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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima octogésima octava noche

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“Y cuando llegó la 788ª noche

Ella dijo:

‘...Un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies. E incluso el mozalbete aquél, que favorecía el dormir del rey con semejante maniobra, parecía abrumado de sueño, y para no dejarse vencer por el sopor mascaba un trozo de almácigo.

Al ver aquello, Akil, lleno de pavor, estuvo a punto de caerse de espaldas, y Haram le dijo al oído: ‘¿Por qué te asustas así compañero? ¡Tú has hablado con el kadí, y yo, a mi vez, quiero hablar con el rey!’ Y dejándole escondido detrás de la cortina, se acercó al mozalbete con una agilidad maravillosa, le amordazó, le ató, y le colgó del techo como a un fardo. Luego se sentó en el sitio del otro, y se puso a hacer cosquillas al rey en la planta de los pies con la ciencia de un masajista del hammam. Y al cabo de un momento, maniobró de manera que se despertase el sultán, quien empezó a bostezar. Y Haram, imitando la voz de un mozalbete, dijo al sultán: ‘¡Oh rey del tiempo! ya que tu Alteza no duerme, ¿quiere que le cuente algo?’ Y cuando contestó el sultán: ‘¡Está bien!’ Haram dijo: ‘En una ciudad entre las ciudades había ¡oh rey del tiempo! un ladrón llamado Haram y un ratero llamado Akil, que rivalizaban en audacia y destreza. ¡Y he aquí lo que cada uno de ellos hizo un día!’ Y contó al sultán la jugarreta de Akil con todos sus detalles, y llevó su audacia hasta enterarle de cuanto pasaba en su propio palacio, cambiando solamente el nombre del sultán y el lugar de la escena. Y cuando hubo terminado su relato, dijo: ‘Y ahora, ¡oh rey del tiempo! ¿Me dirás a cuál de ambos compañeros encuentra más hábil tu señoría?’

Y contestó el sultán: ‘¡Indudablemente, al ladrón que se introdujo en el palacio del rey!’ Cuando hubo oído esta respuesta, Haram pretextó una urgente necesidad de orinar, y salió como si fuera a los retretes. Y fue a reunirse con su compañero, que, durante todo el tiempo que duró la conversación, estuvo sintiendo que el alma se le escapaba de terror por la nariz. Y de nuevo emprendieron el camino que ya habían recorrido y salieron del palacio tan felizmente como habían entrado.

Al día siguiente, el sultán, que estaba muy asombrado de no haber vuelto a ver a su favorito, a quien creía en los retretes, llegó al límite de la sorpresa al hallarle colgado del techo, exactamente igual que en la historia que oyó contar. Y en seguida adquirió la certeza de que él mismo acababa de ser víctima de tan audaz ladrón. Pero, lejos de irritarse contra quien así le había burlado, quiso conocerle; y a tal fin hizo proclamar, por los pregoneros públicos, que perdonaba al que se introdujo de noche en su palacio y le prometía una gran recompensa si se presentaba ante él. Y fiado en esta promesa, fue Haram al palacio y se presentó entre las manos del sultán, que hubo de alabarle mucho por su valor, y para recompensar tanta maestría, le nombró en el momento jefe de policía del reino. Y la joven, por su parte, al enterarse de la cosa, no dejó de escoger a Haram por único esposo, y vivió con él entre delicias y alegrías. ¡Pero Alah es más sabio!

Y Schehrazada no quiso dejar al rey aquella noche bajo la impresión de esta historia, e inmediatamente comenzó a contarle la prodigiosa historia que sigue.

Dijo:

Las llaves del destino

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el califa Mohammad ben-Theilún, sultán de Egipto, era un soberano tan mesurado y bueno como cruel y opresor fue su padre Theilún. Porque, lejos de obrar como éste, torturando a sus súbditos con objeto de que pagasen tres y cuatro veces los mismos impuestos, y haciendo que les administrasen palizas para obligarles a desenterrar los pocos dracmas que guardaban bajo tierra por temor a los recaudadores, se apresuró a hacer que renaciera la tranquilidad y de nuevo se aposentara entre su pueblo la justicia. Y los tesoros que su padre Theilún había acumulado a fuerza de violencia los empleaba él en proteger a los poetas y a los sabios, en recompensar a los valientes y en acudir en ayuda de los pobres y de los desgraciados. Así es que Alah el Retribuidor hizo que todo saliese bien bajo el reinado bendito de aquel rey; pues jamás fueron tan regulares y abundantes las crecidas del Nilo, jamás las mieses fueron tan ricas y multiplicadas, jamás estuvieron tan verdes los campos de alfalfa y de altramuz y jamás los mercaderes vieron afluir a sus tiendas tanto oro.

Un día entre los días el sultán Mohammad hizo ir a su presencia a todos los dignatarios de su palacio para interrogarles, por turno, acerca de sus funciones, de sus servicios pretéritos y de la paga que recibían del tesoro. Porque de tal suerte quería enterarse por sí mismo de su conducta y de sus medios de existencia, diciéndose: ‘Si veo que alguno tiene un empleo penoso y una paga ligera, disminuiré su trabajo y aumentaré su sueldo pero si veo que uno tiene una paga considerable y un empleo fácil, disminuiré su sueldo y aumentaré su trabajo’.

Y los primeros que se presentaron entre sus manos fueron sus visires, que eran cuarenta, todos ancianos venerables, con luengas barbas blancas y rostro marcado por la sabiduría. Y llevaban a la cabeza tiaras enturbantadas, enriquecidas con piedras preciosas; y se apoyaban en largas pértigas con remate de ámbar, signo de su poder. Luego llegaron los walíes de provincias los jefes del ejército y cuantos, de cerca o de lejos, tenían que mantener la tranquilidad y hacer justicia. Y unos tras de otros, se arrodillaron y besaron la tierra entre las manos del califa, que les interrogó largamente, y les retribuyó o destituyó con arreglo a lo que opinaba de sus méritos.

Y el último que se presentó fue el eunuco portaalfanje, ejecutor de la justicia. Y aunque estaba gordo, como hombre bien alimentado que no tiene nada que hacer, ofrecía un aspecto muy triste y en vez de ir orgullosamente con su alfanje desnudo al hombro, llevaba la cabeza baja y tenía el alfanje envainado. Y cuando estuvo entre las manos del sultán Mohammad ben-Theilún, besó la tierra y dijo: ‘¡Oh señor nuestro y corona de nuestra cabeza! ¡He aquí que por fin va a lucir el día de la justicia para el esclavo ejecutor de la justicia! ¡Oh mi señor, oh rey del tiempo! desde la muerte de tu difunto padre, el sultán Theilún (¡Alah lo tenga en Su misericordia!), he visto disminuir día por día las ocupaciones de mi cargo y desaparecer el provecho que me proporcionaban. Y mi vida, que antaño era dichosa, transcurre ahora aburrida e inútil. Y si el Egipto continúa de tal suerte gozando de tranquilidad y de abundancia, corro mucho riesgo de morirme de hambre, no dejando ni siquiera lo preciso para que me compren un sudario (¡Alah prolongue la vida de nuestro señor!)’.

Cuando el sultán Mohammad ben-Theilún hubo oído estas palabras de su portaalfanje, reflexionó durante un buen rato, y comprendió que tales quejas eran justificadas, porque el provecho mayor que su cargo le producía al verdugo no procedía de su paga, que era poco considerable, sino de los dones y herencias que sacaba de quienes ejecutaba.

Y exclamó: ‘¡De Alah venimos y a El retornaremos! ¡Verdad es que la dicha de todos es una ilusión, y que lo que ocasiona la alegría de uno hace correr las lágrimas de otro! ¡Oh portaalfanje! ¡Tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, pues en adelante, para ayudarte a subsistir, ahora que casi no se retribuyen tus funciones, recibirás cada año doscientos dinares de emolumentos! ¡Y haga Alah que, durante todo mi reinado permanezca siendo tu alfanje tan inútil como lo es en este momento y se cubra con el orín pacífico de reposo!’ Y el portaalfanje besó la orla del traje del califa y se volvió a su sitio. He narrado lo anterior para demostrar qué soberano tan justo y clemente era el sultán Mohammad.

Cuando ya iba a levantarse la sesión, el sultán divisó, detrás de las filas de dignatarios, a un jeique de edad, con la cara llena de arrugas y cargado de espaldas, que aun no había sido interrogado. Y le hizo seña de que se acercara, y le preguntó cuál era su empleo en el palacio. Y el jeique contestó: ‘¡Oh rey del tiempo! mi empleo se reduce sencillamente a vigilar un cofrecillo que me fue entregado; para su custodia, por tu padre el difunto sultán. ¡Y por este empleo se me dan del tesoro todos los meses diez dinares de oro!’ Y el sultán Mohammad se asombró de aquello, y dijo: ‘¡Oh jeique! ¡Ése es un sueldo muy crecido para un empleo tan descansado! Pero ¿qué hay en el cofrecillo?’ El otro contesté: ‘¡Por Alah, ¡oh señor nuestro! que hace cuarenta años que lo guardo, e ignoro lo que contiene!’ Y dijo el sultán: ‘¡Ve a traerlo cuanto antes!’ Y el jeique se apresuró a ejecutar la orden.

Y he aquí que el cofrecillo que el jeique llevó al sultán era de oro macizo y estaba ricamente labrado. Y por orden del sultán, lo abrió el jeique por primera vez. Pero no contenía más que un manuscrito trazado con letras brillantes sobre piel de gacela teñida de púrpura. Y en el fondo había un poco de tierra roja.

Y el sultán cogió el manuscrito de piel de gacela, que estaba escrito en caracteres brillantes, y quiso leer lo que decía. Pero, aunque se hallaba muy versado en la escritura y en las ciencias, no pudo descifrar ni una sola palabra de los caracteres desconocidos que había trazados en él. Y ni los visires ni los ulemas que estaban presentes lograron un resultado mejor. Y el sultán hizo ir, unos tras otros, a todos los sabios afamados de Egipto, Siria, Persia e Indias; pero ninguno de ellos pudo decir siquiera en qué lenguaje estaba escrito aquel manuscrito. Porque, por lo general, los sabios no son más que pobres ignorantes con sus grandes turbantes por toda ciencia.

Entonces el sultán Mohammad hizo publicar por todo el imperio que otorgaría la mayor de las recompensas a quien pudiera solamente indicarle un hombre lo bastante instruido para descifrar los desconocidos caracteres.

Poco tiempo después de la publicación de aquel aviso; se presentó en la audiencia del sultán un anciano de turbante blanco, y después de obtener permiso para hablar, dijo: ‘¡Alah prolongue la vida de nuestro amo el sultán! ¡El esclavo que está entre tus manos es un antiguo servidor de tu padre, el difunto sultán Theilún, y hoy mismo acaba de volver del destierro a que había sido condenado! ¡Alah tenga en su compasión al difunto, que me condenó a verme relegado! ¡Pero me presento entre tus manos ¡oh señor soberano nuestro! para decirte que sólo un hombre puede leer el manuscrito de piel de gacela! Y es su dueño legítimo, el jeique Hassán Abdalah, hijo de El-Aschar, que hace cuarenta años fue arrojado a un calabozo por orden del difunto sultán. ¡Y sólo Alah sabe si gemirá él allá aún o si estará muerto!’ Y el sultán preguntó: ‘¿Por qué motivo se encerró en un calabozo al jeique Hassan Abdalah?’

El otro contestó: ‘¡Porque el difunto sultán quería obligar por fuerza al jeique a leerle el manuscrito, después que le desposeyó de él!’

Al oír estas palabras, el sultán Mohammad al punto envió a los jefes de los guardias a visitar todas las prisiones, con la esperanza de encontrar en ellas al jeique Hassán Abdalah vivo todavía, y hacerle salir de allí. Y quiso la suerte que aún estuviese vivo el jeique. Y los jefes de los guardias, por orden del sultán, le vistieron con un traje de honor, y le llevaron entre las manos de su amo. Y el sultán Mohammad vio que el prisionero era un hombre de aspecto venerable y de rostro dolorido por los sufrimientos. Y se levantó en honor suyo, y le rogó que perdonara el injusto trato que le había hecho sufrir su padre, el califa Theilún. Luego le hizo sentarse junto a él, y entregándole el manuscrito de piel de gacela, le dijo: ‘¡Oh venerable jeique! ¡No quiero guardar por más tiempo este objeto que no me pertenece, aunque por él poseyera todos los tesoros de la tierra!’

Al oír estas palabras del sultán, el jeique Hassán Abdalah vertió abundantes lágrimas, y volviendo hacia el cielo las palmas de las manos, exclamó: ‘¡Señor, fuente de toda sabiduría eres Tú, que en el mismo suelo haces brotar el veneno y la planta salutífera! ¡En el fondo de un calabozo pasé cuarenta años de mi vida, y he aquí que es al hijo de mi opresor a quien ahora tengo que agradecer el morir al sol! ¡Señor, loores y gloria a Ti, cuyos decretos son insondables!’

Luego se encaró con el sultán, y dijo: ‘¡Oh amo, nuestro soberano! ¡Lo que rehusé a la violencia se lo concedo a la bondad! ¡Este manuscrito, para la posesión del cual arriesgué varias veces mi vida, te pertenece como propiedad legítima en lo sucesivo! ¡Es el principio y fin de toda ciencia, y el único bien que traje de la ciudad de Scheddad ben-Aad, la ciudad misteriosa donde no puede entrar ningún humano, Aram-de-las-columnas!’

El califa abrazó al anciano, y le dijo: ‘¡Oh padre mío! ¡Por favor, apresúrate a decirme lo que sepas con respecto a ese manuscrito de piel de gacela y a la ciudad de Scheddad ben-Aad, Aram-de-las-columnas!’ Y contestó el jeique Hassán Abdalah: ‘¡Oh rey! la historia de este manuscrito es la historia de toda mi vida. ¡Y si estuviera escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto!’ Y contó:

‘Has de saber ¡oh rey del tiempo! que mi padre era uno de los mercaderes más ricos y más respetados de El Cairo. Y yo soy su hijo único. Y mi padre no escatimó nada para mi instrucción, y me dio los mejores maestros de Egipto. Así que a los veinte años ya era yo famoso entre los ulemas por mi saber y mis conocimientos en los libros de los antiguos. Y queriendo regocijarme con mis bodas, mi padre y mi madre me dieron por esposa a una joven virgen de ojos llenos de estrellas, de talle flexible y gracioso, y gacela por la elegancia y la ligereza. Y mis bodas fueron magníficas. Y pasé con mi esposa días de tranquilidad y noches de ventura. Y de tal suerte viví diez años tan hermosos como la primera noche nupcial.

Pero ¡oh mi señor! ¿Quién puede saber lo que le reserva la suerte del mañana? Al cabo de aquellos diez años, que pasaron como el sueño de una noche tranquila., fui presa del Destino, y todos los azotes cayeron a la vez sobre la dicha de mi casa. Porque en el transcurso de unos días, la peste hizo perecer a mi padre, el fuego devoró mi casa y las aguas del mar se tragaron a los navíos que traficaban a lo lejos con mis riquezas. Y pobre y desnudo como el niño al salir del seno de su madre, no tuvo más recurso que la misericordia de Alah y la piedad de los creyentes. Y hube de frecuentar el patio de las mezquitas con los mendigos de Alah; y vivía en la compañía de los santones de hermosas palabras. Y en los días peores me ocurría con frecuencia volver sin un pedazo de pan a mi albergue, y después de haber ayunado toda la jornada, no tener nada que comer por la noche. Y sufría en extremo con mi propia miseria y la de mi madre, de mi esposa y de mis hijos.

Un día en que Alah no había enviado ninguna limosna a su mendigo, mi esposa se quitó su último vestido y me lo entregó llorando, y me dijo: ‘Ve a ver si lo vendes en el zoco, a fin de comprar a nuestros hijos un pedazo de pan’. Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima octogésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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martes, 14 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima octogésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 787ª noche

Ella dijo:

‘...la estranguló, exclamando: ‘¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie!’

Y el mercader Abd el-Rahmán, para acabar de reparar los yerros de su hijo Kamar con el joyero, creyó equitativo y meritorio ante Alah el Altísimo casar, el mismo día de las bodas de Kamar, a su hija Estrella-de-la-Mañana con Osta-Obeid. ¡Pero Alah es más grande y más generoso!

Tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló.

Y exclamó el rey Schahriar: ‘Haga Alah ¡oh Schehrazada! que todas las mujeres desvergonzadas sufran la suerte de la esposa del joyero. ¡Porque así es como debieran terminar varias historias de las que me has contado! Con frecuencia, en efecto, me he irritado en el alma, Scheharazada, al ver que ciertas mujeres tenían un fin contrario a mis ideas y a mis inclinaciones. ¡Pues ya sabes cómo he tratado, por mi parte, a la esposa impúdica y maligna (que Alah no la tenga en su compasión), así como a todas sus infieles esclavas!’

Pero Schehrazada, sin querer que el rey se entregase por mucho tiempo a tales pensamientos, se guardó mucho de responder al particular, y apresuróse a comenzar, como sigue, la Historia de la pierna de carnero.

Historia de la pierna de carnero

Cuentan -¡pero Alah es más sabio!- que en El Cairo, bajo el reinado de un rey entre los reyes de aquel país, había una mujer dotada de tanta astucia y de tanta destreza, que pasar por el ojo de la aguja más pequeña era para ella tan sencillo como beberse un sorbo de agua. Y he aquí que Alah (que distribuye a su antojo cualidades y defectos) había infundido a aquella mujer tal ardor de temperamento, que si le hubiese cabido en suerte ser una de las cuatro esposas de un creyente y compartir con justicia las cuatro noches en cuatro lotes, uno para cada una, se hubiera muerto de deseo reconcentrado. Así es que supo ella arreglarse de manera que llegó, no sólo a ser la esposa única de un hombre, sino a casarse a la vez con dos hombres, de la raza de los gallos del Alto Egipto, que podían consolar una tras otra a veinte gallinas. Y había usado de tanta sutileza, y tan bien supo tomar sus medidas, que ninguno de los dos hombres sospechaba un reparto tan contrario a la ley y a las costumbres de los verdaderos creyentes. Y por cierto que favorecía los manejos de ella la profesión que ejercían sus dos maridos, porque uno era ladrón nocturno y el otro ratero diurno. Con lo cual, cuando uno regresaba a casa por la noche, una vez terminada su tarea, el otro había salido ya en busca de algún trabajo apropiado. En cuanto a sus nombres, se llamaban: el ladrón, Haram, y el ratero, Akil.

Y transcurrieron días y meses, y el ladrón Haram y el ratero Akil se dedicaban con provecho en casa a su oficio de gallos, y fuera de casa al de zorros.

Un día entre los días, el ladrón Haram, después que el heredero de su padre hubo consolado a la hija del tío más excelentemente aún que de costumbre, dijo a la mujer: ‘Un asunto de gran importancia ¡oh mujer! me obliga a ausentarme por algún tiempo. ¡Plugue a Alah escribirme el éxito, a fin de que esté yo de vuelta junto a ti lo más pronto posible!’ Y contestó la mujer: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh cabeza de los hombres! Pero ¿qué va a ser de esta desventurada mientras dura la ausencia de su enamorado?’ Y se desoló mucho y le dijo mil palabras de desconsuelo, y sólo le dejó partir después de las más cálidas pruebas de afecto. Y cargado con un saco de provisiones de boca que la joven había tenido cuidado de prepararle para el viaje, el ladrón Haram se fue por su camino, satisfecho y chasqueando la lengua de contento.

Haría apenas una hora de tiempo que había partido él, cuando regresó Akil el ratero. Y quiso la suerte que, teniendo necesidad de abandonar la ciudad, precisamente fuese a anunciar su marcha a su esposa. Y la joven no dejó de hacer presente a su otro marido toda la pena que le producía su alejamiento, y después de las pruebas diversas y multiplicadas de una pasión extraordinaria, le llenó de provisiones de boca un saco para el viaje, y le dijo adiós, invocando sobre su cabeza las bendiciones de Alah (¡exaltado sea!) Y el ratero Akil salió de su casa alabándose de tener una esposa tan cálida y tan atenta y chasqueando la lengua de contento.

Y como por lo general, a cada criatura le espera su destino en cualquier encrucijada del camino, ambos maridos debían encontrar el suyo donde menos pensaban. En efecto, al fin de la jornada, el ratero Akil entró en un khan que le pillaba de camino, proponiéndose pasar allí la noche. Y al entrar en el khan, sólo encontró en él a un viajero, con el cual entabló conversación en seguida, después de las zalemas y cumplimientos por una y otra parte. Y he aquí que su interlocutor era precisamente el ladrón Haram, que tomó el mismo camino que su asociado, a quien no conocía. Y el primero dijo al segundo: ‘¡Oh compañero! ¡Parece que estás muy fatigado!’ Y el otro contestó: ‘¡Por Alah! ¡Hoy me he hecho de una tirada todo el camino de El Cairo! Y tú, compañero, ¿de dónde vienes?’ El aludido contestó: ‘¡De El Cairo también! Y glorificado sea Alah, que pone en mi camino un compañero tan agradable para continuar el viaje. Porque ha dicho el profeta (¡con él la plegaria y la paz!): ‘¡Un compañero es la mayor provisión para el camino!’ ¡Pero, entretanto, para sellar nuestra amistad, partamos juntos el mismo pan y probemos la misma sal! ¡He aquí ¡oh compañero! mi saco de provisiones, en el que tengo, para ofrecértelos, dátiles frescos y asado con ajo!’ Y el otro contestó: ‘Alah aumente tus bienes, ¡oh compañero! Acepto la oferta de todo corazón amistoso. ¡Pero permíteme que también contribuya con lo mío!’ Y mientras el primero sacaba del saco sus provisiones, puso él las suyas en la estera donde estaban sentados.

Cuando acabaron ambos de colocar sobre la estera lo que tenían que ofrecerse, advirtieron que llevaban provisiones exactamente iguales: panes de sésamo, dátiles y media pierna de carnero. Y hubieron de asombrarse hasta el límite extremo del asombro en cuanto observaron que las dos medias piernas de carnero se acoplaban con perfecta exactitud. Y exclamaron: ‘¡Alahu akbar! ¡Estaba escrito que esta pierna de carnero vería reunirse sus dos mitades, a pesar de la muerte, el horno y el guiso!’

Luego el ratero preguntó al ladrón: ‘Por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿Puedo saber de dónde procede ese trozo de pierna de carnero?’ Y el ladrón contestó: ‘¡Me lo ha dado la hija de mi tío antes de ponerme en marcha! Pero, por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿Puedo, a mi vez, saber de dónde sacaste esa media pierna?’ Y el ratero dijo: ‘¡También me la metió en el saco la hija del tío! Pero ¿puedes decirme en qué barrio se encuentra tu honorable casa?’ El aludido dijo: ‘¡Junto a la Puerta de las Victorias!’ Y el otro exclamó: ‘¡Y la mía también!’ Y de pregunta en pregunta, pronto ambos ladrones adquirieron la convicción de que desde el día de su matrimonio eran, sin saberlo, asociados de la misma cama y del mismo tizón. Y exclamaron: ‘¡Alejado sea el Maligno! ¡He aquí que nos ha burlado la maldita!’

Luego, aunque en un principio este descubrimiento les incitó a realizar alguna violencia, como eran avisados y prudentes, acabaron por pensar que el mejor partido que podían tomar consistía en volver sobre sus pasos y esclarecer por sus propios ojos y sus propias orejas lo que tenían que esclarecer con la taimada. Y de acuerdo sobre el particular, emprendieron de nuevo ambos la ruta de El Cairo, y no tardaron en llegar a su vivienda común.

Cuando, tras de abrirles la puerta, la joven vio juntos a sus dos maridos, no pudo dudar de que habían descubierto su estratagema, y como era prudente y avisada, comprendió que sería inútil buscar entonces un pretexto con que ocultar por más tiempo la verdad. Y pensó:

‘¡El corazón del hombre más duro no puede resistir a las lágrimas de la mujer amada!’ Y de pronto, estallando en sollozos y despeinándose los cabellos, se arrojó a los pies de sus dos maridos, implorando su misericordia.

Y he aquí que la amaban ambos y tenían el corazón prendado por los encantos de ella. Así que, a pesar de tan notoria perfidia, sintieron que no se había debilitado su afecto hacia ella y la levantaron y le otorgaron su perdón, pero después de haberle hecho los cargos con ojos furibundos. Luego, como ella permaneciera silenciosa con un aire muy contrito, le dijeron que aquello no era todo, pues tenía que cesar sin tardanza aquel estado de cosas tan contrario a las costumbres y usos de los creyentes. Y añadieron: ‘¡Es absolutamente necesario que, al punto, te decidas a escoger entre nosotros dos al que quieras conservar como esposo!’

Al oír estas palabras de sus dos maridos, la joven bajó la cabeza, y reflexionó profundamente. Y por más que la apremiaron ellos para que, sin tardanza, tomase una determinación, les fue imposible hacerle designar al que prefería, porque a ambos les encontraba iguales gallardía, fuerza y resistencia. Pero como, impacientes por el silencio de ella, le gritasen con voz amenazadora que tenía que escoger, acabó por levantar la cabeza, y dijo: ‘¡No hay recurso y misericordia más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! ¡Oh hombres! ¡Ya que me obligáis a escoger entre vosotros y a tomar un partido me lastima al afecto que os dediqué por igual, y como, hecha la reflexión y pesadas las consecuencias, no tengo ningún motivo para preferir el uno al otro, he aquí lo que os propongo! Ambos vivís de vuestra destreza, y sobre eso tenéis tranquila la conciencia, y Alah, que juzga las acciones de sus criaturas conforme a las aptitudes que les ha puesto en el corazón, no os rechazará del seno de Su bondad. Tú, Akil, escamoteas durante el día, y tú, Haram, robas por la noche.

¡Pues bien; declaro ante Alah y ante vosotros que conservaré como esposo a aquel de vosotros dos que dé la mejor prueba de destreza y realice la proeza más ingeniosa!’ Y ambos contestaron con el oído y la obediencia, admitiendo en seguida la proposición y preparándose al punto a rivalizar en ingenio.

Y he aquí que el ratero Akil fue quien empezó a actuar, yendo con su asociado Haram al zoco de los cambistas. Y le mostró con el dedo a un viejo judío que se paseaba con lentitud de una tienda a otra, y dijo: ‘¿Ves ¡oh Haram! a ese hijo de perro? ¡Pues me comprometo a quitarle su saco de cambista antes de que acabe de dar ese paseo!’ Y habiendo hablado así, ligero como una pluma, se acercó al judío que paseaba y le sustrajo el saco lleno de dinares de oro que llevaba consigo. Y volvió al lado de su compañero, el cual, poseído de extremado pavor, quiso evitarle en un principio para no arriesgarse a que le detuvieran como cómplice del otro; pero maravillado luego de golpe de mano tan feliz, empezó a felicitarle por la maestría de que acababa de dar prueba, y le dijo: ‘¡Por Alah! ¡Me parece que, por mi parte, jamás podré llevar a cabo una empresa tan brillante! ¡Yo creía que robar a un judío era cosa que superaba a las fuerzas de un creyente!’ Pero el ratero se echó a reír, y le dijo: ‘¡Oh pobre! ¡Eso no es más que el principio de la cosa, pues no es así como pretendo apropiarme el saco del judío! Porque un día u otro podría ponerse sobre mi pista la justicia y obligarme a decir la verdad.

¡Quiero convertirme en propietario legal del saco con su contenido, conduciéndome de manera que el propio kadí me adjudique lo que le pertenece a ese judío relleno de oro!’ Y así diciendo, se marchó a un rincón retirado del zoco, abrió el saco, contó las monedas de oro, que contenía, quitó de ellas diez dinares y puso en su lugar un anillo de cobre que le pertenecía. Tras de lo cual volvió a cerrar el saco cuidadosamente, y acercándose de nuevo al judío despojado, se lo deslizó diestramente en el bolsillo del kaftán, como si no hubiese pasado nada.

La destreza es un don de Alah, ¡oh creyentes!

Y he aquí que, apenas había dado algunos pasos el judío, cuando el ratero se lanzó otra vez sobre él, pero entonces muy ostensiblemente, gritándole: ‘¡Miserable hijo de Aarón, se acerca tu castigo! ¡Devuélveme mi saco o vamos ambos a casa del kadi!’ Y en el límite de la sorpresa, al verse tratado así por un hombre a quien no conocía, ni de padre, ni de madre, y a quien nunca en su vida había visto, el judío, para eludir los golpes, empezó a deshacerse en excusas, y juró por Ibrahim, Ishak y Yacub que su agresor se equivocaba de persona y que, por su parte, jamás se le había ocurrido, ni por pienso, arrebatarle el saco. Pero Akil, sin querer escuchar sus protestas, amotinó contra el judío a todo el zoco y acabó por agarrarle del kaftán, diciéndole: ‘¡Yo y tú a casa del kadí!’ Y como el otro se resistiese, le cogió de la barba, y entre el tumulto le arrastró a la presencia del kadí.

Y el kadí preguntó: ‘¿De qué se trata?’ Y al punto contestó Akil: ‘¡Oh nuestro amo el kadí! este judío, de la tribu de los judíos, que traigo entre tus manos, dispensadoras de justicia, es sin duda el ladrón más audaz que ha entrado en la sala de tus decretos. ¡He aquí que, después de haberme robado mi saco lleno de oro, se atreve a pasearse por el zoco con la tranquilidad del musulmán irreprochable!’ Y gimió el judío, con la barba a medio arrancar:

‘¡Oh nuestro amo el kadí, protesto de eso! ¡Jamás he visto ni conocido a este hombre que me ha maltratado y reducido al estado lamentable en que me hallo, después de haber amotinado al zoco contra mí y haber destruido para siempre mi crédito y arruinado mi reputación de cambista irreprochable!’

Pero Akil exclamó: ‘¡Oh maldito hijo de Israel! ¿Desde cuándo la palabra de un perro de tu raza prevalece sobre la palabra de un creyente? ¡Oh nuestro amo el kadí! ¡Este embaucador niega su robo con tanta audacia como cierto mercader de las Indias, cuya historia contaré a tu señoría, si no la conoce!’

Y el kadí contestó: ‘¡No conozco la historia del mercader de las Indias! ¿Pero qué le sucedió? ¡Dímelo brevemente!’ Y Akil dijo: ‘¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Oh amo nuestro! Para hablar brevemente, te diré que el tal mercader de las Indias era un hombre que había conseguido inspirar tanta confianza a la gente del zoco, que un día le confiaron en depósito una importante cantidad de dinero, sin pedirle recibo. Y se aprovechó de esta circunstancia para negar el depósito el día en que fue a reclamárselo el propietario. Y como éste no podía exhibir contra el demandado testigos ni escrituras, sin duda el mercader se habría comido con toda tranquilidad la hacienda ajena, si el kadí de la ciudad, con su talento, no hubiese logrado hacerle declarar la verdad. ¡Y obtenida esta declaración, le hizo aplicar doscientos palos en la planta de los pies, y le echó de la ciudad!’ Luego continuó Akil: ‘¡Y ahora, ¡oh nuestro amo el kadí! espero de Alah que tu señoría, llena de sagacidad y de talento, hallará fácilmente el medio de demostrar la doblez de este judío! ¡Y primeramente permite a tu esclavo que te ruegue des orden de registrar a mi ladrón para convencerte de su robo!’

Cuando el kadí hubo oído este discurso de Akil, ordenó a los guardias que registraran al judío. Y no tardaron mucho tiempo en encontrarle encima el saco consabido. Y el acusado, gimiendo, insistió en que el saco era de su propiedad legítima. Y por su parte, Akil aseguraba, con toda clase de juramentos e injurias dirigidas al descreído, que él reconocía perfectamente el saco que le habían sustraído. Y el kadí, como juez avisado, ordenó entonces que cada una de las partes declarase lo que había dentro del saco en litigio. Y el judío declaró: ‘¡En el saco ¡oh amo nuestro! hay quinientos dinares de oro que metí en él esta mañana, ni uno más, ni uno menos!’ Y Akil exclamó: ‘¡Mientes, ¡oh hijo de judíos! a no ser que, al revés de lo que ocurre con los de tu raza, me devuelvas más de lo que cogiste! Yo declaro que en el saco sólo hay cuatrocientos noventa dinares, ni uno más, ni uno menos. ¡Y, además, debe estar guardado ahí un anillo de cobre con mi sello, como no sea que lo hayas tú quitado ya!’ Y el kadí abrió el saco en presencia de los testigos, y su contenido hubo de dar la razón al ratero. Y al punto el kadí entregó el saco a Akil y ordenó que inmediatamente se administrase una paliza al judío, ¡que se había quedado mudo de estupefacción!

Cuando el ladrón Haram vio el éxito de la acertada jugarreta de su asociado Akil, le felicitó y le dijo que a él le resultaría muy difícil superarle. No obstante, se citó con él para aquella misma noche en las inmediaciones del palacio del sultán, a fin de intentar, a su vez, alguna hazaña que no fuese indigna de la maravillosa jugarreta de que acababa de ser testigo. Así es que, al caer la noche, ya estaban en el punto de cita convenido ambos asociados. Y Haram dijo a Akil: ‘Compañero, te has reído de la barba de un judío y de la del kadí. Yo quiero obrar sobre el propio sultán. ¡Aquí tienes una escala de cuerda, de la que voy a valerme para penetrar en el aposento del sultán! ¡Pero tienes que acompañarme para ser testigo de lo que ocurra!’ Y a Akil, que no estaba acostumbrado al robo, sino sencillamente a las raterías, en un principio le asustó mucho la temeridad de aquella tentativa; pero se avergonzó de retroceder ante su asociado, y le ayudó a arrojar por encima de la muralla del palacio la escala de cuerda. Y treparon ambos por ella, bajaron por el lado opuesto, atravesaron los jardines y se adentraron en el mismo palacio, a favor de las tinieblas, y se deslizaron por las galerías hasta el propio aposento del sultán; y levantando una cortina, Haram hizo a su compañero ver al sultán dormido y junto al cual había un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima octogésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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