jueves, 16 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima octava noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 878ª noche

Ella dijo:

...Y he aquí que hasta entonces ¡oh mi señor! para nada absolutamente había intervenido en mi vida la mujer. Pero pronto debía hacer su aparición. Y con ella, mi vida había de entrar en la complicación.

En efecto, debo apresurarme a decirte ¡oh mi señor! que mi protector me había dicho el primer día: ‘Sabe ¡oh querido mío! que está prohibido a todos los chambelanes de las doce cámaras, así como a todos los dignatarios de palacio, oficiales y guardias, pasearse después de cierta hora de la noche por los jardines de palacio. Porque, a partir de esa hora, los jardines están reservados sólo a las mujeres del harén, a fin de que puedan ir allá a tomar el aire y charlar entre sí. Y si alguno, para su desdicha, es sorprendido en el jardín a esa hora, arriesga su cabeza’. Y yo hube de prometerme no correr nunca aquel riesgo.

Pero una tarde, a causa de la frescura y la dulzura del aire, me dejé ganar por el sueño en un banco de los jardines. Y no sé cuánto tiempo estuve dormido. Y entre sueños oía voces de mujeres que decían: ‘¡Oh! ¡Es un ángel, es un ángel, es un ángel!

¡Oh! ¡Qué hermoso, qué hermoso, qué hermoso!’ Y me desperté de repente. Y no vi nada más que oscuridad. Y comprendí que, si me sorprendían a aquella hora en los jardines, corría mucho riesgo de perder la cabeza, no obstante todo el interés que inspiraba al rey y a su visir. Y enloquecido con esta idea, me erguí sobre ambos pies para correr al palacio antes de que me advirtiesen en aquellos lugares prohibidos. Pero he aquí que, de improviso salió de la sombra y del silencio una voz de mujer, muy risueña de timbre, que me decía: ‘¿Adónde vas, adónde vas, ¡oh hermoso despierto!?’ Y más asustado que si me persiguen los guardias todos del harén, quise huir de aquel sitio, sin pensar más que en llegar al palacio. Pero no bien hube dado algunos pasos, a la vuelta de una avenida, bajo la luna, que salía de detrás de una nube, vi aparecer una dama de belleza y de blancura extraordinarias, que se irguió ante mí sonriendo con dos grandes ojos de gacela enamorada. Y su porte era tan majestuoso como real era su actitud. Y la luna que brillaba en el cielo era menos brillante que su rostro.

Y ante aquella aparición, descendida sin duda del paraíso, no pude por menos de pararme. Y lleno de confusión, bajé los ojos y me mantuve en la actitud de la deferencia. Y me dijo ella con su voz amable: ‘¿Adónde ibas tan de prisa, ¡oh luz de los ojos!? ¿Y quién te obliga a correr así?’ Y contesté: ‘¡Oh señora! si perteneces a este palacio, no puedes ignorar las razones que me impulsan a alejarme tan precipitadamente de estos lugares. Debes saber, en efecto, que está prohibido a los hombres retardarse en los jardines, pasada cierta hora, y que les va la cabeza en contravenir esta prohibición. Por favor, déjame, pues, alejarme antes de que me adviertan los guardias’. Y la joven señora, sin dejar de reír, me dijo: ‘¡Oh brisa del corazón! ¡Un poco tarde te acuerdas de retirarte! La hora de que hablas ha pasado hace mucho tiempo. ¡Y mejor harías, en vez de procurar ponerte a salvo en pasar aquí el resto de la noche, que será para ti una noche bendita, una noche de blancura!’ Pero yo, más asustado y más tembloroso que nunca, sólo pensaba en la fuga, y me lamentaba, diciendo: ‘¡Estoy perdido sin remedio! ¡Oh hija de gentes de bien, o mi señora, quienquiera que seas, no me ocasiones la muerte con el atractivo de tus encantos!’ Y quise escaparme. Pero ella me lo impidió extendiendo el brazo izquierdo, y con su mano derecha se quitó completamente su velo, y me dijo, cesando de reír: ‘Mírame, pues, joven insensato, y dime si todas las noches las puedes encontrar más bellas o más jóvenes que yo. Apenas tengo dieciocho años, y no me ha tocado ningún hombre. Respecto a mi rostro, que no es feo de mirar, ninguno antes que tú pudo envanecerse de haberlo entrevisto. Me ultrajarías, pues, violentamente si te obstinaras en rehuirme’. Y le dije: ‘¡Oh soberana mía! ¡Ciertamente, eres la luna llena de la belleza, y aunque la noche, celosa, oculta a mis ojos parte de tus encantos, lo que de ellos descubro basta para encantarme! Pero te suplico que te pongas por un instante en mi situación, y verás cuán triste y delicada es’.

Y contestó ella: ‘Convengo contigo ¡oh núcleo del corazón! en que tu situación es, en efecto, delicada; pero su delicadeza no proviene del peligro que corres, sino del propio objeto que la ocasiona. ¡Porque no sabes quién soy, ni cuál es mi rango en el palacio! Y en cuanto al peligro que corres, sería real para otro que tú, ya que te tengo bajo mi salvaguardia y mi protección. Dime, pues, tu nombre, quién eres y cuáles son tus funciones en palacio’. Y contesté: ‘¡Oh mi señora! soy Hassán de Damasco, el nuevo chambelán del rey Sabur-Schah y el favorito del visir del rey Sabur-Schah’. Y exclamó ella: ‘¡Ah! ¿Conque eres tú el hermoso Hassán que ha volcado el cerebro del descendiente de Loth? ¡Cuán feliz soy por tenerte esta noche para mí sola, ¡oh querido mío! ¡Ven corazón mío, ven! ¡Y deja de envenenar los momentos de dulzura y de gracia con penosas reflexiones!’

Y tras de hablar así, la hermosa joven me atrajo a la fuerza hacia ella, y frotó su rostro contra el mío, y aplicó sus labios a mis labios con pasión. Y yo, ¡oh mi señor! aunque era la primera vez que me ocurría una aventura semejante, sentía en aquel contacto vivir furiosamente en mí al niño de su padre, y tras de besar en un transporte a la joven, que estaba en éxtasis, saqué el niño y lo encaminé al nido. Pero, al verlo, en vez de empezar a moverse animándose, la joven se desenlazó de pronto y me rechazó rudamente, lanzando un grito de alarma. Y apenas tuve tiempo de guardarme al niño, pues al punto vi salir de un bosquecillo de rosas a diez jóvenes que echaron a correr hacia nosotros; riendo a más no poder.

Y al divisarlas, ¡oh mi señor! comprendí que lo habían visto todo y oído todo, y que la joven consabida se había divertido a costa mía, y que sólo habló conmigo por broma, con el objeto evidente de hacer reír a sus compañeras. Y por cierto que, en un abrir y cerrar de ojos, todas las jóvenes me habían rodeado, risueñas y saltarinas como corzas domesticadas. Y sin cesar en sus carcajadas, me miraban con ojos encendidos de malicia y de curiosidad, y decían a la que hubo de interpelarme: ‘¡Oh hermana nuestra Kairia, qué bien te has portado! ¡Oh qué bien te has portado! ¡Cuán hermoso era el niño! ¡Y vivaz!’ Y otra dijo: ‘¡Y rápido!’ Y otra dijo: ‘¡E irritable!’ Y otra dijo: ‘¡Y galante!’ Y otra dijo: ‘¡Y encantador!’ Y otra dijo: ‘¡Y grande!’ Y otra dijo: ‘¡Y robusto!’ Y otra dijo: ‘¡Y vehemente!’ Y otra dijo: ‘¡Y sorprendente!’ Y otra dijo: ‘¡Un sultán!’

Y a la sazón prorrumpieron en prolongadas carcajadas, mientras yo estaba en el límite del azoramiento y de la confusión. Porque en mi vida ¡oh mi señor! había mirado a una mujer a la cara, ni había tratado con mujeres. Y aquéllas tenían un desenfado y una audacia sin precedentes en los anales de la impudicia. Y allí me quedé, en medio de su delirio, desconcertado, vergonzoso y con la nariz alargada hasta los pies, como un tonto.

Pero de repente salió del bosquecillo de rosas, cual la luna que se eleva, una duodécima joven, cuya aparición hizo cesar súbitamente todas las risas y todas las bromas. Y era soberana su belleza y a su paso hacía inclinarse los tallos de las flores. Y avanzó hacia nuestro grupo, que hubo de abrirse al acercarse ella; y la joven me miró largamente y me dijo: ‘En verdad ¡oh Hassán de Damasco! que tu audacia es mucha audacia, y el atentado que cometiste en la persona de esta joven merece un castigo. ¡Y por mi vida te juro que lo siento por tu juventud y tu hermosura!’

Entonces la joven que fue causa de toda aquella aventura, y que se llamaba Kairia, se adelantó y besó la mano de la que acababa de hablar así, y le dijo: ‘¡Oh nuestra señora Suleika! ¡Por tu vida preciosa, perdónale su impulso de hace poco, que sólo prueba su impetuosidad! ¡Y su suerte está entre tus manos! ¿Es que vamos a abandonar o a dejar sin socorro a este hermoso asaltante, a este perpetrador de atentados contra las jóvenes vírgenes?’ Y la que se llamaba Suleika reflexionó un instante y contestó: ‘Pues bien: por esta vez le perdonamos, ya que tú, que has sufrido su atentado, intercedes en favor suyo. ¡Sea salva su cabeza, y véase él libre del peligro en que se encuentra! Y para que se acuerde de las jóvenes que le han salvado, conviene que tratemos de hacerle algo más agradable aún su aventura de esta noche. Llevémosle, pues, con nosotras y hagámosle entrar en nuestros aposentos privados, que ningún hombre hasta ahora violó con su presencia’.

Tras de hablar así, hizo cierta seña a una de las jóvenes que la acompañaban, la cual desapareció en seguida bajo los cipreses, ligera, para volver al cabo llevando en brazos un montón de sedas. Y desenvolvió a mis pies las tales sedas, que constituían un encantador traje de mujer; y entre todas me ayudaron a ponérmelo encima de mis ropas. Y disfrazado de tal modo, me mezclé al grupo que formaban ellas. Y pasando por entre los árboles, ganamos los aposentos privados.

Y he aquí que, al entrar en la sala de recepciones reservadas al harén, que era toda de mármol calado e incrustado de perlas y turquesas, las jóvenes me dijeron al oído que en aquella sala era donde la hija única del rey tenía costumbre de recibir a sus visitas y a sus amigas. Y también me revelaron que la hija única del rey no era otra que la propia princesa Suleika.

Y observé que en medio de aquella sala tan hermosa y tan desamueblada había veinte alfombrines grandes de brocado dispuestos en redondo sobre el tapiz central. Y todas las jóvenes, que ni por un instante habían dejado de hacerme zalamerias ni de dirigirme ojeadas llameantes, fueron a sentarse en buen orden sobre los alfombrines de brocado, obligándome a que me sentara en medio de ellas, junto a la princesa Suleika misma, que me miraba con ojos que traspasaban mi alma.

Entonces Suleika pidió refrescos, y seis nuevas esclavas, no menos bellas y ricamente vestidas, aparecieron al instante, y empezaron por ofrecernos servilletas de seda en bandejas de oro, en tanto que las seguían diez más con grandes porcelanas, cuya contemplación ya era por sí sola un refresco...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente”, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima séptima noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 877ª noche

Ella dijo:

La pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada y besó a su hermana y le dijo: ‘¡Oh Schehrazada! por favor, date prisa a contarnos la historia que comenzaste, que es la de la princesa Suleika’. Y dijo Schehrazada: ‘De todo corazón amistoso y como homenaje debido a este rey dotado de buenos modales’. Y añadió:

El visir del rey de Damasco continuó en estos términos la historia que contaba a su señor:

Cuando, gracias a las lecciones de mis maestros, aprendí ¡oh mi señor! todas las ciencias de mi tiempo, así como los dialectos de nuestra lengua y el habla de los persas, de los griegos, de los tártaros, de los kurdos, de los indios y de los chinos, y gracias al método excelente de mis maestros hube de retener cuanto aprendí, mi padre, tranquilo por mi suerte, vio sin amargura acercársele el momento escrito para término de la vida de cada criatura. Y antes de fallecer en la misericordia de su Señor, me llamó a su lado y me dijo: ‘¡Oh hijo mío! he aquí que la Separadora va a cortar el hilo de mi vida, y te vas a quedar sin una cabeza que te guíe por el mar de los acontecimientos. Pero me consuelo de dejarte solo al pensar que, merced a la educación que recibiste, sabrás acelerar la llegada del destino favorable. No obstante, ¡oh hijo mío! ninguno entre los hijos de Adán puede saber lo que le reserva la suerte, y ninguna precaución puede prevalecer contra los dictados del Libro del Destino. Si llegara día, por tanto, en que el tiempo se volviera en contra tuya ¡oh hijo mío! y tu vida se tornara negra, no tienes más que ir al jardín de esta casa y colgarte de la rama mayor del añoso árbol que ya conoces.

¡Y así te libertarás!’

Y tras de pronunciar tan extrañas palabras murió mi padre en la paz del Señor, sin haber tenido tiempo para explicarse mejor o rectificar semejante consejo. Y mientras duraron los funerales y en los días del duelo, no dejé de reflexionar acerca de aquellas palabras tan singulares en boca de un hombre tan prudente y temeroso de Alah como lo había sido mi padre durante toda su vida. Y me preguntaba sin cesar: ‘¿Cómo es posible que mi padre me haya aconsejado, contraviniendo los preceptos del Libro Santo, que me dé la muerte ahorcándome, en caso de reveses de fortuna, mejor que confiarme a la solicitud del Dueño de las criaturas? No alcanza a comprenderlo mi entendimiento’.

Más tarde, poco a poco se fue borrando en mí el recuerdo de aquellas palabras, y como me gustaban el placer y el derroche, en cuanto me vi en posesión de la herencia que me correspondía, no tardé en seguir el curso de todas mis inclinaciones. Y viví varios años en el seno de las locuras y de las prodigalidades, de modo que acabé por comerme todo mi patrimonio, y un día me desperté tan desnudo como salí del seno de mi madre. Y me dije, mordiéndome los dedos: ‘¡Oh Hassán, hijo de Abdalah! hete aquí reducido a la miseria por culpa tuya y no por la traición del tiempo. Y ya no te queda por toda hacienda más que esta casa con este jardín. Y vas a verte obligado a venderlos para mantenerte algún tiempo todavía. ¡Tras de lo cual quedarás reducido a la mendicidad, pues te abandonarán tus amigos, y nadie otorgará crédito a quien ha arruinado su casa con sus propias manos!’

Y así pensando, cogí una cuerda gruesa y bajé al jardín. Y resuelto ya a ahorcarme, me dirigí al árbol consabido, busqué la rama mayor, la sujeté, y después de colocar dos piedras grandes al pie del añoso árbol, até la cuerda a la rama por un extremo. Y con el otro extremo hice un nudo corredizo que me pasé al cuello; y pidiendo perdón a Alah por mi acto, salté al espacio desde la parte de arriba de las piedras. Y ya me balanceaba estrangulado, cuando la rama crujió con mi peso y se separó del tronco. Y caí al suelo con ella antes de que la vida hubiese abandonado mi cuerpo.

Y cuando volví de aquella especie de desmayo en que me había sumido y comprendí que no estaba muerto, me mortificó mucho haber gastado semejante esfuerzo de voluntad para llegar a aquel fracaso final. Y ya me incorporaba con objeto de repetir mi acto criminal, cuando vi caer del árbol un guijarro, y advertí que aquel guijarro ardía en el suelo como un carbón encendido. Y con gran sorpresa mía noté que donde acababa de tener lugar mi caída el suelo estaba cubierto de aquellos guijarros brillantes, y que aún seguían cayendo del árbol, precisamente del mismo sitio por donde se había desprendido la rama. Y me volví a subir en las dos piedras grandes, y miré más de cerca la rotura. Y vi que por aquel lado el tronco no estaba lleno, sino hueco, y que de la cavidad se escapaban aquellos guijarros, que eran diamantes, esmeraldas y otras piedras de todos los colores.

Al ver aquello, ¡oh mi señor! comprendí la verdadera significación de las palabras de mi padre, y deduje su verdadero sentido, acordándome de que mi padre, lejos de aconsejarme que me ahorcara me había aconsejado sencillamente que me colgara de la rama mayor del árbol, sabiendo de antemano que cedería con mi peso y dejaría al descubierto el tesoro que él mismo había metido para mí en el tronco vacío del añoso árbol, en previsión de los malos días.

Y con el corazón dilatado de alegría, corrí a la casa para buscar un hacha, y agrandé la rotura. Y me encontré con que el inmenso tronco del añoso árbol estaba hueco y lleno hasta la base de rubíes, diamantes, turquesas, perlas, esmeraldas y todas las especies de gemas terrestres y marinas.

Entonces, tras de glorificar a Alah por sus beneficios y bendecir en mi corazón la memoria de mi padre, cuya prudencia había previsto mis locuras y me había reservado aquella salvación inesperada, renegué de mi antigua vida y de mis costumbres disipadas y pródigas, y resolví hacerme un hombre digno de mis extravagancias, y decidí ir al reino de Persia, donde me atraía con una atracción invencible la famosa ciudad de Schiraz, de la que con frecuencia había oído hablar a mi padre como de una ciudad en que estuvieran reunidas todas las elegancias del espíritu y todas las dulzuras de la vida. Y me dije: ‘¡Oh Hassán! en esa ciudad de Schiraz te instalarás como mercader de pedrerías y entablarás conocimiento con los hombres más deliciosos de la tierra. ¡Y como sabes hablar el persa, no tendrá eso ninguna dificultad para ti!’

E hice inmediatamente lo que tenía resuelto hacer. Y Alah me escribió la seguridad, y tras de un largo viaje, llegué sin contratiempo a la ciudad de Schiraz, donde reinaba entonces el gran rey Sabur-Schah.

Y paré en el khan más lujoso de la ciudad, en el que alquilé una hermosa habitación. Y sin tomarme tiempo para descansar, cambié mis ropas de viaje por vestiduras nuevas y muy hermosas, y me fui a pasear por las calles y zocos de aquella ciudad espléndida.

Y he aquí que, al salir de la gran mezquita de porcelana, cuya hermosura había conmovido mi corazón y me había sumido en el éxtasis de la plegaria, vi que venía en dirección mía un visir entre los visires del rey. Y también me vio él, y se paró frente a mí, contemplándome como si yo fuese un ángel. Luego me abordó y me dijo:

‘¡Oh el más hermoso de los adolescentes! ¿De qué país eres? ¡Porque tu traje me indica que eres extranjero en nuestra ciudad!’ Y contesté inclinándome: ‘¡Soy de Damasco, ¡oh mi señor! y he venido a Schiraz para instruirme con el trato de sus habitantes!’ Y al oír mis palabras, el visir se dilató considerablemente, y me estrechó en sus brazos, y me dijo: ‘¡Hermosas palabras las de tu boca!, ¡oh hijo mío! ¿Qué edad tienes?’ Y contesté: ‘¡Tu esclavo se halla en su decimosexto año!’ Y él se dilató aún más, pues descendía de los compañeros de Loth, y me dijo: ‘Es la edad más hermosa, ¡oh hijo mío! es la edad más hermosa. Y si no tienes que hacer nada mejor, ven conmigo a palacio y te presentaré a nuestro rey, que gusta de los rostros hermosos, y te nombrará chambelán entre sus chambelanes. Y sin duda serás la gloria de los chambelanes y corona suya’. Y le dije: ‘¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos, y escucho y obedezco!’

Entonces me cogió de la mano. E hicimos el camino juntos, charlando de unas cosas y de otras. Y se asombraba él mucho, al oírme hablar el persa, lengua que no era la mía, con desenfado y pureza. Y se maravillaba de mi cara y de mi elegancia. Y me decía: ‘¡Por Alah, si todos los jóvenes de Damasco son como tú, esa ciudad será una región del paraíso, y la parte del cielo que hay encima de Damasco será el paraíso mismo!’ Y de tal suerte llegamos al palacio del rey Sabur-Schah, en presencia del cual me introdujo, y que, en efecto, sonrió al ver mi rostro, y me dijo:

‘¡Bienvenido sea a mi palacio el rostro de Damasco!’ Y añadió: ‘¿Cómo te llamas, ¡oh hermoso adolescente!?’ Y contesté: ‘Tu esclavo Hassán, ¡oh rey del tiempo!’ Y al oírme hablar así, se dilató y se esponjó, y me dijo: ‘Jamás nombre alguno cuadró mejor a un rostro semejante, ¡oh Hassán!’ Y añadió: ‘¡Te nombro mi chambelán, a fin de que mis ojos se regocijen todas las mañanas viéndote!’ Y besé la mano del rey, y le di gracias por la bondad que me demostraba. Y el visir me llevó consigo y me hizo quitar mis trajes, y me vistió él mismo con ropa de paje. Y me dio la primera lección de indumentaria precisa para nuestras funciones de chambelán. Y no sabía yo cómo expresarle mi gratitud por todas sus atenciones. Y él me tomó bajo su protección. Y me hice amigo suyo. Y por su parte, todos los demás chambelanes, que eran jóvenes y muy hermosos, se hicieron amigos míos. Y parecía que iba a ser deliciosa en aquel palacio mi vida, pues que tanta alegría me proporcionaba ya y tantos placeres me prometía.

Y he aquí que hasta entonces ¡oh mi señor! para nada absolutamente había intervenido en mi vida la mujer. Pero pronto debía hacer su aparición. Y con ella, mi vida había de entrar en la complicación...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente”, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!