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sábado, 25 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima nonagésima octava noche

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“Y cuando llegó la 798ª noche

Ella dijo:

‘…Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch. Y cuando, a la primera ojeada que dirigió al pescador, comprendió que el hombre a quien los guardias acusaban de haber turbado el reposo del barrio estaba bajo el poder de la alegre droga que tanto consumía él mismo, se apresuró a amonestar severamente a los guardias y a mandarles que se fueran. Y recomendó a sus esclavos que tuvieran mucho cuidado con el pescador y que le dieran una buena cama para que pasase la noche con toda tranquilidad. Y en su fuero interno se prometió tenerle por compañero del placer que pensaba disfrutar al siguiente día.

En efecto, después de pasarse toda la noche en reposo y calma y de llevarse buena vida, al día siguiente, por la noche, fue llamado el pescador a la presencia del kadí, que le recibió con toda cordialidad y le trató como a un hermano. Y tras de cenar con él, se sentó al lado suyo ante las velas encendidas, y ofreciéndole haschisch, se dedicó a tomarlo en su compañía. Y entre ambos consumieron una dosis capaz de derribar con las cuatro patas en alto a un elefante de cien años.

Cuando se disolvió bien el haschisch en su razón, exaltó las disposiciones naturales de sus caracteres. Y quitándose la ropa, se quedaron completamente desnudos, y empezaron a bailar, a cantar y hacer mil extravagancias.

Pero en aquel momento se paseaban por la ciudad el sultán y su visir, disfrazados ambos de mercaderes. Y oyeron todo el ruido que salía de la casa del kadí; y como no estaban cerradas las puertas, entraron y se encontraron al kadí y al pescador en el delirio de la alegría. Y al ver entrar a los huéspedes del destino, el kadí y su compañero dejaron de bailar y les desearon la bienvenida y les hicieron. sentarse con cordialidad, sin que, por lo demás, le azorase su presencia. Y al ver el sultán bailar al kadí de la ciudad todo desnudo frente a un hombre todo desnudo también, y que tenía un zib de longitud interminable y negro y revoltoso, abrió mucho los ojos, e inclinándose al oído de su visir, le dijo: ‘¡Por Alah! No está nuestro visir tan bien provisto como su negro compañero’. Y el pescador se encaró con él, y dijo: ‘¿Qué estás hablando así al oído de ése? ¡Sentaos ambos, que os lo ordeno yo, vuestro señor, el sultán de la ciudad! Si no, voy a hacer que al instante os rebane la cabeza mi visir el bailarín. ¡Porque supongo no ignoráis que yo soy el sultán en persona, que éste es mi visir, y que en la palma de mi mano derecha tengo, como a un pez, al mundo entero!’ Y al oír estas palabras, el sultán y el visir comprendieron que estaban en presencia de dos comedores de haschisch de la variedad más extraordinaria. Y el visir, para divertir al sultán, dijo al pescador. ‘¿Y desde cuándo ¡oh mi señor! eres sultán de la ciudad? ¿Y podrías decirme qué fue de tu predecesor, nuestro antiguo amo?’

El otro dijo: ‘La verdad es que le destroné, diciéndole: «¡Vete!» Y se fue. ¡Y me quedé en lugar suyo!’

Y el visir preguntó: ‘¿Y no protestó el sultán?’

El pescador dijo: ‘¡Ni siquiera! Incluso se alegró de descargar sobre mí el pesado fardo del reino. Y yo, con objeto de corresponder a sus amabilidades, le guardé conmigo para que me sirviera. ¡Y ya le contaré historias, si algún día se arrepiente de su dimisión!’

Y tras de hablar así, el pescador añadió: ‘¡Oh, qué ganas tengo de mear!’ Y enarbolando su interminable herramienta, se acercó al sultán y se dispuso a desahogarse encima de él. Y por su parte, dijo el kadí: ‘¡También yo tengo mucha gana de mear!’ Y se acercó al visir, y también quiso hacer lo mismo que el pescador. Y al ver aquello, el sultán y el visir, en el colmo de la hilaridad, se levantaron, saltando sobre sus pies, y huyeron, exclamando: ‘¡Alah maldiga a los comedores de haschisch de vuestra especie!’ Y les costó mucho trabajo a ambos escapar de los dos extravagantes compañeros.

Y he aquí que al día siguiente el sultán, que quería poner remate a la diversión de su velada de la víspera, ordenó a los guardias que avisaran al kadí de la ciudad que tenía que presentarse en el palacio con el huésped que albergaba en su casa. Y el kadí, acompañado del pescador, no tardó en llegar entre las manos del sultán, que le dijo: ‘¡Te he hecho venir con tu compañero, ¡oh representante de la ley! a fin de que me enseñes cuál es el modo más cómodo de mear! ¿Es preciso, en efecto, ponerse en cuclillas, alzándose con cuidado la ropa, como prescribe el rito? ¿0 tal vez es preferible hacer como los cochinos descreídos, que mean de pie? ¿O acaso hay que mearse en sus semejantes, poniéndose completamente desnudo, como hicieron anoche dos tragadores de haschisch que yo conozco?’

Cuando el kadí hubo oído estas palabras del sultán -y como, por otra parte, sabía que el sultán tenía costumbre de pasearse disfrazado por la noche-, comprendió que su extravagancia y su delirio de la víspera bien pudieron tener por testigo al propio sultán, y llegó al límite del estremecimiento al pensar que había faltado el respeto al sultán y al visir. Y cayó de rodillas, gritando: ‘¡Amán! ¡Amán! ¡Oh mi señor! ¡Fue el haschisch lo que me indujo a la grosería y a la descortesía!’

Pero el pescador, que a causa de las dosis diarias de haschisch que tomaba, continuaba en estado de embriaguez, dijo al sultán: ‘Bueno, ¿y qué? ¡Si tú estás en tu palacio, nosotros estábamos en el nuestro anoche!’

Y en extremo divertido con los modales del pescador, el sultán le dijo: ‘¡Oh el más divertido parlanchín de mi reino! ya que tú eres sultán y yo lo soy también, te suplico que en lo sucesivo me hagas compañía en mi palacio. ¡Y puesto que sabes contar historias, supongo que querrás endulzarnos el oído con alguna!’

Y el pescador contestó:

‘¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido! ¡Pero no sin que hayas perdonado a mi visir, que está de rodillas a tus pies!’ Y el sultán se apresuró a dar orden de levantarse al kadí, y le perdonó su extravagancia de la víspera y le dijo que retornara a su casa y a sus funciones. Y únicamente retuvo consigo al pescador, quien, sin esperar a más, le contó, como sigue, la Historia del kadi padre-del-cuesco.’

Historia del kadí padre-del-cuesco

Cuentan que en la ciudad de Trablús, de Siria, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, había un kadí que ejercía las funciones de su cargo con una severidad y un rigor extremados, lo cual era notorio entre los hombres.

Y he aquí que aquel kadí funesto tenía a su servicio a una vieja negra de piel ruda y endurecida como el cuero de un búfalo del Nilo. Y era ella la única mujer que poseía en su harén. ¡Alah le rechace de Su misericordia! Porque aquel kadí era de una mezquindad extremada, a la que sólo podía igualar su rigor en los juicios que fallaba. ¡Alah le maldiga! Y aunque era rico, no vivía más que de pan duro y cebollas. Y no obstante, estaba lleno de ostentación y se avergonzaba de su avaricia pues quería siempre dar prueba de fasto y de generosidad, por más que viviese con la economía de un camellero próximo a agotar sus provisiones. Y para hacer creer en un lujo que su casa ignoraba, tenía la costumbre de cubrir el taburete de comer con un mantel adornado de franjas de oro. Y de tal suerte, cuando, por casualidad, entraba alguien para cualquier asunto a la hora de la comida, el kadí no dejaba de llamar a su negra y de decirle en voz alta: ‘¡Pon el mantel de franjas de oro!’ Y pensaba que así hacía creer a la gente que su mesa era suntuosa y que los manjares equivalían en bondad y en cantidad a la hermosura del mantel con franjas de oro. Pero jamás había sido invitado nadie a una de aquellas comidas servidas en el mantel espléndido; y nadie, por el contrario, ignoraba la verdad con respecto a la avaricia sórdida del kadí. De modo que, por lo general, se decía cuando se había comido mal en un festín: ‘¡Lo han servido en el mantel del kadí!’

Y así, aquel hombre, a quien Alah había dotado de riquezas y de honores, vivía una vida que no contentaría a los perros de la calle. ¡Confundido sea por siempre!

Un día, algunas personas que querían inclinarle en favor suyo en cierto juicio, le dijeron:

‘¡Oh nuestro amo el kadí! ¿Por qué no tomas esposa? ¡Porque la vieja negra que tienes en tu casa no es digna de tus méritos!’

Y contestó él: ‘¿Quiere buscarme mujer alguno de vosotros?’ Y contestó uno de los presentes: ‘¡Oh amo nuestro! yo tengo una hija muy bella, y honrarías a tu esclavo si quisieras tomarla por esposa’. Y el kadí aceptó la oferta; y en seguida se celebró el matrimonio; y aquella misma noche se condujo a la joven a casa de su esposo. Y la tal joven estaba muy asombrada de que no se le preparase comida, ni siquiera se le preguntara acerca del particular; pero, como era discreta y muy reservada, no hizo ninguna reclamación, y queriendo conformarse a las costumbres de su esposo, procuró distraerse. En cuanto a los testigos de la boda y a los invitados, presumían que aquella unión del kadí daría lugar a alguna fiesta, o por lo menos a una comida; pero fueron vanas sus esperanzas, y transcurrieron las horas sin que el kadí invitase a nadie.

Y se retiró cada cual maldiciendo al destino.

Volviendo a la recién casada, es el caso que, después de haber sufrido cruelmente con aquel ayuno tan riguroso y tan prolongado, por fin oyó a su esposo llamar a la negra de piel de búfalo y ordenarle que colocara el taburete de comer, poniendo el mantel de franjas de oro y los ornamentos mejores. Y la infortunada creyó entonces que por fin iba a resarcirse del ayuno penoso a que acababa de ser condenada, ella, que en casa de su padre había vivido siempre nadando en la abundancia, en el lujo y en el bienestar. Pero ¡ay de ella! ¿Qué sentiría cuando la negra llevó, por toda bandeja de manjares, una fuente con tres pedazos de pan negro y tres cebollas? Y como no se atreviera ella a hacer un movimiento ni se explicase aquello, el kadí cogió con cierto sentimiento un pedazo de pan y una cebolla, dio una parte igual a la negra, e invitó a su joven esposa a hacer honor al festín, diciéndole: ‘¡No temas abusar de los dones de Alah!’ Y empezó a comer él mismo con una prisa que denotaba hasta qué punto saboreaba la excelencia de aquella comida. Y también la negra se tragó de un bocado la cebolla, única comida del día. Y la pobre esposa, burlada, trató de hacer lo que ellos; pero, como estaba acostumbrada a los manjares más delicados, no pudo tragar bocado. Y acabó por levantarse de la mesa en ayunas, maldiciendo en su alma la negrura de su destino. Y de tal suerte transcurrieron tres días de abstinencia, con el mismo llamamiento a la hora de comer, los mismos adornos hermosos en la mesa, el mismo mantel de franjas de oro, el pan negro y las tristes cebollas. Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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viernes, 24 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima nonagésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 797ª noche

Ella dijo:

‘...hizo salir de su harén a la más joven y bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada, y se la dio como regalo, aunque la había hecho apartar para sí mismo el día en que la compraron, reservándosela como bocado selecto. Y puso a disposición de los recién casados un hermoso aposento del palacio, contiguo al suyo, y magníficamente amueblado y provisto de todas las comodidades. Y tras de desearles todo género de delicias aquella noche, les dejó solos y entró en su harén.

Cuando la joven se hubo desnudado, esperó, acostada, que fuera a ella su nuevo señor. Y el jeique hortelano, que en su vida había visto ni probado la carne blanca, se maravilló de lo que veía y glorificó en su corazón a Quien forma la carne blanca. Y se acercó a la joven, y empezó a hacer con ella todas las locuras usuales en casos como aquél. Y he aquí que, sin que pudiese él saber cómo ni por qué, el niño de su padre no quiso levantar cabeza y siguió adormecido con la mirada sin vida y mustio. Y por más que el frutero le amonestaba y alentaba, no quiso oír nada, y permaneció obstinado, oponiendo a todas las exhortaciones una inercia y una tozudez inexplicable. Y el pobre frutero llegó al límite de la confusión, y exclamó: ‘¡En verdad que es cosa prodigiosa!’

Y la joven, con objeto de despertar los deseos del niño, se puso a hacerle cosquillas y a juguetear con él con mano ardiente, y a mimarle con todos los mimos, y a hacerle entrar en razón, tan pronto con caricias como con golpes; pero tampoco consiguió decidirle a despertarse.

Y acabó por exclamar: ‘¡Oh mi señor! ¡Puede que Alah lo anime!’ Y al ver que nada servía de nada, dijo: ‘¡Oh mi señor! ¿A que no sabes por qué no quiere despertarse el niño de su padre?’ El jeique dijo: ‘¡No, por Alah, que no lo sé!’ Ella dijo: ‘¡Pues porque su padre tiene agujetas!'' El jeique preguntó: ‘¿Y qué hay que hacer ¡oh perspicaz para curar las agujetas!?’ Ella dijo: ‘No te preocupes por eso. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!’ Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó incienso macho, y echándolo en un pebetero se puso a dar fumigaciones a su esposo, como se hace sobre el cuerpo de los muertos, diciendo:

‘¡Alah resucite a los muertos! ¡Alah despierte a los dormidos!’ Y hecho lo cual, cogió un cántaro lleno de agua y empezó a regar al niño de su padre, como se hace con el cuerpo de los muertos antes de amortajarles. Y tras de bañarle así, cogió un pañuelo de muselina y cubrió con él al niño dormido, como se cubre a los muertos con el sudario. Y después de llevar a cabo todas aquellas ceremonias preparatorias de un sepelio, y que ella hacía por simulacro, llamó a las numerosas esclavas que el sultán había puesto a su servicio y al de su esposo, y les mostró lo que tenía que mostrarles del pobre frutero, que estaba tendido inmóvil, con el cuerpo cubierto a medias por el pañuelo y envuelto en una nube de incienso. Y al ver aquello, lanzando gritos de hilaridad y carcajadas, las mujeres echaron a correr por el palacio, contando lo que acababan de ver a todas las que no lo habían visto.

Por la mañana, el sultán, que se había levantado más temprano que de costumbre, envió a buscar a su comensal el frutero, y le formuló los deseos de la mañana, y le preguntó: ‘¿Cómo se ha pasado la noche, ¡oh jeique!?’ Y el felah contó al sultán cuanto le había ocurrido, sin ocultar un detalle. Y el sultán, al oír aquello, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero; luego exclamó: ‘¡Por Alah, que la joven que de tan oportuna manera ha tratado tus agujetas es una joven dotada de ciencia y de ingenio y de gracia! ¡Y la recupero para mi uso personal!’ Y la hizo ir, y le ordenó que le contara lo que había pasado. Y la joven repitió al rey la cosa tal como había sucedido, y le narró con todos sus detalles los esfuerzos que había hecho para disipar el sueño del testarudo niño de su padre, y el tratamiento que acabó por aplicarle sin resultado. Y en el límite del júbilo, el rey se encaró con el felah, y le preguntó:

‘¿Es verdad eso?’ Y el felah hizo con la cabeza un signo afirmativo y bajó los ojos. Y le dijo el rey, riendo a más y mejor: ‘¡Por mi vida sobre ti, ¡oh jeique! vuelve a contarme lo que ha pasado!’ Y cuando el pobre hombre hubo repetido su relato, el sultán se echó a llorar de alegría, y exclamó: ‘¡Ualah! ¡Es cosa prodigiosa!’ Luego, como desde el minarete el muecín acababa de llamar a la plegaria, el sultán y el frutero cumplieron sus deberes para con su Creador, y el sultán dijo: ‘¡Ahora ¡oh jeique de los hombres deliciosos! date prisa a contarme las historias prometidas, para completar mi alegría!’ Y el frutero dijo: ‘¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a nuestro generoso señor!’ Y sentándose con las piernas encogidas frente al rey, contó:

Historia de los dos tragadores de haschisch

Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que en una ciudad entre las ciudades había un hombre que tenía el oficio de pescador y la distracción de tomar haschisch. Y he aquí que cuando había cobrado el producto de una jornada de trabajo, se comía una parte de su ganancia en provisiones de boca y el resto en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Y tomaba al día tres tomas de haschisch: una se la tragaba por la mañana en ayunas, otra a mediodía y otra al ponerse el sol. Y de tal suerte se pasaba la vida muy alegremente y haciendo extravagancias. Y esto no le impedía ir a su trabajo, que era la pesca; pero con frecuencia lo hacía de una manera muy singular, como vas a ver.

Una tarde, tras de tomar una dosis de haschisch más fuerte que de costumbre, empezó por encender una vela de sebo, y se sentó delante de ella y se puso a hablar consigo mismo, formulándose las preguntas y las respuestas, y disfrutando todas las delicias del ensueño y del placer tranquilo. Y así permaneció mucho tiempo, y sólo le sacaron de su ensueño la frescura de la noche y la claridad de la luna llena. Y dijo entonces, hablando consigo mismo: ‘¡Eh, amigo, mira! La calle está silenciosa, la brisa es fresca y la claridad de la luna invita al paseo.

¡Harás bien, pues, en salir a tomar el aire y a mirar el aspecto del mundo ahora que las gentes no circulan y no pueden distraerte de tu placer y tu fasto solitario!’ Y pensando de este modo, el pescador salió de su casa y encaminó su paseo por el lado del río. Era en el decimocuarto día de la luna, y la noche estaba toda iluminada. Y al mirar reflejado en el piso el disco argénteo, el pescador tomó por agua aquel reflejo de la luna, y su extravagante imaginación le dijo: ‘Por Alah, ¡oh pescador! hete aquí llegado a orillas del río, y en el ribazo no hay ningún otro pescador. ¡Por tanto, harás bien en ir en seguida a coger tu sedal y volver para ponerte a pescar lo que te depare tu suerte de esta noche!’ Así pensó en su locura, y así lo hizo. Y cuando cogió su sedal, fue a sentarse en una escarpadura, y se puso a pescar en medio de la claridad lunar, arrojando el hilo con el anzuelo al caudal blanco reflejado en el piso.

Y he aquí que, atraído por el olor de la carne que servía de cebo, un perro enorme fue a arrojarse sobre el sedal, y lo devoró. Y se le clavó el anzuelo en el gaznate, y le molestó tanto, que empezó a dar sacudidas desesperadas para librarse del hilo. Y el pescador, que creía haber cogido un pez monstruoso, tiraba todo lo que podía; y el perro, que sufría de un modo insoportable, tirada por su parte, lanzando aullidos tremendos; de modo que el pescador, que no quería dejar escapar su presa, acabó por ser arrastrado y rodó por tierra. Y creyendo entonces que iba a ahogarse en el río que le mostraba su haschisch, se puso a dar gritos espantosos, pidiendo socorro. Y al oír aquel ruido, acudieron los guardias del barrio, y el pescador, al verles, les gritó: ‘¡Socorredme, ¡oh musulmanes! ¡Ayudadme a sacar el monstruoso pez de las profundidades del río, adonde va a arrastrarme! ¡Yalah, yalah! ¡Venid aquí, valientes, que me ahogo!’ Y los guardias le preguntaron, muy sorprendidos: ‘¿Qué te ocurre, ¡oh pescador? ¿Y de qué río hablas? ¿Y de qué pez se trata?’ Y les dijo: ‘Alah os maldiga, ¡oh hijos de perros! ¿Vais a gastarme ahora bromas o a ayudarme a salvar mi alma del ahogo y a sacar el pez fuera del agua?’ Y los guardias, que al principio se rieron de aquella extravagancia, se irritaron contra él al oírle tratarles de hijos de perros, y se arrojaron sobre él, y después de molerle a golpes, le condujeron a casa del kadí.

Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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