martes, 15 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima sexagésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 967ª noche

Ella dijo:

‘No obstante, déjame advertirte que si por desgracia frotaras el sello dos veces seguidas en vez de una, harías que me consumiera en el fuego de los nombres terribles grabados sobre el anillo. Y me perderías irrevocablemente’.

Y al oír aquello, Maruf contestó al efrit de la cornalina: ‘¡Oh excelente y poderoso Padre de la Dicha! sabe que he guardado tus palabras en el sitio más seguro de mi memoria. Pero ¿puedes empezar por decirme quién te ha encerrado en esta cornalina y quién te ha sometido al poder del dueño del anillo?’ Y el genni contestó desde el interior del sello: ‘Has de saber, ¡ya sidi! que el lugar en que nos hallamos es el antiguo tesoro de Scheddad, hijo de Aad, el constructor de la famosa ciudad, ahora en ruinas, de Iram de las Columnas. En vida de él, fui yo esclavo del rey Scheddad. ¡Y precisamente el que posees es su anillo, que lo has encontrado en el cristal donde estaba guardado desde tiempos remotos!’

Y el antiguo remendón de calzado de la calle Roja de El Cairo, convertido entonces, merced a la posesión de aquel anillo, en sucesor directo de la posteridad de Nemrod y de aquel heroico y orgulloso Scheddad, que había vivido la edad de siete águilas, quiso experimentar sin tardanza las virtudes maravillosas encerradas en el sello. Y dijo al que residía en la cornalina: ‘¡Oh esclavo del anillo! ¿Podrías sacar de este subterráneo y llevarlo a la superficie de la tierra, a la luz del día, el tesoro guardado aquí?’ Y la voz del Padre de la Dicha contestó: ‘¡Sin duda alguna, y eso precisamente es para mí la cosa más fácil’. Y Maruf le dijo: ‘Ya que es así, te pido que saques cuantas riquezas y maravillas hay aquí, sin dejar nada a los que pudieran venir después que yo, pero ni rastro’. Y contestó la voz: ‘Escucho y obedezco’.

Luego gritó: ‘¡Hola, muchachos!’

Y al punto vio Maruf aparecer ante él doce mancebos muy hermosos, llevando a la cabeza grandes cestos. Y después de besar la tierra entre las manos del encantado Maruf, se irguieron, y en un abrir y cerrar de ojos transportaron afuera, en varios viajes, todos los tesoros contenidos en las tres salas del subterráneo. Y cuando acabaron aquel trabajo, fueron de nuevo a presentar sus homenajes a Maruf, que estaba cada vez más encantado, y desaparecieron como habían venido.

Entonces Maruf, en el límite del contento, se encaró con el habitante de la cornalina, y le dijo: ‘Perfectamente. Pero ahora quisiera cajas, mulas con sus muleteros, y camellos con sus camelleros, para transportar estos tesoros a la ciudad de Khaitán, capital del reino de Sohatán’. Y el esclavo encerrado en el sello contestó:

‘¡A tus órdenes! nada más hacedero’. Y lanzó un grito estridente, y en el mismo instante aparecieron ante Maruf mulas y muleteros, camellos y camelleros, cajas y cestas, y mamalik suntuosamente vestidos, hermosos como lunas, en número de seiscientos de cada especie. Y en menos tiempo del que se necesita para cerrar un ojo y abrirlo, cargaron en las acémilas cajas y cestos, previamente llenos de oro y de joyas, y se alinearon por orden. Y los jóvenes mamalik montaron en sus hermosos caballos y escoltaron la caravana.

Y el antiguo zapatero dijo entonces al servidor de su anillo: ‘¡Oh padre de la Dicha! ahora deseo de ti otros mil animales cargados con sedas y telas preciosas de Siria, de Egipto, de Grecia, de Persia, de India, y de China’. Y el genni contestó con el oído y la obediencia. Y al punto aparecieron ante Maruf los mil camellos y mulas cargados con los objetos consabidos, y se pusieron ellos solos en fila regular a la cola del convoy, escoltados, como los anteriores por otros jóvenes mamalik tan soberbiamente vestidos y montados como sus hermanos. Y Maruf quedó satisfecho, y dijo al habitante del anillo: ‘Ahora deseo comer antes de partir. Levántame, por tanto, un pabellón de seda, y sírveme bandejas de manjares escogidos y de bebidas frescas’. Y acto seguido se ejecutó la orden. Y Maruf entró en el pabellón y se sentó ante las bandejas en el preciso momento en que volvía del pueblo el buen felah. Y llegó el pobre llevando a la cabeza una escudilla de madera llena de lentejas con aceite, al brazo izquierdo pan negro y cebollas y al brazo derecho un saco de a celemín lleno de avena para el caballo. Y vio delante de la casa la prodigiosa caravana y el pabellón de seda en donde estaba sentado Maruf rodeado de esclavos diligentes que le servían, a la vez que otros esclavos se mantenían detrás de él, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Y se emocionó en extremo, y pensó: ‘¡Indudablemente, durante mi ausencia ha llegado aquí el sultán, haciéndose preceder por el primer mameluco que he visto!

¡Lástima que no se me haya ocurrido degollar a mis dos gallinas y guisárselas con manteca de vaca!’ Y decidió hacerle, a pesar de todo, aunque ya era tarde, y fue a buscar sus dos gallinas para degollarlas y ofrecérselas al sultán, asadas en manteca de vaca...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima sexagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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lunes, 14 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima sexagésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 966ª noche

Ella dijo:

‘...He aquí que ahora te ves reducido a errar por los caminos, en vez de deleitarte en los brazos de tu mantecosa esposa, cuyas caricias te habían hecho olvidar a la calamitosa Boñiga caliente de El Cairo’. Y pensando en su último amor, que les tenía a él y a ella quemado el corazón por la separación, empezó a condolerse de su propio estado y llorar cálidas lágrimas, recitándose desesperados versos de ausencia. Y gimiendo de tal suerte y exhalando su dolor de amante en tiradas de versos apropiados a su situación, llegó, después de salir el sol, a las cercanías de un pueblecito. Y vio en un campo a un felah que labraba con un arado de dos bueyes. Y como, en su precipitación por huir del palacio y de la ciudad, se había olvidado de llevar provisiones de boca para el viaje, le torturaban el hambre y la sed; y se acercó a aquel felah, y le saludó, diciendo: ‘La zalema contigo, ¡oh jeique!’ Y el felah le devolvió el saludo, diciendo: ‘¡Y contigo la zalema, la misericordia de Alah y sus bendiciones! Sin duda, ¡oh mi señor! eres un mameluco entre los mamelucos del sultán’. Y Maruf contestó: ‘Sí’. Y el felah le dijo: ‘Bienvenido seas, ¡oh rostro de leche! Y hazme el favor de parar en mi casa y de aceptar mi hospitalidad’. Y Maruf, que en seguida vio que tenía que habérselas con un hombre generoso, lanzó una ojeada a la pobre vivienda, que estaba cerca, y observó que no contenía nada que pudiera alimentar ni aplacar la sed. Y dijo al felah: ‘¡Oh hermano mío! no veo en tu casa nada que puedas ofrecer a un huésped tan hambriento como yo. ¿Cómo vas a arreglarte, pues, si acepto tu invitación?’ Y el felah contestó: ‘El bien de Alah no falta; todo se andará. Apéate del caballo, ¡oh mi señor! y déjame cuidarte y albergarte, por Alah. El pueblo está muy cerca, y correré allá con toda la velocidad de mis piernas, y te traeré lo necesario para reconfortarte y tenerte contento. Y tampoco dejaré de traer forraje y grano para el pienso de tu caballo’. Y Maruf, lleno de escrúpulos y sin querer molestar ni distraer de su trabajo a aquel pobre hombre, le contestó: ‘Pues ya que el pueblo está tan cerca, ¡oh hermano mío! más de prisa iré yo a caballo, y compraré en el zoco todo lo necesario para mí y para mi caballo’. Pero el felah, cuya generosidad nativa no podía decidirse a dejar partir así, sin darle hospitalidad, a un extraño del camino de Alah, repuso: ‘¿De qué zoco estás hablando, ¡oh mi señor!? ¿Acaso un miserable villorrio como el nuestro, cuyas casas son de boñiga de vaca, posee un zoco ni nada que de cerca o de lejos se parezca a un zoco? Nosotros no tenemos negocios de compra y venta; y cada uno se arregla para vivir con lo poco que posee. Así, pues, te suplico, por Alah y por el Profeta bendito, que te pares en mi casa para complacerme y dar gusto a mi espíritu y a mi corazón.

Y en seguida iré al pueblo y tardaré menos aún en volver’. Entonces Maruf, al ver que no podía rehusar la oferta de aquel pobre felah sin apenarle y disgustarle, se apeó del caballo, y fue a sentarse a la entrada de la choza de boñiga seca, en tanto que el felah, echando a correr inmediatamente en dirección al pueblo, no tardaba en desaparecer a lo lejos.

Y mientras esperaba a que volviese el otro con las provisiones, Maruf empezó a reflexionar y a decirse: ‘He aquí que he sido causa de ajetreo y molestia para ese pobre, a quien me parecía yo en un todo cuando no era más que un miserable zapatero remendón. Pero, por Alah, quiero reparar en la medida de mis fuerzas el daño que le causo al dejarlo que abandone así su trabajo. Y para empezar, voy a tratar de labrar ahora mismo en lugar suyo, haciendo que de tal suerte gane el tiempo que por mí pierde’.

Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, y vestido con sus ropas doradas de mameluco real, echó mano al arado e hizo avanzar a la yunta de bueyes por el ya trazado surco. Pero, apenas había hecho dar unos pasos a los bueyes, la reja de arado chocó de pronto, con un ruido singular, contra algo que oponía resistencia; y arrastrados por el propio esfuerzo, los bueyes cayeron de rodillas. Y Maruf, dando voces, hizo levantarse a los animales, y los fustigó vivamente para vencer la resistencia. Pero, a pesar del enorme tirón que dieron los bueyes, la reja no se movió ni una pulgada, y quedó encajada en el suelo como si esperase al día del Juicio.

Entonces Maruf se decidió a examinar en qué podía consistir aquello. Y cuando levantó la tierra, observó que la punta de la reja se había enganchado en una fuerte anilla de cobre rojo sujeta a una losa de mármol, casi a ras de la tierra.

E impulsado por la curiosidad, Maruf intentó mover y levantar aquella losa de mármol. Y después de algunos esfuerzos, acabó por conseguir desencajarla y correrla. Y debajo vio una escalera con peldaños de mármol que conducía a una cueva de forma cuadrada que tenía la amplitud de un hammam. Y Maruf, pronunciando la fórmula del ‘bismilah’, bajó a la cueva y vio que la componían cuatro salas consecutivas. Y la primera de aquellas salas estaba llena de monedas de oro desde el suelo hasta el techo; y la segunda estaba llena de perlas, de esmeraldas y de coral, también desde el suelo hasta el techo; y la tercera, de jacintos; de rubíes, de turquesas, de diamantes y de pedrerías de todos colores; pero la cuarta, que era la más espaciosa y la mejor acondicionada, no contenía nada más que un pedestal de madera de ébano, sobre el cual estaba colocado un pequeñísimo cofrecito de cristal no mayor que un limón. Y Maruf se asombró prodigiosamente de su descubrimiento y se entusiasmó con aquel tesoro. Pero lo que más le intrigaba era aquel minúsculo cofrecillo de cristal, único objeto de manifiesto en la inmensa sala cuarta del subterráneo. Así es que, sin poder resistir a los apremios de su alma, tendió la mano al pequeño objeto insignificante que le tentaba infinitamente más que todas las maravillas del tesoro, y apoderándose de él, lo abrió. Y dentro halló un anillo de oro con un sello de cornalina, en que estaban grabadas, con caracteres extremadamente finos y semejantes a patas de moscas, escrituras talismánicas. Y con un movimiento instintivo, Maruf se puso el anillo en su dedo y se lo ajustó apretándolo.

Y al punto salió del sello del anillo una voz fuerte, que dijo: ‘¡A tus órdenes! ¡A tus órdenes! ¡Por favor, no me frotes más! Ordena, y serás obedecido. ¿Qué deseas? ¡Habla! ¿Quieres que derribe o que construya, que mate a algunos reyes y a algunas reinas o que te los traiga, que haga surgir una ciudad entera o que aniquile todo un país, que cubra de flores una comarca o que la asuele, que allane una montaña o que seque un mar? Habla, anhela, desea. Pero, por favor, no me frotes con tanta violencia, ¡oh amo mío! Soy tu esclavo, con permiso del Señor de los genn, del Creador del día y de la noche’. Y Maruf, que al pronto no se había dado completa cuenta de dónde salía aquella voz, acabó por observar que salía del propio sello del anillo que se había puesto en el dedo, y dijo, dirigiéndose al que residía en la cornalina: ‘¡Oh criatura de mi Señor! ¿Quién eres?’ Y la voz de la cornalina contestó:

‘Soy el Padre de la Dicha, esclavo de este anillo. Y ejecuto a ciegas las órdenes de quienquiera que se adueñe de este anillo. Y nada es imposible para mí, porque soy el jefe supremo de setenta y dos tribus de genn, efrits, cheitanes, auns y mareds. Y cada una de estas tribus se compone de doce mil valientes irresistibles, más fuertes que elefantes y más sutiles que el mercurio. Pero, como ya te he dicho, ¡oh amo mío! yo, a mi vez, estoy sometido a este anillo; y aunque es muy grande mi poder, obedezco al que lo posee, como un niño obedece a su madre. No obstante, déjame advertirte que si por desgracia frotaras el sello dos veces seguidas en vez de una, harías que me consumiera el fuego de los nombres terribles grabados sobre el anillo. Y me perderías irrevocablemente.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima sexagésima séptima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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