martes, 14 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima octogésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 787ª noche

Ella dijo:

‘...la estranguló, exclamando: ‘¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie!’

Y el mercader Abd el-Rahmán, para acabar de reparar los yerros de su hijo Kamar con el joyero, creyó equitativo y meritorio ante Alah el Altísimo casar, el mismo día de las bodas de Kamar, a su hija Estrella-de-la-Mañana con Osta-Obeid. ¡Pero Alah es más grande y más generoso!

Tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló.

Y exclamó el rey Schahriar: ‘Haga Alah ¡oh Schehrazada! que todas las mujeres desvergonzadas sufran la suerte de la esposa del joyero. ¡Porque así es como debieran terminar varias historias de las que me has contado! Con frecuencia, en efecto, me he irritado en el alma, Scheharazada, al ver que ciertas mujeres tenían un fin contrario a mis ideas y a mis inclinaciones. ¡Pues ya sabes cómo he tratado, por mi parte, a la esposa impúdica y maligna (que Alah no la tenga en su compasión), así como a todas sus infieles esclavas!’

Pero Schehrazada, sin querer que el rey se entregase por mucho tiempo a tales pensamientos, se guardó mucho de responder al particular, y apresuróse a comenzar, como sigue, la Historia de la pierna de carnero.

Historia de la pierna de carnero

Cuentan -¡pero Alah es más sabio!- que en El Cairo, bajo el reinado de un rey entre los reyes de aquel país, había una mujer dotada de tanta astucia y de tanta destreza, que pasar por el ojo de la aguja más pequeña era para ella tan sencillo como beberse un sorbo de agua. Y he aquí que Alah (que distribuye a su antojo cualidades y defectos) había infundido a aquella mujer tal ardor de temperamento, que si le hubiese cabido en suerte ser una de las cuatro esposas de un creyente y compartir con justicia las cuatro noches en cuatro lotes, uno para cada una, se hubiera muerto de deseo reconcentrado. Así es que supo ella arreglarse de manera que llegó, no sólo a ser la esposa única de un hombre, sino a casarse a la vez con dos hombres, de la raza de los gallos del Alto Egipto, que podían consolar una tras otra a veinte gallinas. Y había usado de tanta sutileza, y tan bien supo tomar sus medidas, que ninguno de los dos hombres sospechaba un reparto tan contrario a la ley y a las costumbres de los verdaderos creyentes. Y por cierto que favorecía los manejos de ella la profesión que ejercían sus dos maridos, porque uno era ladrón nocturno y el otro ratero diurno. Con lo cual, cuando uno regresaba a casa por la noche, una vez terminada su tarea, el otro había salido ya en busca de algún trabajo apropiado. En cuanto a sus nombres, se llamaban: el ladrón, Haram, y el ratero, Akil.

Y transcurrieron días y meses, y el ladrón Haram y el ratero Akil se dedicaban con provecho en casa a su oficio de gallos, y fuera de casa al de zorros.

Un día entre los días, el ladrón Haram, después que el heredero de su padre hubo consolado a la hija del tío más excelentemente aún que de costumbre, dijo a la mujer: ‘Un asunto de gran importancia ¡oh mujer! me obliga a ausentarme por algún tiempo. ¡Plugue a Alah escribirme el éxito, a fin de que esté yo de vuelta junto a ti lo más pronto posible!’ Y contestó la mujer: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh cabeza de los hombres! Pero ¿qué va a ser de esta desventurada mientras dura la ausencia de su enamorado?’ Y se desoló mucho y le dijo mil palabras de desconsuelo, y sólo le dejó partir después de las más cálidas pruebas de afecto. Y cargado con un saco de provisiones de boca que la joven había tenido cuidado de prepararle para el viaje, el ladrón Haram se fue por su camino, satisfecho y chasqueando la lengua de contento.

Haría apenas una hora de tiempo que había partido él, cuando regresó Akil el ratero. Y quiso la suerte que, teniendo necesidad de abandonar la ciudad, precisamente fuese a anunciar su marcha a su esposa. Y la joven no dejó de hacer presente a su otro marido toda la pena que le producía su alejamiento, y después de las pruebas diversas y multiplicadas de una pasión extraordinaria, le llenó de provisiones de boca un saco para el viaje, y le dijo adiós, invocando sobre su cabeza las bendiciones de Alah (¡exaltado sea!) Y el ratero Akil salió de su casa alabándose de tener una esposa tan cálida y tan atenta y chasqueando la lengua de contento.

Y como por lo general, a cada criatura le espera su destino en cualquier encrucijada del camino, ambos maridos debían encontrar el suyo donde menos pensaban. En efecto, al fin de la jornada, el ratero Akil entró en un khan que le pillaba de camino, proponiéndose pasar allí la noche. Y al entrar en el khan, sólo encontró en él a un viajero, con el cual entabló conversación en seguida, después de las zalemas y cumplimientos por una y otra parte. Y he aquí que su interlocutor era precisamente el ladrón Haram, que tomó el mismo camino que su asociado, a quien no conocía. Y el primero dijo al segundo: ‘¡Oh compañero! ¡Parece que estás muy fatigado!’ Y el otro contestó: ‘¡Por Alah! ¡Hoy me he hecho de una tirada todo el camino de El Cairo! Y tú, compañero, ¿de dónde vienes?’ El aludido contestó: ‘¡De El Cairo también! Y glorificado sea Alah, que pone en mi camino un compañero tan agradable para continuar el viaje. Porque ha dicho el profeta (¡con él la plegaria y la paz!): ‘¡Un compañero es la mayor provisión para el camino!’ ¡Pero, entretanto, para sellar nuestra amistad, partamos juntos el mismo pan y probemos la misma sal! ¡He aquí ¡oh compañero! mi saco de provisiones, en el que tengo, para ofrecértelos, dátiles frescos y asado con ajo!’ Y el otro contestó: ‘Alah aumente tus bienes, ¡oh compañero! Acepto la oferta de todo corazón amistoso. ¡Pero permíteme que también contribuya con lo mío!’ Y mientras el primero sacaba del saco sus provisiones, puso él las suyas en la estera donde estaban sentados.

Cuando acabaron ambos de colocar sobre la estera lo que tenían que ofrecerse, advirtieron que llevaban provisiones exactamente iguales: panes de sésamo, dátiles y media pierna de carnero. Y hubieron de asombrarse hasta el límite extremo del asombro en cuanto observaron que las dos medias piernas de carnero se acoplaban con perfecta exactitud. Y exclamaron: ‘¡Alahu akbar! ¡Estaba escrito que esta pierna de carnero vería reunirse sus dos mitades, a pesar de la muerte, el horno y el guiso!’

Luego el ratero preguntó al ladrón: ‘Por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿Puedo saber de dónde procede ese trozo de pierna de carnero?’ Y el ladrón contestó: ‘¡Me lo ha dado la hija de mi tío antes de ponerme en marcha! Pero, por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿Puedo, a mi vez, saber de dónde sacaste esa media pierna?’ Y el ratero dijo: ‘¡También me la metió en el saco la hija del tío! Pero ¿puedes decirme en qué barrio se encuentra tu honorable casa?’ El aludido dijo: ‘¡Junto a la Puerta de las Victorias!’ Y el otro exclamó: ‘¡Y la mía también!’ Y de pregunta en pregunta, pronto ambos ladrones adquirieron la convicción de que desde el día de su matrimonio eran, sin saberlo, asociados de la misma cama y del mismo tizón. Y exclamaron: ‘¡Alejado sea el Maligno! ¡He aquí que nos ha burlado la maldita!’

Luego, aunque en un principio este descubrimiento les incitó a realizar alguna violencia, como eran avisados y prudentes, acabaron por pensar que el mejor partido que podían tomar consistía en volver sobre sus pasos y esclarecer por sus propios ojos y sus propias orejas lo que tenían que esclarecer con la taimada. Y de acuerdo sobre el particular, emprendieron de nuevo ambos la ruta de El Cairo, y no tardaron en llegar a su vivienda común.

Cuando, tras de abrirles la puerta, la joven vio juntos a sus dos maridos, no pudo dudar de que habían descubierto su estratagema, y como era prudente y avisada, comprendió que sería inútil buscar entonces un pretexto con que ocultar por más tiempo la verdad. Y pensó:

‘¡El corazón del hombre más duro no puede resistir a las lágrimas de la mujer amada!’ Y de pronto, estallando en sollozos y despeinándose los cabellos, se arrojó a los pies de sus dos maridos, implorando su misericordia.

Y he aquí que la amaban ambos y tenían el corazón prendado por los encantos de ella. Así que, a pesar de tan notoria perfidia, sintieron que no se había debilitado su afecto hacia ella y la levantaron y le otorgaron su perdón, pero después de haberle hecho los cargos con ojos furibundos. Luego, como ella permaneciera silenciosa con un aire muy contrito, le dijeron que aquello no era todo, pues tenía que cesar sin tardanza aquel estado de cosas tan contrario a las costumbres y usos de los creyentes. Y añadieron: ‘¡Es absolutamente necesario que, al punto, te decidas a escoger entre nosotros dos al que quieras conservar como esposo!’

Al oír estas palabras de sus dos maridos, la joven bajó la cabeza, y reflexionó profundamente. Y por más que la apremiaron ellos para que, sin tardanza, tomase una determinación, les fue imposible hacerle designar al que prefería, porque a ambos les encontraba iguales gallardía, fuerza y resistencia. Pero como, impacientes por el silencio de ella, le gritasen con voz amenazadora que tenía que escoger, acabó por levantar la cabeza, y dijo: ‘¡No hay recurso y misericordia más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! ¡Oh hombres! ¡Ya que me obligáis a escoger entre vosotros y a tomar un partido me lastima al afecto que os dediqué por igual, y como, hecha la reflexión y pesadas las consecuencias, no tengo ningún motivo para preferir el uno al otro, he aquí lo que os propongo! Ambos vivís de vuestra destreza, y sobre eso tenéis tranquila la conciencia, y Alah, que juzga las acciones de sus criaturas conforme a las aptitudes que les ha puesto en el corazón, no os rechazará del seno de Su bondad. Tú, Akil, escamoteas durante el día, y tú, Haram, robas por la noche.

¡Pues bien; declaro ante Alah y ante vosotros que conservaré como esposo a aquel de vosotros dos que dé la mejor prueba de destreza y realice la proeza más ingeniosa!’ Y ambos contestaron con el oído y la obediencia, admitiendo en seguida la proposición y preparándose al punto a rivalizar en ingenio.

Y he aquí que el ratero Akil fue quien empezó a actuar, yendo con su asociado Haram al zoco de los cambistas. Y le mostró con el dedo a un viejo judío que se paseaba con lentitud de una tienda a otra, y dijo: ‘¿Ves ¡oh Haram! a ese hijo de perro? ¡Pues me comprometo a quitarle su saco de cambista antes de que acabe de dar ese paseo!’ Y habiendo hablado así, ligero como una pluma, se acercó al judío que paseaba y le sustrajo el saco lleno de dinares de oro que llevaba consigo. Y volvió al lado de su compañero, el cual, poseído de extremado pavor, quiso evitarle en un principio para no arriesgarse a que le detuvieran como cómplice del otro; pero maravillado luego de golpe de mano tan feliz, empezó a felicitarle por la maestría de que acababa de dar prueba, y le dijo: ‘¡Por Alah! ¡Me parece que, por mi parte, jamás podré llevar a cabo una empresa tan brillante! ¡Yo creía que robar a un judío era cosa que superaba a las fuerzas de un creyente!’ Pero el ratero se echó a reír, y le dijo: ‘¡Oh pobre! ¡Eso no es más que el principio de la cosa, pues no es así como pretendo apropiarme el saco del judío! Porque un día u otro podría ponerse sobre mi pista la justicia y obligarme a decir la verdad.

¡Quiero convertirme en propietario legal del saco con su contenido, conduciéndome de manera que el propio kadí me adjudique lo que le pertenece a ese judío relleno de oro!’ Y así diciendo, se marchó a un rincón retirado del zoco, abrió el saco, contó las monedas de oro, que contenía, quitó de ellas diez dinares y puso en su lugar un anillo de cobre que le pertenecía. Tras de lo cual volvió a cerrar el saco cuidadosamente, y acercándose de nuevo al judío despojado, se lo deslizó diestramente en el bolsillo del kaftán, como si no hubiese pasado nada.

La destreza es un don de Alah, ¡oh creyentes!

Y he aquí que, apenas había dado algunos pasos el judío, cuando el ratero se lanzó otra vez sobre él, pero entonces muy ostensiblemente, gritándole: ‘¡Miserable hijo de Aarón, se acerca tu castigo! ¡Devuélveme mi saco o vamos ambos a casa del kadi!’ Y en el límite de la sorpresa, al verse tratado así por un hombre a quien no conocía, ni de padre, ni de madre, y a quien nunca en su vida había visto, el judío, para eludir los golpes, empezó a deshacerse en excusas, y juró por Ibrahim, Ishak y Yacub que su agresor se equivocaba de persona y que, por su parte, jamás se le había ocurrido, ni por pienso, arrebatarle el saco. Pero Akil, sin querer escuchar sus protestas, amotinó contra el judío a todo el zoco y acabó por agarrarle del kaftán, diciéndole: ‘¡Yo y tú a casa del kadí!’ Y como el otro se resistiese, le cogió de la barba, y entre el tumulto le arrastró a la presencia del kadí.

Y el kadí preguntó: ‘¿De qué se trata?’ Y al punto contestó Akil: ‘¡Oh nuestro amo el kadí! este judío, de la tribu de los judíos, que traigo entre tus manos, dispensadoras de justicia, es sin duda el ladrón más audaz que ha entrado en la sala de tus decretos. ¡He aquí que, después de haberme robado mi saco lleno de oro, se atreve a pasearse por el zoco con la tranquilidad del musulmán irreprochable!’ Y gimió el judío, con la barba a medio arrancar:

‘¡Oh nuestro amo el kadí, protesto de eso! ¡Jamás he visto ni conocido a este hombre que me ha maltratado y reducido al estado lamentable en que me hallo, después de haber amotinado al zoco contra mí y haber destruido para siempre mi crédito y arruinado mi reputación de cambista irreprochable!’

Pero Akil exclamó: ‘¡Oh maldito hijo de Israel! ¿Desde cuándo la palabra de un perro de tu raza prevalece sobre la palabra de un creyente? ¡Oh nuestro amo el kadí! ¡Este embaucador niega su robo con tanta audacia como cierto mercader de las Indias, cuya historia contaré a tu señoría, si no la conoce!’

Y el kadí contestó: ‘¡No conozco la historia del mercader de las Indias! ¿Pero qué le sucedió? ¡Dímelo brevemente!’ Y Akil dijo: ‘¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Oh amo nuestro! Para hablar brevemente, te diré que el tal mercader de las Indias era un hombre que había conseguido inspirar tanta confianza a la gente del zoco, que un día le confiaron en depósito una importante cantidad de dinero, sin pedirle recibo. Y se aprovechó de esta circunstancia para negar el depósito el día en que fue a reclamárselo el propietario. Y como éste no podía exhibir contra el demandado testigos ni escrituras, sin duda el mercader se habría comido con toda tranquilidad la hacienda ajena, si el kadí de la ciudad, con su talento, no hubiese logrado hacerle declarar la verdad. ¡Y obtenida esta declaración, le hizo aplicar doscientos palos en la planta de los pies, y le echó de la ciudad!’ Luego continuó Akil: ‘¡Y ahora, ¡oh nuestro amo el kadí! espero de Alah que tu señoría, llena de sagacidad y de talento, hallará fácilmente el medio de demostrar la doblez de este judío! ¡Y primeramente permite a tu esclavo que te ruegue des orden de registrar a mi ladrón para convencerte de su robo!’

Cuando el kadí hubo oído este discurso de Akil, ordenó a los guardias que registraran al judío. Y no tardaron mucho tiempo en encontrarle encima el saco consabido. Y el acusado, gimiendo, insistió en que el saco era de su propiedad legítima. Y por su parte, Akil aseguraba, con toda clase de juramentos e injurias dirigidas al descreído, que él reconocía perfectamente el saco que le habían sustraído. Y el kadí, como juez avisado, ordenó entonces que cada una de las partes declarase lo que había dentro del saco en litigio. Y el judío declaró: ‘¡En el saco ¡oh amo nuestro! hay quinientos dinares de oro que metí en él esta mañana, ni uno más, ni uno menos!’ Y Akil exclamó: ‘¡Mientes, ¡oh hijo de judíos! a no ser que, al revés de lo que ocurre con los de tu raza, me devuelvas más de lo que cogiste! Yo declaro que en el saco sólo hay cuatrocientos noventa dinares, ni uno más, ni uno menos. ¡Y, además, debe estar guardado ahí un anillo de cobre con mi sello, como no sea que lo hayas tú quitado ya!’ Y el kadí abrió el saco en presencia de los testigos, y su contenido hubo de dar la razón al ratero. Y al punto el kadí entregó el saco a Akil y ordenó que inmediatamente se administrase una paliza al judío, ¡que se había quedado mudo de estupefacción!

Cuando el ladrón Haram vio el éxito de la acertada jugarreta de su asociado Akil, le felicitó y le dijo que a él le resultaría muy difícil superarle. No obstante, se citó con él para aquella misma noche en las inmediaciones del palacio del sultán, a fin de intentar, a su vez, alguna hazaña que no fuese indigna de la maravillosa jugarreta de que acababa de ser testigo. Así es que, al caer la noche, ya estaban en el punto de cita convenido ambos asociados. Y Haram dijo a Akil: ‘Compañero, te has reído de la barba de un judío y de la del kadí. Yo quiero obrar sobre el propio sultán. ¡Aquí tienes una escala de cuerda, de la que voy a valerme para penetrar en el aposento del sultán! ¡Pero tienes que acompañarme para ser testigo de lo que ocurra!’ Y a Akil, que no estaba acostumbrado al robo, sino sencillamente a las raterías, en un principio le asustó mucho la temeridad de aquella tentativa; pero se avergonzó de retroceder ante su asociado, y le ayudó a arrojar por encima de la muralla del palacio la escala de cuerda. Y treparon ambos por ella, bajaron por el lado opuesto, atravesaron los jardines y se adentraron en el mismo palacio, a favor de las tinieblas, y se deslizaron por las galerías hasta el propio aposento del sultán; y levantando una cortina, Haram hizo a su compañero ver al sultán dormido y junto al cual había un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima octogésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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lunes, 13 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima octogésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 786ª noche

Ella dijo:

‘...y manipuló con él de manera tan experta, que el joven aprendió de pronto a declinar todos los casos sin vacilar, a poner el régimen pasivo en acusativo, y a exigir el régimen directo en su misión activa. ¡Y en aquella batalla de piernas y de muslos se portó con tanta valentía y tal maestría de choques de vaivén, que aquella noche fue la noche del gallo por excelencia! ¡Loores a Alah, que da alas al primer vuelo de los pájaros, que hace danzar al cabrón desde su nacimiento, que hace desarrollarse el cuello del león joven, que hace saltar al río brotando de la roca y que pone en el corazón de sus creyentes un instinto invencible y hermoso como el canto del gallo por la aurora!

Cuando por medio de aquel valiente justador, que acababa de romper el cascarón, la experta Halima hubo aplacado el ardor que la consumía, le dijo, entre mil caricias: ‘Sabe ¡oh fruto de mi corazón! que ya no podré pasarme sin ti. ¡Por tanto, no te creas que me bastarán una o dos noches, una o dos semanas, uno o dos meses, uno o dos años! Quiero pasarme contigo la vida entera, abandonando al esposo viejo y feo, y siguiéndote a tu patria. Escúchame, pues, y si me amas y te ha satisfecho la experiencia de esta noche, haz lo que voy a decirte. ¡Helo aquí!

Cuando mi anciano esposo te invite a cenar una vez más, contéstale: ‘¡Por Alah, tío mío, que lbn-Adán es demasiado pesado por naturaleza, y tiene muy densa la sangre! ¡Y cuando reitera las visitas a casa de los demás, hace que se harten de él ricos y pobres!

¡Excúsame, por no poder aceptar tu graciosa oferta, pues temería cometer una indiscreción reteniéndote tres o cuatro noches fuera de tu harem!’ Y tras de hablarle así, le rogarás que alquile para ti una casa en la vecindad nuestra, con pretexto de que así podréis veros cómodamente ambos y pasar juntos, por turno, parte de la noche, sin que ello resulte importuno para uno ni para otro. Desde luego, sé que mi marido vendrá a consultármelo, y le afirmaré en ese proyecto. ¡Y cuando lo realicemos, Alah se encargará de lo demás!’ Y el joven Kamar contestó: ‘¡Oír es obedecer!’ Y le juró conformarse con todos sus deseos, y para sellar su juramento, hizo con ella una repetición de regímenes todavía más detallada que la primera. Y en verdad que aquella noche funcionó con celo el báculo del peregrino sobre el camino allanado ya por la primera marcha del jinete.

Hecho lo cual, Kamar, por consejo de su enamorada, fue a tenderse junto al joyero, como si nada hubiese pasado. Y por la mañana, cuando los polvos antídotos despertaron al joyero, Kamar quiso despedirse de él, como tenía por costumbre. Pero el otro le retuvo a la fuerza, y le invitó a compartir con él una vez más la comida de la noche. Y Kamar no olvidó la recomendación de su enamorada, y no quiso aceptar la invitación del joyero pero le participó el plan concertado, y le dijo que era el único medio de no importunarse uno a otro en lo sucesivo. Y contestó el viejo joyero: ‘¡No hay inconveniente!’ Y sin más tardanza se levantó y fue a alquilar la casa inmediata a la suya, la amuebló ricamente e instaló en ella a su joven amigo. Y por su parte, la experta Halima se cuidó de hacer practicar, con gran secreto, en la medianería, una abertura grande, que se disimulaba por ambos lados con un armario.

Así es que, al día siguiente, quedó Kamar extremadamente asombrado al ver entrar en su aposento a su enamorada, como si surgiera de lo invisible. Pero ella, tras de haberle colmado de caricias, le descubrió el misterio del armario, y acto seguido le hizo seña de que se dedicara a su oficio de gallo. Y Kamar se prestó a ello con diligencia y celeridad, y manejó siete veces seguidas el báculo del peregrino. Tras de lo cual, la joven Halima, húmeda aún del ardor satisfecho, sacó de su seno un puñal espléndido de la pertenencia de su esposo el joyero, que lo había labrado por sí mismo con el mayor cuidado y cuyo puño había adornado con hermosas piedras preciosas, y se lo entregó a Kamar, diciéndole: ‘Guárdate este puñal en el cinturón y preséntate en la tienda de Osta-Obeid, mi marido; enséñale el puñal y pregúntale si le gusta y cuánto vale. Y te preguntará cómo es que lo tienes; dile entonces, que, al pasar por el zoco de los armeros, has oído a dos hombres hablar entre sí y que uno de ellos decía al otro: ‘¡Mira el regalo que me ha hecho mi amante, que me da los objetos que pertenecen a su anciano marido, el más feo y el más repugnante de los maridos ancianos!’ Y añade que, cuando se te acercó el hombre que así hablaba, le compraste el puñal. ¡Abandona la tienda luego y ven a toda prisa a casa, donde me encontrarás en el armario para recoger el puñal!’ Y tomando el puñal, Kamar se presentó en la tienda del joyero, donde desempeñó el papel que le había indicado su amada.

Cuando el joyero vio el puñal y oyó las palabras de Kamar, se sintió muy turbado, y contestó con frases entrecortadas, como hombre a quien se le extravía la razón. Y al ver el estado del joyero, Kamar salió de la tienda y corrió a devolver el puñal a su amada, que ya le esperaba en el armario. Y le pintó el estado cruel y el desvarío en que hubo de dejar a su marido el joyero.

En cuanto al desdichado Osta-Obeid, corrió a su vez a la casa, presa de los tormentos de los celos y silbando cual una serpiente furiosa. Y entró, con los ojos fuera de las órbitas, gritando: ‘¿Dónde está mi puñal?’ Y Halima aparentando el aire más inocente, contestó, abriendo unos ojos muy extrañados: ‘Está en su sitio, en la arquilla. ¡Pero, por Alah, que me guardaré de dártelo, ¡oh hijo del tío! porque veo que tienes extraviada la razón y temo que quieras herir con él a alguien!’ Y el joyero insistió, jurando que no quería herir a nadie. Entonces, abriendo la arquilla, le presentó ella el puñal. Y exclamó él: ‘¡Oh, prodigio!’ Ella preguntó: ‘Pues, ¿qué tiene de sorprendente?’ El dijo: ‘¡Hace un instante creí ver este puñal en el cinturón de mi joven amigo!’ Ella dijo: ‘¡Por mi vida! ¿Has podido abrigar sospechas infundadas de tu esposa, ¡oh el más indigno de los hombres!?’ Y el joyero le pidió perdón y se esforzó cuanto pudo por aplacar la cólera de la joven.

Y he aquí que, al día siguiente, Halima, tras de haber jugado con su amante una partida de ajedrez en siete asaltos, pensó de qué medio se valdría para hacer que el viejo joyero se divorciara de ella, y dijo a Kamar: ‘Ya has visto que el primer medio no nos ha dado resultado. Ahora voy a vestirme de esclava, y me conducirás a la tienda de mi marido. Y me levantarás el velo, diciéndole que acabas de comprarme en el mercado. ¡Y veremos si eso le abre los ojos!’ Y se levantó y se vistió de esclava, efectivamente, y acompañó a su amante a la tienda de su marido. Y dijo Kamar al anciano joyero ‘Mira qué esclava acabo de comprar por mil dinares de oro. ¡A ver si te gusta!’ Y así diciendo, le levantó el velo. Y el joyero creyó desmayarse al reconocer a su mujer, adornada con magníficas pedrerías labradas por él mismo y llevando en los dedos las sortijas que le había regalado Kamar. Y exclamó: ‘¿Cómo se llama esta esclava?’ Y Kamar contestó: ‘¡Halima! ‘Y al oír estas palabras, el joyero sintió que se le secaba la garganta, y cayó de espaldas. Y Kamar y la joven se aprovecharon del desmayo para retirarse.

Cuando Osta-Obeid volvió de su desvanecimiento, corrió a su casa con todas sus fuerzas, y estuvo a punto de morirse de sorpresa y de espanto al encontrar a su esposa con el mismo atavío con que acababa de verla, y exclamó: ‘¡No hay fuerza y protección más que en Alah el Omnisciente!’ Y ella le dijo: ‘Y bien, ¡oh hijo del tío! ¿De qué te asombras?’ El dijo:

‘¡Alah confunda al Maligno! ¡Acabo de ver una esclava que ha comprado mi amigo y que parece ser tú misma, de tanto como se te asemeja!’ Y Halima, fingiendo sofocarse de indignación, exclamó: ‘¿Cómo ¡oh calamitoso de barba blanca! te atreves a ultrajarme con sospechas tan vergonzosas? ¡Ve a convencerte por tus propios ojos, y corre a casa de tu vecino para ver si encuentras allí a la esclava!’ El dijo: ‘¡Tienes razón! ¡No hay sospecha que ceda a semejante prueba!’ Y bajó la escalera, y salió de su casa para ir a la de su amigo Kamar.

Y como había pasado por el armario, ya se encontraba allí Halima cuando entró su esposo. Y confuso ante tan gran parecido, el infortunado no supo más que murmurar: ‘¡Alah es grande! ¡Él crea los juegos de la Naturaleza y cuanto le place!’ Y regresó a su casa en el límite de la turbación y de la perplejidad; y al encontrar a su mujer como la había dejado, no pudo por menos de colmarla de elogios y pedirle perdón. Luego se volvió a su tienda.

En cuanto a Halima, fue a reunirse con Kamar, pasando por el armario, y le dijo: ‘¡Ya ves que no hay medio de abrir los ojos a ese padre de la barba vergonzosa! Ya sólo nos queda marcharnos de aquí sin tardanza. ¡He tomado mis medidas, y están prontos los camellos cargados, así como los caballos, y la caravana no espera a nadie más que a nosotros para partir!’ Y se levantó, y envolviéndose en sus velos, le decidió a llevarla al sitio en que se hallaba la caravana. Y montaron ambos en los caballos que les aguardaban, y partieron. Y Alah les escribió la seguridad, y llegaron a Egipto sin ningún incidente desagradable.

Cuando llegaron a la casa del padre de Kamar, y el venerable mercader se enteró del regreso de su hijo, la alegría dilató todos los corazones, y Kamar fue recibido con lágrimas de dicha. Y cuando Halima entró en la casa, todos los corazones quedaron deslumbrados por su belleza. Y el padre de Kamar preguntó a su hijo: ‘¡Oh hijo mío! ¿Es una princesa?’ El joven contestó: ‘No es una princesa, sino aquella cuya hermosura motivó mi viaje. Pues de ella es de quien nos habló el derviche. ¡Y ahora me propongo casarme con ella conforme a la Sunnah y a la Ley!’ Y contó a su padre, desde el principio hasta el fin, toda su historia. Pero no hay utilidad en repetirla.

Al saber aquella aventura de su hijo, el venerable mercader Abd el-Rahmán exclamó:

‘¡Oh hijo mío! ¡Sea contigo mi maldición en este mundo y en el otro si persistes en querer casarte con esa mujer salida del infierno! ¡Ah! ¡Teme ¡oh hijo mío! que un día se conduzca contigo de manera tan desvergonzada como con su primer marido! ¡Mejor será que me dejes buscar para ti una esposa entre las jóvenes de buena familia!’ Y le amonestó largamente, y le habló tan cuerdamente, que contestó Kamar: ‘Haré lo que deseas, ¡oh padre mío!’ Y al oír estas palabras, el venerable mercader besó a su hijo y ordenó que al punto encerraran a Halima en un pabellón retirado, mientras tomaba una decisión con respecto a ella.

Tras de lo cual, se ocupó de buscar por toda la ciudad una esposa conveniente para su hijo. Y después de numerosos pasos dados por la madre de Kamar cerca de las mujeres de los notables y de los mercaderes ricos, se celebraron los esponsales de Kamar con la hija del kadí, la cual, sin duda, era la jovenzuela más bella de El Cairo. Y con aquel motivo, durante cuarenta días enteros no se escatimaron los festines, ni las iluminaciones, ni las danzas, ni los juegos. Y el último día tuvo lugar una fiesta reservada especialmente a los pobres, a quienes se cuidaron de invitar a sentarse en torno a las bandejas servidas para ellos con toda generosidad.

Y he aquí que Kamar, que por sí mismo vigilaba a los servidores durante aquel festín, advirtió entre los pobres a un hombre peor vestido que los más pobres y quemado del sol, llevando en su cara las huellas de prolongadas fatigas y de penas abrasadoras. Y al detener en él sus miradas para llamarle, reconoció al joyero Osta-Obeid. Y corrió a participar su descubrimiento a su padre, que le dijo: ‘¡Ha llegado el momento de reparar, en cuanto nos es posible, el daño que cometiste por instigación de la desvergonzada a quien he encerrado!’ Y se adelantó al anciano joyero, que ya se disponía a alejarse, y llamándole por su nombre, le abrazó tiernamente y le interrogó acerca del motivo que habíale reducido a tal estado de pobreza. Y Osta-Obeid le contó que se había marchado de Bassra para que no se difundiese su aventura y no tuviesen ocasión de burlarse de él sus enemigos, pero en el desierto había caído en manos de bandoleros árabes, que le quitaron cuanto poseía. Y el venerable Abd el- Rahmán se apresuró a hacer que le condujeran al hammam, y después del baño que le vistieran con ricos trajes; luego le dijo: ‘¡Eres mi huésped, y te debo verdad! Sabe, pues, que tu esposa Halima está aquí, encerrada por orden mía en un pabellón retirado. Y pensaba devolvértela con escolta a Bassra pero ya que Alah te condujo hasta aquí, es porque, de antemano, estaba señalada la suerte de esa mujer. Voy, pues, a conducirte a su aposento, y la perdonarás o la tratarás como se merezca. Porque no debo ocultarte que conozco toda la penosa aventura, de que es única culpable tu mujer; pues el hombre que se deja seducir por una mujer no tiene nada que reprocharse, dado que no puede resistir al instinto que Alah ha infundido en él; pero la mujer no está constituida de igual manera, y si no rechaza la aproximación y el ataque de los hombres, siempre será culpable.

¡Ah! ¡Hermano mío, se necesita gran acopio de sabiduría y paciencia en el hombre que posee una mujer!’ Y dijo el joyero: ‘¡Tienes razón, hermano mío! Mi mujer es la única culpable en este caso. Pero ¿dónde está? Y dijo el padre de Kamar: ‘¡En ese pabellón que ves delante de ti, y cuyas llaves aquí tienes!’ Y el joyero cogió las llaves con gran alegría y fue al pabellón, cuyas puertas hubo de abrir, y entró en el aposento de su mujer. Y avanzó hacia ella sin decir una palabra, y echándola de repente al cuello las dos manos, la estranguló, exclamando: ‘¡Mueran así las desvergonzadas de tu especie...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima octogésima séptima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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