domingo, 11 de octubre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima vigésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 429ª noche

Ella dijo:

...y le llevaron a presencia del rey, diciendo: ‘¡Este joven llegó ayer por la noche muy tarde, y no pudimos traerle a tu presencia antes, ¡oh rey! para que sea sometido a interrogatorio!’

Entonces le preguntó el rey: ‘¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu profesión? ¿Y a qué obedece tu venida a nuestra ciudad?’ El príncipe contestó: ‘¡Respecto a mi nombre, me llamo en persa Harjab! ¡En cuanto a mi país, es Persia! Y por lo que afecta a mi oficio, soy un sabio entre los sabios, especialmente versado en la medicina y en el arte de curar a locos y alienados. ¡Y con tal objeto recorro comarcas y ciudades para ejercer mi arte y adquirir nuevos conocimientos que añadir a los que poseo ya! Y hago todo esto sin ataviarme como por lo general lo hacen los astrólogos y los sabios; no ensancho mi turbante ni aumento el número de sus vueltas, no me alargo las mangas, no llevo bajo el brazo un gran paquete de libros, no me ennegrezco los párpados con kohl negro, no me cuelgo al cuello un inmenso rosario con millares de cuentas grandes, y curo a mis enfermos sin musitar palabras en un lenguaje misterioso, sin soplarles en la cara y sin morderles el lóbulo de la oreja. ¡Y tal es ¡oh rey! mi profesión!’

Cuando el rey hubo oído estas palabras, se regocijó con una alegría considerable, y le dijo: ‘¡Oh excelentísimo médico, llegas a nosotros en el momento en que más necesidad tenemos de tus servicios!’ Y le contó el caso de la joven, y añadió:

‘¡Si quieres ponerla en tratamiento y la curas de la locura en que la sumieron gentes perversas, no tienes más que pedir lo que desees y te será concedido!’

El príncipe contestó: ‘¡Conceda Alah sus gracias y favores a nuestro amo el rey! ¡Pero ante todo es preciso que me cuentes detalladamente cuanto hayas notado en su locura, y me digas los días que hace que se encuentra en tal estado, sin olvidarte de contarme cómo la trataste a ella, al viejo persa y al caballo de ébano!’

Y el rey le contó toda la historia desde el principio hasta el fin, y añadió: ‘¡En cuanto al viejo, está en el calabozo!’

El príncipe preguntó: ‘¿Y el caballo?’

El rey contestó: ‘¡Le tengo cuidadosamente guardado en uno de los pabellones de mi morada!’

Y Kamaralakmar dijo para sí: ‘Antes que nada, me conviene ver el caballo y asegurarme por mis propios ojos del estado en que se halla. Si está intacto y en buen estado, todo irá bien y conseguiré mi propósito; pero si se ha deteriorado su mecanismo, tendré que pensar en libertar de otra manera a mi bienamada’.

Entonces se encaró con el rey y le dijo: ‘¡Oh rey! primeramente es necesario que vea yo el caballo, pues quizás examinándole encuentre algo que me sirva para curar a la joven’. El rey contestó: ‘¡Con mucho gusto y de buena gana!’ Y le cogió de la mano y le condujo al recinto donde se hallaba el caballo de ébano. Y el príncipe empezó a dar vueltas alrededor del caballo, le examinó atentamente, y encontrándolo intacto y en buen estado, se alegró mucho, y dijo al rey: ‘¡Alah favorezca y exalte al rey! ¡Heme aquí dispuesto a ir en busca de la joven para ver lo que tiene! ¡Y espero llegar a curarla con la ayuda de Alah y valiéndome de este caballo de madera!’

Y mandó a los guardias que vigilasen bien el caballo, y se dirigió con el rey al aposento de la princesa.

En cuanto penetró en la estancia donde estaba ella, la vio que se retorcía las manos, y se golpeaba el pecho, y se arrojaba al suelo revolcándose, y hacía jirones sus vestidos, como tenía por costumbre. Y comprendió que no se trataba más que de una locura simulada, sin que ni genn ni hombres la hubiesen trastornado la razón, sino al contrario.

¡Y advirtió que no hacía todo aquello más que con el fin de impedir cualquier asechanza!

Al darse cuenta, Kamaralakmar se adelantó hacia ella, y le dijo: ‘¡Oh encantadora de los Tres Mundos, lejos de ti penas y tormentos!’ Y cuando le hubo mirado, reconocióle ella enseguida, y llegó a una alegría tan enorme, que lanzó un gran grito y cayó sin conocimiento.

Y el rey no dudó que aquella crisis era efecto del temor que le inspiraba el médico. Pero Kamaralakmar se inclinó sobre ella, y tras de reanimarla, le dijo en voz baja: ‘¡Oh Schamsennhar! ¡Oh pupila de mis ojos, núcleo de mi corazón! cuida de tu vida y de mi vida y ten valor y un poco de paciencia aún; porque nuestra situación reclama gran prudencia y precauciones infinitas, si queremos evadirnos de las manos de ese rey tiránico.

Por lo pronto, voy a afirmarle en su idea con respecto de ti, diciéndole que estabas poseída por los genn, y que a eso obedecía tu locura; pero le aseguraré que acabo de curarte en el instante por medio de medicinas misteriosas que poseo. ¡Tú no tienes más que hablarle con calma y amenidad para probarle así tu curación con mi ciencia! ¡Y de ese modo lograremos nuestro deseo y podremos realizar nuestro plan!’ Y contestó la joven: ‘¡Escucho y obedezco!’

Entonces Kamaralakmar se acercó al rey, que se mantenía en un extremo de la estancia, y con un semblante de buen augurio le dijo:

‘¡Oh rey afortunado! merced a tu buena suerte, he podido conocer la enfermedad y dar con el remedio de la dolencia. ¡Y la he curado! Puedes, pues, acercarte a ella y hablarle dulcemente y con bondad, y prometerle lo que tienes que prometerle, ¡y se cumplirá cuanto desees de ella!’

Y en el límite de la maravilla, acercóse el rey a la joven, que se levantó al punto y besó la tierra entre sus manos, dándole luego la bienvenida, y le dijo:

‘¡Tu servidora está confundida por el honor que le haces visitándola hoy!’

Y al oír y ver todo aquello, el rey estuvo a punto de volverse loco de alegría...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La cuadringentésima trigésima noche…

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Valram

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sábado, 10 de octubre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima vigésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 428ª noche

Ella dijo:

...y encontraban sus preguntas de lo más extrañas y extravagantes. Y así continuó durante mucho tiempo, haciendo pesquisas más activas cada vez y pidiendo cada vez más datos, sin llegar a saber ninguna noticia que lo orientase. Tras de lo cual acabó por llegar a la ciudad de Sana, donde reinaba el padre de Schamsennahar, y pidió informes al llegar; pero nadie había oído nada relacionado con la joven, ni pudieron decirle lo que fue de ella desde su rapto; y le enteraron del estado de aniquilamiento y desesperación en que se hallaba sumido el viejo rey.

Entonces continuó su ruta y se encaminó al país de los rums, inquiriendo siempre nuevas de la princesa y del caballo de ébano en todos los sitios por donde pasaba y en todas las etapas del viaje.

Y he aquí que durante su caminata se detuvo cierto día en un khan donde vio a un grupo de mercaderes sentados en corro y charlando entre sí; y se sentó a su lado y oyó que decía uno de ellos: ‘¡Oh amigos míos! ¡Acaba de sucederme muy recientemente la cosa más prodigiosa entre las cosas prodigiosas!’ Y todos le preguntaron: ‘¿De qué se trata?’

El mercader aquel dijo: ‘Había ido yo con mis mercancías a la ciudad tal (y dijo el nombre de la ciudad donde se hallaba la princesa), en la provincia de cual, y oí que los habitantes se contaban unos a otros una cosa muy extraña que acababa de suceder. ¡Decían que, habiendo salido un día de cacería con su séquito el rey de la ciudad, se había encontrado a un viejo muy repulsivo que estaba de pie junto a una joven de belleza incomparable y junto a un caballo de ébano y marfil!’ Y el mercader contó a sus compañeros, que se maravillaron extremadamente, la historia consabida, que no tiene ninguna utilidad repetir ahora.

Cuando Kamaralakmar hubo oído esta historia, no dudó ni por un instante de que se trataba de su bienamada y del caballo mágico. Así es que, tras de informarse bien del nombre y situación de la ciudad, se puso en camino enseguida, dirigiéndose hacia aquel lado, y viajó sin dilación hasta que llegó allá. Pero cuando quiso franquear las puertas de la ciudad aquella, los guardias se apoderaron de él para conducirle a presencia de su rey, según los usos en vigor dentro de aquel país, a fin de interrogarle por su condición, por la causa de su ida al país y por su oficio. Y he aquí que ya era muy tarde el día en que llegó el príncipe; y como sabían que el rey estaba muy ocupado, los guardias dejaron para el día siguiente la presentación del joven y le llevaron a la cárcel para que pasase allí la noche. Pero cuando los carceleros vieron la belleza y gentileza del joven, no pudieron determinarse a encerrarle, y le rogaron que se sentara con ellos y les hiciese compañía; y le invitaron a compartir con ellos su comida.

Cuando hubieron comido, se pusieron a charlar y preguntaron al príncipe: ‘¡Oh jovenzuelo! ¿De qué país eres?’ El príncipe contestó: ‘¡Del país de Persia, tierra de los Khosroes!’ Al oír estas palabras se echaron a reír los carceleros, y uno de ellos dijo al joven: ‘¡Oh natural del país de los Khosroes! ¿Acaso eres un embustero tan prodigioso como ese compatriota tuyo que está encerrado en nuestros calabozos?’ Y dijo otro: ‘¡En verdad que conocí gentes y escuché sus discursos e historias, y observé su manera de ser; pero nunca tropecé con nadie tan extravagante como ese viejo loco que tenemos encerrado!’ Y añadió otro: ‘¡Y jamás ¡por Alah! vi yo nada tan repulsivo como su cara ni tan feo y odioso como su fisonomía!’

El príncipe preguntó: ‘¿Y qué sabéis de sus mentiras?’ Le contestaron: ‘¡Dice que es un sabio e ilustre médico! El rey se encontró con él durante una partida de caza, y el viejo iba en compañía de una joven y de un caballo maravilloso de ébano y marfil. Y prendóse el rey en extremo de la belleza de la joven, y quiso casarse con ella ¡pero ella se volvió loca de pronto! Así, pues, si ese viejo sabio fuera un ilustre médico, como pretende, hubiera hallado modo de curarla; porque el rey ha hecho todo lo posible para descubrir un remedio que cure la enfermedad de esa joven, y ya hace un año que a tal fin derrocha inmensas riquezas en pagar a médicos y astrólogos, ¡aunque sin resultado! En cuanto al caballo de ébano, está guardado con los tesoros del rey; y el viejo asqueroso está encerrado aquí; y en toda la noche no deja de gemir y lamentarse, ¡hasta el punto de que nos impide conciliar el sueño!’

Al oír estas palabras, se dijo Kamaralakmar: ‘Heme aquí, por fin, sobre la pista tan deseada. ¡Ahora necesito un medio de conseguir mis propósitos!’ Pero al ver que se acercaba la hora de dormir, no tardaron los carceleros en conducirle al interior de la prisión y cerrar tras él la puerta. Entonces oyó el joven al sabio, que lloraba y gemía y deploraba en lengua persa su desdicha, diciendo: ‘¡Ay! ¡En qué calamidad caí, por no haber sabido combinar mejor mi plan, perdiéndome yo mismo sin haber realizado mis anhelos ni satisfecho mi deseo en esa joven! ¡Todo esto me sucede por culpa de mi poco juicio y por ambicionar lo que no estaba destinado para mí!’

Entonces Kamaralakmar se dirigió a él en persa, y le dijo: ‘¿Hasta cuándo van a durar esos llantos y esas lamentaciones? ¿Acaso crees ser el único que ha sufrido desventuras? Y animado por estas palabras, el sabio se puso en conversación con él, ¡y empezó a quejársele de sus penas e infortunios, sin conocerle!

Y así pasaron la noche, hablando como dos amigos.

Al día siguiente por la mañana, los carceleros fueron a sacar de la prisión a Kamaralakmar, y le llevaron a presencia del rey diciendo: ‘¡Este joven...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La cuadringentésima vigésima novena noche…

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