lunes, 10 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 367ª noche

Ella dijo:

...de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro, y permanecí largo tiempo mirándola, sin osar ni siquiera tocarla con la mano en vista de la prohibición que me hizo el anciano; pero al cabo no pude resistir a la tentación que colmaba mi alma, metí la llave de oro en la cerradura, abrí la puerta y presa del temor penetré en el lugar prohibido.

Pero, lejos de tener ante los ojos un espectáculo asombroso, vi, primeramente, en medio de un pabellón con el piso incrustado de pedrerías de todos colores, un estanque de plata rodeado de pájaros de oro que echaban agua por el pico, con un ruido tan maravilloso, que creí oír los trinos de cada uno de ellos resonar melodiosamente contra las paredes de plata. Había en torno al estanque, divididos por clases, cuadros de flores de suaves perfumes que casaban sus colores con los de las frutas de que estaban cargados los árboles que esparcían sobre el agua su frescura asombrosa. La arena que yo hallaba era polvo de esmeralda y diamante, y se extendía hasta las gradas de un trono que se alzaba enfrente del estanque maravilloso. Estaba hecho aquel trono con un solo rubí, cuyas facetas reflejaban en el jardín el rojo de sus rayos fríos, que iluminaban el agua con un brillo de pedrerías.

Me detuve extático ante cosas tan sencillas nacidas de la unión pura de los elementos; luego fui a sentarme en el trono de rubí, que aparecía coronado por un dosel de seda roja, y cerré los ojos un instante para que penetrara mejor aquella fresca visión en mi alma entusiasmada.

Cuando abrí los ojos vi que se adelantaban hacia el estanque, sacudiendo sus plumas blancas, tres elegantes palomas que iban a darse un baño. Saltaron con gracia el ancho borde del estanque de plata, y después de abrazarse y hacerse mil caricias encantadoras, ¡oh mis ojos maravillados! las vi arrojar lejos de sí su virginal manto de plumas y aparecer en una desnudez de jazmín, con el aspecto de tres jóvenes bellas como lunas. Y al punto se sumergieron en el estanque para entregarse a mil juegos y mil locuras, ora desapareciendo, ora reapareciendo entre remolinos brillantes, para volver a desaparecer riendo a carcajadas, mientras sólo sus cabelleras flotaban sobre el agua, sueltas en un vuelo de llama.

Ante tal espectáculo, ¡oh hermano Belukia! sentí que mi corazón nadaba en mi cerebro y trataba de abandonarlo. Y como no podía contener mi emoción, corrí enloquecido hacia el estanque y grité: ‘¡Oh, jóvenes; oh, lunas, oh, soberanas!’

Cuando me vislumbraron las jóvenes lanzaron un grito de terror, y saliendo del agua con ligereza, corrieron a coger sus mantos de plumas, que echaron sobre su desnudez, y volaron al árbol más alto entre los que daban sombra a la pila, y se echaron a reír mirándome.

Entonces me acerqué al árbol, levanté hacia ellas los ojos, y les dije: ‘¡Oh, soberanas, os ruego que me digáis quiénes sois! ¡Yo soy Janschah, hijo del rey Tigmos, soberano de Kabul y jefe de los Bani-Schalán!’ Entonces la más joven de las tres, precisamente aquella cuyos encantos habíanme impresionado más, me dijo: ‘Somos las hijas del rey Nassr, que habita en el palacio de los diamantes. Venimos aquí para dar un paseo y con el sólo fin de distraernos’.

Dije: ‘En ese caso, ¡oh mi señora! ten compasión de mí y baja a completar el juego conmigo’. Ella me dijo: ‘¿Y desde cuándo pueden las jóvenes jugar con los jóvenes, ¡oh Janschah!? ¡Pero si deseas absolutamente conocerme mejor, no tienes más que seguirme al palacio de mi padre!’ Y habiendo dicho estas palabras, me lanzó una mirada que me penetró el hígado, y emprendió el vuelo en compañía de sus dos hermanas hasta que la perdí de vista.

Al ver aquello, en el límite ya de la desesperación, di un grito agudo y caí desmayado bajo el árbol.

No sé cuánto tiempo permanecí echado de aquel modo; pero cuando volví en mí, el anciano gobernador de las aves estaba a mi lado y me rociaba el rostro con agua de flores. Cuando me vio abrir los ojos, me dijo: ‘¡Ya ves, hijo mío, lo que te ha costado desobedecerme! ¿No te prohibí que abrieras la puerta de este pabellón?’

Yo, por toda respuesta, me limité a prorrumpir en sollozos, y luego improvisé estos versos:

¡Ha arrebatado mi corazón una esbelta joven de cuerpo armonioso!

¡Arrebatador es su talle entre todos los talles! ¡Cuando sonríe, sus labios excitan los celos de las rosas y los rubíes!

¡Su cabellera oscila por encima de su hermosa grupa redonda!

¡Las flechas que disparan los arcos de sus pestañas dan en el blanco, aún desde lejos, y hacen heridas incurables!

¡Oh belleza suya! ¡No tienes rival y borras las bellezas todas de la India!

Cuando acabé de recitar estos versos, me dijo el anciano: ‘Comprendo lo que te ha sucedido. Viste a las jóvenes vestidas de palomas, que algunas veces vienen a darse un baño aquí’. Yo exclamé: ‘Las vi, padre mío, y te ruego que me digas dónde se halla el palacio de los diamantes, en que habitan con su padre el rey Nassr’.

Contestó: ‘No hay para qué pensar en ir allí, hijo mío, pues el rey Nassr es uno de los jefes más poderosos de la genn, y dudo mucho que te diera en matrimonio a una de sus hijas. Ocúpate, pues, de preparar tu regreso a tu país. Yo mismo te facilitaré la tarea recomendándote a las aves que enseguida van a venir a presentarme sus respetos, y que te servirán de guías’. Contesté: ‘¡Te doy las gracias, padre mío; pero renuncio a regresar al lado de mis padre, si no debo volver ya a ver a la joven que me habló!’ Y al decir estas palabras me arrojé a los pies del anciano llorando, y le supliqué que me indicara el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima sexagésima octava noche…

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Valram

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domingo, 9 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 366ª noche

Ella dijo:

...la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía.

Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.

Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: ‘¿Estás ahora dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?’

Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.

Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera. Íbamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me tendió un cuchillo, diciéndome: ‘¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de empezar a trabajar!’ Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me dijo: ‘Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si estuvieras en un saco’. Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: ‘¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo’.

Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.

Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de pájaros.

Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: ‘¡Siéntate junto a mí, hijo mío!’ Y cuando me senté, me preguntó: ‘¿De dónde vienes a esta tierra que nunca holló la planta de un adamita?’ ¿Y adónde te propones ir?’

Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me dijo el anciano: ‘Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza por reanimarte comiendo y bebiendo’. Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me contestó: ‘Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te doy’.

Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.

Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

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