viernes, 24 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima nonagésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 797ª noche

Ella dijo:

‘...hizo salir de su harén a la más joven y bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada, y se la dio como regalo, aunque la había hecho apartar para sí mismo el día en que la compraron, reservándosela como bocado selecto. Y puso a disposición de los recién casados un hermoso aposento del palacio, contiguo al suyo, y magníficamente amueblado y provisto de todas las comodidades. Y tras de desearles todo género de delicias aquella noche, les dejó solos y entró en su harén.

Cuando la joven se hubo desnudado, esperó, acostada, que fuera a ella su nuevo señor. Y el jeique hortelano, que en su vida había visto ni probado la carne blanca, se maravilló de lo que veía y glorificó en su corazón a Quien forma la carne blanca. Y se acercó a la joven, y empezó a hacer con ella todas las locuras usuales en casos como aquél. Y he aquí que, sin que pudiese él saber cómo ni por qué, el niño de su padre no quiso levantar cabeza y siguió adormecido con la mirada sin vida y mustio. Y por más que el frutero le amonestaba y alentaba, no quiso oír nada, y permaneció obstinado, oponiendo a todas las exhortaciones una inercia y una tozudez inexplicable. Y el pobre frutero llegó al límite de la confusión, y exclamó: ‘¡En verdad que es cosa prodigiosa!’

Y la joven, con objeto de despertar los deseos del niño, se puso a hacerle cosquillas y a juguetear con él con mano ardiente, y a mimarle con todos los mimos, y a hacerle entrar en razón, tan pronto con caricias como con golpes; pero tampoco consiguió decidirle a despertarse.

Y acabó por exclamar: ‘¡Oh mi señor! ¡Puede que Alah lo anime!’ Y al ver que nada servía de nada, dijo: ‘¡Oh mi señor! ¿A que no sabes por qué no quiere despertarse el niño de su padre?’ El jeique dijo: ‘¡No, por Alah, que no lo sé!’ Ella dijo: ‘¡Pues porque su padre tiene agujetas!'' El jeique preguntó: ‘¿Y qué hay que hacer ¡oh perspicaz para curar las agujetas!?’ Ella dijo: ‘No te preocupes por eso. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!’ Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó incienso macho, y echándolo en un pebetero se puso a dar fumigaciones a su esposo, como se hace sobre el cuerpo de los muertos, diciendo:

‘¡Alah resucite a los muertos! ¡Alah despierte a los dormidos!’ Y hecho lo cual, cogió un cántaro lleno de agua y empezó a regar al niño de su padre, como se hace con el cuerpo de los muertos antes de amortajarles. Y tras de bañarle así, cogió un pañuelo de muselina y cubrió con él al niño dormido, como se cubre a los muertos con el sudario. Y después de llevar a cabo todas aquellas ceremonias preparatorias de un sepelio, y que ella hacía por simulacro, llamó a las numerosas esclavas que el sultán había puesto a su servicio y al de su esposo, y les mostró lo que tenía que mostrarles del pobre frutero, que estaba tendido inmóvil, con el cuerpo cubierto a medias por el pañuelo y envuelto en una nube de incienso. Y al ver aquello, lanzando gritos de hilaridad y carcajadas, las mujeres echaron a correr por el palacio, contando lo que acababan de ver a todas las que no lo habían visto.

Por la mañana, el sultán, que se había levantado más temprano que de costumbre, envió a buscar a su comensal el frutero, y le formuló los deseos de la mañana, y le preguntó: ‘¿Cómo se ha pasado la noche, ¡oh jeique!?’ Y el felah contó al sultán cuanto le había ocurrido, sin ocultar un detalle. Y el sultán, al oír aquello, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero; luego exclamó: ‘¡Por Alah, que la joven que de tan oportuna manera ha tratado tus agujetas es una joven dotada de ciencia y de ingenio y de gracia! ¡Y la recupero para mi uso personal!’ Y la hizo ir, y le ordenó que le contara lo que había pasado. Y la joven repitió al rey la cosa tal como había sucedido, y le narró con todos sus detalles los esfuerzos que había hecho para disipar el sueño del testarudo niño de su padre, y el tratamiento que acabó por aplicarle sin resultado. Y en el límite del júbilo, el rey se encaró con el felah, y le preguntó:

‘¿Es verdad eso?’ Y el felah hizo con la cabeza un signo afirmativo y bajó los ojos. Y le dijo el rey, riendo a más y mejor: ‘¡Por mi vida sobre ti, ¡oh jeique! vuelve a contarme lo que ha pasado!’ Y cuando el pobre hombre hubo repetido su relato, el sultán se echó a llorar de alegría, y exclamó: ‘¡Ualah! ¡Es cosa prodigiosa!’ Luego, como desde el minarete el muecín acababa de llamar a la plegaria, el sultán y el frutero cumplieron sus deberes para con su Creador, y el sultán dijo: ‘¡Ahora ¡oh jeique de los hombres deliciosos! date prisa a contarme las historias prometidas, para completar mi alegría!’ Y el frutero dijo: ‘¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a nuestro generoso señor!’ Y sentándose con las piernas encogidas frente al rey, contó:

Historia de los dos tragadores de haschisch

Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que en una ciudad entre las ciudades había un hombre que tenía el oficio de pescador y la distracción de tomar haschisch. Y he aquí que cuando había cobrado el producto de una jornada de trabajo, se comía una parte de su ganancia en provisiones de boca y el resto en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Y tomaba al día tres tomas de haschisch: una se la tragaba por la mañana en ayunas, otra a mediodía y otra al ponerse el sol. Y de tal suerte se pasaba la vida muy alegremente y haciendo extravagancias. Y esto no le impedía ir a su trabajo, que era la pesca; pero con frecuencia lo hacía de una manera muy singular, como vas a ver.

Una tarde, tras de tomar una dosis de haschisch más fuerte que de costumbre, empezó por encender una vela de sebo, y se sentó delante de ella y se puso a hablar consigo mismo, formulándose las preguntas y las respuestas, y disfrutando todas las delicias del ensueño y del placer tranquilo. Y así permaneció mucho tiempo, y sólo le sacaron de su ensueño la frescura de la noche y la claridad de la luna llena. Y dijo entonces, hablando consigo mismo: ‘¡Eh, amigo, mira! La calle está silenciosa, la brisa es fresca y la claridad de la luna invita al paseo.

¡Harás bien, pues, en salir a tomar el aire y a mirar el aspecto del mundo ahora que las gentes no circulan y no pueden distraerte de tu placer y tu fasto solitario!’ Y pensando de este modo, el pescador salió de su casa y encaminó su paseo por el lado del río. Era en el decimocuarto día de la luna, y la noche estaba toda iluminada. Y al mirar reflejado en el piso el disco argénteo, el pescador tomó por agua aquel reflejo de la luna, y su extravagante imaginación le dijo: ‘Por Alah, ¡oh pescador! hete aquí llegado a orillas del río, y en el ribazo no hay ningún otro pescador. ¡Por tanto, harás bien en ir en seguida a coger tu sedal y volver para ponerte a pescar lo que te depare tu suerte de esta noche!’ Así pensó en su locura, y así lo hizo. Y cuando cogió su sedal, fue a sentarse en una escarpadura, y se puso a pescar en medio de la claridad lunar, arrojando el hilo con el anzuelo al caudal blanco reflejado en el piso.

Y he aquí que, atraído por el olor de la carne que servía de cebo, un perro enorme fue a arrojarse sobre el sedal, y lo devoró. Y se le clavó el anzuelo en el gaznate, y le molestó tanto, que empezó a dar sacudidas desesperadas para librarse del hilo. Y el pescador, que creía haber cogido un pez monstruoso, tiraba todo lo que podía; y el perro, que sufría de un modo insoportable, tirada por su parte, lanzando aullidos tremendos; de modo que el pescador, que no quería dejar escapar su presa, acabó por ser arrastrado y rodó por tierra. Y creyendo entonces que iba a ahogarse en el río que le mostraba su haschisch, se puso a dar gritos espantosos, pidiendo socorro. Y al oír aquel ruido, acudieron los guardias del barrio, y el pescador, al verles, les gritó: ‘¡Socorredme, ¡oh musulmanes! ¡Ayudadme a sacar el monstruoso pez de las profundidades del río, adonde va a arrastrarme! ¡Yalah, yalah! ¡Venid aquí, valientes, que me ahogo!’ Y los guardias le preguntaron, muy sorprendidos: ‘¿Qué te ocurre, ¡oh pescador? ¿Y de qué río hablas? ¿Y de qué pez se trata?’ Y les dijo: ‘Alah os maldiga, ¡oh hijos de perros! ¿Vais a gastarme ahora bromas o a ayudarme a salvar mi alma del ahogo y a sacar el pez fuera del agua?’ Y los guardias, que al principio se rieron de aquella extravagancia, se irritaron contra él al oírle tratarles de hijos de perros, y se arrojaron sobre él, y después de molerle a golpes, le condujeron a casa del kadí.

Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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jueves, 23 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima nonagésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 796ª noche

Ella dijo:

‘...Y en tanto que tomaba sus disposiciones para volver sobre sus pasos, he aquí que su mirada se posó en un Zorro que a lo lejos iba en dirección suya a grandes zancadas. Y al ver aquello, tembló por su vida, y volviendo la espalda a su enemigo, tomó impulso con toda la fuerza de sus alas abiertas, y ganó la altura de un muro en ruinas, donde no había más que el sitio preciso para agarrarse, y donde no podría atraparle de ninguna manera el Zorro.

Y llegó al pie del muro el Zorro, sin aliento, husmeando y ladrando. Pero, al ver que no había medio de encaramarse hasta donde estaba el volátil que apetecía, levantó la cabeza hacia él, y le dijo: ‘La paz sea contigo, ¡oh rostro de buen augurio! ¡Oh hermano mío! ¡Oh encantador camarada!’ Pero Voz-de-Aurora no le devolvió su zalema y ni quiso mirarle. Y el Zorro, al ver aquello, le dijo: ‘¡Oh amigo mío! ¡Oh tierno! ¡Oh hermoso! ¿Por qué no quieres favorecerme con un saludo o con una mirada, cuando tan vehementemente deseo anunciarte una gran noticia?’ Pero el Gallo declinó con su silencio toda proposición y toda cortesía, y el Zorro insistió: ‘¡Ah! ¡Hermano mío, si supieras solamente lo que tengo el encargo de anunciarte, bajarías cuanto antes a abrazarme y a besarme en la boca!’ Pero el Gallo continuaba fingiendo indiferencia y distracción; y sin contestar nada, miraba a lo lejos con ojos redondos y fijos. Y el Zorro añadió: ‘Sabe, pues, ¡oh hermano mío! que el sultán de los animales, que es el señor León, y la sultana de las aves, que es la señora Águila, acaban de darse cita en una verdeante pradera adornada de flores y de arroyos, y han congregado en torno suyo a los representantes de todas las fieras de la Creación: los tigres, las hienas, los leopardos, los linces, las panteras, los chacales, los antílopes, los lobos, las liebres, los animales domésticos, los buitres, los gavilanes, los cuervos, las palomas, las tórtolas, las codornices, las perdices, las aves de corral y todos los pájaros. Y cuando estuvieron entre sus manos los representantes de todos sus súbditos, nuestros dos soberanos proclamaron, por real decreto, que en adelante habrán de reinar juntas, en toda la superficie de la tierra habitable, la seguridad, la fraternidad y la paz; que el afecto, la simpatía, la camaradería y el amor habrán de ser los únicos sentimientos permitidos entre las tribus de las fieras, de los animales domésticos y de las aves; que el olvido deberá borrar las antiguas enemistades y los odios de raza; y que la meta a que deben tender todos los esfuerzos es la dicha general y universal. Y decidieron que cualquier transgresión que se realizara de tal estado de cosas se llevaría sin tardanza al tribunal supremo y se juzgaría y se condenaría sin remisión. Y me nombraron heraldo del presente decreto, y me encargaron ir proclamando por toda la tierra la decisión de la asamblea, con orden de darles los nombres de los rebeldes, a fin de que se les castigase con arreglo a la gravedad de su rebeldía. Y por eso ¡oh hermano mío Gallo! me ves actualmente al pie de este muro en que estás encaramado, pues en verdad que soy yo, yo con mis propios ojos, yo y no otro, el representante, el comisionado, el heraldo y el apoderado de nuestros señores y soberanos. Y por eso te abordé hace poco con el deseo de paz y las palabras de amistad, ¡oh hermano mío!’

¡Eso fue todo!

Pero el Gallo, sin prestar a toda aquella elocuencia más atención que si no la oyese, continuaba mirando a lo lejos en actitud indiferente y con unos ojos redondos y distraídos, que cerraba de cuando en cuando, meneando la cabeza. Y el Zorro, cuyo corazón ardía en deseos de triturar deliciosamente aquella presa, insistió: ‘¡Oh hermano mío! ¿Por qué no quieres honrarme con una respuesta o acceder a dirigirme una palabra o posar solamente tu mirada en mí, que soy el emisario de nuestro sultán el León, soberano de los animales, y de nuestra sultana el Águila, soberana de las aves? Permíteme, pues, que te recuerde que, si persistes en tu silencio para conmigo, me veré obligado a dar cuenta de la cosa al consejo; y sería muy de lamentar que cayeses bajo el peso de la nueva ley, que es inexorable en su deseo de establecer la paz universal, aun a trueque de hacer degollar a la mitad de los seres vivos.

¡Así es que por última vez te ruego ¡oh hermano mío encantador! que me digas solamente por qué no me respondes!’

A la sazón el Gallo, que hasta entonces se había encastillado en su altanera indiferencia, estiró el pescuezo, e inclinando a un lado la cabeza, posó la mirada de su ojo derecho en el Zorro, y le dijo: ‘En verdad ¡oh hermano mío! que tus palabras están por encima de mi cabeza y de mis ojos, y te honro en mi corazón como enviado y comisionado y mensajero y apoderado y embajador de nuestra sultana el Águila. ¡Pero no vayas a creer que, si no te respondía, era por arrogancia o por rebeldía o por cualquier otro sentimiento reprobable; no, por tu vida que no, si no solamente porque me tenía turbado lo que veía y sigo viendo ante mí allá lejos!’

Y el Zorro preguntó: ‘Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! ¿Y qué veías y sigues viendo para que así te turbe? ¡Alejado sea el Maligno! ¡Supongo que no será nada grave ni calamitoso!’ Y el Gallo estiró el pescuezo más todavía, y dijo: ‘¿Cómo, ¡oh hermano mío!? ¿Acaso no divisas lo que estoy divisando yo, por más que Alah puso encima de tu venerable hocico dos ojos penetrantes, aunque un poco bizcos, dicho sea sin ánimo de ofenderte?’ Y el Zorro preguntó con inquietud: ‘¡Pero acaba, por favor, de decirme qué ves! ¡Porque tengo los ojos hoy un poco malos, aunque no sabía que fuese bizco ni por asomo, dicho sea sin ánimo de contrariarte!’

Y el Gallo Voz-de-Aurora dijo: ‘¡La verdad es que estoy viendo levantarse una nube de polvo, y en el aire diviso una bandada de halcones de caza que describen inciertos giros!’ Y al oír estas palabras, el Zorro se echó a temblar, y preguntó, en el límite de la ansiedad: ‘¿Y es eso todo lo que divisas, ¡oh rostro de buen augurio!? ¿Y no ves correr a nadie por el suelo?’ Y el Gallo fijó en el horizonte una mirada prolongada, imprimiendo a su cabeza un movimiento de derecha a izquierda, y acabó por decir: ‘¡Sí! veo que por el suelo corre a cuatro pies un animal de patas largas, grande, delgado, con cabeza fina y puntiaguda y largas orejas gachas. ¡Y se acerca a nosotros con rapidez!’ Y el Zorro preguntó, temblando con todo su cuerpo: ‘¿No será un perro lebrel lo que ves, ¡oh hermano mío!? ¡Alah nos proteja!’ Y el Gallo dijo: ‘¡No sé si es un lebrel, porque nunca los he visto de esa especie, y sólo Alah lo sabrá! Pero, de todos modos, creo que es un perro, ¡oh cara hermosa!’

Cuando el Zorro hubo oído estas palabras, exclamó: ‘¡Me veo obligado ¡oh hermano mío! a despedirme de ti!’ Y así diciendo, le volvió la espalda y echó a correr azorado, confiándose a la Madre-de-la-Seguridad. Y el Gallo le gritó: ‘¡Escucha, escucha, hermano mío, que ya bajo, que ya bajo! ¿Por qué no me esperas?’ Y el Zorro dijo: ‘¡Es que siento una gran antipatía por el lebrel, que no se cuenta entre mis amigos ni entre mis relaciones!’ Y el Gallo añadió: ‘¿Pero no me has dicho hace un instante ¡oh rostro de bendición! que venías como comisionado y heraldo de parte de nuestros soberanos para proclamar el decreto de la paz universal, decidida en asamblea plena de los representantes de nuestras tribus?’ Y el Zorro contestó desde muy lejos: ‘¡Sí, por cierto! ¡Sí, por cierto! ¡Oh hermano mío Gallo! pero ese lebrel entrometido (¡Alah le maldiga!) se abstuvo de ir al congreso, y su raza no ha enviado allá ningún representante, y su nombre no se ha pronunciado en la proclamación de las tribus adheridas a la paz universal. ¡Y por eso ¡oh Gallo lleno de ternura! siempre existirá enemistad entre mi raza y la suya, y aversión entre mi individuo y el suyo! ¡Y que Alah te conserve con buena salud hasta mi regreso!’

Y tras de hablar así, el Zorro desapareció en la lejanía. Y de tal suerte escapó el Gallo a los dientes de su enemigo, gracias a su ingenio y a su sagacidad. Y se dio prisa en bajar desde lo alto del muro y a volver al cortijo, glorificando a Alah, que le reintegraba a su corral en seguridad. Y se apresuró a contar a sus esposas y a sus vecinos la jugarreta que acababa de hacer a su enemigo hereditario. Y todos los gallos del corral lanzaron al aire el canto sonoro de su alegría para celebrar el triunfo de Voz-de-Aurora.

Y aquella noche aun dijo Schehrazada:

Las agujetas

Se cuenta que un rey entre los reyes estaba un día sentado en su trono, en medio de su diwán, y daba audiencia a sus súbditos, cuando entró un jeique, hortelano de oficio, que llevaba a la cabeza un cesto de hermosas frutas y de legumbres diversas, primicias de la estación. Y besó la tierra entre las manos del rey, e invocó sobre él las bendiciones y le ofreció como regalo el cesto de primicias. Y después de devolverle la zalema, el rey le preguntó: ‘¿Y qué hay en este cesto cubierto de hojas, ¡oh jeique!?’ Y el hortelano dijo: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡Son las primeras verduras y las primeras frutas nacidas en mis tierras, que te traigo como primicias de la estación!’ Y el rey dijo: ‘¡Las acepto de corazón amistoso!’ Y quitó las hojas que preservaban del mal de ojo al contenido del cesto, y vio que había en él magníficos cohombros rizados, gombos muy tiernos, dátiles, berenjenas, limones y otras diversas frutas y legumbres tempranas. Y exclamó: ‘¡Maschala!’ y cogió un cohombro rizado y lo engulló con mucho gusto. Luego dijo a los eunucos que llevaran los demás al harén. Y los eunucos se apresuraron a ejecutar la orden. Y también se deleitaron mucho las mujeres comiendo aquellas primicias. Y cada cual cogió lo que quería, felicitándose mutuamente diciendo: ‘¡Que las primicias del año que viene nos den salud y nos encuentren con vida y con belleza!’ Luego distribuyeron a las esclavas lo que quedaba en el cesto. Y de común acuerdo, dijeron: ‘¡Por Alah, que son exquisitas estas primicias! ¡Y tenemos que dar una buena propina al hombre que las ha traído!’ Y enviaron al felah, por mediación de los eunucos, cien dinares de oro.

Y el rey, asimismo, estaba extremadamente satisfecho del cohombro rizado que había comido, y aun añadió doscientos dinares al donativo de sus mujeres. Y de tal suerte percibió el felah trescientos dinares de oro por su cesto de primicias.

Pero no fue eso todo. Porque el sultán que le había hecho diversas preguntas acerca de cosas agrícolas y de otras cosas más, le había encontrado en absoluto de su conveniencia y se había complacido con sus respuestas, pues el felah tenía la palabra elegante, la lengua expedita, la réplica en los labios, el ingenio fértil, la actitud muy cortés y el lenguaje correcto y distinguido. Y el sultán quiso hacer de él su comensal inmediatamente, y le dijo: ‘¡Oh jeique! ¿Sabes hacer compañía a los reyes?’ Y el felah contestó: ‘Sé’. Y el sultán le dijo:

‘Bueno, ¡oh jeique! ¡Vuélvete en seguida a tu pueblo para llevar a tu familia lo que Alah te ha concedido hoy, y regresa conmigo a toda prisa para ser mi comensal en adelante!’

Y el felah contestó con el oído y la obediencia. Y después de llevar a su familia los trescientos dinares que Alah le había otorgado, volvió al lado del rey, que en aquel momento estaba cenando. Y el rey le mandó sentarse junto a él, ante la bandeja, y le hizo comer y beber lo que tenía gana. Y le encontró aún más divertido que la primera vez, y acabó de encariñarse con él, y le preguntó:

‘¿Verdad que sabes historias hermosas de contar y de escuchar, ¡oh jeique!?’

Y el felah contestó: ‘¡Sí, por Alah! ¡Y la próxima noche le contaré una al rey!’ Y al oír esta noticia, el rey llegó al límite del júbilo y se estremeció de contento. Y para dar a su comensal una prueba de cariño y de amistad, hizo salir de su harén a la más joven y más bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima séptima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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