jueves, 9 de abril de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima cuadragésima tercera noche

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"Y cuando llegó la 243ª noche

Ella dijo:

... se alegraba hasta el límite de la alegría.

En estas condiciones, el viaje fue agradable y nada fatigoso, y así llegaron a Damasco.

Inmediatamente el sabio persa fue al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en el acto una gran tienda, que restauró por completo. Después mandó hacer anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes exquisitos, sus triscas finas conservadas en oro puro, sus tarros de porcelana con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas pomadas compuestas con los jugos de trescientas hierbas raras, y entre los frascos grandes, los alambiques y las retortas, colocó el astrolabio de oro.

Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete vueltas, y preparó también a Feliz-Bello, que había de ser su ayudante, despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimir, y le pasó alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas de oro. Después le dijo: '¡Oh Feliz-Bello! ¡Desde este momento tienes que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de Damasco creerían que hay entre los dos lo que tú comprendes!' Y Feliz-Bello dijo: '¡Escucho y obedezco!'.

Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba a consulta, acudieron de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos para quedar estupefactos y encantados a un tiempo al oír a Feliz-Bello conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta el límite extremo el asombro de los habitantes fue el modo de adivinar las enfermedades el médico persa.

Efectivamente, el médico miraba a lo blanco de los ojos durante unos minutos al enfermo que recurría a él, y luego le presentaba una gran vasija de cristal, y le decía: '¡Mea!' Y el enfermo meaba en la vasija, y el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y después decía: '¡te pasa tal y cual cosa!' Y el enfermo exclamaba siempre: '¡Por Alah! ¡Verdad es!' Con lo cual todo el mundo levantaba los brazos, diciendo: '¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocer por la orina la enfermedad?'

No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase a los mismos oídos del califa y de su hermana El-Sett Zahia.

Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba una receta a Feliz-Bello, que se hallaba a su lado con el cálamo en la mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado rojo y adornos de pedrería, se paró a la puerta, ató la rienda del burro a la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después hizo seña al sabio para que la ayudase a bajar. El persa se levantó en seguida solícito, corrió a darle la mano, y le rogó que se sentase, al mismo tiempo que Feliz- Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un almohadón.

Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines, y preguntó al persa: '¿Eres realmente tú, ¡oh venerable jeique! el médico procedente del Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?' El contestó: 'Soy el mismo, y tu esclavo'.

Ella dijo: '¡Nadie es esclavo más que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes. Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad que la tiene en cama desde el día de su llegada a palacio. Y por eso Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado a traerte este frasco, para que descubras esa causa desconocida'. Oídas estas palabras, dijo el médico: '¡Oh mi señora! ¡haz de decirme el nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!' La dama respondió: 'Se llama Feliz-Bella'.

Entonces el médico se puso a trazar en un pedazo de papel que tenía en la mano numerosísimos cálculos, unos con tinta roja y otros con tinta verde. Después sumó los guarismos verdes y los guarismo rojos, y dijo: '¡Oh mi señora!' ¡He descubierto la enfermedad! Es una afección conocida con el nombre de 'temblar de los abanicos del corazón'. A tales palabras, la dama contestó: '¡Por Alah! ¡Es verdad! ¡Pues los abanicos de su corazón tiemblan tanto, que los oímos!' El médico prosiguió: 'Pero antes de prescribir los remedios he de saber de qué país es ella. Y esto es muy importante, porque así averiguaré, en cuanto haga mis cálculos, el influjo de la ligereza o de la pesadez del aire en los abanicos de su corazón. Además, para juzgar el estado en que se conservan esos abanicos delicados, tengo que saber asimismo el tiempo que hace que está en Damasco y su edad exacta'. La dama contestó: 'Se ha criado, según parece, en Kufa, ciudad del Irak; y tiene diez y seis años, pues nació, según nos ha dicho, el año del incendio del zoco de Kufa. En cuanto a su residencia en Damasco, es cosa de pocas semanas nada más...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La ducentésima cuadragésima cuarta noche...

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Valram

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miércoles, 8 de abril de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima cuadragésima segunda noche

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"Y cuando llegó la 242ª noche

Ella dijo:

'...nunca lograrás lo que no te haya destinado la suerte'. Entonces Feliz-Bello se despidió del gobernador, y volvió desesperado a su casa, después de haber vagado toda la noche en busca de Feliz- Bella. Y a la jornada siguiente tuvo que guardar cama, presa de una extensa debilidad y de una calentura que creció de día en día, según perdía la esperanza que le quedaba respecto a las pesquisas ordenadas por el gobernador. Y los médicos consultados contestaron:

¡Su enfermedad no tiene otro remedio que el regreso de su esposa!'

A todo esto, llegó a la ciudad de Kufa un persa muy versado en medicina, arte de drogas, ciencia de las estrellas y arena adivinatoria. Y el mercader Primavera se apresuró a llamarle a casa de su hijo.

Entonces, el sabio persa, después de haber sido tratado por Primavera con los mayores miramientos, se acercó a Feliz-Bello y le dijo: '¡Dame la mano!' Y le cogió la mano, le tomó el pulso un buen rato, le miró con atención la cara, después sonrió, y se volvió hacia el mercader Primavera, diciéndole: '¡La enfermedad de tu hijo reside en su corazón!' Y Primavera respondió: '¡Por Alah! ¡Verdad dices!, ¡oh médico!' El sabio prosiguió: 'Y la causa de esa enfermedad es la desaparición de una persona querida. ¡Pues bien! ¡Os voy a decir, con ayuda de los poderes misteriosos, el sitio en que se encuentra esa persona!'

Y dichas tales palabras, el persa se acurrucó, sacó de un talego un paquete de arena, que desató y extendió delante de él; luego puso en medio de la arena cinco guijarros blancos y tres guijarros negros, dos varitas y una uña de tigre; los colocó en un plano, después en dos planos, y luego en tres planos; los miró, pronunciando algunas frases en lengua persa, y dijo: '¡Oh vosotros que me oís! ¡Sabed que la persona se encuentra en este momento en Bassra!' Después reflexionó y dijo: '¡No! Los tres ríos que ahí veo me han engañado. ¡La persona se encuentra en este momento en Damasco, dentro de un gran palacio, y en el mismo estado de languidez que tu hijo!, ¡oh ilustre mercader!'

Al oír estas palabras, Primavera exclamó: '¿Y qué hemos de hacer, ¡oh venerable médico!? Por favor, ilumínanos, y no habrás de quejarte de la avaricia de Primavera. Pues ¡por Alah! ¡te daré con qué vivir en la opulencia durante el espacio de tres vidas humanas!' Y el persa contestó: '¡Tranquilizad ambos vuestras almas, y que se refresquen vuestros párpados cubriendo vuestros ojos sin inquietud! ¡Pues yo me encargo de reunir a los dos jóvenes, y eso es más fácil que hacer de lo que tú te figuras!' Después añadió, dirigiéndose a Primavera: '¡Saca del bolsillo cuatro mil dinares!' Y Primavera se desató inmediatamente el cinturón, y colocó delante del persa cuatro mil dinares y otros mil.

Y el persa dijo: '¡Ahora que tengo con qué cubrir gastos, voy a ponerme al momento en camino para Damasco, llevando conmigo a tu hijo! ¡Y si Alah quiere, regresaremos con su amada!' Después se volvió hacia el joven tendido en la cama, y le preguntó: '¡Oh hijo del distinguido Primavera! ¿Cómo te llamas?' El otro respondió: '¡Feliz-Bello!' El persa dijo: '¡Pues bien, Feliz-Bello, levántate y que tu alma se vea en adelante libre de toda inquietud, pues desde este momento puedes dar por seguro que has recobrado a tu esclava!'

Y Feliz-Bello, súbitamente movido por el buen influjo del médico, se levantó y se sentó. Y el médico prosiguió: 'Afirma tus ánimos y tu valor. No te preocupes por nada. ¡Come, bebe y duerme! Y dentro de una semana, en cuanto recuperes las fuerzas, volveré a buscarte para hacer el viaje contigo'. Y se despidió de Primavera y Feliz-Bello, y se fue a hacer también sus preparativos para el viaje.

Entonces Primavera dio a su hijo otros cinco mil dinares, y le compró camellos que mandó cargar de ricas mercaderías y de aquellas sedas de Kufa de colores tan hermosos, y le dio caballos para él y para su acompañamiento. Y al cabo de la semana, como Feliz-Bello había seguido las prescripciones del sabio y se había repuesto admirablemente, Primavera supuso que su hijo podía emprender sin inconveniente el viaje a Damasco. De modo que Feliz-Bello se despidió de su padre, de su madre, de Prosperidad y del portero, y acompañado de todos los buenos deseos que los brazos de los suyos invocaban sobre su cabeza, salió de Kufa con el sabio persa.

Y Feliz-Bello había llegado en aquellos instantes a la perfección de la juventud, y sus diez y siete años habían dado un sedoso vello a sus mejillas levemente sonrosadas, lo cual hacía más seductores todavía sus encantos, de modo que nadie le podía mirar sin pararse extático. Y el sabio persa no tardó en experimentar el efecto delicioso de los hechizos del joven, y le quiso con toda su alma, muy de veras, y se privó durante todo el viaje de todas las comodidades a fin de que él las aprovechara. Y cuando le veía contento, se alegraba hasta el límite de la alegría...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La ducentésima cuadragésima tercera noche...

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