martes, 29 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octogésima primera noche

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“Y cuando llegó la 981ª noche

Ella dijo:

...Y si me hubiera pedido orchilla humana, habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo.

Y precisamente compuse, en recuerdo suyo, la música y palabras de este canto, cuando su amo Ibn Ghamín partió para la peregrinación, llevándola consigo, así como a sus demás esclavas.

¡Oh Ibn Ghamín! ¡Qué penoso estado el de un amante desdichado a quien has dejado muerto, aunque viva todavía!

¡Les has dado en su brebaje las dos amarguras más terribles coloquíntida y ajenjo!

¡Oh camellero del Yemen que conduces la caravana! ¡Me has herido, hombre siniestro!

¡Has separado corazones como jamás se han visto y los has consternado con tu aspecto de búfalo salvaje!

Pero, aún con toda mi pena de amor, mi suerte, a pesar de todo, no es comparable en negrura a la de otro enamorado de la Azul, Yezid ben Auf, el cambista.

Un día, en efecto, el amo de Salamah le dijo: ‘¡Oh Azul! entre todos los que te amaron sin resultado, ¿hay alguno que haya obtenido de ti una cita secreta o un beso? Dímelo, sin ocultarme la verdad’. Y a esta pregunta inesperada, temerosa de que su amo se hubiese informado hacía poco de alguna pequeña licencia que ella se permitiera en presencia de testigos indiscretos, Salamah contestó: ‘No, indudablemente nadie ha obtenido de mí nada, excepto Yezid ben Auf el cambista. Y aun ése no ha hecho más que besarme una sola vez. Pero accedí a darle ese beso, sólo porque entonces me había deslizado en la boca, a cambio del beso, dos perlas magníficas que vendí en ochenta mil dracmas’.

Al oír aquello, el amo de Salamah dijo sencillamente: ‘Está bien’. Y sin añadir una palabra más, de tanto como sentía penetrarle en el alma la cólera celosa, se dedicó a la busca de Yezid ben Auf, le siguió hasta que le tuvo al alcance de su mano en ocasión oportuna, y le hizo morir a latigazos.

Por lo que respecta a las circunstancias en que había sido dado a Yezid aquel beso único y funesto de la Azul, helas aquí.

Iba yo un día, como de costumbre, a casa de Ibn Ghamín, para dar a Azul una lección de canto, cuando me encontré en el camino a Yezid ben Auf. Y después de las zalemas, le dije: ‘¿Adónde vas, ¡oh Yezid! tan bien vestido?’ Y me contestó: ‘Adonde vas tú’. Y dije: ‘¡Perfectamente! Vamos’.

Y cuando llegamos y entramos en la morada de Ibn Ghamín, nos sentamos en la sala de reunión. Y en seguida apareció Azul, vestida con una manteleta anaranjada y un soberbio caftán rosa. Y creímos ver el sol ígneo alzándose entre la cabeza y los pies de la deslumbradora cantarina. Y la seguía la joven esclava, que llevaba la tiorba.

Y la Azul cantó, bajo mi dirección, por un método nuevo que yo le había enseñado. Y su voz era rica, grave, profunda y conmovedora. Y en un momento dado, su amo se excusó con nosotros, y nos dejó solos, a fin de ir a dar órdenes para la comida. Y Yezid, arrebatado su corazón de amor por la cantarina, se acercó a ella, implorándola con la mirada. Y ella pareció animarse, y sin dejar de cantar, le dio la respuesta en una mirada. Y enervado con aquella mirada, Yezid buscó con la mano en su vestido, sacó dos perlas magníficas que no tenían hermanas, y dijo a Salamah, que dejó de cantar por un momento: ‘Mira, ¡oh Azul! Estas dos perlas han sido pagadas por mí hoy mismo en sesenta mil dracmas. Si tú quisieras, te pertenecerían’. Ella contestó: ‘¿Y qué quieres que haga para complacerte?’ El contestó: ‘Que cantes para mí’.

Entonces Salamah, tras de llevarse la mano a la frente en señal de aquiescencia, templó el instrumento, y cantó los versos siguientes, compuestos por ella, música y canto, con el ritmo graveligero y primero, que tiene por tónica el tono simple de la cuerda del dedo anular:

¡Salamah la Azul ha herido mi corazón con una herida tan duradera como la duración de los tiempos!

¡La ciencia más hábil del mundo no podría cerrarla! Porque no se cierra en el fondo del corazón una herida de amor.

¡Salamah la Azul ha herido mi corazón! ¡Oh musulmanes, venid en mi socorro!

Y tras de cantar esta melodía arrebatadora de ternura, mirando a Yezid, añadió:

‘Está bien; dame a tu vez ahora lo que tienes que darme’. Y dijo él: ‘Ciertamente, quiero lo que tú quieras. Pero escucha, ¡oh Azul! He jurado con un juramento que obliga a mi conciencia -y todo juramento es sagrado- que no daré estas dos perlas más que pasándolas de mis labios a tus labios’. Y al oír estas palabras de Yezid, la esclava de Salamah, enfadada, se levantó con viveza y con la mano alzada para amonestar al enamorado. Pero yo la detuve por el brazo, y le dije, para disuadirla de mezclarse en el asunto: ‘Estate quieta, ¡oh joven! y déjalos. Están regateando, como ves, y cada cual quiere sacar provecho con las menos pérdidas posibles. No los molestes’.

En cuanto a Salamah, se echó a reír al oír a Yezid manifestar aquel deseo. Y decidiéndose de pronto, le dijo: ‘Pues bien, ¡sea! Dame esas perlas del modo que quieras’. Y Yezid empezó a avanzar hacia ella, andando con las rodillas y las manos, y llevando entre los labios las dos magníficas perlas. Y Salamah, lanzando ligeros gritos de susto, empezó a retroceder por su parte, recogiéndose las ropas y evitando el contacto de Yezid. Y se alejaba corriendo a derecha y a izquierda, y volvía a su sitio, sofocada, provocando con ello más numerosas intentonas por parte de Yezid y más numerosas coqueterías. Y aquel juego duró bastante tiempo. Pero como, a pesar de todo, había que conquistar las perlas en las condiciones aceptadas, Salamah hizo una seña a su esclava, quien se arrojó sobre Yezid de improviso, le cogió por los hombros, y le retuvo en su sitio. Y tras de probar con aquel manejo que estaba victoriosa y no vencida, Salamah fue por sí misma, un poco confusa y con sudor en la frente, a tomar con sus lindos labios las perlas magníficas aprisionadas entre los labios de Yezid, que las trocó así por un beso. Y en cuanto las tuvo en su poder, recobrando en seguida su aplomo, Salamah dijo a Yezid, riendo: ‘¡Por Alah! hete aquí vencido de todas maneras, con el sable sepultado en los riñones’. Y Yezid contestó, cortés: ‘Por tu vida, ¡oh Azul! no me preocupa mi vencimiento. ¡El perfume delicioso que recogí en tus labios me quedará en el corazón, mientras viva, como un aroma eterno!

¡Alah tenga en su compasión a Yezid ben Auf! Murió mártir del amor’.

Luego dijo el joven rico: ‘Escuchad ahora un rasgo de tofailismo. Y ya sabéis que nuestros padres árabes entendían por esta palabra -que tiene su origen en Tofail el tragón- la costumbre que tienen ciertas personas de invitarse por sí mismas a los festines y tragar comidas y bebidas sin que se les ruegue que lo hagan. Por tanto, escuchad’.

Y dijo:

El parásito

‘Cuentan que el Emir de los Creyentes El-Walid, hijo de Yezid, el Ommiada, se complacía extremadamente en la compañía de un tragón famoso, amigo de los buenos platos y de todo tufillo apetitoso, que se llamaba Tofail el de los Festines, y cuyo nombre ha servido desde entonces para caracterizar a los parásitos que se invitan por sí mismos a las bodas y a los festines. Por otra parte, aquel Tofail, gastrónomo en grande, era hombre ingenioso, ilustrado, maligno, burlón; y era vivo en la respuesta y en el chiste. Además, su madre estaba convicta de adulterio. Y él es precisamente quien ha condensado la doctrina de los parásitos en algunas reglas cortas, al mismo tiempo que prácticas, que se resumen en los datos siguientes:

‘Quien se invite a una buena comida de bodas, evite con cuidado mirar acá y allá con aire inseguro.

Entre con pie firme y escoja el mejor sitio, sin fijarse en nada, a fin de que los invitados y convidados crean que es un personaje de la mayor importancia.

Si el portero de la casa se muestra agrio y reacio, amonéstesele y humíllesele para que no pueda permitirse la menor observación.’

Una vez sentado ante el mantel, arrójese sobre la comida y la bebida, y esté más cerca del asado que el propio asador.

Trabaje en los pollos rellenos y en la carne, aunque sea seca, con dedos más cortantes que el acero.

Y tal era el código del perfecto devorador, establecido por Tofail en la ciudad de Kufa. Y en verdad que Tofail fue el padre de los devoradores y la corona de los parásitos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima segunda noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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lunes, 28 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octogésima noche

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“Pero cuando llegó la 980ª noche

Ella dijo:

...Y la nodriza guardó en su memoria las palabras del Emir de los Creyentes. Y el niño creció y se desarrolló. Y cuando tuvo dos años de edad, una joven esclava se acercó un día a la nodriza, y le dijo: ‘Mi señora me envía a rogarte que me dejes llevar a su casa tu niño. Porque está encinta, y en vista de la hermosura de este niño -¡Alah te lo conserve y aleje de él el ojo malhechor!-, desea pasarse algunos instantes mirándole para que el niño que lleva ella en su seno se forme a semejanza de éste’. Y la nodriza contestó: ‘Está bien. Llévate al niño; pero he de acompañarte yo’.

Y así se hizo. Y la joven esclava entró con el niño en casa de su señora. Y en cuanto la dama vio al niño, se arrojó sobre él llorando, y le tomó en sus brazos, cubriéndole de besos y apretándole contra ella, en el límite de la emoción.

En cuanto a la nodriza, se apresuró a ir a presentarse entre las manos del califa, y le contó lo que acababa de pasar, añadiendo: ‘Y esa dama no es otra que la purísima Saleha, la hija del venerable ansariano jeique Saleh, que ha visto y seguido como discípulo abnegado a nuestro Profeta bendito (¡con Él la plegaria y la paz!).

Y Omar reflexionó. Luego se levantó, cogió su sable, se lo escondió debajo del vestido, y fue a la casa indicada. Y encontró al ansariano sentado a la puerta de su morada, y le dijo, después de las zalemas: ‘¡Oh venerable jeique! ¿Qué ha hecho tu hija Saleha?’ Y el jeique contestó: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! ¿Mi hija Saleha? Alah la recompense por sus buenas obras. Mi hija es de todos conocida por su piedad y su conducta ejemplar, por su conciencia en cumplir sus deberes para con Alah y para con su padre, por su celo en las plegarias y demás obligaciones impuestas por nuestra religión, por la pureza de su fe’.

Y Omar dijo: ‘Está bien. Pero yo desearía tener una entrevista con ella para aumentar su amor al bien y animarla aún más a practicar obras meritorias’. Y dijo el jeique: ‘Alah te colme con sus favores ¡oh Emir de los Creyentes! por la buena voluntad que tienes a mi hija. Espera aquí un momento a que yo vuelva, pues voy a anunciar tus propósitos a mi hija’. Y entró, y pidió a Saleha que recibiese al califa. Y se introdujo en la casa a Omar.

Y he aquí que, al llegar a presencia de la joven, Omar ordenó a las personas presentes que se retiraran. Y salieron éstas inmediatamente y dejaron al califa y a Saleha solos, absolutamente solos. ‘Quiero que me des datos precisos respecto de la muerte del joven encontrado hace tiempo en un camino. Tú tienes esos datos. Y si tratas de ocultarme la verdad, entre tú y ella se interpondrá este sable, ¡oh Saleha!’ Y contestó ella, sin turbarse: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! has encontrado lo que buscas. Y por la grandeza del nombre de Alah el Altísimo y por los méritos del Profeta bendito (¡con Él la plegaria y la paz!) juro que voy a decirte la verdad entera’. Y bajó la voz y dijo:

Sabes, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que yo tenía a mi servicio una mujer vieja que siempre estaba en casa y que me acompañaba a todas partes cuando yo salía. Y la consideraba y la quería como quiere una hija a su madre. Y por su parte, en cuanto me atañía y me interesaba, ponía ella una atención y un cuidado extremados. Y durante mucho tiempo la estimé y escuché con respeto y veneración.

‘Pero llegó un día en que me dijo ella: ‘¡Oh hija mía! necesito hacer un viaje a casa de mis allegados. Pero tengo aquí una hija. Y en el sitio en donde está tengo miedo de que se vea expuesta a cualquier desgracia irremediable. Te suplico, pues, que me permitas traértela y dejarla contigo hasta mi regreso’. Y al punto le di mi consentimiento. Y se marchó.

‘Y al día siguiente vino a mi casa su hija. Y era una joven de aspecto delicioso, de buena apariencia, alta y bien formada. Y sentí por ella un afecto grande. Y la hice acostarse en la habitación donde yo dormía.

‘Y una siesta, mientras dormía, me sentí de pronto asaltada en mi sueño y arrollada por un hombre que pesaba sobre mí a plomo y me inmovilizaba, sujetándome ambos brazos. Y deshonrada, mancillada ya, pude por fin soltarme de su abrazo. Y descubrí que él no era otro que mi joven compañera. Y me había engañado el disfraz de aquel joven imberbe a quien tan fácil había sido pasar por una muchacha.

‘Y cuando le maté, hice sacar su cadáver y mandé que le dejaran en el paraje donde se le encontró. Y permitió Alah que yo fuese madre por culpa de los manejos ilícitos de aquel hombre. Y cuando eché al mundo al niño, hice que le dejaran también en el camino donde se abandonó a su padre, sin querer encargarme ante Alah de criar a un hijo que me había nacido contra mi consentimiento.

‘Y ésta es ¡oh Emir de los Creyentes! la historia exacta de esos dos seres. Y te he dicho la verdad. ¡Y Alah responderá de mí!’.

Y Omar exclamó: ‘Cierto que me has dicho la verdad, Alah extienda sobre ti Sus gracias’. Y admiró la virtud y el valor de aquella muchacha, le recomendó perseverancia en las buenas obras, e hizo votos por ella al cielo. Luego salió. Y al partir, dijo al padre: ‘¡Alah colme de bendiciones tu casa! Virtuosa hija es tu hija.

¡Bendita sea! Ya le he hecho exhortaciones y recomendaciones’. Y el venerable jeique ansariano contestó: ‘¡Alah te conduzca a la dicha, ¡oh Emir de los Creyentes! y te dispense los favores y beneficios que desee tu alma! ‘

Luego el joven rico, tras de tomar algún reposo, continuó: ‘Ahora, para cambiar de asunto, voy a deciros la historia de La cantarina Salamah La Azul’.

La cantarina Salamah La Azul

Y dijo:

‘El hermoso poeta, músico y cantor Mohammad el Kúfico, cuenta esto:

‘Jamás tuve, entre las jóvenes y las esclavas a quienes daba lecciones de música y de canto, una discípula más bella, más viva, más seductora, más espiritual y mejor dotada que Salamah la Azul. Llamábamos la Azul a esta joven morena, porque en su labio había una encantadora sombra de bozo azulado, semejante a un pequeño trazo de almizcle que hubiera paseado por allí graciosamente una pluma de escriba experto o la mano ligera de un iluminador. Y cuando yo le daba lección, era ella muy jovencita, una jovenzuela recientemente desarrollada, con dos pechitos incipientes que alzaban y separaban un poco su ligero vestido, alejándole del seno. Y al mirarla arrebataba; era para trastornar el espíritu, deslumbrar los ojos, quitar la razón. Y cuando iba ella a una reunión, aunque la compusiesen las más renombradas bellezas de Kufah, no había miradas más que para Salamah; y bastaba que apareciese ella para que se exclamase: ‘¡Ah! Ahí está la Azul’. Y se la amó apasionadamente, hasta la locura, pero sin objeto, por todos los que la conocían y por mí mismo. Y aunque era mi discípula, yo era para ella un humilde súbdito, un servidor obediente, un esclavo a sus órdenes. Y si me hubiera pedido orchilla humana habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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