domingo, 10 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima decimotercera noche

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Y cuando llegó la 813ª noche

Ella dijo:

...Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros, al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió, a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido.

Y su esposa la bella gennia le recibó con alegría infinita y con un placer tanto más vivo cuanto que no se esperaba verle volver tan pronto. Y celebraron juntos aquel regreso feliz, amándose mucho de las maneras más agradables y diversas.

Y a partir de aquel día, nada perdonó la hermosa gennia para hacer a su esposo lo más atractiva posible la estancia en la morada encantada. Y fueron variaciones continuas en el modo de respirar el aire, de pasearse, de comer, de beber, de divertirse, de ver bailar a las bailarinas, de oír cantar a las almeas, de escuchar los instrumentos de armonía, de recitar poesías, de oler el perfume de las rosas, de engalanarse con las flores del jardín, de coger a porfía en las ramas las hermosas frutas maduras y de jugar al incomparable juego de los amantes, que es el juego de ajedrez del lecho, teniendo en cuenta todas las combinaciones sabias de que es susceptible juego tan delicado. Y al cabo de un mes de llevar aquella vida deliciosa, el príncipe Hossein, que ya había puesto a su esposa al corriente de la promesa que hubo de hacer a su padre el sultán, se vio obligado a interrumpir sus placeres y a despedirse de la entristecida gennia. Y equipado y ataviado con más magnificencia que la primera vez, montó en su hermoso caballo y se puso a la cabeza de sus jinetes, los hijos de los genn, para ir a hacer una visita a su padre el sultán.

Y he aquí que, desde que partió la última vez del palacio de su padre, los consejeros favoritos del sultán, que juzgaban del poderío del príncipe Hossein y de sus desconocidas riquezas por las pruebas que de ello había dado él en los tres días que pasó en el palacio, no dejaron, durante su ausencia, de abusar de la libertad que el sultán les concedía para hablarle y del ascendiente que sobre él habían adquirido, para tratar de hacer nacer en su alma sospechas contra su hijo y hacerle creer que el príncipe le hacía sombra. Y le manifestaron que la prudencia más elemental exigía que supiese, por lo menos, en qué lugar se hallaba el retiro de su hijo y de dónde sacaba todo el oro necesario para dispendios como los que había hecho durante su estancia y para el fasto de que alardeaba, únicamente con intención, decían, de humillar a su padre y de demostrar que no tenía necesidad de sus liberalidades ni de su tutela para vivir como un príncipe. Y le dijeron que era muy de temer que se hiciese popular y sublevase a los súbditos fieles contra su soberano para ponerse en lugar suyo.

Pero aunque aquellas palabras dejaron en él alguna duda, el sultán no quiso creer que su hijo Hossein, el preferido, fuese capaz de conspirar contra él, meditando un proyecto tan pérfido como aquél. Y contestó a sus consejeros favoritos: ‘¡Oh vosotros cuya lengua segrega la duda y la suspicacia! ¿Acaso ignoráis que mi hijo Hossein me quiere y que estoy tanto más seguro de su ternura y de su fidelidad cuanto que jamás le he dado motivo para que esté descontento de mí?’ Pero el más atendido de los favoritos repuso: ‘¡Oh rey del tiempo, que Alah te conceda larga vida! Pero ¿supones que el príncipe Hossein ha olvidado tan pronto lo que a él le parece una injusticia de tu parte por lo que concierne a la decisión de la suerte con respecto a la princesa Nurennahar? ¿Y no se te ocurre, aunque de todo se deduce claramente, que el príncipe Hossein no ha tenido el buen acuerdo de aceptar con sumisión el decreto del Destino en vez de imitar el ejemplo de su hermano mayor, quien, antes de rebelarse contra la cosa escrita, ha preferido vestir el hábito del derviche e ir a ponerse bajo la dirección espiritual de un santo jeique versado en el conocimiento del Libro? Y además, ¡oh amo nuestro! ¿No observaste antes que nosotros que, a la llegada del príncipe Hossein, él y sus gentes estaban descansados y sus trajes y los adornos y monturas de sus caballos tenían el mismo brillo que si acabaran de salir de la mano del fabricante? ¿Y no has notado que hasta los caballos tenían el pelo seco y reluciente y no estaban más fatigados que si viniesen de un simple paseo? ¡Pues todo eso ¡oh rey! servirá para probarte que el príncipe Hossein ha establecido su residencia secreta muy cerca de la capital para poder ejecutar a su antojo sus planes perniciosos, y fomentar disturbios en el pueblo, y entregarse a sus propagandas subversivas! ¡Habríamos, pues, faltado a nuestro deber ¡oh gran rey! si no nos hubiésemos impuesto la cruel obligación de despertar tu atención en un asunto tan delicado como importante y grave, a fin de que te decidas a velar por tu propia conservación y por el bien de tus súbditos fieles!’

Cuando el favorito hubo acabado este discurso lleno de malicia y de suspicacia, el sultán dijo: ‘En verdad que no sé si debo creer o no creer esas cosas sorprendentes. ¡De todos modos, os agradezco vuestra advertencia, y abriré más los ojos en el porvenir!’ Y les despidió, sin hacerles ver cuánto se le había impresionado y alarmado el alma con sus palabras. Y con objeto de poder confundirles un día o darles las gracias por su consejo bien intencionado, resolvió vigilar los actos y pasos de su hijo Hossein a su próximo retorno.

Y he aquí que no tardó en llegar el príncipe, cumpliendo su promesa. Y su padre el sultán le recibió con la misma alegría y la misma satisfacción que la primera vez, teniendo mucho cuidado de no participarle las sospechas que despertaron en su espíritu los visires interesados en la perdición del joven. Pero al día siguiente llamó a una vieja, famosa en el palacio por su hechicería y su malicia, y que era capaz de destejer, sin romperlos, los hilos de una tela de araña. Y cuando estuvo ella entre sus manos, le dijo: ‘¡Oh vieja de bendición! ha llegado el día en que vas a poder probar tu abnegación en interés de tu rey. Sabe, pues, que desde que he vuelto a ver mi hijo Hossein no he podido obtener de él que me diga en qué lugar se ha establecido. Y por no importunarle no he querido hacer valer mi autoridad y obligarle, a pesar suyo, a revelar su secreto. Así es que te he hecho llamar, ¡oh reina de las hechiceras! porque te creo lo bastante hábil para satisfacer mi curiosidad sin que mi hijo ni nadie en el palacio pueda sospecharlo. He de pedirte, pues, que pongas en juego toda tu perspicacia y tu inteligencia, que no tiene igual, para observar a mi hijo desde el momento de su partida, que tendrá lugar mañana por el alba. O quizá sea mejor todavía que vayas hoy mismo, sin pérdida de tiempo, al sitio en que encontró su flecha, cerca de la línea de rocas que limita la llanura por Oriente. ¡Porque allí ha encontrado su Destino al mismo tiempo que su flecha!’ Y la vieja hechicera contestó con el oído y la obediencia, y salió para ir a las proximidades de las rocas y ocultarse allí de manera que pudiese verlo todo sin ser vista.

Y he aquí que al día siguiente abandonó el palacio el príncipe Hossein con sus jinetes al despuntar el día, para no llamar la atención de los oficiales y de los transeúntes. Y llegado que fue a la excavación donde estaba la puerta de piedra, desapareció con cuantos le acompañaban. Y la vieja hechicera vio todo aquello y se asombró hasta el límite extremo del asombro.

Y cuando se repuso de su emoción salió de su escondrijo, y fue derecha a la cavidad por donde había visto desaparecer personas y caballos. Pero a pesar de su diligencia, y por más que miró en todas direcciones, yendo y volviendo sobre sus pasos varias veces, no dio con ninguna abertura ni con ninguna entrada. Porque la puerta de piedra, que había sido visible para el príncipe Hossein desde que llegó por primera vez allí, sólo se aparecía a ciertos hombres cuya presencia era agradable a la bella gennia, pero nunca y en ningún caso se aparecía aquella puerta a las mujeres, sobre todo a las viejas feas y horribles a la vista. Y rabiosa por no poder llevar más adelante sus investigaciones, la hechicera no pudo desahogarse de otro modo que lanzando un cuesco, que hizo saltar los guijarros y levantó polvareda. Y con la nariz alargada hasta los pies, volvió al lado del sultán, y le dio cuenta de todo lo que había visto, añadiendo: ‘¡Oh rey del tiempo! no he perdido la esperanza de ser más afortunada la vez próxima. ¡Y solamente te pido que tengas algo de paciencia y no te informes los medios de que pienso servirme!’ Y el sultán, que ya estaba muy satisfecho de aquel primer resultado, contestó a la vieja: ‘¡Estás en completa libertad de acción! ¡Ve con la protección de Alah, y yo esperaré aquí con paciencia el efecto de tus promesas!’ Y para estimularla le dio de regalo un maravilloso diamante, y le dijo: ‘Acepta esto como prueba de mi satisfacción. ¡Pero sabe que nada es en comparación de lo que pienso recompensarte si obtienes éxito en tu empresa!’ Y la vieja besó la tierra entre las manos del rey, y se fue por su camino.

Y he aquí que, un mes después de aquel acontecimiento, salió por la puerta de piedra, como la última vez, el príncipe Hossein con su séquito de veinte jinetes soberbiamente equipados. Y al costear las rocas divisó a una pobre vieja que estaba tendida en el suelo y gemía de una manera lamentable, como una persona aquejada de un mal violento. Y estaba vestida de harapos y lloraba. Y el príncipe Hossein, compadecido, detuvo su caballo, y preguntó dulcemente a la vieja cuál era su mal y qué podía hacer él para aliviarla. Y la vieja artificiosa, que había ido a apostarse allí para conseguir lo que se proponía, contestó, sin levantar la cabeza, con voz entrecortada por gemidos y ahogos: ‘¡Oh mi caritativo señor!

¡Alah es quien te envía para cavarme la tumba, porque voy a morir! ¡Ah, se me escapa el alma! ¡Oh mi señor! ¡Había yo salido de mi pueblo para ir a la ciudad, y en el camino se apoderó de mí una fiebre roja, que me ha dejado sin fuerzas aquí, lejos de todo ser humano, y sin esperanza de que me socorrieran!’ Y el príncipe Hossein, que tenía un corazón compasivo, dijo a la vieja: ‘¡Permite, mi buena tía, que te levanten dos de mis hombres y te lleven al sitio adonde yo mismo voy a volver para que te cuiden!’ E hizo seña a dos de sus acompañantes para que incorporaran a la vieja. Y así lo hicieron; y uno de ellos la puso luego a la grupa de su caballo. Y el príncipe desanduvo el camino, y llegó con sus jinetes a la puerta de piedra, que hubo de abrirse para dejarles entrar...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima decimocuarta noche

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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sábado, 9 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima duodécima noche

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Pero cuando llegó la 812ª noche

Ella dijo:

...Y los dos jóvenes esposos se acostaron en el lecho perfumado, y no lo hicieron para dormir, sino para gozar. Y de aquel modo pudo el príncipe Hossein probar y comparar. Y encontró en aquella gennia virgen una excelencia a que jamás se habían aproximado, ni por asomo, las más maravillosas jóvenes hijas de los humanos. Y cuando de nuevo quiso recrearse con sus atractivos incomparables, encontró el sitio tan intacto como si no lo hubieran tocado. Y entonces comprendió que en las hijas de los genn se reconstituía la virginidad indefinidamente. Y se deleitó hasta el límite del deleite con aquel hallazgo. Y cada vez hubo de felicitarse más de su destino, que le había conducido de la mano hacia aquella historia inesperada. Y se pasó aquella noche, y otras muchas noches, y otros días, en las delicias de los predestinados. Y lejos de disminuir su amor con la posesión, lo que ocurría era que aumentaba con los nuevos descubrimientos que sin cesar hacía en su bella gennia princesa, lo mismo en los encantos de su espíritu que en las perfecciones de su persona.

Y he aquí que, al cabo de seis meses de aquella vida dichosa, el príncipe Hossein, que siempre había sentido mucho afecto filial por su padre, pensó que su prolongada ausencia debía tenerle sumido en un dolor sin límites, máxime siendo inexplicable, y experimentó un deseo ardiente de volver a verle. Y se lo confío sin rodeos a su esposa la gennia, que en un principio se alarmó mucho de aquella resolución, pues temía que fuese un pretexto para abandonarla. Pero el príncipe Hossein le había dado y continuaba dándole tantas pruebas de adhesión, y tantas muestras de violenta pasión, y le habló de su anciano padre con tal ternura y tal elocuencia, que no quiso ella oponerse a la expansión filial. Y le dijo abrazándole: ‘¡Oh bienamado mío! en verdad que, si sólo escuchara a mi corazón, no podría decidirme a verte alejar de nuestras moradas, aunque sólo fuese por un día o por menos tiempo aún. Pero estoy ya tan convencida de tu adhesión a mí, y tengo tanta confianza en la firmeza de tu amor y en la verdad de tus palabras, que no quiero negarte el permiso de ir a ver a tu padre el sultán.

¡Pero es con la condición de que tu ausencia no dure mucho y de que así me lo jures, a fin de tranquilizarme!’ Y el príncipe Hossein se echó a los pies de su esposa la gennia para demostrarle cuán lleno de agradecimiento estaba por su bondad para con él, y le dijo: ‘¡Oh soberana mía! ¡Oh dama de la belleza! se todo lo que vale el favor que me otorgas, y por mucho que te diga para darte gracias, ten la seguridad de que pienso más aún. Y por mi cabeza te juro que mi ausencia será de corta duración. Y además, amándote como te amo,

¿Crees que podría gastar más tiempo del necesario para ir a ver a mi padre y volver?

Tranquiliza, pues, tu alma y refresca tus ojos, porque todo el tiempo estaré pensando en ti y no me sucederá nada desagradable, ¡inschalah!’

Y estas palabras acabaron de calmar la emoción de la encantadora gennia, que contestó, abrazando de nuevo a su esposo: ‘Parte, pues, ¡oh bienamado mío! bajo la salvaguardia de Alah, y vuelve a mí con buena salud. Pero antes he de rogarte no tomes a mal que te haga algunas indicaciones con respecto a la manera como tienes que portarte en el palacio de tu padre mientras dure tu ausencia de aquí. Y ante todo creo preciso que tengas mucho cuidado de no hablar de nuestro matrimonio a tu padre el sultán o a tus hermanos, ni de mi calidad de hija del rey de los genn, ni del lugar en que habitamos, ni del camino que a él conduce. ¡Diles únicamente a todos que se contenten con saber que eres perfectamente dichoso, que se ven satisfechos todos tus deseos, que no anhelas nada más que vivir en la bienandanza en que vives y que el solo motivo que te lleva a su lado es sencillamente el de hacer cesar las inquietudes que pudieran tener respecto a tu destino!’

Y habiendo hablado así, la gennia dio a su esposo veinte jinetes genn bien armados, bien montados y bien equipados, e hizo que le llevaran un caballo tan hermoso como no lo había en el palacio ni en el reino de su padre. Y cuando todo estuvo dispuesto, el príncipe Hossein se despidió de su esposa la gennia princesa, besándola y renovando la promesa que le había hecho de volver en seguida. Luego se aproximó al hermoso caballo inquieto, le acarició con la mano, le habló al oído, le besó y saltó a la silla con gracia. Y su esposa le vio y le admiró. Y después que se dieron el último adiós, partió él a la cabeza de sus jinetes.

Y como no era largo el camino que conducía a la capital de su padre, el príncipe Hossein no tardó en llegar a la entrada de la ciudad. Y en cuanto le reconoció, el pueblo se alegró mucho de verle, y le recibió con aclamaciones y le acompañó con gritos de júbilo hasta el palacio del sultán. Y su padre, al verle, se sintió muy feliz y le recibió en sus brazos, llorando y lamentando con su ternura paterna el dolor y la aflicción en que hubo de sumirle una ausencia tan larga e inexplicable. Y le dijo: ‘¡Ah! ¡Hijo mío, creí que no iba a tener el consuelo de volver a verte! ¡Porque tenía motivo para temer que, a consecuencia de la decisión de la suerte ventajosa para tu hermano Hassán, te hubieses dejado arrastrar a cualquier acto de desesperación!’ Y contestó el príncipe Hossein: ‘Ciertamente, ¡oh padre mío! fue muy cruel para mí la pérdida de mi prima la princesa Nurennahar, cuya conquista había sido el único objeto de mis deseos. Y el amor es una pasión que no se abandona a voluntad, sobre todo cuando es un sentimiento que nos domina, que nos martiriza y que no nos da tiempo de recurrir a los consejos de la razón. Pero ¡oh padre mío! supongo que no habrás olvidado que al disparar mi flecha, cuando acudí con mis hermanos al concurso del meidán, me sucedió una cosa extraordinaria e inexplicable: a pesar de todas las pesquisas que se hicieron, no pudo encontrarse mi flecha, disparada en una llanura uniforme y despareja. Y he aquí que, vencido de tal modo por el destino adverso, no quise perder tiempo en lamentos sin haber satisfecho por completo mi curiosidad hacia aquella aventura que no comprendía. Y me alejé durante las ceremonias de las bodas de mi hermano, sin que lo advirtiese nadie, y volví yo solo al meidán para ver si encontraba mi flecha. Y me puse a buscarla andando en línea recta, en la dirección que me parecía debió seguir, y mirando por todos lados, acá y allá, a mi derecha y a mi izquierda. Pero fueron inútiles todas mis pesquisas, aunque no me desalenté. Y proseguí mi marcha, siempre fijando los ojos de un lado a otro y tomándome el trabajo de reconocer y examinar la menor cosa que de cerca o de lejos pudiese parecerse a una flecha. Y de aquella manera recorrí una distancia muy larga, y acabé por pensar que no era posible que una flecha, aunque la disparase un brazo mil veces más fuerte que el mío, pudiese llegar tan lejos, y por preguntarme si no habría perdido todo mi buen sentido al mismo tiempo que mi flecha. Y ya me disponía a abandonar la empresa, sobre todo al ver que llegaba a una línea de rocas que tapaban completamente el horizonte, cuando de pronto, al pie mismo de una de aquellas rocas, vi mi propia flecha, no clavada en el suelo por la punta, sino caída a cierta distancia del sitio en que había debido rebotar. Y aquel descubrimiento me sumió en una perplejidad grande en vez de regocijarme. Porque yo no podía imaginarme razonablemente que fuese capaz de lanzar tan lejos una flecha. Y entonces ¡oh padre mío! tuve la explicación de aquel misterio y de cuanto me había acaecido en mi viaje a Samarcanda. Pero es un secreto que no puedo ¡ay! revelarte sin faltar a un juramento. Y todo lo que puedo decirte ¡oh padre mío! es que, desde aquel momento, me olvidé de mi prima, y de mi derrota, y de todas mis tribulaciones, y entré en el camino llano de la dicha. Y comenzó para mí una vida de delicias, que no han sido turbadas más que por el alejamiento en que me encontraba de un padre a quien quiero más que a nada en el mundo, y por el sentimiento que tenía al pensar en lo inquieto que por mi suerte debía estar él. Y entonces creí era mi deber de hijo venir a verte y a tranquilizarte. ¡Y éste es ¡oh padre mío! el único motivo de mi llegada!’ Cuando el sultán hubo oído estas palabras de su hijo, y sólo comprendió por ellas que poseía la felicidad, contestó: ‘¡Oh hijo mío! ¿Qué más podría desear para su hijo un padre afectuoso? Claro que me hubiese gustado mucho más verte disfrutar de esa dicha al lado mío, en mis postreros años, que en un paraje cuya situación y existencia ignoro aún. Pero ¿no puedes decirme, por lo menos, hijo mío, adónde tengo que dirigirme para tener con frecuencia noticias tuyas y no, estar en el estado de inquietud en que hubo de sumirme tu ausencia?’ Y contestó el príncipe Hossein: ‘Sabe, para tranquilidad tuya, ¡oh padre mío! que yo mismo tendré cuidado de venir a verte con tanta frecuencia, que hasta temo ser importuno. Pero respecto al paraje en que se puedan tener noticias mías, te suplico que me dispenses de que te lo revele, porque se trata de un misterio de la fe que he jurado y de la promesa que he de mantener’. Y sin querer insistir más sobre el particular, el sultán dijo al príncipe Hosseín:

¡Oh hijo mío! Alah me libre de penetrar más en el secreto, a pesar tuyo. Cuando quieras puedes regresar a ese lugar de delicias en que habitas. Solamente tengo que pedirte que también a mí, padre tuyo, me hagas una promesa, y es la de volver a verme una vez al mes, sin miedo a importunarme, como dices, ni a molestarme. Pues ¿qué ocupación más grata puede tener un padre amante que la de caldearse el corazón con la proximidad de sus hijos, y refrescarse el alma con su presencia, y alegrarse los ojos con su contemplación?’ Y el príncipe Hossein contestó con el oído y la obediencia, y después de prestarse al juramento pedido, permaneció en el palacio tres días enteros; al cabo de los cuales se despidió de su padre, y a la mañana del cuarto día, por el alba, partió a la cabeza de sus jinetes, hijos de genn, como había venido...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima decimotercera noche

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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