miércoles, 30 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octogésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 982ª noche

Ella dijo:

Y tal era el código del perfecto devorador, establecido por Tofail en la ciudad de Kufa. Y en verdad que Tofail fue el padre de los devoradores y la corona de los parásitos. Respecto a su manera de proceder, he aquí un hecho entre mil.

Un notable de la ciudad había invitado a algunos amigos y se regalaba en compañía de ellos con un plato de pescado maravillosamente condimentado. Y he aquí que a la puerta se oyó la bien conocida voz de Tofail, que hablaba al esclavo portero. Y uno de los convidados exclamó: ‘¡Alah nos preserve del tragaldabas! Ya conocéis, todos, la inusitada capacidad de Tofail. Apresurémonos, pues, a preservar de sus dientes estos hermosos pescados, y a ponerlos en seguridad en un rincón de la estancia, sin dejar en el mantel más que estos pececillos. Y cuando haya devorado los pequeños, como no le quedará ya nada que tragar, se marchará y nos regalaremos con los peces grandes’. Y se apresuraron a apartar los peces grandes.

Y entró Tofail, y sonriente y lleno de soltura dirigió la zalema a todo el mundo. Y después del bismilah, tendió la mano al plato. Pero el caso es que no contenía más que pescado menudo de mal aspecto. Y le dijeron los convidados, encantados de la jugarreta: ‘¡Eh, maese Tofail! ¿Qué te parecen esos peces? No tienes cara de encontrar el plato completamente de tu gusto’.

El aludido contestó: ‘Hace tiempo que no me hallo en buenas relaciones con la familia de los peces y estoy muy furioso con ellos. Porque a mi pobre padre, que murió ahogado en el mar, se lo comieron’.

Y le dijeron los convidados: ‘Muy bien; pues aquí tienes una excelente ocasión de aplicar la pena del talión por lo de tu padre, comiéndote a tu vez esos pescaditos’. Y Tofail contestó: ‘Tenéis razón. Pero esperad’. Y cogió un pececillo y se lo acercó al oído. Y su vista de parásito había divisado ya el plato escondido en el rincón y que contenía los peces grandes. Y después de haber simulado escuchar atentamente al pececillo frito, exclamó de pronto: ‘¡Oh! ¡Oh! ¿Sabéis lo que acaba de decirme este desperdicio de pez? Y los convidados contestaron: ‘¡No, por Alah! ¿Cómo vamos a saberlo?’

Y Tofail dijo: ‘Pues bien; habéis de saber entonces que me ha dicho: ‘Yo no he asistido a la muerte de tu padre (¡Alah le tenga en Su misericordia!) y no he podido verle siquiera, ya que soy demasiado joven para haber vivido en aquella época’. Luego me ha deslizado al oído estas otras palabras: ‘Mejor será que cojas esos hermosos peces grandes que están escondidos en el rincón, y te vengues. Porque ellos son los que se precipitaron antaño sobre tu difunto padre, y se lo comieron’.

Al oír este discurso de Tofail, los invitados y el dueño de la casa comprendieron que el parásito había olfateado su estratagema. Por eso se apresuraron a hacer servir los hermosos peces a Tofail, y le dijeron, cayéndose de risa: ‘¡Cómetelos, y ojalá te den la gran indigestión!’

Luego el joven dijo a sus oyentes: ‘Escuchad ahora la historia fúnebre de la bella esclava del Destino’.

Y dijo:

La favorita del destino

‘Cuentan los cronistas y los analistas, que el tercero de los califas abbasidas, el Emir de los Creyentes El-Mahdi, había dejado el trono, al morir, a su hijo mayor Al- Hadi, a quien no quería, y por el cual incluso experimentaba gran aversión. Sin embargo, había especificado bien que, a la muerte de Al-Hadi, el sucesor inmediato debía ser el menor, Harún Al-Raschid, su hijo preferido, y no el hijo mayor de Al- Hadi.

Pero cuando Al-Hadi fue proclamado Emir de los Creyentes, vigiló con envidia y suspicacia crecientes a su hermano Harún Al-Raschid e hizo cuanto pudo por privar a Harún del derecho de sucesión. Pero la madre de Harún, la sagaz y abnegada Khaizarán, no cesó de descubrir todas las intrigas dirigidas contra su hijo. Así es que Al-Hadi acabó por detestarla tanto como a su hermano; y los confundió a ambos en la misma reprobación. Y sólo esperaba una ocasión de hacerles desaparecer.

Entretanto, estaba un día Al-Hadi en sus jardines, sentado bajo una rica cúpula sostenida por ocho columnas, que tenía cuatro entradas, cada una de las cuales miraba a un punto del cielo. Y a sus pies estaba sentada su hermosa esclava favorita Ghader, a la que sólo poseía hacía cuarenta días. Y también se encontraba allí el músico Ishak ben Ibrahim, de Mossul. Y en aquel momento cantaba la favorita acompañada en el laúd por el propio Ishak. Y el califa se agitaba de placer y se le estremecían los pies en el límite del transporte y del entusiasmo. Y afuera caía la noche; y la luna se alzaba entre los árboles; y corría el agua murmuradora a través de las sombras entrecortadas, mientras la brisa le respondía dulcemente.

Y de pronto el califa, cambiando de cara, se ensombreció y frunció las cejas. Y se desvaneció toda su alegría; y los pensamientos de su espíritu tornáronse negros como la estopa en el fondo del tintero. Y tras de un largo silencio, dijo con voz sorda:

‘A cada cual le está marcado su porvenir. Y no perdura nadie más que el Eterno Viviente’. Y de nuevo se sumió en un silencio de mal augurio, que interrumpió de repente, exclamando: ‘¡Que llamen en seguida a Massrur, el portaalfanjel!’ Y precisamente aquel mismo Massrur, ejecutor de las venganzas y cóleras califales, había sido el niñero de Al-Raschid y le había llevado en sus brazos y sus hombros. Y llegó al punto a presencia de Al-Hadi, que le dijo: ‘Ve en seguida al cuarto de mi hermano Al-Raschid, y tráeme su cabeza...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima tercera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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martes, 29 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octogésima primera noche

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“Y cuando llegó la 981ª noche

Ella dijo:

...Y si me hubiera pedido orchilla humana, habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo.

Y precisamente compuse, en recuerdo suyo, la música y palabras de este canto, cuando su amo Ibn Ghamín partió para la peregrinación, llevándola consigo, así como a sus demás esclavas.

¡Oh Ibn Ghamín! ¡Qué penoso estado el de un amante desdichado a quien has dejado muerto, aunque viva todavía!

¡Les has dado en su brebaje las dos amarguras más terribles coloquíntida y ajenjo!

¡Oh camellero del Yemen que conduces la caravana! ¡Me has herido, hombre siniestro!

¡Has separado corazones como jamás se han visto y los has consternado con tu aspecto de búfalo salvaje!

Pero, aún con toda mi pena de amor, mi suerte, a pesar de todo, no es comparable en negrura a la de otro enamorado de la Azul, Yezid ben Auf, el cambista.

Un día, en efecto, el amo de Salamah le dijo: ‘¡Oh Azul! entre todos los que te amaron sin resultado, ¿hay alguno que haya obtenido de ti una cita secreta o un beso? Dímelo, sin ocultarme la verdad’. Y a esta pregunta inesperada, temerosa de que su amo se hubiese informado hacía poco de alguna pequeña licencia que ella se permitiera en presencia de testigos indiscretos, Salamah contestó: ‘No, indudablemente nadie ha obtenido de mí nada, excepto Yezid ben Auf el cambista. Y aun ése no ha hecho más que besarme una sola vez. Pero accedí a darle ese beso, sólo porque entonces me había deslizado en la boca, a cambio del beso, dos perlas magníficas que vendí en ochenta mil dracmas’.

Al oír aquello, el amo de Salamah dijo sencillamente: ‘Está bien’. Y sin añadir una palabra más, de tanto como sentía penetrarle en el alma la cólera celosa, se dedicó a la busca de Yezid ben Auf, le siguió hasta que le tuvo al alcance de su mano en ocasión oportuna, y le hizo morir a latigazos.

Por lo que respecta a las circunstancias en que había sido dado a Yezid aquel beso único y funesto de la Azul, helas aquí.

Iba yo un día, como de costumbre, a casa de Ibn Ghamín, para dar a Azul una lección de canto, cuando me encontré en el camino a Yezid ben Auf. Y después de las zalemas, le dije: ‘¿Adónde vas, ¡oh Yezid! tan bien vestido?’ Y me contestó: ‘Adonde vas tú’. Y dije: ‘¡Perfectamente! Vamos’.

Y cuando llegamos y entramos en la morada de Ibn Ghamín, nos sentamos en la sala de reunión. Y en seguida apareció Azul, vestida con una manteleta anaranjada y un soberbio caftán rosa. Y creímos ver el sol ígneo alzándose entre la cabeza y los pies de la deslumbradora cantarina. Y la seguía la joven esclava, que llevaba la tiorba.

Y la Azul cantó, bajo mi dirección, por un método nuevo que yo le había enseñado. Y su voz era rica, grave, profunda y conmovedora. Y en un momento dado, su amo se excusó con nosotros, y nos dejó solos, a fin de ir a dar órdenes para la comida. Y Yezid, arrebatado su corazón de amor por la cantarina, se acercó a ella, implorándola con la mirada. Y ella pareció animarse, y sin dejar de cantar, le dio la respuesta en una mirada. Y enervado con aquella mirada, Yezid buscó con la mano en su vestido, sacó dos perlas magníficas que no tenían hermanas, y dijo a Salamah, que dejó de cantar por un momento: ‘Mira, ¡oh Azul! Estas dos perlas han sido pagadas por mí hoy mismo en sesenta mil dracmas. Si tú quisieras, te pertenecerían’. Ella contestó: ‘¿Y qué quieres que haga para complacerte?’ El contestó: ‘Que cantes para mí’.

Entonces Salamah, tras de llevarse la mano a la frente en señal de aquiescencia, templó el instrumento, y cantó los versos siguientes, compuestos por ella, música y canto, con el ritmo graveligero y primero, que tiene por tónica el tono simple de la cuerda del dedo anular:

¡Salamah la Azul ha herido mi corazón con una herida tan duradera como la duración de los tiempos!

¡La ciencia más hábil del mundo no podría cerrarla! Porque no se cierra en el fondo del corazón una herida de amor.

¡Salamah la Azul ha herido mi corazón! ¡Oh musulmanes, venid en mi socorro!

Y tras de cantar esta melodía arrebatadora de ternura, mirando a Yezid, añadió:

‘Está bien; dame a tu vez ahora lo que tienes que darme’. Y dijo él: ‘Ciertamente, quiero lo que tú quieras. Pero escucha, ¡oh Azul! He jurado con un juramento que obliga a mi conciencia -y todo juramento es sagrado- que no daré estas dos perlas más que pasándolas de mis labios a tus labios’. Y al oír estas palabras de Yezid, la esclava de Salamah, enfadada, se levantó con viveza y con la mano alzada para amonestar al enamorado. Pero yo la detuve por el brazo, y le dije, para disuadirla de mezclarse en el asunto: ‘Estate quieta, ¡oh joven! y déjalos. Están regateando, como ves, y cada cual quiere sacar provecho con las menos pérdidas posibles. No los molestes’.

En cuanto a Salamah, se echó a reír al oír a Yezid manifestar aquel deseo. Y decidiéndose de pronto, le dijo: ‘Pues bien, ¡sea! Dame esas perlas del modo que quieras’. Y Yezid empezó a avanzar hacia ella, andando con las rodillas y las manos, y llevando entre los labios las dos magníficas perlas. Y Salamah, lanzando ligeros gritos de susto, empezó a retroceder por su parte, recogiéndose las ropas y evitando el contacto de Yezid. Y se alejaba corriendo a derecha y a izquierda, y volvía a su sitio, sofocada, provocando con ello más numerosas intentonas por parte de Yezid y más numerosas coqueterías. Y aquel juego duró bastante tiempo. Pero como, a pesar de todo, había que conquistar las perlas en las condiciones aceptadas, Salamah hizo una seña a su esclava, quien se arrojó sobre Yezid de improviso, le cogió por los hombros, y le retuvo en su sitio. Y tras de probar con aquel manejo que estaba victoriosa y no vencida, Salamah fue por sí misma, un poco confusa y con sudor en la frente, a tomar con sus lindos labios las perlas magníficas aprisionadas entre los labios de Yezid, que las trocó así por un beso. Y en cuanto las tuvo en su poder, recobrando en seguida su aplomo, Salamah dijo a Yezid, riendo: ‘¡Por Alah! hete aquí vencido de todas maneras, con el sable sepultado en los riñones’. Y Yezid contestó, cortés: ‘Por tu vida, ¡oh Azul! no me preocupa mi vencimiento. ¡El perfume delicioso que recogí en tus labios me quedará en el corazón, mientras viva, como un aroma eterno!

¡Alah tenga en su compasión a Yezid ben Auf! Murió mártir del amor’.

Luego dijo el joven rico: ‘Escuchad ahora un rasgo de tofailismo. Y ya sabéis que nuestros padres árabes entendían por esta palabra -que tiene su origen en Tofail el tragón- la costumbre que tienen ciertas personas de invitarse por sí mismas a los festines y tragar comidas y bebidas sin que se les ruegue que lo hagan. Por tanto, escuchad’.

Y dijo:

El parásito

‘Cuentan que el Emir de los Creyentes El-Walid, hijo de Yezid, el Ommiada, se complacía extremadamente en la compañía de un tragón famoso, amigo de los buenos platos y de todo tufillo apetitoso, que se llamaba Tofail el de los Festines, y cuyo nombre ha servido desde entonces para caracterizar a los parásitos que se invitan por sí mismos a las bodas y a los festines. Por otra parte, aquel Tofail, gastrónomo en grande, era hombre ingenioso, ilustrado, maligno, burlón; y era vivo en la respuesta y en el chiste. Además, su madre estaba convicta de adulterio. Y él es precisamente quien ha condensado la doctrina de los parásitos en algunas reglas cortas, al mismo tiempo que prácticas, que se resumen en los datos siguientes:

‘Quien se invite a una buena comida de bodas, evite con cuidado mirar acá y allá con aire inseguro.

Entre con pie firme y escoja el mejor sitio, sin fijarse en nada, a fin de que los invitados y convidados crean que es un personaje de la mayor importancia.

Si el portero de la casa se muestra agrio y reacio, amonéstesele y humíllesele para que no pueda permitirse la menor observación.’

Una vez sentado ante el mantel, arrójese sobre la comida y la bebida, y esté más cerca del asado que el propio asador.

Trabaje en los pollos rellenos y en la carne, aunque sea seca, con dedos más cortantes que el acero.

Y tal era el código del perfecto devorador, establecido por Tofail en la ciudad de Kufa. Y en verdad que Tofail fue el padre de los devoradores y la corona de los parásitos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima octogésima segunda noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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