lunes, 28 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octogésima noche

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“Pero cuando llegó la 980ª noche

Ella dijo:

...Y la nodriza guardó en su memoria las palabras del Emir de los Creyentes. Y el niño creció y se desarrolló. Y cuando tuvo dos años de edad, una joven esclava se acercó un día a la nodriza, y le dijo: ‘Mi señora me envía a rogarte que me dejes llevar a su casa tu niño. Porque está encinta, y en vista de la hermosura de este niño -¡Alah te lo conserve y aleje de él el ojo malhechor!-, desea pasarse algunos instantes mirándole para que el niño que lleva ella en su seno se forme a semejanza de éste’. Y la nodriza contestó: ‘Está bien. Llévate al niño; pero he de acompañarte yo’.

Y así se hizo. Y la joven esclava entró con el niño en casa de su señora. Y en cuanto la dama vio al niño, se arrojó sobre él llorando, y le tomó en sus brazos, cubriéndole de besos y apretándole contra ella, en el límite de la emoción.

En cuanto a la nodriza, se apresuró a ir a presentarse entre las manos del califa, y le contó lo que acababa de pasar, añadiendo: ‘Y esa dama no es otra que la purísima Saleha, la hija del venerable ansariano jeique Saleh, que ha visto y seguido como discípulo abnegado a nuestro Profeta bendito (¡con Él la plegaria y la paz!).

Y Omar reflexionó. Luego se levantó, cogió su sable, se lo escondió debajo del vestido, y fue a la casa indicada. Y encontró al ansariano sentado a la puerta de su morada, y le dijo, después de las zalemas: ‘¡Oh venerable jeique! ¿Qué ha hecho tu hija Saleha?’ Y el jeique contestó: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! ¿Mi hija Saleha? Alah la recompense por sus buenas obras. Mi hija es de todos conocida por su piedad y su conducta ejemplar, por su conciencia en cumplir sus deberes para con Alah y para con su padre, por su celo en las plegarias y demás obligaciones impuestas por nuestra religión, por la pureza de su fe’.

Y Omar dijo: ‘Está bien. Pero yo desearía tener una entrevista con ella para aumentar su amor al bien y animarla aún más a practicar obras meritorias’. Y dijo el jeique: ‘Alah te colme con sus favores ¡oh Emir de los Creyentes! por la buena voluntad que tienes a mi hija. Espera aquí un momento a que yo vuelva, pues voy a anunciar tus propósitos a mi hija’. Y entró, y pidió a Saleha que recibiese al califa. Y se introdujo en la casa a Omar.

Y he aquí que, al llegar a presencia de la joven, Omar ordenó a las personas presentes que se retiraran. Y salieron éstas inmediatamente y dejaron al califa y a Saleha solos, absolutamente solos. ‘Quiero que me des datos precisos respecto de la muerte del joven encontrado hace tiempo en un camino. Tú tienes esos datos. Y si tratas de ocultarme la verdad, entre tú y ella se interpondrá este sable, ¡oh Saleha!’ Y contestó ella, sin turbarse: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! has encontrado lo que buscas. Y por la grandeza del nombre de Alah el Altísimo y por los méritos del Profeta bendito (¡con Él la plegaria y la paz!) juro que voy a decirte la verdad entera’. Y bajó la voz y dijo:

Sabes, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que yo tenía a mi servicio una mujer vieja que siempre estaba en casa y que me acompañaba a todas partes cuando yo salía. Y la consideraba y la quería como quiere una hija a su madre. Y por su parte, en cuanto me atañía y me interesaba, ponía ella una atención y un cuidado extremados. Y durante mucho tiempo la estimé y escuché con respeto y veneración.

‘Pero llegó un día en que me dijo ella: ‘¡Oh hija mía! necesito hacer un viaje a casa de mis allegados. Pero tengo aquí una hija. Y en el sitio en donde está tengo miedo de que se vea expuesta a cualquier desgracia irremediable. Te suplico, pues, que me permitas traértela y dejarla contigo hasta mi regreso’. Y al punto le di mi consentimiento. Y se marchó.

‘Y al día siguiente vino a mi casa su hija. Y era una joven de aspecto delicioso, de buena apariencia, alta y bien formada. Y sentí por ella un afecto grande. Y la hice acostarse en la habitación donde yo dormía.

‘Y una siesta, mientras dormía, me sentí de pronto asaltada en mi sueño y arrollada por un hombre que pesaba sobre mí a plomo y me inmovilizaba, sujetándome ambos brazos. Y deshonrada, mancillada ya, pude por fin soltarme de su abrazo. Y descubrí que él no era otro que mi joven compañera. Y me había engañado el disfraz de aquel joven imberbe a quien tan fácil había sido pasar por una muchacha.

‘Y cuando le maté, hice sacar su cadáver y mandé que le dejaran en el paraje donde se le encontró. Y permitió Alah que yo fuese madre por culpa de los manejos ilícitos de aquel hombre. Y cuando eché al mundo al niño, hice que le dejaran también en el camino donde se abandonó a su padre, sin querer encargarme ante Alah de criar a un hijo que me había nacido contra mi consentimiento.

‘Y ésta es ¡oh Emir de los Creyentes! la historia exacta de esos dos seres. Y te he dicho la verdad. ¡Y Alah responderá de mí!’.

Y Omar exclamó: ‘Cierto que me has dicho la verdad, Alah extienda sobre ti Sus gracias’. Y admiró la virtud y el valor de aquella muchacha, le recomendó perseverancia en las buenas obras, e hizo votos por ella al cielo. Luego salió. Y al partir, dijo al padre: ‘¡Alah colme de bendiciones tu casa! Virtuosa hija es tu hija.

¡Bendita sea! Ya le he hecho exhortaciones y recomendaciones’. Y el venerable jeique ansariano contestó: ‘¡Alah te conduzca a la dicha, ¡oh Emir de los Creyentes! y te dispense los favores y beneficios que desee tu alma! ‘

Luego el joven rico, tras de tomar algún reposo, continuó: ‘Ahora, para cambiar de asunto, voy a deciros la historia de La cantarina Salamah La Azul’.

La cantarina Salamah La Azul

Y dijo:

‘El hermoso poeta, músico y cantor Mohammad el Kúfico, cuenta esto:

‘Jamás tuve, entre las jóvenes y las esclavas a quienes daba lecciones de música y de canto, una discípula más bella, más viva, más seductora, más espiritual y mejor dotada que Salamah la Azul. Llamábamos la Azul a esta joven morena, porque en su labio había una encantadora sombra de bozo azulado, semejante a un pequeño trazo de almizcle que hubiera paseado por allí graciosamente una pluma de escriba experto o la mano ligera de un iluminador. Y cuando yo le daba lección, era ella muy jovencita, una jovenzuela recientemente desarrollada, con dos pechitos incipientes que alzaban y separaban un poco su ligero vestido, alejándole del seno. Y al mirarla arrebataba; era para trastornar el espíritu, deslumbrar los ojos, quitar la razón. Y cuando iba ella a una reunión, aunque la compusiesen las más renombradas bellezas de Kufah, no había miradas más que para Salamah; y bastaba que apareciese ella para que se exclamase: ‘¡Ah! Ahí está la Azul’. Y se la amó apasionadamente, hasta la locura, pero sin objeto, por todos los que la conocían y por mí mismo. Y aunque era mi discípula, yo era para ella un humilde súbdito, un servidor obediente, un esclavo a sus órdenes. Y si me hubiera pedido orchilla humana habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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domingo, 27 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima septuagésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 979ª noche

Ella dijo:

...Y el jefe persa contestó: ‘Temo que se aprovechen del momento en que esté bebiendo para darme muerte’. Pero Omar le dijo: ‘¡Alah nos libre de merecer tales sospechas! Estás en seguridad hasta que esa agua haya refrescado tus labios y extinguido tu sed’. A estas palabras del califa, el listo persa tiró el vaso al suelo y lo rompió. Y Omar, ligado por su propia palabra, renunció generosamente a molestarle. Y Harmozán, conmovido ante aquella grandeza de alma, se ennobleció con el Islam. Y Omar le señaló una pensión de dos mil dracmas.

Y durante la toma de Jerusalem , que es la ciudad santa de Issa (Jesús), hijo de Mariam, el profeta más grande antes de la llegada de nuestro señor Mahomed (¡con Él la plegaria y la paz!), y en torno a cuyo templo daban vueltas al principio los creyentes para hacer oración, el patriarca Sofronios, jefe del pueblo, había consentido en capitular, pero con la condición de que fuera el califa en persona a tomar posesión de la ciudad santa. E informado del tratado y de las condiciones, Omar se puso en marcha. Y el hombre que era califa de Alah sobre la tierra, y que había hecho doblar la cabeza ante el estandarte de Islam a tantos potentados, abandonó Medina sin guardia, sin séquito, montado en un camello que llevaba dos sacos, uno de los cuales contenía cebada para el bruto y, el otro, dátiles. Y delante llevaba un plato de madera y detrás un odre lleno de agua. Y caminando día y noche, sin detenerse más que para rezar la plegaria o para hacer justicia en el seno de alguna tribu encontrada al paso, llegó así a Jerusalem. Y firmó la capitulación. Y se abrieron las puertas de la ciudad. Y llegado que fue a la iglesia de los cristianos, advirtió Omar que estaba próxima la hora de la plegaria; y preguntó al patriarca Sofronios dónde podría cumplir con aquel deber de los creyentes.

Y el cristiano le propuso la propia iglesia. Pero Omar se escandalizó diciendo:

‘No entraré a orar en vuestra iglesia, y lo hago en interés vuestro, cristianos. Porque si el califa orara en este lugar, los musulmanes se apoderarían de este sitio al punto, y os lo arrebatarían sin remedio’. Y tras de recitar la plegaria, volviéndose hacia la kaaba santa, dijo al patriarca: ‘Ahora, indícame un paraje para alzar una mezquita en que los musulmanes puedan, en lo sucesivo, reunirse para rezar la plegaria sin turbar a los vuestros en el ejercicio de su culto’. Y Sofronios le condujo al emplazamiento del templo de Soleimán ben Daúd, al mismo paraje en donde se había dormido Yacub, hijo de Ibraim. Y señalaba una piedra aquel sitio, que servía de receptáculo a las inmundicias de la ciudad. Y como la piedra de Yacub se hallaba cubierta con aquellas inmundicias, Omar, dando ejemplo a los obreros, llenó de estiércol el halda de su traje y fue a transportarlo lejos de allí. Y así hizo desescombrar el emplazamiento de la mezquita, que todavía lleva su nombre, y que es la mezquita más hermosa de la tierra.

Y Omar (¡Alah le colme con Sus dones escogidos!) tenía la costumbre de llevar un báculo en la mano, y vestido con un traje agujereado y remendado en distintos sitios, recorrer los zocos y las calles de la Meca y de Medina, amonestando con severidad y con rigor, y aun castigando a palos en el acto a los mercaderes que engañaban a los compradores o encarecían la mercancía.

Un día, pasando por el zoco de la leche fresca y cuajada, vio una mujer vieja que tenía ante sí a la venta varios cuencos de leche. Y se acercó a ella, tras de mirarla hacer durante cierto tiempo, y le dijo: ‘¡Oh mujer! guárdate de engañar en adelante a los musulmanes, como acabo de verte hacer, y ten cuidado de no echar agua a la leche’. Y la mujer contestó: ‘Escucho y obedezco, ¡oh Emir de los Creyentes!’ Y Omar pasó sin más ni más. Pero al día siguiente dio otra vuelta por el zoco de la leche, y acercándose a la vieja lechera, le dijo: ‘¡Oh mujer de mal agüero! ¿No te advertí ya que no echaras agua a la leche?’ Y la vieja contestó: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! te aseguro que no lo he vuelto a hacer’. Pero aún no había pronunciado estas palabras, cuando se hizo oír, indignada, desde dentro una voz de joven, que dijo: ‘¡Cómo madre mía! ¿Te atreves a mentir en la cara del Emir de los Creyentes, añadiendo con ello al fraude una mentira, y a la mentira la falta de veneración al califa? ¡Alah os perdone!’

Y Omar oyó estas palabras y se detuvo conmovido. Y no hizo el menor reproche a la vieja. Pero encarándose con sus dos hijos, Abdalah y Acim, que le acompañaban en su paseo, les dijo: ‘¿Cuál de vosotros dos quiere casarse con esa virtuosa joven? Todo hace esperar que Alah, con el soplo perfumado de Sus gracias, dé a esa niña una descendencia tan virtuosa como ella’.

Y contestó Acim, el hijo menor de Omar: ‘¡Oh padre mío! yo me casaré con ella’. Y se efectuó el matrimonio de la hija de la lechera con el hijo del Emir de los Creyentes. Y fue un matrimonio bendito. Porque le nació una hija, que se casó más tarde con Abd El-Aziz ben Merwán. Y de este último matrimonio nació Omar ben Abd El-Aziz, que subió al trono de los Ommiadas, siendo el octavo en el orden dinástico, y fue uno de los cinco grandes califas del Islam. Loores Al que eleva a quien Le place.

Y Omar acostumbraba a decir: ‘No dejaré nunca sin venganza la muerte de un musulmán’. Y he aquí que un día, mientras presidía la sesión de justicia en las gradas de la mezquita, llevaron a su presencia el cadáver de un adolescente imberbe todavía, con las mejillas suaves y pulidas como las de una muchacha. Y le dijeron que aquel adolescente había sido asesinado por una mano desconocida, y que habían encontrado su cuerpo tirado en un camino.

Omar pidió informes y se esforzó en recoger detalles de la muerte; pero no pudo llegar a saber nada, ni a descubrir el rastro del matador. Y se apenó su alma de justiciero al ver la esterilidad de sus pesquisas. E invocó al Altísimo, diciendo: ‘¡Oh Alah! ¡Oh Señor! permite que logre descubrir al matador’. Y a menudo se le oyó repetir este ruego. Y he aquí que, a principios del año siguiente, le llevaron un niño recién nacido, vivo todavía, que habían encontrado abandonado en el mismo paraje donde había sido tirado el cadáver del adolescente. Y Omar exclamó al punto:

‘¡Loores a Alah! ¡Ahora ya soy dueño de la sangre de la víctima! Y se descubrirá el crimen, si Alah quiere’.

Y se levantó y fue en busca de una mujer de confianza, a quien entregó el recién nacido, diciéndole: ‘Encárgate de este pobre huérfano, y no te preocupes por lo que necesite. Pero dedícate a escuchar cuanto se diga a tu alrededor con respecto a este niño, y ten cuidado de no dejar que nadie le coja ni le aleje de tus oídos. Y si encontraras una mujer que le besase y le estrechase contra su pecho, infórmate con sigilo de su morada y avísame en seguida. Y la nodriza guardó en su memoria las palabras del Emir de los Creyentes...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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