domingo, 21 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima quincuagésima quinta noche

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“Pero cuando llegó la 855ª noche

Ella dijo:

...En efecto, a la hora de mediodía los cuarenta ladrones regresaron a su caverna, como acostumbraban hacer a diario. Y he aquí que vieron atados a los árboles los diez mulos cargados con grandes cofres. Y al punto, a una seña de su jefe, desenvainaron sus terribles armas y lanzaron a toda brida sus caballos hacia la entrada de la caverna. Y echaron pie a tierra, y comenzaron a dar vueltas en torno de la roca para dar con el hombre a quien podían pertenecer los mulos. Pero como con sus pesquisas no conseguían nada, el jefe se decidió a penetrar en la caverna. Alzó, pues, su sable hacia la puerta invisible, pronunciando la fórmula, y la roca se partió en dos mitades, que giraron en sentido inverso.

Y he aquí que el encerrado Kassim, que había oído a los caballos y las exclamaciones de sorpresa y de cólera de los bandoleros ladrones, no dudó de su perdición irremisible. Sin embargo, como le era cara su alma, quiso intentar ponerla a salvo. Y se acurrucó en un rincón dispuesto a lanzarse fuera en cuanto pudiese. Así es que en cuanto se hubo pronunciado la palabra ‘sésamo’ y él la hubo oído, maldiciendo de su flaca memoria, y en cuanto vio practicarse la abertura, se lanzó fuera como un carnero, cabizbajo, y lo hizo tan violentamente y con tan poco discernimiento, que tropezó con el propio jefe de los cuarenta, el cual se cayó al suelo cuan largo era. Pero en su caída el terrible gigante arrastró consigo a Kassim, y le echó una mano a la boca y otra al vientre. Y en el mismo momento los demás bandoleros, que iban en socorro de su jefe, cogieron todo lo que pudieron coger del agresor, del violador, y cortaron con sus sables todo lo que cogieron. Y así es cómo, en menos de un abrir y cerrar de ojos, Kassim fue mutilado de piernas, brazos, cabeza y tronco, y expiró su alma antes de consultarse. Porque tal era su destino. ¡Y esto es lo referente a él!

En cuanto a los ladrones, no bien hubieron limpiado sus sables entraron en su caverna y encontraron alineados junto a la puerta los sacos que había preparado Kassim. Y se apresuraron a vaciarlos en donde se habían llenado, y no advirtieron la cantidad que faltaba y que se había llevado Alí Babá. Luego sentáronse en corro para celebrar consejo, y deliberaron ampliamente acerca del acontecimiento. Pero, ignorantes como estaban de haber sido espiados por Alí Babá, no pudieron llegar a comprender cómo había logrado alguien introducirse en su morada, y desistieron de reflexionar más tiempo acerca de una cosa que no tenía solución. Y después de descargar sus nuevas adquisiciones y tomar algún reposo, prefirieron abandonar su caverna y montar de nuevo a caballo para salir a los caminos y asaltar las caravanas. Porque eran hombres activos que no gustaban de discursos largos ni de palabras.

Pero ya volveremos a encontrarles cuando llegue el momento.

Proseguiremos el relato con orden. ¡Y vamos, por lo pronto, con la esposa de Kassim!

¡Ahí! ¡La maldita fue causa de la muerte de su marido, quien, por otra parte, se tenía bien merecido su fin! Porque la perfidia de aquella mujer inventora de la estratagema del sebo adherente había sido el punto de partida del degollamiento final. Así es que, sin dudar de que en seguida estaría él de regreso, había preparado ella una comida especial para regalarle. Pero cuando vio que llegó la noche y que no llegaba Kassim, ni la sombra de Kassim, ni el olor de Kassim, se alarmó en extremo, no porque le amase de un modo desmedido, sino porque le era necesario para su vida y para su codicia. Por tanto, cuando su inquietud llegó a los últimos límites, se decidió a ir en busca de Alí Babá, ella, que jamás hasta entonces había querido condescender a franquear el umbral de la casa del otro. ¡Hija de zorra! Entró con el semblante demudado, y dijo a Alí Babá: ‘La zalema sobre ti, ¡oh hermano preferido de mi esposo! Los hermanos se deben a los hermanos, y los amigos a los amigos, así, pues, vengo a rogarte que me tranquilices acerca de la suerte que haya podido correr tu hermano, quien ha ido a la selva, como sabes, y a pesar de lo avanzado de la noche todavía no está de regreso. ¡Por Alah sobre ti, ¡oh rostro de bendición! apresúrate a ir a ver qué le ha sucedido en esa selva!’

Y Alí Babá, que estaba notoriamente dotado de un alma compasiva, compartió la alarma de la esposa de Kassim, y le dijo: ‘¡Que Alah aleje las desgracias de la cabeza de tu esposo, hermana mía! ¡Ah! ¡Si Kassim hubiese querido escuchar mi consejo fraternal me habría llevado consigo de guía! ¡Pero no te inquietes con exceso por su tardanza; pues, sin duda, le habrá parecido conveniente, para no llamar la atención de los transeúntes, no entrar en la ciudad hasta bien avanzada la noche!’

Aquello era verosímil, aun cuando, en realidad, Kassim no fuese ya Kassim, sino seis trozos de Kassim, dos brazos, dos piernas; un tronco y una cabeza, que dejaron los ladrones dentro de la galería, detrás de la puerta rocosa, a fin de que espantasen con su vista y repeliesen con su hedor a cualquiera que tuviese la audacia de franquear el umbral prohibido.

Así, pues, Alí Babá tranquilizó como pudo a la mujer de su hermano, y le hizo comprender que de nada servirían las pesquisas en la noche negra. Y la invitó a pasar la noche con ellos con toda cordialidad. Y la esposa de Alí Babá le hizo acostarse en su propio lecho, mientras que Alí Babá le aseguraba que por la aurora iría a la selva.

Y en efecto, a los primeros resplandores del alba el excelente Alí Babá ya estaba en el patio de su casa con sus tres asnos. Y partió con ellos sin tardanza, después de recomendar a la esposa de Kassim que moderara su aflicción y a su propia esposa que la cuidase y no la dejase carecer de nada.

Al acercarse a la roca, Alí Babá se vio obligado a declararse, no viendo los mulos de Kassim, que había debido pasar algo, tanto más cuanto que ni por asomo los había visto en la selva. Y aumentó su inquietud al ver manchado de sangre el suelo junto a la roca. Así es que, no sin gran emoción, pronunció las dos palabras mágicas que abrían, y entró en la caverna.

Y el espectáculo de los seis fragmentos de Kassim espantó sus miradas e hizo temblar sus rodillas. Y estuvo a punto de caerse desmayado en el suelo. Pero los sentimientos fraternales le hicieron sobreponerse a su emoción, y no vaciló en hacer todo lo posible por cumplir los últimos deberes para con su hermano, que era musulmán al fin y al cabo, e hijo del mismo padre y de la misma madre. Y se apresuró a coger en la caverna dos sacos grandes, en los cuales metió los seis despojos de su hermano, el tronco en uno y la cabeza con los cuatro miembros en el otro. Y con ello hizo una carga para uno de sus asnos, cubriéndolo cuidadosamente de leña y de ramaje. Luego se dijo que, ya que estaba allí, más valía aprovechar la ocasión para coger algunos sacos de oro, con objeto de que no se fuesen de vacío los asnos. Cargó, pues, a los otros dos asnos con sacos llenos de oro, poniendo leña y hojas por encima, como la vez primera. Y después de mandar que se cerrase a la puerta rocosa, emprendió el camino de la ciudad, deplorando en el alma el triste fin de su hermano.

En cuanto hubo llegado al patio de su casa, Alí Babá llamó a la esclava Luz Nocturna para que le ayudara a descargar los asnos.

La esclava Luz Nocturna era una joven que Alí Babá y su esposa habían recogido de niña y educado con los mismos cuidados y la misma solicitud que si hubiesen sido sus propios padres. Y había crecido en casa de ellos, ayudando a su madre adoptiva en las faenas caseras y haciendo el trabajo de diez personas. Además, era agradable, dulce, diestra, entendida y fecunda en invenciones para resolver las cuestiones más arduas y lograr éxito en las cosas más difíciles.

Así es que, en cuanto bajó ella, empezó por besar la mano de su padre adoptivo y le deseó la bienvenida, como tenía costumbre de hacer cada vez que entraba él en la casa. Alí Babá le dijo: ‘¡Oh Luz Nocturna! ¡Hoy es el día en que me vas a dar prueba de tu listeza, de tu abnegación y de tu discreción!’ Y le contó el fin funesto de su hermano, y añadió: ‘Y ahora ahí le tienes, hecho seis pedazos, en el tercer asno. ¡Y es preciso que, mientras yo subo a anunciar la fúnebre noticia a su pobre viuda, pienses en el medio de que nos valdremos para hacerle enterrar como si hubiera muerto de muerte natural, sin que nadie pueda sospechar la verdad!’

Y ella contestó: ‘¡Escucho y obedezco!’ Y Alí Babá, dejándola reflexionar acerca de la situación, subió a ver a la viuda de Kassim.

Y he aquí que llevaba él una cara tan compungida, que, al verle entrar la esposa de Kassim, empezó a lanzar chillidos a más no poder. Y se dispuso a desollarse las mejillas, a mesarse los cabellos y a desgarrarse las vestiduras. Pero Alí Babá supo contarle el suceso con tanto miramiento, que consiguió evitar los gritos y lamentos que hubiesen atraído a los vecinos y provocado un trastorno en el barrio. Y sin darle tiempo para saber si debía chillar o si no debía chillar, añadió: ‘Alah es generoso, y me ha otorgado más riqueza de la que necesito. Por tanto, si dentro de la desgracia sin remedio que te aflige hay alguna cosa que pueda consolarte, yo te ofrezco juntar los bienes que Alah me ha enviado con los que te pertenecen y hacer que en adelante entres en mi casa en calidad de segunda esposa. Y así tendrás en la madre de mis hijos una hermana amante y atenta. ¡Y todos viviremos juntos con tranquilidad, hablando de las virtudes del difunto!’

Tras de hablar así, se calló Alí Babá, esperando la respuesta. Y Alah iluminó en aquel momento el corazón de la que antaño fue objeto de un trato de alcahuetería, y lo desembarazó de sus taras. ¡Porque es el Todopoderoso! Y comprendió ella la bondad de Alí Babá y la generosidad de su oferta, y consintió en ser su segunda esposa. Y a consecuencia de su matrimonio con aquel hombre bendito, se tornó en una mujer de bien. ¡Y esto es lo referente a ella! En cuanto a Alí Babá, que por aquel medio logró impedir los gritos penetrantes y la divulgación del secreto, dejó a su nueva esposa entre las manos de su antigua esposa, y bajó a reunirse con la joven Luz Nocturna.

Y se encontró con que volvía ella de la calle. Porque Luz Nocturna no había perdido el tiempo, y ya había combinado toda una norma de conducta para circunstancia tan difícil. En efecto, había ido a la tienda del mercader de drogas que habitaba enfrente y le había pedido cierta especie de triaca específica para curar las enfermedades mortales. Y el mercader le había dado aquella triaca por el dinero que ella le presentó, pero no sin haberle preguntado de antemano, quién estaba enfermo en casa de su amo. Y Luz Nocturna había contestado suspirando: ‘¡Oh, qué calamidad la nuestra! el mal rojo aqueja al hermano de mi amo Alí Babá, que ha sido transportado a nuestra casa para que esté mejor cuidado. ¡Pero nadie entiende nada de su enfermedad! ¡Está él inmóvil, con cara de azafrán; está mudo; está ciego, y está sordo! ¡Ojalá esta triaca ¡oh jeique! le saque de un trance tan malo!’ Y tras de hablar así, se había llevado la triaca consabida, de la que, en realidad, ya no podía hacer uso Kassim, y había ido a reunirse con su amo Alí Babá.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima quincuagésima sexta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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sábado, 20 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima quincuagésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 854ª noche

Ella dijo:

...alimentó una envidia biliosa y sintió que se le rompía de despecho la bolsa de la hiel. Y se irguió en aquella hora y en aquel instante, y corrió a casa de su hermano para ver por sus propios ojos lo que tenía que ver allí.

Y encontró a Alí Babá con el pico en la mano todavía, pues acababa de guardar su oro. Y abordándole sin dirigirle la zalema y sin llamarle por su nombre ni por su apellido y sin tratarle siquiera de hermano, pues se había olvidado de tan próximo parentesco desde que se casó con el rico producto de la alcahueta, le dijo: ‘¡Ah! ¿Con que así ¡oh padre de los asnos! te haces el reservado y el misterioso con nosotros? ¡Sí, continúa simulando pobreza y miseria y haciéndote el menesteroso delante de la gente para medir luego el oro en tu yacija de piojos y chinches como el tratante en granos mide su grano!’

Al oír estas palabras, Alí Babá llegó al límite de la turbación y de la perplejidad, no porque fuese avaro o interesado, sino porque temía la maldad y la avidez de ojos de su hermano y de la esposa de su hermano, y contestó: ‘¡Por Alah sobre ti, no sé a qué aludes!

¡Explícate, pues, pronto, y no me faltarán para ti franqueza y buenos sentimientos, por más que desde hace años hayas olvidado tú el lazo de la sangre y vuelvas la cara cuando te encuentras con la mía y con la de mis hijos!’

Entonces dijo el imperioso Kassim: ‘¡No se trata de eso ahora, Alí Babá! ¡Se trata solamente de que no finjas ignorancia conmigo, porque estoy enterado de lo que tienes interés en mantener oculto!’ Y mostrándole el dinar de oro untado de sebo aún, le dijo mirándole atravesado:

‘¿Cuántas medidas de dinares como éste tienes en tu granero, ¡oh trapisonda!? ¿Y dónde has robado tanto oro, di ¡oh vergüenza de nuestra casa!?’ Luego le reveló en pocas palabras cómo su esposa había untado de sebo por debajo la medida que le había prestado, y cómo se había pegado a ella aquella moneda de oro.

Cuando Alí Babá hubo oído estas palabras de su hermano, comprendió que el mal ya estaba hecho y no podía repararse. Así es que, sin dejar que se prolongase más el interrogatorio, y sin hacer ante su hermano la menor demostración de asombro o de pena por verse descubierto, dijo: ‘Alah es generoso, ¡oh hermano mío! ¡Nos envía Sus dones antes de que los deseemos! ¡Exaltado sea!’ Y le contó con todos sus detalles su aventura de la selva, aunque sin revelarle la fórmula mágica. Y añadió: ‘Somos ¡oh hermano mío! hijos del mismo padre y de la misma madre. ¡Por eso todo lo que me pertenece te pertenece, y quiero, si me haces la merced de aceptarlo, ofrecerte la mitad del oro que he traído de la caverna!’.

Pero el mercader Kassim, cuya avidez igualaba a su negrura de alma, contestó:

‘Ciertamente, así lo entiendo yo también. Pero quiero saber, además, cómo podré entrar yo mismo en la roca si me da la gana. Y te prevengo que, si me engañas acerca del particular, iré en seguida a denunciarte a la justicia como cómplice de los ladrones. ¡Y no podrás por menos de perder con esa combinación!’

Entonces el bueno de Alí Babá, pensando en la suerte de su mujer y de sus hijos en caso de denuncia, e impelido más por su natural complacencia que por el miedo a las amenazas de un hermano de alma bárbara, le reveló las dos palabras de la fórmula mágica, tanto la que servía para abrir las puertas como la que servía para cerrarlas. Y Kassim, sin tener siquiera para él una frase de reconocimiento, le dejó bruscamente, resuelto a apoderarse él solo del tesoro de la caverna.

Así, pues, al día siguiente, antes de la aurora, salió para la selva, llevándose por delante diez mulos cargados con cofres grandes que se proponía llenar con el producto de su primera expedición. Además se reservaba, una vez que se hubiera enterado de las provisiones y riquezas acumuladas en la gruta, para hacer un segundo viaje con mayor número de mulos y hasta con todo un convoy de camellos, si era necesario. Y siguió al pie de la letra las indicaciones de Alí Babá, que había llevado su bondad hasta brindarse como guía, pero fue rechazado duramente por los dos pares de ojos suspicaces de Kassim y de su esposa, la resultante del alcahueteo.

Y en seguida llegó al pie de la roca, que hubo de reconocer entre todas las rocas por su aspecto enteramente liso y su altura rematada por un árbol grande. Y alzó ambos brazos hacia la roca, y dijo: ‘¡Sésamo, ábrete!’ Y la roca de pronto se partió por la mitad. Y Kassim, que ya había atado los mulos a los árboles, penetró en la caverna, cuya abertura se cerró al punto sobre él, gracias a la fórmula para cerrar. ¡Pero no sabía él lo que le esperaba!

Y en un principio quedó deslumbrado a la vista de tantas riquezas acumuladas, de tanto oro amontonado y de tantas joyas apelotonadas. Y sintió un deseo más intenso de hacerse dueño de aquel fabuloso tesoro. Y comprendió que para llevarse todo aquello no solamente le hacía falta una caravana de camellos, sino reunir todos los camellos que viajan desde los confines de la China hasta las fronteras del Irán. Y se dijo que la próxima vez tomaría las medidas necesarias para organizar una verdadera expedición que se apoderase de aquel botín, contentándose a la sazón con llenar sus diez mulos. Y terminado este trabajo volvió a la galería que conducía a la roca cerrada, y exclamó:

‘¡Cebada, ábrete!’

Porque el deslumbrante Kassim, con el espíritu enteramente turbado por el descubrimiento de aquel tesoro, había olvidado por completo la palabra que tenía que decir. Y fue para perderse sin remedio. Porque dijo varias veces: ‘¡Cebada, ábrete!’ Pero la roca permaneció cerrada. Entonces dijo:

‘¡Avena, ábrete!’

Y la roca no se movió.

‘¡Haba, ábrete!’

Pero no se produjo ninguna ranura.

Y Kassim empezó a perder la paciencia, y gritó sin tomar aliento: ‘¡Centeno, ábrete!

¡Mijo, ábrete! ¡Garbanzo, ábrete! ¡Maíz, ábrete! ¡Alforfón, ábrete! ¡Trigo, ábrete! ¡Arroz, ábrete! ¡Algarroba, ábrete!’

Pero la puerta de granito permaneció cerrada. Y Kassim, en el límite del espanto al advertir que se quedaba encerrado por haber perdido la fórmula, se puso a recitar, ante la roca impasible, todos los nombres de los cereales y de las diferentes variedades de granos que la mano del sembrador lanzó sobre la superficie de los campos en la infancia del mundo. Pero el granito permaneció inquebrantable. Porque el indigno hermano de Alí Babá no se olvidó, entre todos los granos, más que de un solo grano, el mismo a que estaban unidas las virtudes mágicas, el misterioso sésamo. Así es como tarde o temprano, y con frecuencia más temprano que tarde, el Destino ciega la memoria de los malos, les quita clarividencia y les arrebata la vista y el oído por orden del Poderoso sin límites. Por eso el Profeta (¡con Él las bendiciones y la más escogida de las zalemas!) ha dicho, hablando de los malos: ‘Alah les retirará el don de Su Clarividencia y les dejará tanteando en las tinieblas. ¡Entonces, ciegos, sordos y mudos, no podrán volver sobre sus pasos!’

Y, además, el Enviado (¡Alah le tenga en Sus mejores gracias!) ha dicho de ellos: ‘Por siempre han sido cerrados con el sello de Alah sus corazones y sus oídos y velados con una venda sus ojos. ¡Les está reservado un suplicio espantoso!’

Así, pues, cuando el malvado Kassim, que ni por asomo se esperaba aquel desastroso acontecimiento, hubo visto que no poseía ya la fórmula virtual, se dedicó a devanarse el cerebro en todos sentidos para encontrarla, pero muy inútilmente, pues su memoria estaba despojada para siempre jamás del nombre mágico. Entonces, presa del miedo y de la rabia, dejó los sacos llenos de oro y se puso a recorrer la caverna en todas direcciones en busca de alguna salida. Pero no encontró por doquiera más que paredes graníticas exasperantemente lisas. Y como una bestia feroz o un camello cansado, echaba por la boca espuma de baba y de sangre y se mordía los dedos con desesperación. Pero no fue aquél todo su castigo; porque aún le quedaba morir. ¡Lo cual no había de tardar!

En efecto, a la hora de mediodía los cuarenta ladrones regresaron a su caverna, como acostumbraban hacer a diario...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima quincuagésima quinta noche…

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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