu Profeta ¡oh musulmán!’ Y contesté: ‘¡Con El la plegaria y la paz ¡oh descreída! y las más escogidas bendiciones del Dios único!’

Y ella repuso: ‘¿A qué vienen esos ojos vacíos ¡oh padre de tus hijos! y ese ademán negativo para los beneficios del Retribuidor sobre tu casa por mediación nuestra?’ Yo contesté: ‘¡Los beneficios de Alah sobre Sus criaturas ¡oh hija de descreídos! son ya incalculables! ¡Glorificado sea, sin mediación de los que se apartan del camino derecho!’ Y ella me dijo: ‘¿Entonces rehúsas los veinte dinares de oro?’ Y tras de hacer de nuevo yo el signo negativo, me dijo ella: ‘¡Pues bien, ¡oh vecino! te ofrezco por tu vidrio cincuenta dinares de oro! ¿Estás satisfecho?’ Y con mi gesto más indiferente, de nuevo hice un signo negativo de cabeza. Y me puse a mirar a otra parte...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima segunda noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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