martes, 21 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima octogésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 883ª noche

Ella dijo:

Al día siguiente los palafreneros llevaron a los caballos del hijo del rey a beber en el abrevadero; pero no quiso acercarse al abrevadero ninguno de los caballos del hijo del rey. Y todos juntos retrocedieron, asustados, con los nasales dilatados y resoplando con violencia. Porque habían visto algo que brillaba y lanzaba chispas en el fondo del agua. Y los palafreneros les hicieron acercarse de nuevo al agua, silbando con insistencia, aunque sin llegar a convencerles, pues los animales tiraban de la cuerda, encabritándose y dando vueltas. Entonces los palafreneros registraron el abrevadero, y descubrieron la pulsera de diamantes que había dejado caer de su tobillo la joven.

Cuando el hijo del rey, que según su costumbre, vigilaba cómo se cuidaba a los caballos, hubo examinado la pulsera de diamantes que acababan de entregarle los palafreneros, se maravilló de la finura del tobillo que debía oprimir, y pensó: ‘¡Por vida de mi cabeza, que no hay tobillo de mujer lo bastante fino para caber en una pulsera tan pequeña!’ Y la dio vueltas en todos sentidos, y se encontró con que las piedras eran tan hermosas que la menor de entre ellas valdría por todas las gemas que adornaban la diadema de su padre el rey. Y se dijo: ‘¡Por Alah, que es preciso que tome yo por esposa a la propietaria de un tobillo tan encantador y dueña de esta pulsera!’ Y en aquella hora y en aquel instante se fue a despertar a su padre el rey, y le enseñó la pulsera, diciéndole: ‘Quiero tomar por esposa a la propietaria de un tobillo tan encantador y dueña de esta pulsera’. Y el rey le contestó: ‘¡Oh hijo mío! no hay inconveniente. Pero ese asunto incumbe a tu madre, y ella es a quien tienes que dirigirte. ¡Porque yo no entiendo de esas cosas, y ella entiende!’

Y el hijo del rey fue en busca de su madre, y enseñándole la pulsera y contándole la historia, le dijo: ‘Tú eres ¡oh madre! quien puede casarme con la propietaria de un tobillo tan encantador, a la cual está unido mi corazón. ¡Porque mi padre me ha dicho que tú entendías de estas cosas, y que él no entendía’. Y se irguió sobre ambos pies, y llamó a sus mujeres, y salió con ellas en busca de la dueña de la pulsera. Y recorrieron todas las casas de la ciudad, y entraron en todos los harenes, probando en el pie de todas las mujeres mayores y de todas las jóvenes la pulsera de tobillo. Pero todos los pies resultaron demasiado grandes para la estrechez del objeto. Y al cabo de quince días de pesquisas vanas y pruebas, llegaron a casa de las tres hermanas, y lanzó un estridente grito de alegría al comprobar que se ajustaba a maravilla al tobillo de la más pequeña.

Y la reina besó a la joven, y también la besaron las demás damas del séquito de la reina. Y la cogieron de la mano, y la condujeron a palacio, donde al punto quedó decidido su matrimonio con el hijo del rey. Y comenzaron las ceremonias de las bodas, que debían durar cuarenta días y cuarenta noches.

Y he aquí que el último día, después de ser conducida la joven al hammam, sus hermanas, a quienes se había llevado ella consigo, a fin de que compartiesen su alegría y se convirtieran en grandes damas de palacio, la vistieron y la peinaron. Y como, confiada en el afecto que le mostraban, les había revelado ella el secreto y las virtudes del búcaro de alabastro, no les fue difícil obtener del búcaro mágico todos los trajes, todos los atavíos y todas las alhajas que se necesitaban para adornar a la recién casada como nunca fue adornada hija de rey o de sultán. Y cuando acabaron de peinarla le clavaron en sus hermosos cabellos grandes alfileres de diamantes a manera de airón.

Y he aquí que, apenas quedó clavado el último alfiler, la joven desposada se metamorfoseó repentinamente en tórtola con un pequeño moño en la cabeza. Y salió volando muy de prisa por la ventana del palacio.

Porque los alfileres que sus hermanas le habían clavado en los cabellos eran alfileres mágicos, dotados del poder de transformar a las jóvenes en tórtolas, y la envidia que sentían ambas hermanas les había impulsado a pedir esos alfileres al búcaro de alabastro.

Y las dos hermanas, que en aquel momento se encontraban solas con su hermana pequeña, se guardaron mucho de contar la verdad al hijo del rey. Y se limitaron a decirle que su hermana había salido un momento y que no había vuelto. Y el hijo del rey, viendo que no aparecía, mandó hacer pesquisas por toda la ciudad y todo el reino. Pero las pesquisas no dieron resultado. Y la desaparición de la joven le sumió en la consunción y la amargura. ¡Y he aquí lo referente al desolado hijo del rey, consumido de amor!

En cuanto a la tórtola, todas las mañanas y todas las tardes iba a posarse en la ventana de su joven esposo, y arrullaba con voz melancólica durante mucho rato, ¡mucho rato! Y al hijo del rey le parecía que aquel arrullo respondía a su propia tristeza; y le tomó gran cariño. Y un día, al ver que ella no se asustaba aunque se acercase él, tendió la mano y la atrapó. Y la tórtola se echó a temblar entre sus manos y empezó a dar sacudidas, sin dejar de arrullar tristemente. Y él se puso a acariciarla con delicadeza, alisándole las plumas y rascándole la cabeza. Y he aquí que, al rascarle la cabeza, sintió bajo sus dedos unos pequeños objetos duros corno cabezas de alfiler. Y los extrajo del moño delicadamente, uno tras otro. Y cuando él le hubo sacado el último alfiler, la tórtola dio una sacudida y de nuevo se tornó en joven.

Y ambos vivieron entre delicias, contentos y prosperando. Y las dos malas hermanas se murieron de envidia y de una reconcentración de sangre. Y Alah otorgó a los amantes numerosos hijos, tan hermosos como sus padres.

Y aquella noche aún dijo Schehrazada:

Historia del macho cabrío y de la hija del rey

Se cuenta, entre lo que se cuenta, que en una ciudad de la India había un sultán a quien Alah, que es grande y generoso, había hecho padre de tres princesas como lunas, perfectas en todos sentidos y deliciosas para la mirada del espectador. Y su padre el sultán, que las amaba en extremo, quiso, en cuanto fueron púberes, buscarles esposos que fuesen capaces de estimarlas en su valor y de hacer su dicha.

Y a tal fin llamó a su esposa la reina, y le dijo: ‘He aquí que nuestras tres hijas, las bienamadas de su padre, han llegado a la nubilidad, y cuando el árbol está en su primavera, conviene, para que no se pierda, que tenga flores anunciadoras de hermosos frutos. Por eso es preciso que busquemos a nuestras hijas esposos que las hagan dichosas’. Y dijo la reina. ‘La idea es excelente’.

Y tras de haber deliberado entre sí acerca de los medios mejores de conseguir su objeto, resolvieron hacer anunciar por los pregoneros públicos, en toda la extensión del reino, que las tres princesas estaban en edad de casarse, y que todos los hijos de emires y de grandes señores, amén de los simples particulares y de los hombres del pueblo, debían presentarse bajo las ventanas del palacio en un día fijo. Porque la reina había dicho a su esposo: ‘La dicha en el matrimonio no depende ni de la riqueza ni del nacimiento, sino sólo del designio del Todopoderoso. Lo mejor es, pues, dejar que el Destino elija por sí mismo a los esposos de nuestras hijas.

Y cuando llegue el día de elegirlos, no tendrán ellas más que tirar su pañuelo por la ventana sobre la muchedumbre de pretendientes. Y aquellos sobre quienes caigan los tres pañuelos serán los esposos de nuestras tres hijas’. Y el sultán hubo de responder: ‘La idea es excelente’. Y así se hizo.

De modo que cuando llegó el día fijado por los pregoneros públicos, y se llenó con la muchedumbre de pretendientes el meidán que se extendía al pie del palacio, abrióse la ventana, y la hija mayor del rey apareció, como la luna, la primera con su pañuelo en la mano. Y tiró el pañuelo al aire. Y se lo llevó el viento y lo hizo caer sobre la cabeza de un joven emir, brillante y hermoso.

Luego apareció, como la luna, en la ventana la segunda hija del rey, y tiró su pañuelo, que fue a caer sobre la cabeza de un joven príncipe tan hermoso y tan encantador como el primero.

Y la tercera hija del sultán arrojó su pañuelo a la muchedumbre. Y el pañuelo se agitó un instante, se inmovilizó un instante, y cayó para ir a engancharse en los cuernos de un macho cabrío que se hallaba entre los pretendientes. Pero el sultán, aunque había prometido solemnemente su hija a cualquier espectador sobre quien cayera el pañuelo, tuvo por nula la experiencia, y la hizo repetir. Y la joven princesa arrojó de nuevo al aire su pañuelo, que, tras de vacilar entre dos aires, por encima del meidán, cayó con rapidez y en línea recta sobre los cuernos del mismo macho cabrío. Y el sultán, en el límite de la contrariedad dio por nula esta segunda elección de la suerte, e hizo repetir la prueba a su hija. Y por tercera vez el pañuelo voltejeó algún tiempo en el aire, y fue a posarse precisamente en la cabeza cornuda del macho cabrío...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima octogésima cuarta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima octogésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 882ª noche

Ella dijo:

...el mozalbete dijo a su hermana, la joven: ‘¡Hermana mía, voy a hacer cosquillas en el trasero a este pájaro!’ Y la joven, con el corazón agitado de espanto, exclamó con temblorosa voz: ‘¡Oh! ¡Por favor, querido, no hagas eso, no hagas eso! ¡Porque nos soltará, y nos caeremos!’ El dijo: ‘¡Tengo muchas ganas de hacer cosquillas en el trasero a este pájaro!’ Ella dijo: ‘¡Moriremos!’ El dijo: ‘¡Lo haré! ¡Y va a ser así!’ E hizo lo que había dicho. Y el pájaro cosquilleado se sobresaltó mucho, de tanto como le desagradó la cosa, y soltó su presa, que era el hermano y la hermana.

Y cayeron al mar. Y fueron a parar al fondo del mar, que era excesivamente profundo. Pero, como sabían nadar, pudieron salir a la superficie del agua y ganar la orilla.

Sin embargo, no veían nada y no distinguían nada, exactamente igual que si estuviesen en medio de una noche negra. Porque el país en que se hallaban era el país de las tinieblas.

Y el mozalbete, sin vacilar, buscó a tientas guijarros, y restregó dos, uno contra otro, hasta que salieron chispas. Y recogió leña en gran cantidad y con ella hizo un montón enorme, al que prendió fuego por medio de los dos guijarros. Y cuando ardió todo el montón, vieron claro. Pero, en el mismo momento, oyeron un espantoso mugido, como mil voces de búfalos salvajes reunidas en una sola. Y a la claridad de la hoguera, vieron avanzar hacia ellos, terrible, una ghula negra y gigantesca, que gritaba con sus fauces abiertas como un horno: ‘¿Quién es el temerario que enciende luz en el país que he consagrado a las tinieblas?’

Y a la hermana le dio aquello mucho miedo. Y con voz apagada, dijo a su hermano el mozalbete: ‘¡Oh hijo de mi padre y de mi madre! esta vez vamos a morir indudablemente. ¡Oh! ¡Tengo miedo a esa ghula!’ Y se acurrucó contra él, dispuesta a morir, y desmayada ya. Pero el muchacho, sin perder ni por un instante su presencia de ánimo, se irguió sobre ambos pies, hizo frente a la ghula, y una a una cogió las mayores brasas ardientes de la hoguera y empezó a lanzarlas con tino en la ancha boca abierta de la ghula. Y cuando de aquel modo hubo él arrojado la última brasa grande, la ghula estalló por la mitad. Y el sol alumbró de nuevo aquel país consagrado a las tinieblas. Porque, volviendo su gigantesco trasero contra el sol, la ghula le había impedido alumbrar aquella tierra. ¡Y he aquí lo referente al trasero de la ghula!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe al rey de aquella tierra! Cuando el rey que reinaba en el país hubo visto relucir el sol después de tantos años pasados en tinieblas negras, comprendió que la terrible ghula había muerto, y salió de su palacio, seguido de sus guardias, para ponerse en busca del valiente que había librado de la opresión y de la oscuridad al país. Y al llegar a orillas del mar, vio desde lejos el montón de leña que humeaba aún, y encaminó sus pasos por aquel lado. Y al ver avanzar toda aquella tropa armada con el rey que brillaba a su cabeza, la hermana se sintió poseída de un terror grande, y dijo a su hermano: ‘¡Oh hijo de mi padre y de mi madre, huyamos! ¡Ah! ¡Huyamos!’ Y preguntó él: ‘¿Por qué vamos a huir? ¿Y quién nos amenaza?’ Ella dijo: ‘¡Por Alah sobre ti, vámonos antes de que nos den alcance esas gentes armadas que avanzan hacia nosotros!’ Pero dijo él: ‘¡No quiero!’

Y ni se movió siquiera.

Y el rey llegó con su tropa a las proximidades de la hoguera humeante, y encontró a la ghula hecha mil pedazos. Y junto a ella vio una pequeña sandalia de muchacha. Era una sandalia que se le había salido de su piececito a la hermana cuando corría a refugiarse con su hermano detrás de un montículo, adonde había ido él a tenderse para descansar algo. Y el rey dijo a sus gentes: ‘¡Indudablemente es una sandalia de la que ha matado a la ghula y nos ha librado de la oscuridad! Buscad bien y la encontraréis’. Y la joven oyó estas palabras, y se atrevió a salir detrás del montículo y a acercarse al rey. Y se arrojó a sus plantas, implorando la salvaguardia. Y el rey vio en el pie de ella la sandalia compañera de la que se había encontrado. Y levantó a la joven y la besó, y le dijo: ‘¡Oh joven bendita! ¿Eres tú quien ha matado a esta terrible ghula?’ Ella contestó: ‘Es mi hermano, ¡oh rey!’ El preguntó: ‘¿Y dónde está ese valiente?’

Ella dijo: ‘¿No le harás daño nadie?’ El dijo: ‘¡Al contrario!’

Entonces fue detrás de la roca y cogió de la mano al mozalbete, que se dejó hacer. Y le condujo ella a presencia del rey, que le dijo: ‘¡Oh jefe de los valientes y corona suya! te doy en matrimonio a mi única hija y tomo por esposa a esta joven del pie pequeño, cuya sandalia me he encontrado’.

Y el muchacho dijo: ‘¡No hay inconveniente!’

Y vivieron todos en las delicias, contentos y prosperando.

Luego dijo Schehrazada:

La pulsera de tobillo

Se dice, entre lo que se dice, que en una ciudad había tres hermanas, hijas del mismo padre, pero no de la misma madre, que vivían juntas hilando lino para ganarse la vida. Y las tres eran como lunas; pero la más pequeña era la más hermosa y la más dulce y la más encantadora y la más diestra de manos, pues ella sola hilaba más que sus dos hermanas reunidas, y lo que hilaba estaba mejor y sin defecto por lo general. Lo cual daba envidia a sus dos hermanas, que no eran de la misma madre.

Un día fue ella al zoco, y con el dinero que había ahorrado de la venta de su lino se compró un búcaro pequeño de alabastro, que era de su gusto, a fin de tenerlo delante con una flor dentro cuando hilara el lino. Pero no bien regresó a casa con su búcaro en la mano, sus dos hermanas se burlaron de ella y de su compra, tildándola de derrochadora y de extravagante. Y muy conmovida y muy avergonzada, no supo ella qué decir, y para consolarse cogió una rosa y la puso en el búcaro. Y se sentó ante su búcaro y ante su rosa y se puso a hilar su lino.

Y he aquí que el búcaro de alabastro que había comprado la joven hilandera era un búcaro mágico. Y cuando su dueña quería comer, él le proporcionaba manjares deliciosos, y cuando ella quería vestirse, él la satisfacía. Pero la joven, temerosa de que le tuviesen más envidia todavía sus hermanas, que no eran de la misma madre, se guardó bien de revelarles las virtudes de su búcaro de alabastro. Y en presencia de ellas aparentaba que vivía como ellas y vestía como ellas, y aún más modestamente. Pero cuando salían sus hermanas se encerraba completamente sola en su cuarto, ponía delante de ella su búcaro de alabastro, le acariciaba dulcemente, y le decía: ‘¡Oh bucarito mío! ¡Oh bucarito mío! ¡Hoy quiero tal y cuál cosa!’ Y al punto el búcaro de alabastro le proporcionaba cuantas ropas hermosas y golosinas había pedido ella. Y a solas consigo misma, la joven se vestía con trajes de seda y oro, se adornaba con alhajas, se ponía sortijas en todos los dedos, pulseras en las muñecas y en los tobillos y comía golosinas deliciosas. Tras de lo cual el búcaro de alabastro hacía desaparecer todo. Y la joven lo cogía de nuevo, e iba a hilar su lino en presencia de sus hermanas, poniéndose delante el búcaro con su rosa. Y de tal suerte vivió cierto espacio de tiempo, pobre ante sus envidiosas hermanas y rica ante sí misma.

Un día, entre los días, el rey de la ciudad, con motivo de su cumpleaños, dio en su palacio grandes festejos, a los cuales fueron invitados todos los habitantes. Y las tres jóvenes también fueron invitadas. Y las dos hermanas mayores se ataviaron con lo mejor que tenían y dijeron a su hermana pequeña: ‘Tú te quedarás para guardar la casa’. Pero, en cuanto se marcharon ellas, la joven fue a su cuarto, y dijo a su búcaro de alabastro: ‘¡Oh bucarito mío! esta noche quiero de ti un traje de seda verde, una veste de seda roja y un manto de seda blanca, todo de lo más rico y más bonito que tengas, y hermosas sortijas para mis dedos, y pulseras de turquesas para mis muñecas, y pulseras de diamantes para mis tobillos. Y dame también todo lo preciso para que yo sea la más bella en palacio esta tarde’. Y tuvo cuanto había pedido. Y se atavió, y se presentó en el palacio del rey, y entró en el harén, donde había festejos aparte reservados para las mujeres. Y apareció como la luna en medio de las estrellas. Y no la reconoció radie, ni siquiera sus hermanas, de tanto como realzaba su belleza natural el esplendor de su indumentaria. Y todas las mujeres iban a extasiarse ante ella, y la miraban con ojos húmedos. Y ella recibía sus homenajes como una reina, con dulzura y amabilidad, de modo que conquistó todos los corazones y dejó entusiasmadas a todas las mujeres.

Pero cuando la fiesta tocaba a su fin, la joven, sin querer que sus hermanas regresasen a casa antes que ella, aprovechó el momento en que atraían toda la atención las cantarinas, para deslizarse fuera del harén y salir del palacio. Mas, en su precipitación por huir, dejó caer, al correr, una de las pulseras de diamantes de sus tobillos en la pila a ras de tierra que servía de abrevadero a los caballos del rey. Y no advirtió la pérdida de su pulsera de tobillo, y volvió a casa, donde llegó antes que sus hermanas.

Al día siguiente...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima octogésima tercera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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