miércoles, 16 de febrero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima cuadragésima noche

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“Y cuando llegó la 940ª noche

Ella dijo:

‘...Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí!’ Y tras de hablar así, acabó de envolverse en sus velos, y me arrastró, a pesar de mi nariz, a casa del kadí. Y cuando estuvimos en su presencia, le dijo: ‘¡Oh mi señor kadí! tu servidora está unida en legítimo matrimonio con este hombre abyecto que se halla ante ti. Y antes de nuestro matrimonio, le impuse tres condiciones esenciales que ha aceptado él durante cierto tiempo; pero hoy acaba de infringirlas. Así, pues, como tengo derecho a ello, quiero cesar de ser su esposa a partir de este momento; y vengo a pedirte el divorcio y a reclamar mi equipo y la pensión’. Y el kadí quiso conocer las condiciones. Y ella se las detalló, añadiendo: ‘Pero este hijo de ahorcado se ha sentado en una silla, ha comido una sandía y ha tomado haschisch’. Y probó su aserto conmigo, que no me atrevía a negar la evidencia, y me limitaba a bajar la cabeza confuso.

Entonces el kadí, que tenía buenos sentimientos y se apiadaba de mi estado, dijo a mi esposa, antes de pronunciar sentencia: ‘¡Oh hija de gentes de bien! indudablemente, estás en tu derecho; pero debes ser misericordiosa’. Y como ella se sublevaba y escandalizaba y no quería escuchar ni oír nada, el kadí y todos los presentes se pusieron a rogarle con insistencia que me perdonara por aquella vez. Y como seguía siempre inexorable, acabaron por rogarle sencillamente que suspendiera su demanda de divorcio para tomarse tiempo de reflexionar acerca de si, en vista de la unanimidad de los ruegos, no sería más razonable aplazar por el momento su pretensión, sin perjuicio de llevarla a cabo otra vez en caso de necesidad. Entonces mi esposa acabó por decir de mala gana: ‘Bueno, consiento en reconciliarme con él; pero con la condición expresa de que el señor kadí halle respuesta a la pregunta que yo le haga’.

Y el kadí dijo: ‘Con mucho gusto. Haz la pregunta, ¡oh mujer!’ Y ella dijo:

‘Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy?’. Y el kadí bajó la cabeza para meditar. Pero por más que reflexionó acariciándose la barba, no dio con ello. Y acabó por encararse con mi esposa, y le dijo: ‘¡Ualahí! hoy no puedo encontrar la solución de ese problema, porque estoy fatigado de mi larga sesión de justicia. Pero te ruego que vengas aquí mañana por la mañana, y ya te contestaré, habiendo tenido tiempo para consultar mis libros de jurisprudencia’.

A continuación levantó la sesión de justicia, y se retiró a su casa. Y tan preocupado le tenía el problema consabido, que ni siquiera pensó en probar la comida que acababa de servirle su hija, una joven de catorce años y medio. Y dominado por su obsesión, se repetía a media voz: ‘Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy? Vaya, ¡ualahí! ¿Quién soy? Sí, ¿quién es? ¿Qué será?’ Y revolvió todos sus libros de jurisprudencia, y obras de medicina, y gramática, y tratados científicos, y en ninguna parte pudo encontrar la solución de aquel problema, ni la menor cosa que de cerca o de lejos lograra resolverlo o encaminara a su explicación. Así es que acabó por exclamar: ‘¡No, por Alah, renuncio a ello! jamás me ilustrará sobre el particular ninguna obra’.

Y su hija, que le observaba y notaba su preocupación, le oyó pronunciar estas últimas palabras, y le dijo: ‘¡Oh padre! me parece que estás preocupado y atareado.

¿Qué te ocurre, ¡por Alah sobre ti!? ¿Y cuál es el motivo de su atareamiento y de tus preocupaciones?’

Y contestó él: ‘¡Oh hija mía! se trata de una cosa inexplicable, de un asunto sin resolver’. Ella dijo: ‘Explícamelo no obstante. Nada hay oculto para la ciencia del Altísimo’. Entonces decidióse él a contárselo todo y a exponerle el problema que le había propuesto mi joven esposa. Y ella se echó a reír, y dijo: ‘¡Maschalah! ¿Es ese el problema insoluble? Pero ¡oh padre! si es tan sencillo como el curso del agua corriente. En efecto, la solución está clara, y se reduce a esto: por el vigor, la dureza y la resistencia, el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es comparable a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, a un nervio; y después de los sesenta, no es más que una piltrafa de carne sin propiedad alguna’.

Al oír estas palabras de su hija, el kadí se dilató y se esponjó, y dijo: ‘¡Loores a Alah, dispensador de la inteligencia. Tú salvas mi honor, ¡oh hija bendita! e impides que se deshaga un buen matrimonio’. Y apenas fue de día, se levantó en el límite de la impaciencia, y corrió a la casa de las leyes, donde presidía la sesión de justicia, y tras de una larga espera, por fin vio entrar a la mujer a quien esperaba, o sea a mi esposa, y al esclavo que tienes delante, o sea yo mismo. Y después de las zalemas por una y otra parte, mi esposa dijo al kadí: ‘¡Ya sidi! ¿Te acuerdas de mi pregunta, y has resuelto el problema?’ Y contestó él: ‘¡El hamdú lilah! ¡Loor a Alah, que me ha iluminado! ¡Oh hija de gentes de bien! podías haberme hecho una pregunta un poco más difícil, porque ésa está resuelta sin dificultad. Y todo el mundo sabe que el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es parecido a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, se torna semejante a un nervio; y después de los sesenta, no es más que un pedazo de carne sin consecuencia’.

Pero mi esposa, que conocía muy bien a la joven y estaba enterada de cuánta era su inteligencia, adivinó lo que había pasado, y dijo al kadí con cierta burla: ‘No tiene más que catorce años y medio tu hija; pero su cabeza tiene el doble o más.

¡Enhorabuena, enhorabuena! ¿A dónde irá a parar si sigue así? ¡Ualahí, muchas mujeres profesionales no sabrían tanto! Tiene una disposición excelente para las ciencias, y está asegurado su porvenir’.

Y a continuación me hizo seña de que abandonara la sala de las sesiones de justicia, dejando al kadí pasmado, absorto y cubierto de confusión, en presencia de toda la concurrencia, hasta el fin de sus días’.

Y tras de hablar así, el segundo capitán de policía se retiró a su fila. Y el sultán Baibars le dijo: ‘Los misterios de Alah son insondables. ¡Esa historia es una historia asombrosa!’. Entonces avanzó el tercer capitán de policía, que se llamaba Ezz Al- Din, y después de besar la tierra entre las manos de Baibars, dijo: ‘En cuanto a mí, ¡oh rey del tiempo! en el transcurso de mi vida no me ha ocurrido nada saliente que merezca llegar a oídos de Tu Alteza. Pero, si me lo permites, te contaré una historia que, por muy impersonal que sea, no es menos atrayente y prodigiosa. Pero hela aquí:

Historia contada por el tercer capitán de policía

‘Has de saber ¡oh nuestro señor sultán! que la madre de tu esclavo sabía una porción de cuentos de las edades antiguas. Y entre otras historias que le oí, me contó un día ésta:

Había una vez en una comarca cercana al mar salado, un pescador que estaba casado con una mujer muy hermosa. Y esta hermosura le hacía dichoso; y también él la hacía dichosa a ella. Y el tal pescador bajaba todos los días a pescar, y vendía el pescado, cuya venta le producía lo justo para mantenerse ambos. Pero un día cayó enfermo, y transcurrió la jornada sin que tuviesen qué comer. Así es que al día siguiente le dijo su esposa: ‘¡Bueno! ¿No vas a ir hoy de pesca? Entonces ¿de qué vamos a vivir? Anda, no hagas más que levantarte; y como estás cansado, yo llevaré en lugar tuyo la red de pescar y el cesto. Y en ese caso, aunque no cojamos más que dos peces, los venderemos y tendremos cena’. Y el pescador dijo: ‘¡Está bien!’. Y se levantó, y su mujer echó a andar detrás de él con el cesto y la red de pescar. Y llegaron a la orilla del mar, a un paraje abundante en pescado, que estaba al pie del palacio del sultán.

Y he aquí que aquel día precisamente el sultán estaba asomado a la ventana y miraba al mar. Y divisó a la hermosa mujer del pescador, y recreó en ella sus ojos, y se enamoró de ella en el mismo momento. Y en el acto llamó a su gran visir, y le dijo:

‘¡Oh visir mío! acabo de ver a la mujer de ese pescador que está ahí, y estoy prendado de ella apasionadamente, porque es hermosa y no tiene quien la iguale de cerca ni de lejos en mi palacio’. Y el visir contestó: ‘Se trata de un asunto delicado, ¡oh rey del tiempo! ¿Qué vamos a hacer, pues?’ Y el sultán contestó: ‘No hay que vacilar; es preciso que hagas prender al pescador por los guardias de palacio, y que le mates. Entonces yo me casaré con su mujer’.

Y el visir, que era hombre juicioso, le dijo: ‘No es lícito que le mates sin delito por parte suya, pues la gente hablará mal de ti. Se dirá, por ejemplo: ‘El sultán ha matado a ese pobre pescador a causa de su mujer’. Y el rey contestó al visir: ‘¡Es verdad, ualahí! ¿Qué tengo que hacer, pues, para satisfacer mi deseo con esa hermosa sin par?’ Y el visir dijo: ‘Puedes conseguir tu propósito por medios lícitos. Ya sabes, en efecto, que la sala de audiencias del palacio tiene una fanega de larga y una fanega de ancha. Por tanto, vamos a hacer venir al pescador a la sala, y yo le diré: ‘Nuestro señor el sultán quiere poner una alfombra en esta sala. Y la alfombra ha de ser de una pieza. Si no la traes te mataremos’. De esta manera, su muerte tendrá un motivo. Y no se dirá que fue por culpa de una mujer’. Y el sultán contestó:

‘Bueno’.

Entonces el visir se levantó y envió a buscar al pescador. Y cuando llegó éste, le cogió y le llevó a la sala consabida, en presencia del sultán, y le dijo: ‘¡Oh pescador! nuestro amo el rey quiere que le pongas en esta sala, de una fanega de larga y otro tanto de ancha, una alfombra que sea de una pieza. Para ello te da un plazo de tres días, al cabo de los cuales, si no traes la alfombra, te achicharrará al fuego. Extiende, pues, un contrato en este papel, y formalízalo con tu sello’.

Al oír estas palabras del visir, el pescador contestó: ‘Está bien. Pero ¿acaso soy yo un vendedor de alfombras? Soy un vendedor de peces. Pídeme peces de todos los colores y de diferentes variedades, y te los traeré. Pero, lo que es las alfombras, no me conocen, ¡por Alah! y yo no las conozco a ellas, y ni siquiera conozco su olor ni su color. Respecto a los peces, me comprometeré, y sellaré el contrato’.

Pero el visir contestó: ‘Es inútil que argumentes con palabras ociosas. Lo ha ordenado el rey’. Y dijo el pescador: ‘Así, ¡por Alah! puedes exigirme cien sellos, y no un sello, desde el momento en que se me toma por proveedor de alfombras’. Y golpeó sus manos una contra otra, y salió del palacio, y se marchó en pos de su mujer, muy enfadado.

Y al verle de aquel modo, su mujer se preguntó: ‘Por qué estás enfadado’. El contestó: ‘Calla. Y sin hablar más, levántate y recoge la poca ropa que poseemos, y huyamos de este país’. Ella preguntó: ‘¿Por qué?’ El contestó: ‘Porque el rey quiere matarme dentro de tres días’. Ella dijo: ‘Pero ¿por qué?’ El contestó: ‘¡Quiere de mí una alfombra de una fanega de larga y de una fanega de ancha para la sala de su palacio!’ Ella preguntó: ‘¿No es nada más que eso?’ El contestó: ‘Nada más’. Ella dijo: ‘Está bien. Duerme tranquilo, que mañana yo te traeré la alfombra consabida, y la extenderás en la sala del rey’. Entonces dijo él: ‘¡No me faltaba más que eso!

Buenos estamos ahora. ¿Te has vuelto tan loca como el visir, ¡oh mujer! o acaso somos mercaderes de alfombras?’ Pero ella contestó: ‘¿Quieres ahora mismo la alfombra? Porque te indicaré el sitio donde puedes encontrarla y traerla aquí’. El dijo: ‘Sí, prefiero que lo hagas en seguida para estar seguro. De ese modo podré dormir tranquilo’. Ella dijo: ‘Siendo así, ¡oh hombre! yalah, levántate y ve a tal paraje, cercano a los jardines. Allí encontrarás un árbol torcido, debajo del cual hay un pozo. Y te inclinarás sobre ese pozo y mirarás adentro, y gritarás: ‘Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, y te encarga que me entregues para que yo se lo dé, el huso que ayer dejó olvidado en tu casa con las prisas por volver a la suya antes de que se hiciese de noche, porque queremos amueblar y alfombrar una habitación por medio de ese huso’. Y el pescador dijo a su mujer: ‘Está bien’.

Sin tardanza fue Pues al pozo consabido que estaba debajo del árbol torcido, miró al fondo, y gritó: ‘Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, te encarga que me entregues el huso que dejó olvidado en tu casa, porque queremos amueblar una habitación por medio de ese huso’.

Entonces la que estaba en el pozo -¡sólo Alah la conoce!- le contestó, diciendo:

‘¿Acaso puedo rehusar algo a mi querida amiga? ¡Toma, aquí tienes el huso! y ve a amueblar y alfombrar la habitación a tu gusto, valiéndote de él. Luego me lo traerás aquí’. El dijo: ‘Está bien’. Y cogió el huso que vio salir del pozo, se lo echó al bolsillo, y tomó el camino de su casa, diciéndose: ‘Esa mujer me ha vuelto tan loco como ella’. Y continuó su camino, y llegó al lado de su mujer, y le dijo: ‘¡Oh hija del tío!

¡Aquí traigo el huso!’

Ella le dijo: Está bien. Vete ahora a buscar al visir que quiere tu muerte, Y dile:

‘¡Dame un clavo grande!’ Y te dará un clavo, y lo clavarás en un extremo de la sala, atarás a él el hilo de este huso, ¡y extenderás la alfombra con arreglo al largo y al ancho que quieras!’ Y el pescador prorrumpió en exclamaciones, diciendo: ‘¡Oh mujer! ¿Quieres que antes de mi próxima muerte las gentes se rían de mi razón y se burlen de mí, tomándome por loco? ¿Acaso hay dentro de este huso una alfombra de una fanega?’ Ella le dijo, enfadada: ‘¿Quieres marcharte cuanto antes, o no quieres? Calla, ¡oh hombre! y limítate a hacer lo que te he dicho’. Y el pescador fue a palacio, con el huso, diciéndose: ‘No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnisciente.

¡Ha llegado ¡oh pobre! el último día de tu vida...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima cuadragésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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martes, 15 de febrero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima trigésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 939ª noche

Ella dijo:

‘...ya estoy casada y ligada por promesas, por fe y por juramento con la que posee mi corazón. ¡Pero sólo Alah conoce el porvenir! Y no sucederá nada que no deba suceder. ¡Uassalam!’

Y salí de su casa, bendiciéndola, y sin tardanza me presenté con mis hombres ante el kadí, que exclamó en cuanto me vio: ‘¡Bismilah! ¡Ya está ahí mi deudor! Pero ¿dónde está mi hacienda?’. Y contesté: ‘¡Oh señor kadí, mi cabeza no es nada al lado de la cabeza del kadí, y no tengo nadie que me apoye! Pero si la razón está de parte mía, lucirá claramente’. Y el kadí, furioso, me gritó: ‘¿Qué estás hablando de razón?

¿Acaso piensas poder disculparte o librarte de lo que te espera, si no has encontrado a la mujer y mi hacienda? ¡Por Alah, que entre la razón y tú hay una distancia considerable!’

Entonces yo, con mucho aplomo, le miré fijamente a los ojos, y le recité la asombrosa historia que hube de aprender y que de acusado me convertía en acusador. Y el efecto que produjo fue exactamente igual a como lo había previsto la joven. Porque el kadí, indignado, vio ennegrecerse el mundo ante sus ojos; y le llenó el pecho una cólera grande; y se le puso el rostro como el pimentón; y exclamó:

‘¿Qué estás diciendo; ¡oh el más insolente de los soldados!? ¿No temes hacer semejantes suposiciones con respecto a mí, delante de mí y en mi casa? ¡Pero no importa! Ya que tienes sospechas, puedes practicar un registro en seguida. Y cuando quede bien demostrado que obraste arbitrariamente, será más importante el castigo que te imponga el sultán’. Y mientras hablaba así, se había puesto como una marmita al rojo en la que se echara agua fría.

Entonces invadimos la casa, y registramos por todas partes, en todos los rincones y escondrijos, de arriba a abajo, sin perdonar un cofre, un agujero ni un armario. Y mientras duraron las pesquisas, no dejé de vislumbrar, a medida que huía ella de una habitación a otra para escapar de miradas extrañas, a la encantadora gacela de quien su semejante estaba enamorada. Y pensé para mí: ‘¡Maschalah, ua bismilah! ¡Y el nombre de Alah sobre ella y alrededor de ella! ¡Qué rama tan flexible! ¡Qué elegancia y qué hermosura! ¡Bendito sea el seno que la ha llevado, y loores al Creador, que la ha moldeado en el molde de la perfección!’. Y comprendí hasta cierto punto por qué una joven así podía subyugar a otra semejante a ella, pues me dije: ‘¡El botón de rosa se inclina hacia el botón de rosa y el narciso hacia el narciso!’ Y me alegró tanto aquello, que hubiera querido comunicárselo sin tardanza a la joven prodigiosa, a fin de que me diese ella su aprobación y no me considerara desprovisto en absoluto de pensamientos delicados y discernimiento.

Y he aquí que de tal suerte llegamos hasta la cocina, acompañados del kadí, que estaba más furioso que nunca, sin encontrar nada sospechoso y sin descubrir ningún rastro ni vestigio de la mujer.

Entonces, siguiendo las instrucciones de mi docta maestra, fingí que estaba muy avergonzado de mi arbitrario proceder, y me excusé ante el kadí, que se regocijaba con mi azoramiento, y me humillé a él. Pero todo ello tenía por objeto dar el golpe preparado. Y aquel kadí de ingenio espeso se dejó coger en la tela de araña, y se aprovechó de aquella ocasión para abrumarme con lo que él creía su triunfo. Y me dijo: ‘Bueno, ¿a qué han quedado ahora reducidas tus acusaciones amenazadoras y tus imputaciones ofensivas, insolente embustero, e hijo de embustero, y embusteros también de generación en generación? ¡Pero no tengas cuidado, que pronto verás lo que cuesta faltar al respeto al kadí de la ciudad!’ Y mientras tanto, apoyado en una enorme zafra de aceite sin tapa, tenía yo la cabeza baja y el aire contrito. Pero de repente levanté la cabeza y exclamé: ‘¡Por Alah! no estoy seguro; pero me parece que de esta zafra sale cierto olor de sangre’. Y miré en la zafra y metí el brazo, y lo saqué diciendo: ‘¡Alah akbar! ibismilah!’ Y cogí el paquete de ropa manchada de sangre arrojado en la zafra, antes de desaparecer, por mi joven maestra. Y allí estaba su velo, su pañuelo de la cabeza, su pañuelo del seno, su calzón, su camisa, sus babuchas y otras ropas que no recuerdo, todo ensangrentado.

Al ver aquello, el kadí, como había previsto la joven, se quedó confuso y lleno de estupor; y se puso muy amarillo de color; y le temblaron las coyunturas; y se desplomó en el suelo, desmayado, dando con la cabeza antes que con los pies. Y en cuanto recobró el sentido, no dejé de hacer ver que se habían vuelto las tortas, y le dije: ‘Pues bien, ya El-Kadí, ¿quién de entre nosotros es el embustero y quién el verídico? ¡Loores a Alah! ¡Creo que estoy desagraviado de haber perpetrado el supuesto robo en connivencia con la joven! Pero ¿qué has hecho tú de tu sabiduría y de tu jurisprudencia? ¿Y cómo, siendo rico como lo eres, y nutrido en las leyes, has echado sobre tu conciencia el dar asilo a una pobre mujer para engañarla, robándola y asesinándola tras de violentarla probablemente de la peor manera? ¡Por mi vida! ése es un acto espantoso del que hay que dar cuenta sin tardanza a nuestro señor el sultán. Porque no cumpliría con mi deber callándole la cosa; y como nada queda oculto, no dejaría de enterarse por otro conducto; y con ello perdería yo a la vez mi plaza y mi cabeza’.

Y el infortunado kadí, en el límite del asombro, permanecía delante de mí con los ojos muy abiertos, como si no oyera nada ni comprendiera nada de aquello. Y lleno de turbación y de angustia, seguía inmóvil, semejante a un árbol muerto. Porque, como en su espíritu se había hecho la noche, ya no sabía distinguir su brazo derecho de su brazo izquierdo, ni lo verdadero de lo falso. Y cuando estuvo un poco repuesto de su atontamiento, me dijo: ‘¡Oh capitán Moin! se trata de un asunto oscuro que sólo Alah puede comprender. ¡Pero si quieres no divulgarlo, no te arrepentirás!’ Y así diciendo, se dedicó a colmarme de consideraciones y miramientos. Y me entregó un saco que contenía tantos dinares de oro como los que él había perdido. Y de tal suerte compró mi silencio y extinguió un fuego cuyos estragos temía.

Entonces me despedi del kadí, dejándole aniquilado, y fui a dar cuenta del hecho a la joven, que me recibió riendo, y me dijo: ‘¡Seguramente no sobrevivirá al golpe!’. Y lo cierto ¡oh mi señor sultán! es que no se pasaron tres días sin que llegara a mí la noticia de que el kadí había muerto por rotura de su bolsa de la hiel. Y como no dejara yo de visitar a la joven para ponerla al corriente de lo que había pasado, las servidoras me enteraron de que su señora acababa de marcharse con la hija del kadí a una propiedad que poseía en el Nilo, cerca de Tantah. Y maravillado de todo aquello, sin llegar a comprender qué podrían hacer juntas aquellas dos gacelas sin clarinete, hice lo posible por seguir sus huellas, pero sin lograrlo. Y desde entonces espero que un día u otro quieran ellas darme noticias suyas y esclarecer para mi espíritu un asunto tan difícil de comprender.

Y tal es mi historia, ¡oh mi señor sultán! y tal es la aventura más singular que me ha ocurrido desde que ejerzo las funciones con que me ha investido tu confianza’.

Cuando el capitán de policía Moin Al-Din acabó este relato, avanzó entre las manos del sultán Baibars un segundo capitán, y después de los deseos y los votos, dijo: ‘Yo ¡oh mi señor sultán! te contaré también una aventura personal, y que, si Alah quiere, dilatará tu pecho’. Y dijo:

Historia contada por el segundo capitán de policía

Has de saber ¡oh mi señor sultán! que, antes de aceptarme por esposo, la hija de mi tío (¡Alah la tenga en Su misericordia!) me dijo: ‘¡Oh hijo del tío! si Alah quiere, nos casaremos; pero no podré tomarte por esposo mientras no aceptes de antemano mis condiciones, que son tres, ¡ni una más, ni una menos!’ Y contesté: ‘¡No hay inconveniente! Pero ¿cuáles son?’. Ella me dijo: ‘¡No tomarás nunca haschisch, no comerás sandía y no te sentarás nunca en una silla!’. Y contesté: ‘Por tu vida, ¡oh hija del tío! duras son esas condiciones. Pero, tales como son, las acepto de corazón sincero, aunque no comprendo el motivo a que obedecen’. Ella me dijo: ‘Pues son así. ¡Y pueden tomarse o dejarse!’ Y dije: ‘¡Las tomo, y de todo corazón amistoso!’.

Y se celebró nuestro matrimonio, y se realizó la cosa, y todo pasó como debía pasar. Y vivimos juntos varios años en perfecta unión y tranquilidad.

Pero llegó un día en que mi espíritu anheló saber el motivo de las tres famosas condiciones relativas al haschisch, a las sandías y a la silla; y me decía yo: ‘¿Pero qué interés puede tener la hija de tu tío en prohibirte esas tres cosas cuyo uso en nada puede lesionarla? ¡Ciertamente, en todo esto debe haber un misterio que me gustaría mucho aclarar!’ Y sin poder ya resistir a las solicitudes de mi alma y a la intensidad de mis deseos, entré en la tienda de uno de mis amigos, y por el pronto me senté en una silla rellena de paja. Luego hice que me llevaran una sandía excelente, tras de tenerla en agua para que se refrescara. Y después de comerla con delectación, absorbí un grano de haschisch en pasta, y emprendí el vuelo hacia el ensueño y el placer tranquilo. Y me sentí perfectamente dichoso; y mi estómago era dichoso a causa de la sandía; y a causa de la silla rellena, también era muy dichoso mi trasero, privado del placer de las sillas durante tanto tiempo.

Pero ¡oh mi señor sultán! cuando volví a mi casa, aquello fue tremendo. Porque, no bien estuve en presencia suya, mi mujer se echó el velo por el rostro, como si, en lugar de ser su esposo, no fuera yo para ella más que un hombre extraño, y mirándome con ira y desprecio, me gritó: ‘¡Oh perro hijo de perro! ¿Es así como mantienes tus compromisos? ¡Vamos, sígueme! ¡Iremos a casa del kadí para arreglar el divorcio!’ Y yo, con el cerebro nublado todavía por el haschish, y con el vientre pesado aún a causa de la sandía, y con el cuerpo descansado por haber sentido debajo de mis nalgas, después de tanto tiempo, una silla mullida, traté de ser audaz, negando mis tres fechorías. Pero aún no había esbozado el gesto de la negación, cuando me gritó mi esposa: ‘Amordaza tu lengua, ¡oh proxeneta! ¿Vas a atreverte a negar la evidencia? Apestas a haschisch, y mi nariz te huele. Te has atascado de sandía, y veo las huellas en tu ropa. Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima cuadragésima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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