jueves, 4 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima trigésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 838ª noche

Ella dijo:

...a una joven de amor, ataviada con las alhajas más preciosas, las manos teñidas de henné y las trenzas de sus cabellos flotando sobre sus hombros, que avanzó con gracia, contoneándose con nobleza y coquetería. Y como una reina, entró en mi tienda, seguida de sus esclavas, y se sentó después de favorecerme con una zalema graciosa. Y me dijo ¡Oh joven! ¿Tienes un buen surtido de adornos de oro y plata?’ Y contesté: ‘¡Oh mi señora! ¡Los tengo de todas las especies posibles y de las demás!’ Entonces me pidió que le enseñara anillos de oro para los tobillos. Y le llevé lo más hermoso y más pesado que tenía en anillos de oro para los tobillos. Y les echó una mirada distraída y me dijo: ‘¡Pruébamelos!’ Y al punto se bajó una de sus esclavas y levantándole la orla de su traje de seda descubrió ante mis ojos el tobillo más fino y más blanco que salió de los dedos del Creador. Y le probé los anillos; pero no pude encontrar en mi tienda ninguno bastante estrecho para la finura de sus piernas moldeadas en el molde de la perfección. Y al ver mi azoramiento ella sonrió y dijo:

‘No te importe, ¡oh joven! Ya te tomaré otra cosa. Pero el caso es que me habían dicho en mi casa que yo tenía las piernas de elefante. ¿Es verdad eso?’ Y exclamé: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti y sobre la perfección de tus tobillos, ¡oh mi señora! ¡Al verlos se moriría de envidia la gacela!’ Entonces me dijo ella: ‘¡Enséñame brazaletes!’ Y con los ojos llenos todavía de la visión de sus tobillos adorables y de sus piernas de perdición, busqué lo más fino y más estrecho que tenía en brazaletes de oro y de esmalte, y se lo traje. Pero me dijo ella: ‘Pruébamelos tú mismo. Estoy muy cansada hoy’.

Y al punto se precipitó una de sus esclavas a alzar las mangas de su señora. Y a mis ojos apareció un brazo ¡ay! ¡Ay! como un cuello de cisne, más blanco y más liso que el cristal y rematado por una muñeca y una mano y unos dedos ¡ay! ¡Ay! de azúcar cande, ¡oh mi señor! de dátiles confitados, una alegría para el alma, una delicia, una pura delicia suprema. E inclinándome, probé mis brazaletes en aquel brazo milagroso. Pero los más estrechos, los confeccionados para manos de niño, bailaban vergonzosamente en sus finas muñecas transparentes; y me apresuré a retirarlos, temeroso de que su contacto lastimase aquella piel cándida. Y sonrió ella de nuevo al ver mi confusión, y me dijo: ‘¿Qué has visto, ¡oh joven!?

¿Soy manca, o acaso tengo manos de pato, o quizá un brazo de hipopótamo?’ Y exclamé: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre la redondez de tu brazo blanco, y sobre la forma de tus dedos de hurí, ¡oh mi señora!’ Y me dijo ella: ‘¿Verdad que sí? Pues, sin embargo, en casa me afirmaron lo contrario con frecuencia’.

Luego añadió: ‘Enséñame collares y colgantes de oro’. Y tambaleándome sin haber probado el vino, me apresuré a mostrarle lo más rico y ligero que tenía yo en collares y colgantes de oro.

Y al punto, con religioso cuidado, una de sus esclavas descubrió, al mismo tiempo que el cuello de su ama, parte de su pecho. Y los dos senos, ¡ah! ¡Ah! los dos a la vez, ¡oh mi señor! los dos pechitos de marfil rosa, aparecieron redondos y erguidos sobre la nieve deslumbradora del pecho; y se dirían colgados del cuello de mármol puro, como dos hermosos niños gemelos colgados al cuello de su madre. Y al ver aquello no pude por menos de gritar, volviendo la cabeza: ‘¡Tapa, tapa! ¡Que Alah corra sus velos!’

Y me dijo ella: ‘¿Es que no vas a probarme los collares y colgantes? ¡Pero no te importe! Ya te tomaré otra cosa. Sin embargo, dime antes si soy deforme, o tetuda como la hembra del búfalo, y negra y velluda. ¿O acaso estoy tan flaca y seca como un pescado salado, y tan lisa como el banco de un carpintero?’ Y exclamé: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre tus carnes ocultas, y sobre tus frutos ocultos, y sobre toda tu hermosura oculta, ¡oh mi señora!’ Y dijo ella: ‘¿Entonces me han engañado los que me afirmaron a menudo que no podía encontrarse nada más feo que mis formas ocultas?’ Y añadió: ‘Está bien; pero ya que no te atreves ¡oh joven! a probarme estos collares de oro y estos colgantes, ¿podrías, al menos, probarme cinturones?’

Y luego de traerle lo más flexible y ligero que tenía en cinturones de filigrana de oro, los puse a sus pies discretamente. Pero me dijo ella: ‘¡No, no! ¡Por Alah, pruébamelos tú mismo!’ Y yo ¡oh mi señor sultán! tuve que responder con el oído y la obediencia, y adivinando de antemano cuál sería la finura de aquella gacela, escogí el cinturón más pequeño y más estrecho, y por encima de sus trajes y velos se lo ceñí al talle. Pero aquel cinturón, confeccionado de encargo para una princesa niña, resultaba muy ancho para aquel talle tan fino que no proyectaba sombra en el suelo, y tan derecho que habría causado la desesperación de un escriba de la letra alef, y tan flexible que habría hecho secarse de despecho al árbol ban, y tan tierno que habría hecho derretirse de envidia a un rollo de manteca fina, y tan gracioso que habría puesto en fuga, avergonzado, a un tierno pavo real, y tan ondulante que habría hecho perderse al tallo del bambú. Y al ver que no lograba mi propósito, me quedé muy perplejo y no supe cómo excusarme.

Pero me dijo ella: ‘¡Por lo visto, debo ser contrahecha, con una joroba doble por detrás y una joroba doble por delante, con un vientre de forma innoble y una espalda de dromedario!’ Y exclamé: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre tu talle, y sobre lo que le precede, y sobre lo que le acompaña, y sobre todo lo que le sigue. ¡Oh mi señora!’ Y ella me dijo: ‘Estoy asombrada, ¡oh joven! ¡Porque en casa me han confirmado a menudo esta opinión desventajosa de mí misma! iDe todos modos, ya que no puedes encontrar cinturón para mí, creo que no te será imposible encontrar pendientes de anilla y un frontal de oro para sujetarme los cabellos!’ Y así diciendo, se levantó por sí misma el velillo del rostro, e hizo aparecer a mi vista su cara, que era la luna llena en su decimocuarta noche. Y al ver aquellas dos piezas preciosas de sus ojos babilónicos, y sus mejillas de anémona, y su boquita, estuche de coral, que encerraba un brazalete de perlas, y todo su rostro conmovedor, se me paró la respiración y no pude hacer un movimiento para buscar lo que me pedía. Y sonrió ella, y me dijo: ‘Comprendo ¡oh joven! que te hayas asombrado de mi fealdad. Ya sé, porque me lo han repetido muchas veces, que mi rostro es de una fealdad espantosa, picado de viruela y apergaminado, que soy tuerta del ojo derecho y bizca del ojo izquierdo, que tengo una nariz gorda y horrible, y una boca fétida, con los dientes desencajados y movibles, y, por último, que estoy mutilada y rapada de orejas. ¡Y no hay para qué hablar de mi piel, que es sarnosa, ni de mis cabellos, que son lacios y quebradizos, ni de todos los horrores invisibles de mi interior!’

Y exclamé: ‘El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh mi señora! y sobre tu belleza invisible, ¡oh revestida de esplendor! y sobre tu pureza, ¡oh hija de los lirios! y sobre tu olor, ¡oh rosa! y sobre tu brillo y tu blancura, ¡oh jazmín! y sobre cuanto en ti puede verse, olerse o tocarse. ¡Y dichoso aquel que pueda verte, olerte o tocarte!’

Y me quedé aniquilado de emoción, ebrio con una embriaguez mortal.

Entonces la joven de amor me miró con una sonrisa de sus ojos rasgados, y me dijo:

‘¡Ay! ¡Ay! ¿Por qué, pues, me detesta mi padre hasta el punto de atribuirme todas las fealdades que te he enumerado? Porque es mi mismo padre, y no otro, quien me ha hecho creer siempre en todos esos presuntos horrores de mi persona. ¡Pero loado sea Alah, que me demuestra lo contrario por intervención tuya! Porque ahora estoy convencida de que no me ha engañado mi padre, sino que es presa de una alucinación que le hace verlo todo feo en torno mío. Y para desembarazarse de mi vista, que le pesa, está dispuesto a venderme como a una esclava en el mercado de esclavas de desecho’. Y yo ¡oh mi señor! exclamé: ‘¿Y quién es tu padre, ¡oh soberana de la belleza!?’ Ella me contestó: ‘¡El jeique al-Islam en persona!’

Y exclamé inflamado: ‘Entonces, por Alah, mejor que venderte en el mercado de esclavas, ¿no consentiría en casarte conmigo?’

Ella dijo: ‘Mi padre es un hombre íntegro y concienzudo. ¡Y como se imagina que su hija es un monstruo repelente, no querrá tener sobre la conciencia la unión de ella con un joven como tú! Pero puedes, a pesar de todo, aventurar tu petición. Y a tal fin, voy a indicarte el medio de que te has de valer para tener más probabilidades de convencerle’.

Y tras de hablar así, la joven del perfecto amor reflexionó un momento, y me dijo:

‘¡Escucha! Cuando te presentes a mi padre, que es el Jeique al-Islam, y le hagas tu petición de matrimonio, te dirá seguramente: ‘¡Oh hijo mío! conviene que abras los ojos. Has de saber que mi hija es una impedida, una lisiada, una jorobada, una...’ Pero le interrumpirás para decirle: ‘¡Que me place! ¡Que me place!’ Y continuará él: ‘Mi hija es tuerta, desorejada, repugnante, coja, babosa, meona...’ Pero le interrumpirás para decirle: ‘¡Que me place! ¡Que me place!’ Y continuará él: ‘¡Oh pobre! mi hija es antipática, viciosa, pedorrera, mocosa...’ Pero le interrumpirás para decirle: ‘¡Que me place! ¡Que me place!’ Y continuará él: ‘¡Pero si no sabes ¡oh pobre! que mi hija es bigotuda, barriguda, tetuda, manca, contrahecha de un pie, bizca del ojo izquierdo, con nariz gorda y aceitosa, con la cara picada de viruela, con la boca fétida, con los dientes desencajados y movibles, mutilada por dentro, calva, espantosamente sarnosa, un horror absolutamente, una abominable maldición!’

Y tras de dejarle que acabe de verter sobre mí esta horrible cuba de dicterios, le dirás:

‘¡Vaya, por Alah, que me place, que me place...

En este momento de su narración, Schehrazada vio apareces la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima trigésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima trigésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 837ª noche

Ella dijo:

...Y llamaron con la aldaba de hierro, y al punto abrieron la puerta unos eunucos, que se quedaron absortos al reconocer al sultán, al gran visir y al joven, esposo de la joven. Y uno de ellos echó a correr para prevenir a su señora de la llegada del soberano y de sus acompañantes.

Entonces la joven se engalanó y arregló y salió del harén, y fue a la sala de recepción para rendir sus homenajes al sultán, esposo de su hermana de padre, pero no de madre, y besarle la mano. Y el sultán la reconoció, efectivamente, e hizo un signo de inteligencia a su visir. Luego dijo a la princesa: ‘¡Oh hija del tío! Alah me libre de hacerte reproches por tu conducta, pues el pasado pertenece al Dueño del cielo, y sólo el presente nos pertenece. Por eso deseo al presente que te reconcilies con este joven, esposo tuyo, que es un joven que posee preciosas cualidades fundamentales y que, sin guardarte rencor ninguno, no pide más que volver a tu gracia. Por otra parte, te juro por los méritos de mi difunto tío el sultán, tu padre, que tu esposo no ha cometido falta grave contra el pudor conyugal. ¡Y ya ha expiado bien duramente la debilidad de un momento!’ Y contestó la joven: ‘Los deseos de nuestro señor sultán son órdenes y están por encima de nuestra cabeza y de nuestros ojos’. Y el sultán se alegró mucho de aquella solución, y dijo: ‘Siendo así, ¡oh hija del tío! nombro a tu esposo mi primer chambelán. Y en adelante será mi comensal y mi compañero de copa. Y le enviaré a ti esta misma noche, a fin de que realicéis ambos, sin testigos molestos, la reconciliación prometida. ¡Pero permíteme que por el momento me le lleve, porque tenemos que escuchar juntos las historias de sus dos compañeros de cadena!’ Y se retiró, añadiendo: ‘Desde luego, queda convenido entre vosotros dos que en lo sucesivo le dejarás ir y venir libremente, sin venda en los ojos, y por su parte promete él que jamás, bajo ningún pretexto, se dejará besar por una mujer, sea casada o doncella’.

‘Y éste es ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- el final de la historia que contó al sultán y a su visir el primer joven, el que leía el libro en el maristán. ¡Pero en cuanto al segundo joven, uno de los dos que escuchaban la lectura, he aquí lo referente a él!’

Cuando el sultán, así como el visir y el nuevo chambelán, estuvieron de vuelta en el maristán, se sentaron en tierra frente al segundo joven, diciendo: ‘Ahora te toca a ti’. Y el segundo joven dijo:

Historia del segundo loco

‘¡Oh nuestro señor sultán, y tú, juicioso visir, y tú, antiguo compañero mío de cadena! Sabed que el motivo de mi encarcelamiento en este maristán es todavía más sorprendente que el que conocéis ya, porque si este compañero mío fue encerrado como loco sin estarlo, fue por culpa suya y a causa de su credulidad y confianza en sí mismo. ¡Pero si yo he pecado ha sido precisamente por el exceso contrario, como vais a ver, siempre que queráis permitirme proceder con orden!’ Y el sultán y su visir y su nuevo chambelán, que era el antiguo loco primero, contestaron de común acuerdo: ‘¡Desde luego!’ Y el visir añadió: ‘Por cierto que, cuando más orden pongas en tu relato quedaremos mejor dispuestos para considerar que estás comprendido injustamente en el número de los locos y los dementes’.

Y el joven comenzó su historia en estos términos:

‘Sabed, pues, ¡oh señores míos y corona de mi cabeza! que también yo soy un mercader hijo de mercader, y que antes de que me arrojasen a este maristán tenía en el zoco una tienda, donde vendía brazaletes y adornos de todas clases a las mujeres de los señores ricos. Y en la época en que comienza esta historia no tenía yo más que dieciséis años de edad, y ya estaba reputado en el zoco por mi gravedad, mi honestidad, mi cabeza pesada y mi seriedad con los negocios. Y nunca trataba yo de entablar conversación con las damas clientes mías; y no les decía más que las palabras precisas para ultimar los tratos. Y además practicaba los preceptos del Libro, y nunca levantaba los ojos para mirar a una mujer entre las hijas de los musulmanes. Y los mercaderes me citaban como ejemplo a sus hijos cuando les llevaban consigo por primera vez al zoco. Y más de una madre se había ya puesto al habla con mi madre, pensando en mí para algún matrimonio honorable. Pero mi madre se reservaba la respuesta para mejor ocasión, y eludía la cuestión, pretextando mi poca edad y mi calidad de hijo único y mi temperamento delicado.

Un día estaba yo sentado ante mi libro de cuentas y repasaba el contenido, cuando vi entrar en mi tienda una remilgada negrita, que, después de saludarme con respeto, me dijo:

‘¿Es ésta la tienda del señor mercader Fulano?’ y yo dije: ‘¡Esta es, en verdad!’ Entonces ella, con precauciones infinitas y mirando prudentemente a derecha y a izquierda con sus ojos de negra, se sacó del seno un billetito, que me tendió, diciendo: ‘Esto de parte de mi señora. Y aguarda el favor de una respuesta’. Y entregándome el papel se mantuvo a distancia en espera de mi contestación.

Y yo, después de desdoblar el billete, lo leí, y me encontré con que contenía una oda escrita en versos inflamados en loor y honor míos. Y los versos finales formaban con su trama el nombre de la que se decía enamorada de mí.

Entonces, ¡oh mi señor sultán! me mostré extremadamente enfadado por aquella audacia, y estimé que era un atentado grave a mi buena conducta, o acaso una tentativa para arrastrarme a alguna aventura peligrosa o complicada. Y cogí aquella declaración, y la rompí, y la pisotée. Luego avancé hacia la negrita, y la cogí de una oreja, y le administré algunos bofetones y algunos torniscones bien dados. Y rematé el correctivo dándole un puntapié que la hizo rodar fuera de mi tienda. Y la escupí en el rostro muy ostensiblemente, con objeto de que viesen mi acción todos mis vecinos y no pudiesen dudar de mi honradez y de mi virtud, y le grité: ‘¡Ah! ¡Hija de los mil cornudos de la impudicia, ve a contar todo eso a tu señora, la hija de alcahuetes!’ Y al ver aquello todos mis vecinos murmuraron entre sí con admiración; y uno de ellos me mostró con el dedo a su hijo, diciéndole: ‘¡Caiga la bendición de Alah sobre la cabeza de este joven virtuoso! ¡Ojalá ¡oh hijo mío! llegaras tú a saber a su edad rechazar las ofertas de las malignas y los perversos que acechan a los jóvenes hermosos!’

Y he aquí ¡oh señores míos! lo que hice a los dieciséis años. Y sólo ahora es cuando veo con lucidez todo lo que mi conducta tuvo de grosera, desprovista de discernimiento, llena de estúpida vanidad y de amor propio fuera de lugar, hipócrita, cobarde y brutal. Y aunque más tarde hube de experimentar sinsabores, como consecuencia de aquella tontería, considero que merecí más aún, y que esta cadena, que actualmente llevo al cuello por un motivo distinto en absoluto, debió serme infligida a raíz de aquel primer acto insensato. Pero, de todos modos, no quiero confundir el mes de Chabán con el mes de Ramadán, y continúo procediendo con orden en el relato de mi historia.

Pues bien, ¡oh mis señores! tras de aquel incidente transcurrieron días y meses, y me convertí en todo un hombre. Y hube de conocer a las mujeres y todo lo consiguiente, aunque era soltero; y sentía que había llegado en realidad el momento de elegir una joven que fuese mi esposa ante Alah y madre de mis hijos. Por cierto que había de quedar bien servido, como vais a oír. Pero no anticiparé nada, y procederé con orden.

En efecto, una siesta vi acercarse a mi tienda, entre cinco o seis esclavas blancas que la servían de cortejo, a una joven de amor, ataviada con las alhajas más preciosas, las manos teñidas de henné y las trenzas de sus cabellos flotando sobre sus hombros, que avanzó con gracia, contoneándose con nobleza y coquetería...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima trigésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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