miércoles, 29 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima nonagésima primera noche

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“Y cuando llegó la 891ª noche

Ella dijo:

‘...Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió. Y el señor kurdo volvió aquel día más temprano que de costumbre, e introdujo la llave en la cerradura para abrir la puerta. Y su esposa, que estaba copulando en aquel momento, oyó rechinar la llave y lo dejó todo para saltar sobre ambos pies. Y se apresuró a ocultar a su amante en un rincón de la habitación, detrás de la cuerda en que estaban colgados los trajes de su esposo y los suyos propios. Luego cogió un velo grande, en el cual se envolvía de ordinario, y bajó la escalerilla para salir al encuentro de su marido el capitán, el cual, sólo con subir la mitad de los escalones, había olfateado ya que en su casa pasaba algo que no pasaba de ordinario. Y dijo a su mujer: ‘¿Quién hay? ¿Y por qué tienes ese velo?’ Y ella contestó: ‘¡La historia de este velo ¡oh dueño mío! es una historia que, si estuviese escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto! ¡Pero empieza por sentarte en el diván para que te la cuente!’ Y le llevó al diván, le rogó que se sentara, y continuó así: ‘Has de saber, en efecto, que en la ciudad de El Cairo había un capitán de policía, hombre terrible y celoso, que vigilaba a su mujer de continuo. Y para estar seguro de su fidelidad la había encerrado en una casa como ésta, con una sola habitación. Pero a pesar de todas sus precauciones, la mujer le ponía cuernos con todo su corazón, y sobre los cuernos insensibles de él copulaba con el hijo de su vecino el carnicero, de modo y manera que, un día en que había vuelto más temprano que de costumbre, el capitán sospechó algo. Y, en efecto, cuando su mujer le oyó entrar, se apresuró a ocultar a su amante y llevó a su marido a un diván, igual que yo he hecho contigo. ¡Y entonces le echó por la cabeza una tela que tenía en la mano, y le apretó el cuello con todas sus fuerzas, de esta manera!’ Y así diciendo, la joven echó la tela por la cabeza del kurdo, y le apretó el cuello, riendo y continuando así su historia: ‘Y cuando el hijo de perro tuvo la cabeza y el cuello bien cogidos con la tela, la joven gritó a su amante, que estaba escondido detrás de las ropas del marido: ‘¡Eh, querido mío, ponte en salvo! ¡Pronto, pronto!’ Y el joven carnicero se apresuró a salir de su escondite y a precipitarse por la escalera a la calle: ¡Y tal es la historia de la tela que tenía yo en la mano, ¡ya sidi!’

Y tras de contar así esta historia, y al ver que su amante estaba en salvo ya, la joven aflojó la tela que tenía fuertemente enrollada al cuello de su marido el kurdo, y se echó a reír de tal manera que cayó de trasero.

En cuanto el capitán kurdo, libre ya de la estrangulación, no supo si debía reír o enfadarse por la historia y la broma de su mujer. Por lo demás, kurdo era y kurdo siguió siendo. Por eso jamás comprendió nada de aquel incidente. Y continuaron creciéndole los bigotes y los pelos. Y murió como un bienaventurado, contento y prosperando, tras de haber dejado muchos hijos.

Y aquella noche todavía dijo Schehrazada la historia siguiente, que es un torneo de generosidad entre tres personas de diferente especie, a saber: entre un marido, un amante y un ladrón.

¿Cuál es el más generoso?

Cuentan que había en Bagdad un primo y una prima que desde la infancia se amaban con un amor extremado. Y sus padres les destinaron uno para otro, diciendo siempre: ‘¡Cuando Habib sea mayor, le casaremos con Habiba!’ Y ambos habían vivido y crecido juntos, y con ellos había crecido su mutuo afecto. Pero cuando estuvieron en edad de casarse, el Destino no decretó su matrimonio. Porque los padres, que habían sufrido reveses de fortuna, quedaron muy pobres; y el padre y la madre de Habiba se consideraron favorecidos aceptando por esposo para su hija a un respetable jeique que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad y la había pedido en matrimonio.

Y cuando de tal suerte quedó decidido su matrimonio con el jeique, la joven Habiba quiso ver por última vez a su primo Habib y le dijo llorando: ‘¡Oh hijo de mi tío! ¡Oh bien amado mío! ¡Ya sabes lo que ha pasado, y que mis padres me han dado en matrimonio a un jeique a quien no he visto nunca y que no me ha visto nunca! Y he aquí que con este matrimonio se nos desbarata nuestro amor, ¡oh primo mío! ¡Y quizá nuestra muerte sea preferible a nuestra vida!’ Y Habib contestó sollozando:

‘¡Oh bienamada prima mía! ¡Amargo es nuestro destino, y nuestra vida no tendrá objeto en adelante! ¿Cómo podremos, lejos uno de otro seguir saboreando el gusto de la vida y deleitándonos con las bellezas de la tierra? ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh prima mía! ¿Cómo vamos a soportar el peso de nuestro destino?’ Y lloraron uno junto a otro y casi se desmayaron de pena. Pero los separaron, diciéndoles que estaban esperando a la desposada para conducirla a casa del esposo.

Y condujeron a la desolada Habiba, en medio de un cortejo, a la casa del jeique. Y después de las ceremonias de rigor y los deseos y las invocaciones y las bendiciones, dio fin la boda, y se marchó todo el mundo, dejando con su esposo a la recién casada.

Y cuando llegó el momento de la consumación, el jeique penetró en la cámara nupcial, y vio a su esposa llorando en los cojines y con el pecho henchido de sollozos. Y pensó: ‘Seguramente, llora por lo que lloran todas las jóvenes que se separan de su madre. Pero generalmente no dura mucho eso, por fortuna. ¡Con aceite se abren los candados más duros, y con dulzura se amansa a los cachorros de león!’ Y se acercó a ella, que seguía llorando, y le dijo: ‘¡Ya setti Habiba! ¡Oh luz del alma! ¿Por qué maltratas así la hermosura de tus ojos? ¿Y qué dolor es el tuyo, que te hace olvidar hasta la presencia de alguien nuevo para ti?’. Pero la joven, al oír la voz de su esposo, redobló en sus lágrimas y sollozos y hundió más la cabeza en las almohadas. Y el jeique le dijo muy apurado: ‘¡Ya setti Habiba! ¡Si lloras por verte separada de tu madre, iré a buscarla al instante!’ Y la joven, por toda respuesta, sacudió la cabeza, sin levantarla de las almohadas, llorando más fuerte, y eso fue todo. Y su esposo le dijo: ‘¡Si lloras tanto por tu padre, o por una hermana tuya, o por tu nodriza, o por algún animal doméstico, gallo, gato o gacela, dímelo, y por Alah, que iré a buscarle!’.

Pero la respuesta fue un signo negativo de cabeza en las almohadas. Y el jeique reflexionó un instante, y dijo: ‘¿Lloras quizá por la casa de tus padres, donde has pasado tu infancia y tu adolescencia, ¡oh Habiba!? Si lloras por eso dímelo, y te cogeré de la mano y te llevaré allá’. Y la joven, un tanto amansada por las buenas palabras de su esposo, levantó un poco la cabeza; y sus hermosos ojos estaban llenos de lágrimas y su rostro encantador era como una llama. Y contestó con voz temblorosa de llanto: ‘¡Ya sidi! ¡No es por mi madre por quien lloro, ni por mi padre ni por mi hermana, ni por mi nodriza, ni por mis animales domésticos! Te suplico, pues, que me dispenses de revelarte el motivo de mis lágrimas y de mi pena’.

Y el excelente jeique, que por primera vez veía al descubierto el rostro de su mujer, quedó muy conmovido por su belleza, por el encanto infantil que se desprendía de toda ella y por la dulzura de su habla. Y le dijo: ‘¡Ya setti Habiba! ¡Oh la más bella entre las jóvenes y corona suya! si no es el alejamiento de tu familia y de tu casa lo que te da tanta pena, es porque hay otro motivo. Y te ruego que me lo digas para remediarlo’.

Y contestó ella: ‘¡Por favor, dispénsame de contestártelo!’ Dijo él: ‘Entonces ese motivo no es otro que la repugnancia y la aversión que sientes por mí. Pues ¡por tu vida, que si me hubieses dicho, por la intermediaria de tu madre, que no querías ser mi esposa, claro es que no te habría obligado a entrar a pesar tuyo en mi casa!’

Y dijo ella: ‘iNo, por Alah!, ¡oh mi señor! el motivo de mi pena no se debe a repugnancia o aversión! ¿Cómo iba a abrigar semejantes sentimientos para quien no había visto nunca? ¡Se debe a otra cosa que no puedo revelarte!’

Pero tanto y con tanta bondad la porfió él, que la joven, con los ojos bajos, acabó por confesarle su amor a su primo, diciendo: ‘¡El motivo de mis lágrimas y de mi pena es un ser querido que ha quedado en casa, el hijo de mi tío, con el que he crecido, y que me ama y a quien amo desde la infancia! ¡Y el amor ¡oh mi señor! Es una planta cuyas raíces agarran en el corazón, y para arrancarla habría que arrancar el corazón con ella!’.

Al oír esta revelación de su esposa, el jeique bajó la cabeza sin decir palabra. Y reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza y dijo a la joven: ‘¡Oh señora mía! la ley de Alah y de su Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) prohíbe al creyente obtener del creyente nada por violencia. Y si no se debe coger por fuerza al creyente el pedazo de pan, ¿qué será cuando se trata de arrebatarle el corazón?

¡Así, pues, tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que no sucederá nada más que lo que está escrito en tu destino!’ Y añadió: ‘Levántate, pues, ¡oh esposa mía de un momento! y con mi consentimiento y de mi agrado, ve a buscar al que tiene sobre ti derechos más efectivos que los míos, y entrégate a él libremente. Y volverás aquí por la mañana, antes de que se despierten los criados y te vean entrar. ¡Porque desde este momento eres como una hija de mi carne y de mi sangre! Y el padre no toca a su hija. ¡Y cuando muera yo serás mi heredera!’

Y añadió aún: ‘¡Levántate sin vacilar, hija mía, y ve a consolar a tu primo, que debe llorarte como se llora a los muertos!’

Y la ayudó a levantarse, y por si mismo le puso sus hermosas vestiduras y sus pedrerías de novia, y la acompañó hasta la puerta. Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta...

En ese momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima nonagésima segunda noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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martes, 28 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima nonagésima noche

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“Y cuando llegó la 890ª noche

Ella dijo:

‘¡...seco y duro mucho tiempo!’ Y el joven contestó: ‘No hay inconveniente’.

Y acto seguido se pusieron de acuerdo respecto a todo, y se convino en que las bodas se celebrarían en el más breve plazo, sin ceremonias ni invitaciones, sin músicos ni danzarinas ni cantarinas, y sin paseos ni cortejos.

Y en el día fijado se hizo ir al kadí y a los testigos. Y se redactó con arreglo a las prescripciones de la Ley. Y la madre, en presencia del kadí y de los testigos, introdujo al joven en la cámara nupcial, y le dejó solo con su esposa, diciéndoles:

‘Gozad de vuestro destino, ¡oh hijos míos!’

Y aquella noche no hubo en toda la ciudad de Damasco, ni en el país de Scham, un grupo más hermoso que el que formaban ambos jóvenes enlazados, adaptándose uno a otro como las dos mitades de la misma almendra.

Y al día siguiente, después de una noche pasada entre delicias; el joven se levantó y fue a hacer sus abluciones en el hammam. Tras de lo cual se marchó a su tienda como de ordinario, y allí permaneció hasta que se cerró el zoco. Y entonces se levantó y volvió a su nueva casa para encontrarse de nuevo con su esposa, entró en el harén, y fue derecho a la cámara nupcial, donde la víspera había probado tantas cosas excelentes. Y he aquí que, bajo el mosquitero, dormía su esposa, con los cabellos en desorden, al lado de un mozalbete con mejillas vírgenes de pelo, que la estrechaba con amor contra sí.

Al ver aquello, el mundo se ennegreció ante el rostro del joven, que se precipitó fuera de la cámara para ir en busca de la madre y hacerle ver lo que había que ver. Y encontró a la madre, que estaba sentada precisamente en el umbral de la habitación y que, al verle con el color tan amarillo y muy emocionado, le dijo: ‘¿Qué te pasa, ¡oh hijo mío!? ¡Ruega al Profeta!’ Y contestó el joven: ‘¡Con El la plegaria y la paz! ¿Qué es eso, ¡oh tía!? ¿Qué es eso que he visto en el lecho? ¡Me refugio en Alah contra las asechanzas del Lapidario!’ Y escupió con violencia en tierra, como si lo hiciese sobre alguien que estuviese a sus pies. Y dijo la madre: ‘¿Y a qué viene ¡oh hijo mío! toda esa cólera y toda esa emoción? ¿Es porque tu esposa está con otra persona? Pero, ¡por los méritos del Profeta! ¿Crees que puede una alimentarse del aire? ¿Y crees que te he dado por esposa a mi hija, sin exigir de ti nada en calidad de dote ni de viudedad, para que vengas ahora reprobando su conducta y contrariando sus caprichos? ¡Es esa mucha pretensión de parte tuya, hijo mío! ¡Porque bien debiste figurarte que dos mujeres como nosotras no podrían mantenerte si no estuvieran en libertad de acción! ¿Comprendes ya?’

Y el joven, estupefacto por todo lo que oía, no supo otra cosa que murmurar:

‘¡Me refugio en Alah! ¡Él es el Misericordioso!’ Y la madre añadió: ‘¡Vaya, no te quejes más! ¡Pero si nuestra manera de vivir no te conviene, hijo mío, no tienes más que hacernos ver la anchura de tus hombros!’

Al oír estas palabras, el joven, en el límite de la cólera, exclamó, de manera que fuese oído tanto por la madre como por la hija: ‘¡Me divorcio! ¡Por Alah y por el Profeta, que me divorcio!’

Y al propio tiempo salió de debajo del mosquitero la joven desperezándose, y al oír la fórmula del divorcio, se apresuró a bajarse el velo del rostro para no estar descubierta ante el que en adelante sería para ella un extraño. Y al mismo tiempo que ella salió de debajo del mosquitero la persona con quien ella estaba enlazada tan amorosamente. Y he aquí que aquella persona, que de lejos parecía un mozalbete imberbe, era una joven, como podía observarse sólo al ver la ola de sus cabellos, desatados de pronto, que le acariciaban los tobillos.

Y mientras el desgraciado joven permanecía inmóvil de asombro, hicieron su aparición dos testigos que había ocultado la madre detrás de una cortina, y le dijeron: ‘¡Hemos oído la fórmula del divorcio, y damos fe de que te has divorciado de tu esposa!’ Y la madre le dijo, riendo: ‘Pues bien, hijo mío, ¡ya no te queda más remedio que irte!

Y para que no te marches mal impresionado, has de saber que la joven que ves aquí, y que estaba acostada con tu esposa, es mi hija menor. ¡Y lo que has pensado es un pecado que tienes sobre la conciencia! Pero sabe también que tu esposa estaba casada primero con un joven a quien amaba y que la amaba. Pero un día disputaron, y en el calor de la disputa, mi yerno dijo a mi hija: ‘¡Quedas divorciada tres veces!’ Ya sabes que ésa es la fórmula más grave del divorcio y la más solemne. Y el que la pronuncia no puede volver a casarse con su primera esposa, si un día lo desea, mientras su esposa no consume un nuevo matrimonio con un segundo marido que, a su vez, la repudie.

Necesitábamos, pues, un desligador, hijo mío. Y he buscado mucho tiempo a ese desligador, sin encontrarle. Y acabé por encontrarte. Y al verte, comprendí que serías un desligador perfecto. Y te escogí. Y ha sucedido lo que ha sucedido. ¡Uassalam!’

Y a continuación le echó de la casa a empujones, y cerró la puerta, mientras el primer esposo, ante el mismo kadí y los mismos testigos, suscribía un segundo contrato de matrimonio con su primera esposa.

‘Y tal es ¡oh rey afortunado! la historia del Desligador. Pero se halla lejos de ser tan deliciosa como la Historia del capitán de policía’.

El capitán de policía

En otro tiempo había en El Cairo un kurdo, que llegó a Egipto bajo el reinado del victorioso rey Saladino (¡Alah le tenga en Su gracia!). Y aquel kurdo era un hombre de una corpulencia terrible, con bigotes enormes y una barba que le subía hasta los ojos, y cejas que le tapaban los ojos, y con mechones de pelo que le salían de la nariz y de las orejas. Y tenía un aspecto tan terrible, que no tardó en llegar a ser capitán de policía. Y los pilluelos del barrio, sólo con verle lejos, se daban a la fuga, echando a correr más de prisa que si hubiesen visto aparecer una ghula. Y las madres amenazaban a sus hijos con llamar al capitán kurdo cuando no los podían soportar.

En una palabra, era el terror del barrio y de la ciudad.

Un día entre los días, sintió él que le pesaba la soledad, y pensó en lo bueno que sería encontrar en su casa carne fresca para meterle el diente cuando volviera por la noche. En vista de lo cual, fue en busca de una casamentera, y le dijo: ‘Deseo mujer. Pero tengo mucha experiencia, y sé cuántas tribulaciones traen de ordinario consigo las mujeres. Por eso, como quiero tener las menos complicaciones posibles, deseo que me busques una joven virgen que no se haya separado nunca de la ropa de su madre, y que esté dispuesta a vivir conmigo en una casa que se compone de una sola habitación. Y pongo por condición la de que jamás ha de salir de esa habitación ni de esa casa. ¡Y ahora dime si puedes o no puedes encontrarme esa joven!’ Y la casamentera contestó: ‘¡Puedo! ¡Dame algo de señal!’

Y el capitán de policía le entregó un dinar en señal, y se fue por su camino. Y la casamentera se irguió sobre ambos pies, y se dedicó a la busca de la joven consabida. Y tras de varios días de pesquisas y negociaciones, de preguntas y respuestas, acabó por encontrar una joven que consintiera en vivir con el kurdo sin salir nunca de la casa, compuesta de una sola habitación. Y la casamentera fue a participar al capitán de policía el éxito de sus buenos oficios, y le dijo: ‘He encontrado para ti una joven virgen que jamás se ha separado de su madre, y que me ha dicho cuando le he impuesto la condición: ‘¡Vivir con el valiente capitán o permanecer aquí encerrada con mi madre da lo mismo!’. Y el kurdo quedó muy satisfecho de esta respuesta, y preguntó a la casamentera: ‘¿Y cómo es?’ Ella contestó: ‘¡Es gorda y rolliza y blanca!’ El dijo: ‘¡Eso es lo que me gusta!’

Así, pues, como el padre de la joven estaba conforme, y como la madre estaba conforme, y como la hija estaba conforme, y como el kurdo estaba conforme, se celebró la boda sin tardanza. Y el kurdo, padre de bigotes grandes, se llevó a la joven gorda y rolliza y blanca a su casa, compuesta de una sola habitación, y se encerró con ella y con su destino.

Y sólo Alah sabe lo que pasó aquella noche.

Y al día siguiente el kurdo fue a evacuar los asuntos propios de la policía, diciéndose al salir de su casa. ‘He hecho mi suerte con esta joven’. Y por la noche, al volver a su casa, le bastó una mirada para asegurarse de que todo estaba en orden en su casa. Y se decía a diario: ‘Todavía no ha nacido quien meta la nariz en mi cena’. Y su tranquilidad era perfecta y su seguridad absoluta. Y a pesar de toda su experiencia, no sabía que la mujer es sagaz de nacimiento, y que cuando desea algo nada puede detenerla. Y pronto iba a tener prueba de ello.

En efecto, había en la misma calle, frente a la ventana de la casa, un carnicero que vendía carne de carnero. Y el tal carnicero tenía un hijo de lo más truhán, que por naturaleza estaba lleno de atractivo y de alegría, y que, desde por la mañana hasta por la noche, cantaba sin parar con una voz hermosa. Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos y la voz del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima nonagésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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